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Kike Ferrari: “La consigna ‘el amor vence al odio’ me parece una pavada”

Kike Ferrari: "La consigna 'el amor vence al odio' me parece una pavada"



Esta es la historia de Volver al futuro en versión local. Hay una máquina del tiempo, inventada por un argentino –delirante, demente, maniático y algo iluso– que elige un momento particular de la historia mundial con la esperanza y el anhelo de poder cambiar su curso: quiere viajar a la Ciudad de México del día 20 de agosto de 1940. Más específicamente a la casa ubicada en la avenida Río Churubusco 410, en el barrio de Coyoacán. Quiere –si todo su plan, acaso, funcionara a la perfección– matar al asesino de Trotsky. Todos nosotros, el último libro del escritor Kike Ferrari (47), es una de esas novelas que invitan a pensar “¿Qué hubiera pasado si…?”.

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“Soy el brazo ejecutor de la Historia. Voy a salvar a la patria del proletariado del peor traidor que haya conocido”, dice el Ramón Mercader de Kike Ferrari. Y no es la primera vez que la figura del hombre que asesinó a Trotsky con un golpe de piolet en la cabeza aparece en una ficción: el cubano Leonardo Padura lo convoca en El hombre que amaba a los perros, el español Jorge Semprún, en La segunda muerte de Ramón Mercader y la catalana Nuria Amat, en Amor y guerra, por mencionar solo algunos. Ahora es Kike Ferrari quien lo evoca con el fin literario de matarlo justo antes de hacerse conocido mundialmente.

A los 47 años, mantiene su trabajo en el subte y viaja con la presentación de su novela anterior “Que de lejos parecen moscas”. / Maxi Failla

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Autor de Que de lejos parecen moscas –la novela negra con la que fue premiado en España, Francia y Cuba y que lo tiene viajando por el mundo con su presentación– Ferrari se hizo conocido hace cinco años como “el escritor del subte”. De limpiar por la madrugada la estación Pasteur de la línea B, pasó a la estación Pueyrredón, en el horario de 7 a 13, donde es posible cruzárselo actualmente. Si en aquel momento ningún pasajero lo reconocía, hoy no pasa una semana sin que le hagan al menos un comentario.

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Hincha de River –lloró cuando se fue a la B y ahora disfruta del presente del equipo en la Copa Libertadores–, padre de tres hijos, vive en Once, donde alquila un departamento. Con un colgante de una hoz y un martillo en el cuello, brazos tatuados y musculosa negra, Kike cuenta que le llevó mucho tiempo escribir este libro porque trabajaba de noche, sus hijos eran chiquitos y estaba muy cansado. “Quería hacer un relato coral, porque la historia, en realidad, es muy pequeña: trata de alguien que viaja en el tiempo para impedir un asesinato. Lo primero que escribí fueron los capítulos de Mercader, la voz que más me iba a gustar hacer, porque lo odio”, señala y agrega que trabajó con muchos personajes que existieron en la realidad: Ramón Mercader, León Trotsky, Esteban Volkov…

Hincha de River, su novela “Que de lejos parecen moscas”, de 2014, tiene traducciones al inglés, francés, griego, turco y, dentro de poco, ruso. / Maxi Failla

–Para el libro, te contactaste con Esteban Volkov, nieto de Trotsky, ¿cómo se dio?

–Tenía interés en que me contara algo, pero sobre todo quería conocerle el tono, lo había visto en un par de videos de charlas para alguna organización trotskista, pero ese es el tono de hablar en público. Yo quería saber cómo hablaba. De hecho hay un pedacito del libro que son textuales suyos, porque yo nunca hubiera hablado así. Me interesaba encontrarle la voz a un tipo que nace en ruso, se cría en francés y vive su vida adulta en español. Intercambiamos unos correos y una vez me mandó un audio. Espero conocerlo cuando presente el libro en México, en la Casa de Trotsky, que él dirige.

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–¿Pensás que la historia de la humanidad habría cambiado sustancialmente si Trotsky no hubiera muerto en ese momento?

–No. Creo que mis personajes son tremendamente optimistas. Primero, pienso que a Trotsky le quedaban unas horas o días de vida, hubiera muerto igual. El estalinismo tenían planes B, C. Pero digamos que no, que Trotsky muriera a los 80 en su exilio mexicano… Mario, el personaje que viaja en el tiempo, se lleva los documentos desclasificados que dicen que es un ataque de Stalin, en un momento en que el estalinismo todavía está validado, entonces quizá hubiera habido algunos cimbronazos en el movimiento comunista mundial. Esa es la hipótesis que mueve a los personajes. Yo creo que no hubiera pasado nada, creo que la tensión con el nazismo y la Segunda Guerra era muy fuerte y que no hubiera habido un cimbronazo demasiado grande. Hubiera habido algunos cambios pequeños, el movimiento trotskista hubiera sido más grande, se hubiera evitado el estalinismo en algunos lugares, quizá algunas de las revoluciones hubieran roto antes con el estalinismo, pero no creo que la foto grande hubiera cambiado demasiado. Tendríamos, sí, unos últimos libros del viejo, que a mí me gusta cómo escribe, al margen del contenido.

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–Decir de alguien que es un “trosko” tiene, a veces, una connotación negativa, ¿cómo lo ves?

–Soy hincha de River, y tomamos el “Gallina” como algo propio. Lo que quiere decir, llevado al extremo, es que no condescendés con nada. Cuando alguien te dice ‘la estás troskeando’ es que no cedés en nada. Si van a decir algo tremendo de mí, prefiero que sea que no cedo en nada a que cedo en todas las cosas. En última instancia, es elogioso. Además, es cierto, los troskos somos tozudos, queremos llevar las cosas hasta las últimas consecuencias.

De 7 a 13, en la estación Pueyrredón de la línea B del subte, Kike Ferrari realiza tareas de mantenimiento. Antes estuvo en la estación Pasteur. / AFP

–¿Y qué pensás del resentimiento de clase?

–En mi caso, existe. No tengo una relación compleja con el odio en general, toda esa consigna de “el amor vence al odio” me parece una pavada. El odio está ahí, existe, es un motor. Además sería tremendo no odiar en un mundo que es horrible.

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–En el libro, está el contrapunto de la Historia grande, en tanto acontecimientos que afectan el devenir del mundo, versus la historia pequeña, la vida cotidiana de las personas.

–En su diario, Kafka dice sobre la Primera Guerra Mundial algo así: “Por la tarde fui a nadar. Hoy Alemania invadió Rusia”. Es fabuloso. Lo tengo siempre presente cuando voy a escribir cosas en las que se juega un trasfondo político. La dimensión de las historias mínimas y la historia grande es más o menos esa: para Kafka es más importante ir a bañarse en el mar que la Primera Guerra Mundial. Hay algo interesante en mixturar las historias diminutas con la Historia grande.

–Si pudieras viajar en el tiempo, ¿qué cambiarías de tu vida y por qué?

–Jugué mucho ese juego en mi cabeza pero dejó de funcionar desde que soy papá: no querría que ninguna modificación en el pasado me separe de ellos. Así que cambiaría pequeñas cosas: no portarme mal con gente a la que quiero. O ir a ver un partido o un recital que me perdí por pereza. O, también, me gustaría acercarme a Mariano Ferreyra para avisarle que viene la patota, que están armados, que van a tirar.

Ferrari Básico

Buenos Aires, 1972.

Antes de decidirse a escribir, trabajó en una panadería, fue fletero, vendió seguros, computadoras y teléfonos, fue mozo en una tanguería –y ese jefe inescrupuloso y malo lo inspiró para la novela Que de lejos parecen moscas– y atendió un call center a las tres de la mañana.

También fue deportado de Estados Unidos en 2003, mientras leía Ernesto Guevara, de Paco Ignacio Taibo II, casualmente uno de los escritores que lo elogió.

Otro que habló bien de él fue Ricardo Piglia​. Ferrari se ríe, ahora, pensando si le aprobarán la visa para viajar a ese país el año que viene, adonde fue invitado para presentar Que de lejos… Porque fue justamente aquella situación, la de la deportación, la que lo impulsó a ponerse a escribir. 

Catalogada como “novela de culto”, Que de lejos… (2011) fue traducida al inglés, francés, turco, armenio y, dentro de poco, al ruso y está en marcha una adaptación a serie de televisión. The Wall Street Journal calificó a Ferrari como “revelación literaria argentina”. Recibió los premios Casa de las Américas (Cuba), el Fondo Nacional de las Artes (Argentina) y de la Semana Negra de Gijón, entre otros. Publicó, entre otras, las novelas Operación Bukowski (2004), Lo que no fue (2009) y el cuento “Entonces sólo la noche” (2008). 

PC/EV

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Sources:
clarin-com

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