fbpx
Ciencia

Los padres de la coreana muerta al caerle una cornisa en Madrid: “Estamos solos. Nos dieron el pésame y nada más” | Madrid

Los padres de la coreana muerta al caerle una cornisa en Madrid: “Estamos solos. Nos dieron el pésame y nada más” | Madrid



— Mi hija muerta desenmascara el peligro del turismo en Madrid.

Dos padres coreanos de mediana edad se manifestaron este viernes y este sábado en la sede de la consejería de Cultura de la Comunidad de Madrid, a seis minutos a pie de la Puerta del Sol. Fue una concentración silenciosa. Un hombre enfundado en chándal negro con una sudadera negra con capucha, y una mujer de abrigo largo del mismo color. Solitarios. Sin apenas hablar, sin hacer mucho ruido. Portaban, eso sí, dos pancartas con las manos. Una: “No evitar la responsabilidad por la tragedia de la muerte de mi hija”. Y otra: “Para todos aquellas personas que aman Madrid y España: gracias a todos los que comparten nuestro dolor, deseamos que siempre sean felices con sus familias”.

Su historia empezó a las 4.15 del pasado sábado, cuando el móvil de ella vibró muy fuerte en la mesita de noche de su dormitorio de Busán, la segunda ciudad más importante de Corea del Sur. No hubo respuesta. 45 minutos después, esta vez sí, el padre de Jihyun respondía al teléfono:

— Su hija ha muerto en Madrid en un trágico accidente.

A la izquierda con gafas, su amiga Yeni; en el centro, su compañera japonesaSatomi, y a la derecha, Jihyun, durante un café en Valladolid. Cedidas por familiares y amigos.

Era un agente de la policía coreana. Gyoungsook Han, de 60 años, y Sungwoo Lee, de 58, se enteraron así del fallecimiento de su hija Jihyun, de 32 años. Tras colgar, encendieron el ordenador y cogieron sin pensar el primer vuelo que había para la capital de España. No había trayecto directo. Seúl-Madrid, cinco de la tarde, 36 horas de vuelo, con escala en Hong Kong y Milán. “Todavía seguimos sin dormir nada”, cuentan sentados —con unas inmensas ojeras— sobre el sofá de la recepción de un hotel a las afueras de Madrid. “Ahora estamos solos y desamparados por la Comunidad de Madrid. Los ciudadanos españoles tendrían que sentir vergüenza de cómo nos están tratando”.

La noticia del fatídico accidente de su hija se expandió de manera fulgurante por los diarios, informativos y redes sociales a las 14.45 del viernes 20: “En estado crítico una mujer coreana tras caerle una cornisa en la calle Alcalá”. El argentino Arturo Prins, de 47 años, se salvó de milagro. “No sé cómo sigo vivo”, cuenta por teléfono. “Iba a sacar dinero de La Caixa y unos cascotes cayeron a mi lado con tan mala suerte que le golpearon de lleno a una chica. Se desplomó en el acto. Empecé a asistirla como pude. Todavía sigo muy impactado”. Dos minutos después, llegaron cuatro ambulancias. “La víctima ha entrado en parada respiratoria con un traumatismo craneoencefálico”, dijo un portavoz de Emergencias. Horas después, falleció.

La tarde del accidente.

La sonrisa de Jihyun aterrizó en Barajas a mediados de mayo tras romper con su novio. “Volveré con un español”, avisó a sus padres antes de embarcar. La joven coreana había estado ahorrando un año entero en Seúl para viajar a estudiar español. Tras terminar su trabajo como diseñadora de moda en una empresa en el mes de abril, localizó un curso de castellano en Valladolid. Tenía entre ceja y ceja cumplir un nuevo sueño: ser, algún día, diseñadora de moda para Zara. “Le encantaba Inditex. Todo el día estaba dibujando”, cuenta su madre.

En Pucela no tardó en encontrar varios grupos de amigos. “Nos conocimos en la Universidad. Era increíble, detallista, risueña y con una carcajada muy contagiosa”, cuenta su amiga Elena Revilla, de 33 años. “Ella vivía abajo y yo arriba. No había día en que me dijera: Bájate, que he cocinado algo’”. Revilla se enteró de la trágica noticia en el grupo de WhatsApp que tenían porque una compañera no lograba localizarla. “Hasta que la madre de una nos dijo que había leído en el periódico algo de un accidente en Madrid”.  Se repartieron los teléfonos y comenzaron a llamar a hospitales y comisarías de Madrid. Uno, dos, tres. Y nada. La confirmación llegó tras hablar con el consulado. 

“Jin era una alumna modélica”, cuenta Beatriz Pallín, su profesora de español en Valladolid, de 48 años. “Educada, respetuosa, siempre mostraba un gran interés por la lengua y la cultura española. Era del grupo cinco, un grupo que jamás olvidaré. Estoy segura de que cada vez que vea su mesa, cerca de la puerta de entrada, la veré a ella”.

Jihyun, tercera por la izquierda, junto a unos amigos en Burgos. Cedidas por familiares y amigos.

Sus padres no han ido a Valladolid. Llevan en Madrid desde el pasado domingo. Siete días. Sin descanso. Él trabaja en Busán para una ONG que lucha por la unificación de las dos Coreas. Ella, como profesora de Biología en un instituto de Bachillerato.

Allá, a más de 10.300 kilómetros de distancia, también se quedó su otro hijo, más pequeño. “Es un gran fotógrafo”, dice su padre. La última vez que conversaron con su hija fue el 13 de diciembre. “Mamá, papá, ya he terminado el curso de español. El día 23 volveré a Corea para pasar Nochebuena”. De hecho, también tenía comprado los vuelos para pasar fin de año en Filipinas junto a una de sus mejores amigas.

“Seguimos sin entender cómo ha podido fallecer mi hija por una borrasca. ¿Por el mal tiempo? ¿Cómo es posible? ¿Por qué ha muerto mi hija? ¿Por qué?”, lamenta su padre, que denuncia un trato “lamentable” por parte de la Comunidad de Madrid.

Los dos cuentan que, al aterrizar en Barajas el pasado domingo, fueron recibidos por tres representantes de la embajada coreana y dos de la Comunidad en un reservado de la zona VIP del aeropuerto. “Los de la Comunidad nos dieron el pésame y se marcharon, sin más”. Después, siempre según su versión, se fueron al hotel que le habían recomendado desde la embajada a las afueras de Madrid.

A las ocho de la mañana del lunes 23 se presentaron en el Instituto Anatómico Forense. “¡Tardamos cuatro horas en ver a nuestra hija!”. El motivo era una autorización judicial. “Nadie nos dijo cómo se hacía eso. Solo nos decían que había muerto, pero yo quería saber que, efectivamente, esa era mi hija”. Al final lograron verla gracias a que el instituto envió un burofax al juez. “También solicitamos una copia del atestado judicial, pero tardaron horas y horas en dárnoslo”.  Nadie les explicó la burocracia española. “No queremos dinero, queremos unas disculpas oficiales, una explicación detallada de lo que sucedió y que la Comunidad nos pague la repatriación de nuestra hija porque ella tenía un seguro, pero no lo cubre todo”.

La joven Jihyun, primera a la izquierda, rodeada de su amigos en Valladolid tras terminar el curso de español. Cedidas por familiares y amigos.

Eugenio Fontán, número tres de la viceconsejería de Presidencia, es el encargado de la gestión de la Comunidad: “Fue un accidente fortuito. Ya se revisó el edificio y vimos que fue por culpa del temporal. ¿Qué otra cosa podemos hacer? No depende de nosotros. Piden un funeral de Estado, pero nosotros no hacemos esas cosas. También quieren una investigación del suceso y subir a la azotea para ver el edificio, pero ya les hemos dicho que eso corresponde a los peritos”.

— También piden los costes de la repatriación.

— No podemos generar ese presupuesto porque los interventores no nos dejan.

— Puede ser extraordinario.

— Eso no me lo han pedido.

“Es muy importante que la Comunidad se centre en ayudar a la víctima”, dice un portavoz de la embajada de Corea. “Ya saben lo que quiere la familia. Les toca actuar”. “Si esto hubiera pasado en Corea se habría gestionado de otra manera. No es justo el trato que están recibiendo”, dice Hyung Min Lee, de 47 años, y vicepresidente de la Asociación de Residentes Coreanos de Madrid. “Tienen que tratar igual a un coreano, a un alemán y a un estadounidense. Se olvidan de que 700.000 coreanos visitan cada año España. Está siendo una vergüenza”.

La joven Jihyun, de 32 años, llegó a Madrid el día 18 tras visitar Barcelona. Su intención era enviar a casa los dos maletones gigantes que se trajo de Corea. “Desde Valladolid es carísimo y me han dicho que una empresa de allí las envía más baratas. Además, así aprovecho para hacer turismo”, confesó a sus amigas. Cuando fue a las puertas del local estaba cerrado. De paso, observó la inmensidad de su anhelado Gaudí. Regresó a Madrid al día siguiente y logró enviar las maletas. El día del accidente iba camino de la casa de su amiga japonesa Satomi, que vive muy cerca. En el hotel donde se hospedaba guardaba una agenda que ya ha sido devuelta a sus padres. “Día 20. Visitar el Museo Reina Sofía”.

Sigue con nosotros la actualidad de Madrid en Facebook, en Twitter y en nuestro Patio de Vecinos en Instagram



Source: elpais.com

Related posts

Bob Pop: “El discurso de derechas triunfa porque la gente quiere creerse cosas para ser peores personas” | ICON

admin

La emoción desborda la capilla ardiente en el Congreso | España

admin

Precariedad juvenil: Culpables de tener derechos | Opinión

admin

Leave a Comment

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.