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Mundos íntimos. Del placer al dolor: qué aprendí de la desprotección cuando me fracturé el fémur en Italia y me internaron 30 días

Mundos íntimos. Del placer al dolor: qué aprendí de la desprotección cuando me fracturé el fémur en Italia y me internaron 30 días



De pronto me vi haciendo grandes esfuerzos para desplazarme en una silla de ruedas por los pasillos del Centro Traumatológico de Milán. Era domingo y esos pasillos estaban colmados de visitas de otros pacientes. Un blanco importante se había apoderado de mi mente y apenas podía pensar en que una semana atrás, a esa misma hora, estaba saliendo de la Fundación Prada a disfrutar un trago con un grupo de amigos y colegas. Veníamos de visitar la 58 Edición de la Bienal de Venecia y llegamos a Milán con la intención de visitar la Fundación Pirelli y la Prada para seguir luego a Turín y a la Bienal de Lyon.

El arribo, un mediodía caluroso de fin del verano, no estuvo precisamente signado por lo que los astrólogos llaman constelaciones favorables. Al salir de la estación de trenes un grupo de niñas -presumiblemente de algún lugar de los Balcanes- se me acercó a hacerme preguntas mostrándome un plano de la ciudad y, mientras una de ellas se acercaba, las otras rodeaban mis valijas diciendo que las protegían del “peligro de alrededor”. En el instante que empecé a sospechar de tanta amabilidad y pude apartarme, el cierre de mi riñonera, colocada debajo de una chaqueta apenas abierta por el calor, ya había sido vulnerado. Un alarde de prestidigitación digno de admiración si no fuera porque gracias a él había perdido todo el dinero que acababa de retirar de la caja de seguridad del hotel y tenía previsto para el resto del viaje.

Anclada en Milán. La autora en el centro traumatológico mientras se recuperaba.

Por fortuna las jóvenes habían tenido la delicadeza de desechar el pasaporte y yo la previsión de distribuir algo de dinero y las tarjetas en sitios distintos. Después de semejante bienvenida a la ciudad hice mi ingreso al hotel y me encerré en la habitación a rumiar una situación que no sabría cómo remontar sin complicar la estadía al resto del grupo. Al cabo de un rato algunas de mis compañeras de viaje llamaron; me estaban esperando para almorzar. Hice de tripas corazón, me lavé la cara y bajé y una vez en el lobby me entregaron un sobre con una suma cercana a la que acababa de perder. El espontáneo y generoso gesto que me rescataba de esa primera tragedia fue el primero de una cadena de otros gestos solidarios que me ayudaron a sobrellevar los insospechados infortunios de ese viaje.

Ya más animada y contenida, esa misma tarde fuimos a la Fundación Pirelli, un conjunto industrial magníficamente rediseñado por el arquitecto holandés Rem Koolhas, en una de las tantas transformaciones que en las última décadas adaptaron a usos culturales conjuntos edilicios que la era industrial dejó vacantes. La Fundación Prada cerraba nuestra estadía.

Antes de la caída. Ana en el Duomo de Milán

El viaje continuaba un día después en Turín y el tren partía a las 10 y cuarto. Ante el apuro, algunas de nosotras juzgamos innecesario gastar los 20 euros extra del desayuno pantagruélico que ofrecía en el hotel y optamos por un breve café con medialunas en la estación. El tiempo tal vez fue demasiado justo, lo cierto es que salimos a toda prisa por las cintas móviles que nos llevarían al anden al que nunca llegué. Al salir de un tramo mi pequeño carry-on se trabó, perdí el equilibrio y rodé cuesta abajo por la cinta móvil -que en realidad iba cuesta arriba- todo, sin lograr un punto de apoyo.

A partir de allí todo se detuvo como esas elocuentes máquinas que acompañaban los brazos de los obreros en La Huelga de Eisenstein. La prisa que venía llevando se canceló de repente como el programa previsto. Y mi percepción del tiempo cambió de manera radical. Mientras todo a mi alrededor continuaba su ritmo en una estación de trenes de una mañana laboral, lo mío se detenía.

De allí en mas empecé a percibir todo a la distancia. Mientras mi colega Fernando se aplicaba diligentemente a todo lo que habría de garantizar mi atención médica y mi cobertura de seguro junto con el consulado argentino en Milán, yo era trasladada en ambulancia.

-¿Adónde me llevan?, pregunté.

-Al CTO, me respondió el camillero.

¿Qué es eso? volví a preguntar y el hombrón se aplicó a desmenuzar las siglas del centro de salud. Una vez allí la información del médico de guardia fue lapidaria: “Fractura de fémur, señora, será preciso operar. Calcule que deberá permanecer mínimo un mes para su rehabilitación”. Y por fin me consoló: “Descuide, todo va andar bien”.

La estimación se cumplió sin mayores variaciones. Mientras tanto el resto de compañeros de ruta siguieron el viaje -como cabía esperar- y yo quedé sola con la única referencia de Julián, el joven funcionario del consulado que estuvo al pie del cañón todo el tiempo. De a poco, la noticia de mi accidente fue viralizándose entre mis conocidos lo que permitió tramar una mínima red de contención.

Rubén, el amigo periodista de mi hijo Alejandro, fue el primero en llegar con un teléfono que me permitió una mejor conexión ya que el CTO carecía de servicio de internet. Mi amiga Livia de Buenos Aires me puso en contacto con Jeanne su amiga americana que vive en Milán. Jeanne se comunicó inmediatamente y vino a los tres días de internada con un ramo de flores, una canasta de frutas, chocolates , un paquete de ciruelas pasas y una serie de ediciones recientes de The New Yorker.

Hacia el fin de semana volvió con una plantita de rosas y una bolsa de bizcochitos. Delgadísima, de contextura leve, en esas circunstancias Jeanne se me apareció como un ángel protector. Un sábado por la mañana llegó con un vaso de té y compartimos una larga charla, mezcla de literatura y confesiones personales. Me contó que vivía en el Greenwich Village neoyorquino cuando conoció al italiano que sería su marido y quien la hizo instalarse hace más de treinta años en Milán. Tuvieron un hijo italiano que fue a estudiar a la Escuela de Leyes de Harvard y ahora era abogado y vivía en Nueva York con su mujer y su pequeño hijo. Cuando el esposo de Jeanne murió, afectado por un tumor, ella decidió permanecer en Milán donde da clases de inglés y entre tantas cosas participa de un multicultural club de lectura. Hablamos del libro El amigo de Sigrid Nunez. Ambas lo habíamos leído recientemente y a las dos nos había impactado el tratamiento con que la autora había abordado la cuestión del duelo. Hablamos también de otras referencias literarias especialmente de los libros y películas que trataban de clubes de lectura.

Otro día aparecieron Lizzie y Tefi, dos de las compañeras del grupo de viaje que se volvían por Roma e hicieron escala en Milán para verme. Otro día llegó sorpresivamente Ana. Habíamos quedado en compartir salidas al arribar a París. Así que una vez allí, al concluir el programa de visitas, decidió sacar un pasaje a Milán, sólo para verme. Llegó también con un kit de aseo y me ayudó a lavarme la cabeza, algo que no había podido hacer desde el día del accidente y no estaba contemplado en la rutina de higiene diaria del hospital.

Había días que no tenía visita alguna. Eran los más. Entonces recorría los pasillos en mi silla de ruedas donde se notaba particularmente la proverbial efusividad italiana en contraste con mi enorme soledad. Entonces, por cansancio o por temor de enfrentarme más dramáticamente a esa circunstancia apuraba mi esforzado desplazamiento hasta encontrar el refugio reflexivo de mi habitación.

Allí podía entretenerme con los escasos movimientos de la calle que veía a través de la ventana o las sombras detrás de las aperturas de los otros edificios. Otras veces la silla de ruedas me permitía paseos menos melancólicos por esos pasillos aunque siempre me devolvía a los misterios que sugería la visión de la ventana. La situación de voyeur me hacía sentir identificada con el fotógrafo de la película La ventana indiscreta.

Una tarde me topé con un cartel al pasar frente a la puerta de la enfermería: Lasciate ogni speranza voi que entrate, Dante Alighieri. (“Los que aquí entráis, perded toda esperanza”). Y seguidamente un signo de prohibido y un letrero que decía lo siguiente: Vietato Lamentarsi (“Prohibido lamentarse”). Eran ironías, claro, pero también reflejaban parte del ánimo de quienes circulaban por allí.

A la semana siguiente me transfirieron al área de rehabilitación fisioterapéutica . Allí la habitación ya no era individual sino compartida. Mi compañera de cuarto, una milanesa delgadísima, de pocas palabras –cosa que agradecí infinitamente– era mujer de comentarios ácidos. Fue de una gran ayuda cada vez que era necesario litigar con mucamas y enfermeras por alguna cuestión de servicio no satisfecha. En el CTO , como en tantos otros sitios, se ponía de manifiesto el perverso regodeo de ciertos personajes a la hora de ejercer pequeñas cuotas de poder. Pero ella tenía un exacerbado sentido de la eficacia -producto de una vida dedicada al trabajo de secretaria ejecutiva de abogados- y lo hacía valer.

Los días transcurrían en esa suerte de suspenso de cápsula al que ingresé el día del accidente. Ordenados por una rutina de controles médicos que comenzaba a la seis de la mañana, sesiones de fisioterapia por la mañana y la tarde, desayunos frugales, almuerzos que hacían poca gala de la vera cucina italiana y cenas desdeñables. Ante cada desplazamiento debía ensayar una rigurosa economía de movimientos. Por las mañanas y las tardes volvía a los pasillos en un disciplinado intento de afirmar progresos; primero en silla de ruedas, luego con andador y finalmente con bastones canadienses. En cada recorrida me encontraba integrando una suerte de corte de los milagros que avanzaba en procesión en silla de ruedas, muletas, o andadores. Había gente mayor pero también muchos jóvenes que al parecer se habían dejado fascinar por el vértigo de sus motos. No dejaba de sorprenderme cómo en esos pasillos no renunciaban a imprimirle velocidad a sus sillas de ruedas.

Esa limitada rutina de paseos incluía una parada diaria en la “macchineta”, la expendedora de bebidas donde debía esperar que un alma solidaria me ayudara a retirar la lata de “Arancia Sanpellegrino”, que luego de introducir la moneda, invariablemente era expulsada fuera de mi alcance. Su sabor levemente amargo me hacía evocar las mezclas con Campari que disfrutábamos con mi esposo Adolfo en una terraza de Sicilia un par de años atrás. Es curioso cómo a partir de esos detalles la memoria ancla en momentos que lo ayudan a uno a sostenerse Con todo, creo que durante la mayor parte de mi estadía hospitalaria pude evitar caer en la melancolía. Leí mucho, sobre todo los cuentos del New Yorker que me traía Jeanne, vi muy poca televisión, ya que desde el primer día mi compañera de cuarto monopolizó el control lo que me obligaba a refugiarme en los auriculares conectada a Spotify.

Pero también me dediqué a aprovechar las charlas de pasillo y a descifrar el bullicio imperante para darle mayor fluidez a mi italiano. Ni los hospitales se salvan del típico registro italiano a “viva voce”. Nada allí sugiere lo que la enfermera con el dedo sobre los labios que solía ser infaltable en los hospitales argentinos. Algunos fisioterapeutas alentaban a sus pacientes como en la feria. Pietro, un pobre viejo al que le costaba incorporarse, entre otras cosas porque, a fuerza de calmantes, terminaba adormeciéndose en las sesiones de fisioterapia, era uno de los destinatarios de ese aliento:
-Alzati Pietro!!!!, alzati!! bravo, bravo così!!!


Al cabo de quince días en el tubo hospitalario mi estado de ánimo empezó a flaquear. Mis amigas desde Buenos Aires me llamaban siempre que podían, especialmente Laura que lo hizo puntualmente todos los días. Pero la tarde en que mi hijo Alejandro apareció en el Centro de Rehabilitación para quedarse en Milán y acompañarme en el regreso, toda la entereza que me había sostenido se desmoronó. Apenas me abrazó me quebré en un llanto al sentir la protección de sus brazos. Días después llegó mi otro hijo, su hermano mellizo Diego. Fue entonces que por primera a vez, desde que llegaron a mi vida, sorpresivamente de a dos, cuando yo tenía apenas 23 años, sentí que se revertía el sentido de nuestros vínculos. A partir de allí tuve la sensación de que algo había cambiado. Que ahora era yo la necesitada de protección y que ellos estaban allí para ayudarme a sobrellevar ese estado de vulnerabilidad innegable.
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Ana María Battistozzi es crítica de arte, curadora y docente especializada en arte contemporáneo. Licenciada en Historia del Arte, desde comienzos de los años 90 ha cubierto para el diario Clarín y más tarde para la revista Ñ las principales bienales internacionales de las últimas décadas. Entre ellas la bienal de Venecia, San Pablo, Documenta Kassel, Bienal de Lyon, de Liverpool asimismo las Ferias de Arco en Madrid, Frieze Londres, Basel y Miami Art Basel. Entre 2016 y 2019 integró el equipo curatorial del CCK. Fue asesora curatorial del C .C. Recoleta (2014-2015) y del Ministerio de Cultura entre 2000 y 2006 donde organizó y dirigió el Festival Multidisciplinario Estudio Abierto. En 2017 recibió el Konex de Platino por su labor de crítica de arte en medios gráficos.

TEMAS QUE APARECEN EN ESTA NOTA



Sources:
clarin-com

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