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El argentino que vende millones de discos en Alemania y sueña con sentarse a la mesa de Mirtha Legrand

El argentino que vende millones de discos en Alemania y sueña con sentarse a la mesa de Mirtha Legrand



El chart de Billboard de mediados de Julio de 2019 de los discos editados en Alemania muestra a Rammstein en punta. La lista tiene un poco más abajo a la cantante pop teutona Sarah Connor, en el cuarto lugar a Dieter Bohlan y la lista sigue. Y ahí, metido entre ellos, en el segundo puesto, el argentino Semino Rossi, con So Ist Das Leben, su décimo segundo álbum, recién salido del horno.

“Eso fue en Alemania, pero en Suiza y Austria el que estuvo arriba fui yo, y Rammstein quedó segundo”, dice Rossi desde Mils, una ciudad austríaca de 4.400 habitantes, ubicada a unos 10 kilómetros de Innsbruck, en un paradisíaco enclave del Tirol. Su acento no deja lugar a dudas de su argentinidad. Y mucho menos la pausa que hace para tomar el primero de unos cuantos mates que regarán la charla, a través del Skype.

Como en buena parte de Europa, Semino está cumpliendo una cuarentena que, muy de a poco, va levantando algunas restricciones. “El 15 de mayo se van a abrir de nuevo los restoranes y hoteles, y para fin de mes se espera que quede abierta la frontera con Alemania”, cuenta en este 6 de mayo que encuentra a la Argentina en un debate no tan distinto.

En 2019, su álbum número 12, “So Ist Das Leben” alcanzó el segundo lugar en el chart alemán de Billboard, y llegó a la cima en los de Austria y Suiza. (Foto: Gentileza S.R./Manfred Esser)

Y como en nuestro país, Rossi, que lleva acreditados una docena de discos de platino y otros tantos de oro, dice que entre quienes allá están en la posición más difícil, tienen un lugar los artistas. A él, dice, le pospusieron una gira de “61 conciertos en siete países” para 2021. Aunque, agrega, en unos días y con un permiso especial, se dará una vuelta por Zvikov y Leipzig para participar de un par de programas de televisión.

Stop. Tiempo de retroceder las imágenes cuadro por cuadro y preguntarse quién es este tal Semino Rossi, que anda yendo a programas de tele en República Checa y Alemania, tiene programados “61 conciertos en siete países”, en salas para no menos de 2 mil personas, que vive en el Tirol, y que le peleó mano a mano a los Rammstein el primer lugar en los rankings de Suiza y Austria y el segundo en el alemán.

La historia es larga; tanto como el recorrido que frente a la camarita Rossi comienza a desandar, desde los recuerdos de la Rosario que lo vio nacer hace casi 58 años, hijo de un papá chofer de banco y cantor por hobby, como su mamá, que hoy transita sus 85, y que además de ser ama de casa toca el piano.

De familia de inmigrantes, en la que confluyeron abuelos libaneses y piamonteses, Semino Rossi antes fue Omar Ernesto Semino. Pero desde que “a la compañía no le gustó demasiado cómo sonaba Omar Semino”, de eso se acuerdan sólo los más íntimos. Cuenta que es de la clase 62, que vivió la Guerra de Malvinas en el polvorín Fray Luis Beltrán, donde pasó 15 meses de Servicio Militar y de donde salió como cabo de reserva, para poner en marcha su sueño de cantante. Sólo que por entonces, “nadie quería un baladista”.

Marzo de 1985: un sueño, una guitarra y un pasaje de ida. Pasaron cinco años hasta que Semino Rossi pudiera regresar de visita a Rosario.

-Tenías competir con la trova rosarina en su pleno apogeo.

-¡Totalmente! Lalo de los Santos, Fito, Baglietto… Todas esa movida que marcó una época en la Argentina. Pero esa no era el tipo de música que yo quería hacer. Fui a Buenos Aires a buscar mi camino, y duré menos que uno de esos en una canasta de mimbre. Así que me fui a dedo a Bariloche, y durante esos tres meses de viaje decidí juntar dinero para irme a buscar mi sueño a España. Fueron dos años y medio de juntar peso por peso para el pasaje. Sólo de ida, porque para el de vuelta no alcanzaba.

-¿En qué trabajabas?

-Tocaba los sábados en Calle 13, un local rosarino, trabajaba en una empresa de publicidad que se llamaba Gianserra y los fines de semana vendía terrenos para ganarme unos pesitos más.

Semino cuenta que el plan era compartido por tres amigos. “Fuimos a la agencia de viaje y propusimos llevar dinero a medida que lo íbamos juntando. Una época en la que juntar 100 dólares era casi imposible. Un día pregunté cuánto teníamos, la vendedora dijo que nos alcanzaba para la ida. Decidimos irnos igual”.

“El 19 de marzo de 1985 aterricé en Madrid. Ahí empieza mi historia”, dice el cantante. Aunque será apenas un capítulo más de una que ya se había empezado a escribir tiempo antes. Con 200 dólares en el bolsillo, arrancó cantando en la Plaza Mayor. “No gané un centavo. No tenía la menor idea de lo que tenía que cantar. ¡Cantaba canciones de Enrique Llopis! Estaba totalmente desubicado”, dice y se ríe.

Por recomendación de algún anónimo, de Madrid se fueron a Málaga. “Encontramos un departamento que costaba 180 dólares, y nos quedamos con 20. Al poco tiempo encontré un lugar llamado El gaucho argentino, y el dueño me dejó cantar. Me pagaba 3 Euros. Hasta que un mendocino que conocí me sugirió que hiciera lo que hacía él”, resume.

-¿Qué hacía?

-Iba a un restó, se metía entre las mesas, cantaba tres canciones y luego pasaba la gorra. Nunca lo había hecho. Me daba vergüenza.

-¿Por?

-Imaginate: en mi locura imaginaria, yo creía que iba a llegar, con la voz hermosa que Dios me regaló, y que el mundo me estaba esperando. Pero la vida me pegó un cachetazo. Y tuve que pasar el plato casi ocho meses. Encima, en la Argentina la gente te aplaude cuando terminás una canción. A mí no me aplaudía nadie. Un día guardé la guitarra y me fui llorando a mi casa, convencido de que era un desastre. Pensé en volverme.

Primera escala: Málaga. Una guitarra y una ilusión que estuvo a puntos de estrellarse contra una realidad lejana a lo que imaginaba.

-¿Y?

-No tenía con qué.

Así las cosas, la recaudación daba para pagar el alquiler y comer. Con la Argentina, el contacto era a cuentagotas. “Era carísimo. Mi madre me preguntaba cómo estaba, y para cuando había dicho ‘muy bien’, ya había escuchado caer unas cuantas pesetas. Se cortaba. Fueron casi siete meses. Recibía cartas de mi padre. Pero cada vez que llamaba era para escuchar cómo estaban decirles que estaba bien. Era mentira, no estaba bien. Estaba en una aventura que jamás ma había imaginado”.

-¿Dónde vivían?

-En un complejo de departamentos, en Torremolinos. Congreso, se llamaba el edificio. Ahí, todo lo que te puedas imaginar, lo viví. En la calle había momentos hermosos, donde por ahí una pareja se paraba 10 minutos a escucharte, y estaba el que pasaba de largo. Viví de todo. Supe observar la vida desde otro punto de vista. Me di cuanta de muchas cosas.

-¿Por ejemplo?

-De la importancia de mi padre y de una preparación, que no la tenía. Porque no pude, lamentablemente, estudiar música. Y me di cuenta de que estaba solo, con un gran sueño que quería lograr, pero sin saber si estaba preparado.

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-¿Qué es todo lo que pueda imaginar?

-A que me ofrecieran salir a vender drogas o hacer de mula, a acostarme con una travesti, y también encontrarme con la hermosa rubia de Dinamarca que me quería llevar a vivir a su país.

-¿Y no aceptaste la invitación?

-No, porque ese no era mi objetivo. Mi objetivo era la música.

-¿Y lo de vender drogas?

-Tampoco. Habría terminado en cana. Cuando estaba por viajar, mi padre, que en paz descanse, me dijo: “No te puedo dar dinero, pero no te olvides nunca que aquí tienes tu casa. Y caminame derecho; no te desvíes de tu camino”. En ese momento, la tentación era muy grande, pero en ese momento se me apareció la imagen de mi papá, y eso me mantuvo firme. Así que seguí cantando, hasta que un día, se nos acercó un italiano. “Io laboro per voi. Viene in Italia”, me dijo.

La niñez en Rosario; una familia humilde, pero con principios que el cantante dice que lo hicieron fuerte frente a las tentaciones.

Desde la calma de su casa, Semino cuenta que tiene dos hijas, de 29 y 22 años, que se formaron en un hogar en el que su alemán materno iba a la par del castellano paterno, y un nieto de un año; también confiesa que después de casi tres décadas juntos, con su esposa Gabi se plantearon una pausa matrimonial, parecida a la que cree que la tierra se está tomando de nosotros, con todo esto del coronavirus. “Creo que es una gran lección para nuestra vida, nos está haciendo conscientes de muchas cosas que a lo mejor hasta este momento no lo estábamos”, reflexiona.

Con las palabras del italiano el la cabeza, Semino y sus amigos, que ahora eran tres, emprendieron un viaje de 18 días de Málaga a Ostia, parando cada dos por tres para hacer alguna plata para comer y cargarle nafta al Fiat Mirafiori de Humberto, uno de los pasajeros, con patente holandesa. “Era nuestro hotel. Cuando dormíamos, parecíamos Los tres chiflados. Se daba vuelta uno, y se daban vuelta los otros tres también. Todos al mismo tiempo”, recuerda.

-¿Qué pasó con el tano?

-Llegamos, lo llamé y le dije: ‘Aquí estamos, para trabajar’. ‘Ah, pero yo no te dije este año, sino la temporada que viene’. Te imaginas lo que le dije. Esa noche dormí en la playa, y al otro día, Humberto me propuso irnos a Roma.

-¿Y en Roma?

-Seguimos pasando el plato. Quería ir a ver el Vaticano, así que bajé del auto a sacar unas fotos, y de ahí al Metro. Trabajamos ahí unos 45 días; por la mañana en el subte, por la noche en Trastevere. Aún recuerdo cuando en el metro de Roma uno me tiró un pedazo de pizza contra la guitarra, como diciendo: “Muerto de hambre, tomá algo para comer.”

Un argentino varado en Roma. Un italiano le había prometido trabajo, pero llegó un año antes…

-Y dormían en…

-La primera noche, en el Fiat. Después me fui a una pensión, a 300 metros del Vaticano. Quince años después volví con mis padres. Fue muy emocionante.

La aventura romana duró apenas un mes y medio. Una vez más, el Mirafiori salió a la ruta. Próxima estación: Zurich, en Suiza. Y una vez más, a pasar el plato, con el auto como dormitorio y un baño público como lugar de aseo. “Tenía calefacción. Ahí nos cambiábamos antes de ir a tocar. También había una ducha. ¡Era horrible! Pero ahí, en Zurich, conocimos a tras personas del Paraguay que nos sugirieron que fuéramos para Austria. No tenía ni idea de cómo era, pero ahí fuimos”, sigue el músico.

-Cantar en español en España está bien, en Italia también… Pero Suiza o Austria son otro planeta. ¿Qué repertorio hacían?

-Cuando recién había llegado a España y con Llopis no iba a ningún lado, la dueña de restorán me preguntó si sabía La cucaracha, Guantanamera, Cucurrucú Paloma o cosas así. En la Argentina, si cantabas algo de eso, con lo menos que te tiraban era con la tabla de la picada. Pero allá, la música latinoamericana era muy querida. Además cantaba algún tango o canciones mexicanas, Bésame mucho…  Además, en Austria me puse un traje de gaucho, para impresionar.

-¿De dónde lo sacaste?

-De un diccionario. Una señora vio el dibujo y me hizo un traje que de gaucho no tenía nada, pero el pantalón al menos parecía una bombacha. Era de tela de verano, y en las botas les tenía que meter cartón, porque tenía agujeros y cuando llegamos, el frío era tremendo. Fue difícil. Pero en un restorán apareció alguien que me preguntó si no quería cantar en un hotel. Y me lancé a mi parte hotelera. Durante ocho años hice Austria en la temporada de invierno, y Andalucia en la de verano.

En ese ida y vuelta, un cruce con Alberto Cortés y su esposa, Renata, se convierte en amistad y lo devuelve a la Argentina en plan de corista del autor de Cuando un amigo se va. “Me dejaba cantar un canción. Y me presentó a un ejecutivo de EMI, que me dijo que no necesitaba baladistas. Entonces, Alberto me dijo que el lugar era México. Estuve yendo seis años. Pero tampoco resultó, y me resigné a cantar Guantanamera y Cucurrucú Paloma en los hoteles de Austria”.

A la distancia, Semino admite que la calle fue una escuela. “Hoy tengo sobre mis espaldas 120 empleados. Creo que si no hubiese tenido mi hermosa familia y la vida misma, no sería capaz de soportar lo que tengo sobre mis espaldas. Por eso digo que, a veces, en el momento no entendemos por qué nos ocurren determinadas cosa. Pero con el tiempo, Dios te da la oportunidad. Y a mí también me llegó, en el 2004”, avisa.

La cosa fue así: “Estaba cantando en el sótano de la casa de una mexicana, en Austria, cuando apareció un señor preguntándome si tenía un demo. Le di un casete, y al otro día me llamó el dueño de la compañía, Franz Koch. Pensé que me estaban haciendo un chiste. A mí, de las compañías discográficas no me llamaba nadie. En mi vida habré mandado unas 200 cartas, y nadie jamás me las había respondido”.

-Pero no era chiste.

​ -No. Hablamos, y me preguntó si me animaría a cantar en alemán. “Yo me animaría a cantar en cualquier idioma. Deme una oportunidad”, le respondí. -Venite mañana a Munich. Y ahí fui, con el auto de mi esposa, después de haber cantado en un casamiento hasta las tres de la mañana. Llegué y canté No llores por mí Argentina, que es una de las que sigo cantando. Al minuto y medio de la canción me pararon. Yo pedí disculpas. ”A lo mejor estoy mal de la garganta”, dije. Y ellos: “No, no. Esto está para pincharlo y mandarlo a la venta. Te queremos firmar, pero queremos que cantes en alemán”. Ahí, mi sueño comenzó a hacerse realidad.

Lo que siguió fueron las clases de alemán, el aprendizaje de la fonética, y la firma del contrato. “Si vendés menos de 10 mil copias, lo rescindimos”, le advirtieron. Alles Aus Liebe, así se tituló el álbum, vendió 700 mil. Y mientras el mundo alemán preguntaba quién era ese argentino que canta con ese alemán roto, el segundo disco, Tausend Rosen für Dich, entraba en el Top 10 del país. Con el tiempo aquella 700 mil copias iniciales se multiplicaron hasta superar los 6 millones.

“Fue todo muy rápido. En tres meses me hice muy popular, me llamaban de los programas de televisión, me saludaban en el supermercado. Mi hija me preguntaba qué estaba pasando, y la verdad es que no sabía qué responderle. Al año siguiente me propusieron hacer una gira. Tenía miedo, tenía en la mente la calle, tocar los hoteles para 15 personas, en los barcitos para 12…

-¿Cómo resultó?

-Fueron 48 conciertos, y en Viena metí 11.500 personas. ¡Una locura! Fue como decir: “Valió la pena haber esperado”. Nunca fui detrás del dinero; fui detrás de un sueño. Mandaba casetes grabados, con una cartita escrita a mano o en máquina de escribir. Muchas veces, cantando en un hotel, cerraba los ojos y pensaba: “¿Hasta cuándo, Dios mío, me vas a dejar aquí cantando para 10 personas a las que no les interesa mi música y aplauden porque están en un hotel y tienen que aplaudir?” No era ese el motivo por el cual había dejado mi país. Yo había dejado la Argentina en busca de algo de lo que todos se habían reído. Me pasó a los 40. A lo mejor si me hubiera pasado a los 20 lo habría perdido todo porque no estaba preparado para soportar el peso.

-Las otras tentaciones, que aparecen cuando lo tenés todo.

-Por eso creo que la base de nuestra vida es fundamental. Y yo tengo una base de familia muy hermosa, muy humilde, pero muy unida, que me guió por un camino correcto. El dinero fácil, también se va fácil. Lo que hoy tengo me costó muchísimo trabajo. Me di mis gustos; una casa hermosa que le di a mi familia, el coche, la moto y el barco. Eso me lo gané por derecho propio. Pero imagínate que si no caí en la tentación cuando no tenía nada, ahora que lo tengo, es mucho más difícil, porque no me hace falta.

Semino Rossi, en vivo con el violinista neerlandés André Rieu, con quien además grabó.

-¿Nunca intentaste probar suerte en la Argentina?

-No. A lo mejor no era el momento, porque mi carrera en Europa no estaba afianzada. A lo mejor esta entrevista me permite abrir alguna puerta. Tengo muchísimo trabajo acá. Volví a la Argentina en 2011, para apoyar el “voto Cataratas”, para que se convirtieran en una de las maravillas del mundo. Organicé un viaje con 400 fans. Hice Rosario, San Juan y fui a Cataratas. Pensé que iban a ir a verme 300 personas y aparecieron 8.500, que cantaban mis canciones en alemán, porque por esa zona viven muchísimos alemanes. No gané un centavo, pero me dieron las llaves de la ciudad de Puerto Iguazú, un gran honor, y tuve la suerte de conocer a los guaraníes, a quienes les regalé una escuela que se llama Jasí Porá, donde estudian 120 niños, ahí en Puerto Iguazú. La vida te compensa con esas cosas hermosas. Mi camino no fue el más fácil del mundo, pero hoy estoy realizado, como persona, como hombre, como padre, como abuelo y como artista.

-¿Te arrepentís de algo?

-A lo mejor perdí muchísimos años, 35, de mis padres. Pero creo que él, desde el cielo estará orgulloso de ver a su hijo lograr el sueño de su vida. Mi madre, por suerte, ya viajó 12 veces. El año pasado me la traje con 10 viejitas más al crucero anual que hago con 600 fans. Son los gustos que hoy me puedo dar.

-¿Tenés vínculo con músicos argentinos?

-Estoy al tanto de la música latinoamericana en general. Soy un gran admirador de Marco Antonio Solís, le grabé a Chico Novarro Algo Contigo, hace muy poco. Sé que hay muchos cantantes jóvenes, como Luciano Pereyra, con quien la compañía me propuso hacer un dueto, aunque no sé en qué quedó. Me encanta La Sole. Jairo me encantó toda la vida, Baglietto… Pero tengo la impresión de que estoy muy lejos.

En el repertorio del cantante argentino tiene un lugar el tema “Qué será”, de José Feliciano, con quien compartió escenario.

-¿Qué haces cuando volvés al país?

-Voy a ver algunas cosas de tango, bailarines, espectáculos de boleadoras. Trato de ver algo para traer a mis giras por Europa. Pero mi mayor vínculo es mi familia, la escuela, y más que nada, volver a ver el cielo. El cielo es distinto, a pesar de que es el mismo. Voy buscando sabores, colores, nostalgias por las cuales he vivido. A mí me extrañan mi madre y un par de amigos, pero yo extraño a toda la Argentina.

-Decís que te sentís realizado. ¿Te queda algún sueño por cumplir?

-Afortunadamente he tenido la posibilidad de compartir con muchos artistas a los que admiraba. Con Andrea Bocelli estuvimos en un programa de televisión, tambien con Juanes, conocí a Celine Dion… Mi gran sueño sería, y no por dinero, hacer una gira por Latinoamérica, cantar algún día en el Gran Rex, o en Rosario… Hacer un dueto con Marco Antonio Solís, cantar con la trova argentina, los Nocheros… Ir a lo de Susana y cantarle con mi guitarra una canción. Son sueños, aunque soy realista: sé que tengo 57 y que hay muchos jóvenes que se van abriendo camino.

-Revisando tu historia, cuesta pensar que eso te acobarde.

-No me acobarda. Pero jamás tuve la medida de lo que venía logrando. Y me sorprendió que alguien en la Argentina se haya enterado de que existo. No soy de ir refregando quién soy. Pero le prometí a mi mamá que alguna vez estaría con Mirtha Legrand. Y aunque ahora el programa lo hace su nieta, por supuesto que sería hermoso que mi madre me viera sentado a la mesa de Mirtha.

E.S.

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Sources:
clarin-com

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