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Al revés que “Poco Ortodoxa”: la mujer que entró al mundo de los judíos religiosos en la Argentina

Al revés que "Poco Ortodoxa": la mujer que entró al mundo de los judíos religiosos en la Argentina



Cuando se haga la serie sobre la vida de Yamila Silberman habrá una escena crucial: ella vive en Buenos Aires, tiene 24 años y reúne a sus compañeras de la Facu, pone sus jeans, su ropa ajustada como en una feria americana y ellas eligen, se prueban, se la llevan. Una toma final apunta al placard: sólo quedaron las polleras. Yamila está en el camino al judaísmo ortodoxo. Pero viene de otro lado.

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En estos días, claro, el mundo miró a los judíos ortodoxos a partir de una serie que Netflix llevó a muchísimas casas: Poco ortodoxa. La serie cuenta la vida de “Esty”, una chica que crece en la comunidad Satmar (o Satmer), de Williamsburg, Brooklyn, Estados Unidos. Esty se siente oprimida, resiente su falta de educación y encima le arreglaron un matrimonio con un muchacho al que verá media hora por todo concepto antes de la boda. De a poco Esty va pensando en huir y un día da el gran salto: en la escena crucial, ella se saca la peluca que llevan las judías religiosas desde que se casan -no se puede mostrar el pelo, mostrar el pelo es seducir- y así, a cabeza limpia, se mete en un lago, como en un bautismo. Afirma su camino hacia afuera de la ortodoxia.

Parte del impacto de la serie es su apego a los detalles -hubo asesores religiosos- y el hecho de que está basada en un caso real: Deborah Feldman nació en 1986 en esa comunidad y en 2012 contó cómo vivió y cómo se fue en un libro, Unorthodox, que por ahora sólo está en inglés y que tiene similitudes y diferencias con lo que mostró Netflix.

La plataforma también ofreció un documental, One of us (Uno de nosotros), con varios casos de personas que dejaron una comunidad ortodoxa en Estados Unidos: para ninguno fue fácil pero menos para la mujer entrevistada, que perdió la batalla legal por su hijo. De hecho hay, en ese país, una organización creada en 2003 -Footsteps- que da contención y de qué vivir a quienes dejan el abrigo comunitario y quedan solos en el ancho mundo.

Poco ortodoxa: el libro, con la tapa que alude al momento de cambio de vida-

En la Argentina, por supuesto, también hay quienes dejan la ortodoxia. Clarín habló con dos mujeres pero ninguna aceptó que se contaran sus historias ni sus nombres: la familia que “quedó allá” fue el principal argumento.

¿Pero es así la vida de todos los judíos, de todos los judíos practicantes, de todos los ortodoxos?

“Dentro del judaísmo es feísimo hablar de divisiones pero hay una realidad, hay gente más observante, gente menos observante”, explica desde su casa y en cuarentena Axel Shimon Wahnish, 38 años, egresado del Carlos Pellegrini, rabino de la comunidad marroquí en Buenos Aires. “Dentro de los más observantes, más conocidos como ortodoxos hay una corriente específica, la corriente jasídica, que a su vez tiene muchas ramas. Los satmar son una de esas ramas. En Argentina, son un grupo bastante pequeño, asentados sobre todo en Flores”.

El rabino Axel Shimon Wahnish en su departamento de Barrio Norte. / Fernando de la Orden

Aunque algunos creen que los satmar porteños son más abiertos que los neoyorkinos, no fue la experiencia de Clarín, que no pudo acceder a ellos.

Sin embargo, dice Wahnish: “no son el prototipo de judío observante en general, de hecho acá hay muchos judíos ortodoxos que van a la universidad, se desempeñan en sus profesiones. Mis hijos -tiene cinco- hacen karate, música, futbol, dibujo”.

De hecho mucho de lo que se ve en Poco ortodoxa, aclara Wahnish, son costumbres propias de los satmar y no de otras comunidades religiosas: “por ejemplo, el rapado de las mujeres casadas es una costumbre sólo de satmar. Hay muchos que no concuerdan y que hasta prohíben esa práctica”.

Tampoco es satmar la comunidad a la que entró Yamila -la del placard de polleras- sino otra, muy visible y poderosa dentro de los jasídicos: Jabad Lubavitch.

Con barbijo. Un judío ortodoxo, en el barrio de Once. / Germán García Adrasti

“Mi camino para reconectarme con mi esencia, por decirlo de alguna forma, empezó a mis 24 años”, cuenta Yamila. Antes tenía una vida judía, digamos, laica. Fue a una escuela judía no religiosa, iba a veces al templo, celebraba en la casa las fiestas principales. Su familia era su mamá: el papá se había declarado ausente. Y tras los temblores de 2001, en 2002 la mamá decidió irse a vivir a Israel.

-Era un año bastante convulsionado, yo acababa de terminar la secundaria. Al final, ella decidió quedarse y yo, seguir por mi cuenta con los trámites. Me fui con un grupo de cincuenta y pico de personas. En Israel me quedé tres años. Y en ese lapso una de mis amigas más cercanas se enfermó y se apegó un poco más a la religión. Ahí empecé a descubrir otra cara del judaísmo, que ni siquiera tenía en la cabeza. Compartí con ella su vivencia de acercarse y empezar a ver, estudiar. Pero quedó ahí. Yo finalmente volví. Así como volví, a los seis meses empecé a trabajar en una institución de Jabad, en Villa del Parque.

-¿Qué hacías?

-Secretaria. Fui por una prima de mi mamá, me presenté y me tomaron. Ese fue el primer paso, empezar a descubrir las familias, digamos. Fue lo primero que me llamó la atención y lo primero que me tocó: yo soy hija única, crecí toda la vida con mi mamá, la amo, para mí ella es lo más que hay.

-¿Y tu papá?

-No, la verdad que él se fue en su momento, yo era muy chiquita, nunca fue un padre presente. Ella hizo todo sola, la verdad, le agradezco por quien soy. Y en Jabad empecé a ver este contexto de familia, no sólo por la cantidad de chicos que tenía cada uno, sino por los vínculos que había en los chicos, cómo se cuidaban entre ellos, cómo los papás les hablaban a sus hijos, lo unidos que eran. A veces me pedían que fuera a cuidar a unos chicos del rabino. Yo veía la dinámica en la casa. Y de repente me encontré, con 22, 23 años, diciendo: “yo quiero formar una familia así. O sea”, yo quiero tener una familia que tenga estos valores.

-Contame más qué veías. Si es por la serie Poco ortodoxa, da la impresión de que las relaciones son muy rígidas.

-Los chicos eran muy compañeros, los papás escuchaban a los chicos. Se hablaba mucho de lo que sentían. No había tele, todo era espacio de juego, de conversación. Eso me llamaba mucho la atención porque, si bien mi mamá me acompañó toda la vida, yo había crecido con la televisión y había visto otras dinámicas también. Acá los papás estaban muy presentes. El rabino trabajaba, la esposa trabajaba, pero los dos estaban. En tiempo y en presencia en ese tiempo, en escucha con los chicos.

Yamila Silberman en su casa. Detrás, la foto del rabino El rabino Menajem Mendel Schneerson.

-Vos todavía no eras ortodoxa. ¿Cómo pasaste de trabajar ahí a adoptar esa forma de vida?

-Me invitaban a Shabat (la ceremonia del viernes por la noche para recibir el sábado, que es un día sagrado), me invitaban a las fiestas. Veía cómo le abrían las puertas de la casa a gente desconocida, porque a mi no me conocían, y la invitaban a mi mamá también. Y de repente me sentí como en casa, eso fue lo que me pasó, eso fue lo que más me tocó. La apertura del corazón a otro. Y dije “yo quiero una vida así”. Pero quedó ahí.

-¿Y el paso?

-Esto fue a los 22 años, yo veía, miraba, iba a cuidar a los chicos, me invitaban a las fiestas, la llevaba a mi mamá. Yo por ahí iba a Shabat y después salía con mis amigas. Una de las cosas que más me marcó fue una vez que uno de los nenes que tenía el rab me dijo: “¿para qué trajiste la cartera?” Y yo no supe qué contestarle. Entonces, si bien ellos sabían que yo no cumplía -las reglas de Shabat indican no viajar, no cargar peso y no tocar plata, entre otras cosas-, me lo pregunté a mí: “¿para qué traje la cartera? ¿Para qué quiero salir yo después? ¿Qué es lo que estoy buscando ahí afuera?”

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-¿Y qué es lo que buscabas?

-Cuando salía, después de Shabat, nada, no me había hecho esa pregunta, eso es lo que pasaba. Volví de Israel y empecé a estudiar Psicología. Iba con mis amigas de la facultad a bailar. Y lo que el nene me preguntó, me resonó y dije: “¿para qué estoy haciendo esto? Si esto no es lo que yo quiero para mi vida. Quiero, no sé, estudiar, formar una familia. Y a los 23 años, estudié todo el año con el rabino. Estudiamos Tania, que es el libro de profundidad de Jabad.

Un manual con muchos años

El mundo en que se está por meter Yamila a esta altura no es un mundo simple. En su libro Los lubavitch en la Argentina, Alejandro Soifer explica: “La ortodoxia judía es un movimiento amplio a nivel mundial que congrega en su seno distintas y hasta contrapuestas visiones acerca de lo que es el propio judaísmo”

Si las primeras leyes del judaísmo son, según la tradición, las que Dios dicta a Moisés en el monte Sinaí, luego vienen las interpretaciones y cada maestrito con su librito. “La ortodoxia asume la postura más radical y, en buena medida, fundamentalista”, escribe Soifer. “Considera que no sólo lo que está escrito en el Antiguo Testamento es una crónica real, histórica, que habla de los antepasados directos de todos los judíos actuales (lo cual lleva a posiciones muchas veces extremas, como desechar la teoría de la evolución de Darwin o sostener que los dinosaurios nunca existieron porque en la Biblia no se hace mención a ellos), sino que además lo toma como un manual para la vida.”

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Ese manual no es sencillo, nada de Pequeño Manual Ilustrado. La Biblia tiene para los judíos 613 preceptos. De cuáles y cómo se cumplen parten las diferencias entre distintas tendencias.

“No existe contextualización posible”, dice Soifer. “El manual para la vida de una tribu nómada que surcaba el desierto hace tres mil años sirve y debe repetirse exactamente igual para un judío porteño del siglo XXI o un judío ruso viviendo en Siberia o en cualquier otro lugar del mundo”.

Con los años, claro, hubo otros movimientos, aquellos que vieron al judaísmo no tanto, o no solo, como una religión sino como una nación o una identidad, dice Soifer “que condensa una serie de costumbres, ritos, antepasados, mitología y por lo menos tres lenguas madre (ladino, idish y hebreo)”. La ortodoxia -sostiene- se plantó contra esta modernización.

Sobre “Poco ortodoxa”

El rabino Wahnish, sin embargo, apunta a una convivencia entre ortodoxia y modernidad. Cuenta que estudió Psicopedagogía -“una carrera tradicionalmente de mujeres”-, que cursó con la que sería su esposa. Y que toca percusión. En la serie está vedado que las mujeres canten delante de los varones. Reacciona Wahnish:

-Justo en la serie parece que está prohibida la música y uno dice: “¿pero de dónde lo sacaron?”

-Lo que dice es que está prohibido que las mujeres canten delante de los varones

-Eso sí, pero después también parece que las clases de piano de Esty eran vistas como un sacrilegio. Yo, de hecho, incentivo a mis hijos, toman clases de piano, de dibujo. Entonces yo creo que lo que ocurre es lo siguiente: toda sociedad tiene familias o personas tóxicas o patológicas. Y desde la serie se da una caricaturización. ¿Qué hace una caricatura? Agarra determinados detalles y los agranda de modo tal que algo chiquito parezca gigante. Entonces, claro, en la serie hay un cóctel explosivo: una nena que se siente abandonada por la madre, el padre alcohólico, una tía malvada que parece de la Cenicienta, un novio que es emocional y socialmente es raro, un primo mafioso, que es un impostor. Uno agarra ese cóctel y creo que hasta yo me escapo de esa familia. Eso puede pasar en cualquier religión o en familias que no tienen nada que ver con religión.

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-¿La impresión que deja la serie puede ser dañina?

-Es una remota excepción a la regla, de un sistema familiar patológico y tóxico. Ahora bien, mostrar una excepción no tiene nada de malo siempre y cuando se la encuadre dentro de su marco general. Pero en el momento en que se muestra una excepción aislada eso no es información sino desinformación. Eso es manipular y deformar la opinión del espectador desprevenido y desconocedor del asunto, que en su desinformación llegará a pensar que esta es la regla, esta es la totalidad. Y como seres humanos, tendemos a clasificar y etiquetar información para ordenar nuestro mundo. Pero lamentablemente, en esta tendencia a abstraer y etiquetar, reside tambien la formación de prejuicios negativos.

Yamila, mil preguntas

Así como Esty se alejaba y veía un horizonte nuevo en Berlín, Yamila se acercaba y estudiaba.

“Más que respuestas, me encontré con mil preguntas. Mil preguntas que no me había hecho, incluso en mi situación familiar, donde mi mamá siempre fue todo, pero mi papá había elegido borrarse. Eso yo lo había vivido como una víctima. De repente, empecé a pensarlo desde otro lugar y a aceptar mi historia, ver que con mi historia podía ser yo quien era. Que hoy podía elegir quién quería ser de ahí en adelante, que como mujer, no solo como mujer, sino como mujer judía podía elegir qué querer hacer de ahí en adelante. Esto fue ya 2007.

-¿Y entonces?

-Fui a un seminario de jóvenes, en Punta del Este, con seis amigas. Ese fue un puntapié importante. Si bien no participé de todas las charlas, tomé una decisión, que fue empezar a comer según las reglas judías, kosher, carne kosher y a no mezclar carne y leche. Y bueno, conocía a otras familias, me confirmó un poco esto que yo veía del lugar que tenía la mujer. Y de repente yo veía a la mujer protagonista total. Y después me fui de vacaciones con el rabino y su familia.

-Una experiencia…

-Eso me cambió todo. Desde cómo revisar una lechuga hasta cómo pararme y hablar frente a Dios, por decirlo de alguna forma. Yo quería una familia con contenido espiritual, quería tener una vida donde pudiera ver la vida, no a través de mis ojos subjetivos, sino a través de la mirada de Dios. Donde pudiera entender que cada cosa pasa por algo y para algo. Y donde tuviera un rol protagonista en mi vida, donde no quedara a la merced de las cosas que me pasaban, sino que empezara a ser activa en las cosas que me pasaban.

-Uno podría pensar que es al revés, que cuando uno depende de la voluntad de Dios todo está determinado, entonces, tu voluntad es como secundaria.

-El es que el judaísmo no cree en lo predeterminado, cree en el libre albedrío. La clave es que si bien, todo depende de Dios, vos tenés que construir los canales para que las cosas pasen. Porque si vos te quedás sentado, por más de que Dios quiera mandarte un montón de bendiciones, bueno, la bendición no va a bajar.

-Pero tenías que cambiar muchas cosas, la manera de vestir…

-A mí todo lo que tenía que ver con el recato no me costó en absoluto, porque yo vivía vestida recatada, porque trabajaba ahí en Jabad todos los días e iba a Shabat, al final, sólo el domingo me ponía el jean. Si bien al principio, cuando recién había empezado a trabajar, me cambiaba para ir a la facultad, llegó un momento en que ya no me cambié más. Vinieron mis amigas de la facultad y me acuerdo que fue como una kermese, se llevaron toda la ropa que yo no iba a usar más y bueno, me quedé con las polleras.​

-Y entonces llegó alguien…

-Para marzo, el rab me propuso presentarme a alguien. La verdad es que ya conocía de vista a quién es hoy mi marido, así que si bien me hice un poco la importante, yo ya sabía que le iba decir que sí, que quería salir a tomar algo.

Yamila Silberman y su marido Jonathan: judíos ortodoxos en la Argentina.

-¿Porque ya había habido onda entre ustedes?

-No, no es que hubiera habido onda, pero a mi me parecía bastante lindo, así que dije bueno, dale, ¿por qué no? Y en la primera salida así, religiosa, fuimos a tomar algo a un café. El punto de una salida religiosa es que, hasta que vos no decidas que esa persona es para vos, mejor que nadie te vea con esa persona, porque te quemás, se quema el otro, ¿para qué? Así que te podés ir a tomar un café, una Coca mejor, en vaso de vidrio, se puede tomar en cualquier lado. Fuimos a un café que quedaba por la calle Gaona.

-O sea, cerca de tu casa.

-Sí. Me acuerdo que a él le dijeron, “bueno, vos por las dudas no le hables de Torá, para que no se asuste, mostrale quién sos”. Terminamos hablando de mil cosas, porque mi marido en ese entonces estudiaba mucha Kabbalah. Hablamos de mil cosas, pasó de ser, desde músico, que lo es aún hoy, a fumigar casas, ser vendedor y fabricar milanesas de soja, así que había mucho para hablar. En agosto nos casamos.

-Cinco meses.

-Claro.

-¿Cómo es el noviazgo? Porque un noviazgo no religioso tiene muchas cosas, uno se va de vacaciones, tiene contacto físico. Dos personas jóvenes, que se gustan.

-No voy a decir que lo ideal es que lo sufran, pero, si les está costando, es que va bien, eso quiere decir que se gustan, eso es clave, tiene que haber una atracción. No  voy a decir que es re fácil, por supuesto: hay una atracción. Pero hay un entendimiento mayor de que el hecho de aprender a vincularte y conocerte desde otro lugar, posibilita a conocer a la persona de verdad. Y a elegir completamente centrados y no nublados por la pasión y el deseo, por decirlo de alguna forma.

-¿Pero salían?

-Salíamos a tomar algo, hablábamos por teléfono, hacíamos trampa y hablábamos más de lo que nos dejaban hablar. Porque nos daban algunas pautas, te dicen mejor no hables todos los días, para que haya un poco de aire y nosotros hablábamos igual, hacíamos un poco de trampa ahí.

Desde su casa, el rabino Wahnish dice algo parecido: “el noviazgo implica hacer mucho hincapié en la parte espiritual interna del otro, mucho. Para el judaísmo el noviazgo no es un fin en sí mismo, no se alienta a que uno viva en pareja sin compromiso, vemos el noviazgo como un medio para conocer a la otra persona lo máximo profundamente, emocional, psicológica y mentalmente. Lo vemos como un paso hacia otra etapa que sería más un compromiso de matrimonio.

Esposos. Esty y su marido, en la serie “Poco ortodoxa”.

El rabino también tuvo un noviazgo corto: diez meses. Todo, dice, sin tocarse un pelo: “durante el noviazgo no hay contacto físico, el primer contacto físico es en la boda”, cuenta. Y subraya. “Es importante que los dos novios estén contentos y a gusto con la parte interna y externa de la persona, no es que no nos tocamos porque no nos interesa la atracción física. Si yo tuviera un amigo y me dice que está saliendo con una chica que le encanta todo a nivel interno y emocional pero físicamente no le genera… mi consejo sería “cortá”.

En el dormitorio

El rabino Wahnish quiere dejar claro lo que tiene que ver con el sexo. En Poco Ortodoxa es dificultoso y por lo menos decepcionante. En el libro de Deborah Feldman, aún peor. ¿Se reniega del sexo? Él dice que no:

“Hay un mito que dice que la relación sexual es sólo para procrear: es mentira, de hecho, hay un precepto que incentiva a que la relación íntima sea un encuentro de placer y entrega mutua, en total contraste de lo que se muestra en la serie. No como obligación, algo como ‘poné energía'”

-¿Darse placer mutuamente?

-Sí, el sexo en el judaísmo es una de las cosas más elevadas a nivel espiritual y emocional para generar union y amor en el matrimonio, a diferencia quizás de otras religiones. Más allá de la procreación es un fin en sí mismo, y pruebas hay muchas; de hecho hay relaciones cuando la mujer está embarazada o sea que la posibilidad de otra concepción es nula. O si la mujer es menopáusica. Además, hay métodos anticonceptivos permitidos en determinadas circunstancias que lo requieran.

-¿Cuáles son?

-Pastilla, DIU… y hay otros.

El casamiento de Deborah Feldman, la verdadera Esty. .

-¿Preservativo?

-El preservativo no.

-¿Por qué?

-Dos motivos: primero porque es una interrupción y no puede haber nada que separe la unión entre el hombre y la mujer digamos tiene que ser carne con carne. De acuerdo a una norma bíblica, el semen no puede ser derrochado fuera de la mujer.

-¿Y las enfermedades de transmisión sexual?

-Bueno ahí está el tema de que dentro del judaísmo ortodoxo no hay relaciones sexuales premaritales, por eso la posibilidad digamos de contagio se reduce.

Los judíos ortodoxos, está a la vista, tienen muchos hijos. ¿Por qué, habiendo anticonceptivos?

Yamila aclara el mecanismo: “Si una mujer estuviera pasando una situación en la cual ella no puede, porque no puede, porque no quiere, porque no es su momento, por supuesto que va a hablar con el rab. Y con su marido, antes que nada. Y va a hablar con un psicólogo también y decidirá sobre su vida ella. Nadie puede decidir sobre su vida, esa es una decisión de la pareja y de la mujer.

-Entonces, no usás métodos anticonceptivos, salvo que pase algo.

-Sí, salvo que, por alguna razón, la pareja quiera cuidarse y lo decida de esta forma.

-¿Y “no quiero” es un motivo?

-Depende qué hay detrás de ese “no quiero”. Y, de todas formas, nadie puede obligar a la mujer a quedar embarazada.

-¿Para qué hablar con el rab?

-El rab te explica la ley. Uno le pide el consejo. Hay determinadas decisiones que uno necesita una visión extra. Eso se charla con el rab y lo charla la mujer y el rab siempre escucha a la mujer. La realidad es esta, por lo menos es la que yo vivo en este presente.

La cama ortodoxa ha dado muchas fantasías y algunos asombros. Un mito: que se usa una sábana con un agujero para tocarse lo menos posible. Una realidad: que se duerme en camas separadas, porque según la ley judía los días en que una mujer menstrúa es impura y no puede tocar al varón. Por pudor, las camas suelen mantenerse separadas todo el mes, de otro modo la cama sería un semáforo que avisaría si la señora de la casa tiene la regla o no. Esto es otro motivo para que varones y mujeres no se toquen: ¿cómo saber si la que viene por el pasillo está pura o impura?

Una vida nueva

-Qué sorpresa para la familia: en poco tiempo, ortodoxa y casada.

-Claro, mi mamá se shockeó un poco, pero ella es lo más del mundo. De nuestra familia cercana, nadie cumple los preceptos, solo nosotros. Y la verdad es que nos llevamos bárbaro, porque mientras hay respeto y amor, creo que no hay ningún problema, puede llegarse a un acuerdo. Mi mamá estuvo shockeada al principio, no voy a mentir, pero como siempre, me acompañó.

-¿Y cómo es el vínculo con ella? ¿Qué pasó entre ustedes y con la vida cotidiana? 

-Mi mamá, mis suegros, que están separados y cada uno tiene su marido, su esposa. Mi mamá también, está casada. Mientras que nos respetamos mutuamente, está todo bien. Mi mamá viene acá, mínimo, tres o cuatro veces por semana. Los abuelos tienen una rutina, o sea, todas las semanas le toca a un abuelo. Y mis chicos van a dormir a su casa y se quedan allá. De hecho, he tenido que viajar por trabajo y se quedan días.

Yamila Silberman y su marido Jonathan. Judíos ortodoxos en la Argentina. / Gentileza Yamila Silberman

-Pero son casas que no respetan las reglas, no son kosher.

-No, ninguno es kosher, pero sí para nosotros, cada uno se compró un hornito, vajilla y les cocinan con eso. Yo confío plenamente, bajo determinadas pautas, en ellos.

-En los rezos diarios, los varones judíos agradecen a Dios no haber nacido mujeres, no parece ser un lugar muy valorado el de la mujer. Y además hace falta diez hombres para que una ceremonia se pueda hacer, en tanto que pude haber 200.000 mujeres y no importa, como si no fueran sujetos religiosos.

-En la primero, “que no me hizo mujer”, es así pero tiene que ver con la posibilidad que tiene el hombre de cumplir más preceptos. En lugar de eso, al mujer dice “que me hizo según su deseo”.  Tiene que ver con que la mujer tiene un lugar más elevado. Entonces, es entender que determinados preceptos no me conectan a mí como mujer con Dios, porque no tengo ese aspecto en mí para trabajar, porque los preceptos vinieron para que cada uno pudiera refinar algo en su alma. La mujer, que es más elevada, no necesita refinar eso.

-¿Los varones agradecen tener que cumplir más preceptos porque son menos elevados? 

-Porque tienen otras cosas, porque somos distintos. No está mal ser distintos.

-¿Vos decís que no hay un lugar jerárquico de los varones?

-No, en absoluto.

-¿Hay rabinas?

-No. 

-¿Ninguna mujer que dicte las leyes? 

-No, la que dicta la ley no. Pero la pregunta es: ¿por qué yo en vez de mirar lo que tiene un otro, no miro todo el potencial que puedo hacer desde mi lugar?

-Porque no puedo dejar de mirar cuál es tu lugar.

-¿A qué te referís?

-A que hay un lugar de quienes deciden cómo son las cosas y son consultados y son la autoridad. Y hay un lugar de quien pregunta. No son equivalentes.

-No, depende. A mi me preguntan todas mis alumnas, me preguntan temas con sus parejas, me preguntan para conseguir pareja. Y, en eso, puedo ser referente. Ahora, la clave es que, cuando uno no está satisfecho en el lugar que tiene y que ocupa, empieza a mirar lo que está haciendo el otro. Si yo estoy tranquila, conforme en el lugar que tengo, ocupando el lugar que ocupo, siendo desde mi lugar referente o como me quieran llamar, yo estoy contenta y no necesito ocupar el lugar de mi marido, porque yo estoy feliz en el mío.

-¿Sentiste que hubo cosas que tuviste que dejar cuando te hiciste ortodoxa, ciertas renuncias?

-No, la verdad en su momento dejé la facultad, como una elección mía. Y hoy por hoy, si Dios quiere, en uno o dos meses, me recibo de coach. Porque tenía ganas de estudiar, así que todos en la casa me apoyaron. Con lo cual, si tenía una cuenta pendiente, que era estudiar, ya la estoy terminando. Y la verdad que, no sé, en mi vida anterior estudié teatro, comedia musical, hice danza y encontré mi forma de jugar con eso. O sea, doy clases, hago videos en Instagram, soy este combo, con Torá, sin dejar de ser la que era.

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Sources:
clarin-com

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