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La transformación del duelo: el adiós en medio del COVID-19

La transformación del duelo: el adiós en medio del COVID-19


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Al conversar, Félix Rafael Bonilla expresa una fortaleza admirable. Para él esa entereza -que por momentos se quebranta- es resultado de la hermosa relación que tuvo por los pasados 15 años con su esposa, la terapista Teresa Ortiz, quien falleció a causa del COVID-19 el pasado 30 de marzo.

Pero, Bonilla reconoce que quedan días tristes por delante. No ha podido ver a su familia luego de que también diera positivo a coronavirus. Ayer, estaba a la espera de los resultados de una segunda prueba que confiaba fueran negativos. Tampoco ha podido tener consigo las cenizas de su esposa. “Sé que voy a llorar un montón cuando la vea, porque no la he podido ver”, relató.

“La voy a tener conmigo todo el tiempo porque mandé a hacer unos pendants (pendiente) que llevan parte de las cenizas”, compartió.

El jueves, añadió, le entregaron la urna que una sobrina de ellos eligió para “Maritere”, como le gustaba que la llamaran. Uno de sus anhelos -una vez pase la pandemia- es hacer una misa en honor a esa gran mujer que, dijo, fue un ángel en la tierra, siempre al servicio de los demás. Mientras llega ese día la tendrá en su casa, junto a él con una vela blanca encendida como le prometió.

El decreto de la pandemia trajo consigo una serie de nuevas directrices, como la prohibición de velatorios, que no solo han transformado el proceso de despedida, sino, que en algunos podría alargar el duelo.

La despedida física de ese ser amado también está prohibida, lo que Bonilla reconoce es uno de los aspectos más difíciles de procesar durante esta emergencia. El contador tuvo la oportunidad de ver a su esposa a través de un cristal días antes que su salud se deteriorara. Estuvo hospitalizada en el Hospital Regional de Bayamón durante cinco días.

“Empezó a temblar con un nerviosismo y le dije: ‘mama, cálmate’, que mira lo fuerte que yo estoy. Si te tienes que ir, vete’. Ese día que la vi me dolió mucho”, recordó sobre ese sábado. Ella murió lunes.

No pudo obtener las pertenencias de ella, como está establecido en el caso de los pacientes que fallecen por COVID-19. A pesar de que entiende la directriz, le duele no haber recuperado su almohada y la colcha que usaban para arroparse. “Tenía mucho valor sentimental para mí”, dijo.

Compartió que Maritere lo preparó a él y a su familia para su partida. Reconoce que también eso se refleja en su fuerza. Desde finales del 2019 ella les decía que no llegaría al verano. Dijo que así Dios se lo había revelado. Maritere padecía una serie de condiciones de salud que afectaban el funcionamiento del hígado y los pulmones. También era sobreviviente de cáncer.

El aislamiento lo ha aprovechado para “hablar con ella de lo que he querido y como me ha dado la gana”. No obstante, el el apoyo a través de mensajes y llamadas telefónicas de su familia, amistades, conocidos y hasta pacientes de Maritere, ha sido fundamental. “Eso lo ha hecho mucho más fácil porque los tengo ahí, aunque estén de lejos”, agregó.

En los meses subsiguientes seguirá enfrentándose a lo desconocido, como cuál será su reacción al regresar a aquellos sitios donde iba junto a ella. “Tengo la satisfacción de lo felices que fuimos, de lo mucho que me enseñó de la vida, de que volvió a unir a su familia y de tantas otras cosas más”, comentó.

Dolor que trasciende

La pérdida de un ser amado siempre es un golpe difícil de procesar, pero la realidad que le ha tocado vivir a familiares de las víctimas por coronavirus se complica con las regulaciones que rodean a quienes mueren a causa de la enfermedad.

En el caso de la muerte, las sociedades siempre han tenido tres elementos presentes: cuidar el nombre de los fallecidos, tener un lugar sagrado para llevarlos y los rituales, explicó la doctora Ada Mildred Alemán, psicóloga clínica y educadora en salud y tanatología del Recinto de Ciencias Médicas.

El velatorio y el entierro ayuda a los deudos a calmarse. La compañía y los recuerdos que se comparten en ese entorno les permite validar la situación y, en quienes persiste la cultura de negación, los ayuda a aceptarla.

“Se sabe que cuando los deudos no ven el cuerpo, cerrar el duelo es bien difícil porque no lo ves tangible, no es material para ti. Tú estás creyendo porque te lo dijeron. Se van uniendo tantas cosas que la posibilidad de un duelo complicado post patológico es bien alto”, señaló Alemán.

Shirley Silva, quien tiene una especialización en tanatología del National Center for Death Education, sostuvo que bajo este nuevo paradigma se puede expresar el duelo retrasado, así como el duelo inhibido.

El primero es el resultado de no poder llorar la pérdida de la forma que cultural o socialmente se entendía indicada. También están quienes deciden retrasar el duelo como resultado de patrones de crianza, por ejemplo.

También puede manifestarse en los profesionales de la salud que no pueden detenerse a reflexionar sobre las pérdidas que han experimentado, ya sea de pacientes, rutinas de trabajo y seguridad.

El duelo inhibido, por su parte, es el resultado, en estas circunstancias, de la carencia de servicios. “Esa reacción a la perdida está impedida por una normativa que cambió, porque culturalmente no se me permite expresarme”, explicó Silva sobre este tipo duelo.

A nivel social, Silva abordó lo que es el duelo extraordinario, que es aquel que se manifiesta cuando muere una figura reconocida, pero también cuando hay guerras y pandemias, porque es una perdida que unifica a la humanidad. “También podemos tener duelos comunitarios porque en el campo se pueden ver reacciones distintas a las que se ven en la ciudad”, señaló.

Aunque no hay término definido sobre cuánto dura el duelo, Alemán indicó que se tienden a prolongar más aquellos productos de la pérdida de un hijo o de un compañero. Pero, bajo esta realidad, la falta de relación social puede ser un factor determinante y extender este período aún más.



Sources: metro.pr

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