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Misterios. Por Jorge Orellana Lavanderos, escritor y maratonista

Misterios. Por Jorge Orellana Lavanderos, escritor y maratonista


Extraños días repetidos se suceden sin pompa ni estridencia, transcurren sin resonancia ni misterio… A la misma hora en que observo, el sol de mayo, investido de tibieza, se ha internado, algo más que ayer en las misteriosas oquedades del poniente.

Su angélica silueta se desliza en el jardín que a su paso, resplandece. Coge el señuelo que le han devuelto y lo vuelve a lanzar, para que ansiosos, ambos perros corran de nuevo tras él, y la sobria escena del frugal juego se repite sin misterio, por un período que los tres conocen, con el sol más bajo que ayer, porque en el fugaz recorrido de su vida, los hombres avanzaron un día más en el misterio de sus caminos.

 

Un día, por un extraño misterio – que sin dejar de agradecer nunca pude develar – nuestros rumbos se cruzaron, y esa tarde hablamos como si nos hubiéramos conocido desde siempre – tal vez desde el misterioso escenario de vidas pasadas – y descubrimos sorprendidos apreciables coincidencias y sutiles diferencias; y entre estas últimas, surgió el fútbol, que a mí me gustaba, más aun aquel año, histórico para mi equipo.

 

Las parejas que perduran, suelen hacerlo venciendo la rutina de las horas, y cuando se han extinguido los misterios, acomodan sus gustos, y ceden, y en ese intento, convocan nuevos misterios. Su nulo entusiasmo por el fútbol fue creciendo gradualmente, hasta terminar viéndolos juntos, con toda la libertad y complicidad de la edad.

Hace unos días, cuando el claustro nos sumía en un abrumador tedio, en el que nada tenía cabida – ni siquiera la lectura – porque en nuestra confusión solo atinábamos a cogernos de la mano y esperar que desde un observado punto cualquiera renaciera la esperanza, un canal tuvo la acertada idea de ofrecer los partidos del mundial del 62, y mientras me preparaba para verlos a su lado, dejé que mi mente volara libre hacia ignotos destinos…, y recaló en una playa sureña, en la época inolvidable de mi infancia…

 

Y al volver la vista atrás, se entreveraron imágenes reales del futbol en mi barrio, con la ficción que abunda en duendes, pastoras, deshollinadores, abaceros y viejos concilia-sueños, brotando de un libro gordo de gruesas tapas azules que con las historias de sus hojas alentó mis sueños de niño.

Al llegar el mundial, la prodigiosa fiesta produjo un desconcierto en mi mente infantil que dos años antes había sufrido el Gran Terremoto. La desolación de ayer, que obligó a la solidaridad, se volcó en jubilosa alegría, y ambos episodios trajeron unidad al país, y se grabó en mí una conducta de rechazo al desacuerdo entre los hombres, y se fortaleció la idea de que solo la unidad permite a un grupo alcanzar dignos resultados.

Entre muselinas, tafetanes, tocuyos y linos, dispuestos por la mano de mi padre en las altas estanterías de la tienda, disfrutamos juntos, a través de la radio, la narración del incomparable Darío Verdugo. Nunca pude ver jugar a mi ídolo, supe de sus habilidades solo por las efusivas transmisiones radiales y alguna vez, contemplé extasiado reducidas imágenes del torneo de muy baja resolución, pero nunca vi un partido completo, que era lo que anunciaban, insistiendo además en la nitidez de la cinta. ¡Vería jugar a Jorge Toro! Y acariciaría mi alma, situado, con el ilimitado poder de las fantasías, en el recuerdo de la dorada etapa y de los personajes que la adornaron, como las flores embellecen un jardín…

El barrio desbordaba de ansiedad, y yo admiraba a dos hermanos mayores con los que jugaba futbol. Hijos de un humilde obrero habitaban todos, una modesta vivienda, y poseían el misterio de la sabiduría en materias que yo desconocía, y sabían satisfacer mi eterna curiosidad sobre el sentido del lenguaje de la calle, que dominaban.

 

Celebramos ante Suiza y luego ante Italia, y tocaba Alemania, partido de especial connotación pues la Segunda Guerra Mundial estaba presente en la memoria de mi comunidad, que resentía el poder económico alcanzado por la colonia alemana, y de éstos, por la odiosa lista negra que se les había aplicado durante un período de la guerra.

El magro resultado nos volvió a la realidad, pero festejamos la clasificación, y yo, en el lento paso de los días, acudía, fustigado por un misterio que inquietaba mi cuerpo, hasta un local cercano, atendido por una mujer que más allá de su insinuante escote, cobijaba unas enormes tetas que a mí se me antojaban eternamente cálidas, pero huía aterrado, porque contra mi precoz fantasía de hundirme en ellas, atentaba la pesadilla de ver surgir desde la grieta de sus pechos, la cabeza calva de su esmirriado marido, y sobre todo la atenta y represiva mirada del rechoncho cura Tellez.

 

Con el triunfo ante Rusia, se desató en el país una explosiva euforia, y yo observé extasiado que la juerga parecía inagotable, mientras, indiferente al futbol, el doctor Quape seguía auscultando a sus pacientes; su vecino Blum, conducía su camión proveyendo de áridos las construcciones; la pareja de hijos del Prefecto de Carabineros se acariciaban en exceso motivando las suspicacias del resto, y Arnulfo, el profesor primario, luchaba junto a sus hijos por controlar su sobrepeso, y en la hermanastra de estos, Aurora, se insinuaban exuberantes formas que alentarían mi erotismo…

Y antes del desenlace, vi empañarse el festejo. Un suceso triste ocurrió en Balmaceda, a unas cuadras de mi barrio. Unos días antes de la semifinal, apareció por mi casa Claudio, un primo unos años mayor que yo, estaba desolado por el desconsuelo amargo de Luis, un vecino de su edad, que llorando le narró que el día anterior había encontrado a su padre agónico por los efectos del veneno para ratones ingerido voluntariamente…

 

Huyo al presente, porque el recuerdo de la dolorosa escena aun tortura mi alma, mientras se anuncia el inicio del partido por el tercer lugar, porque ante Brasil, habíamos perdido la oportunidad de disputar la final.

¡Sorpresa! La espectacular transmisión me permite recuperar las escenas.

¡Manoseo la epopeya! Recupero el trascendental momento. ¡Veo jugar a Toro! Me sorprende la velocidad del juego y el estado físico que mantenían. ¡No hacían tiempo! Si la pelota se escapaba del campo de juego los rivales se esmeraban en recuperarla para no perder tiempo. El que se caía se ponía de pie de inmediato, y si se lesionaba, debía seguir jugando porque no había sustituciones.

 

La esencia del juego que he presenciado y que solo había oído a través de relatores radiales, difiere del juego actual. ¡Es algo distinto! ¡Se jugaba por vocación! Pero…, Terminado el certamen se llevaron a Toro, le ofrecieron más dinero, y no puedo decir que no tuviera derecho. ¡Claro que lo tenía! Y lo tienen los jugadores de ahora. ¿Con qué límite? Con el que fija el que está dispuesto a pagar por ver a sus ídolos. ¿En cuántas otras áreas, ha ocurrido lo mismo? ¿Será el dinero quien todo envilece? ¿Debemos prescindir del dinero? O… ¿Debemos legislar para contener su acción demoledora?

¡Eran otros tiempos! – Reflexiono resignado con mi mujer, aun tomado de su mano, y recibo de vuelta su indulgente respuesta – Es verdad ¡Fueron otros tiempos!

 

Al amanecer siguiente, otro extraño día se sucede y nuestras miradas se encuentran en el jardín, sus ojos brillan puros, reteniendo la emoción que aflora de sus contenidos pensamientos, y su paciente sonrisa conserva en plenitud la dulce aceptación de la felicidad, el cumplimiento misterioso de un mandato e irradiando ternura lanza al aire su gesta de amor y paz: Otros han de vivir ahora, forjamos un legado, que en este día de otoño, reposa en el otoño de mi alma.



Sources: cambio21

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