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Economía

La fortuna de Craso, el especulador inmobiliario más famoso de Roma, y la historia de su Legión Perdida

La fortuna de Craso, el especulador inmobiliario más famoso de Roma, y la historia de su Legión Perdida


En 60 a.C. se constituyó una alianza política en Roma, llamada Primer Triunvirato, formada por Pompeyo, Julio César y Craso. Los dos primeros aportaban su prestigio ganado en el campo de batalla y Craso aportaba ser el hombre más rico de Roma. ¿De dónde venía el dinero de Craso?

Craso pertenecía a una familia de origen humilde que, como en el amor y en la guerra todo vale, consiguió ir ascendiendo peldaños en el escalafón social de la República. Su padre, que llegó a ser cónsul, se vio envuelta en la llamada Primera guerra civil de Roma, un conflicto que enfrentó a las dos facciones que controlaban el Senado: los optimates, encabezados por Sila, y los populares, con Cayo Mario al frente.

La familia de Craso se las prometía muy felices cuando Sila tomó el control de Roma, pero, creyendo tener todo atado, marchó a Grecia para luchar contra Mitrídates del Ponto, momento que aprovecharon los populares para recuperar el poder con la vuelta de Mario y sus veteranos del norte de África.

El padre y un hermano murieron durante la represión y Craso tuvo que exiliarse a Hispania. No volvió a Roma hasta tres años después, cuando los partidarios de Sila recuperaron el poder. Y al igual que habían hecho los populares, Sila aplicó el procedimiento de la proscripción: una lista con los enemigos de Roma a los que se podía matar impunemente y cuyas propiedades se confiscaban para subastar. Lógicamente, aquellas propiedades eran adquiridas por los optimates a unos precios irrisorios, y Craso fue uno de los más beneficiados.

A partir de aquel momento, Craso se embarcó en negocios legales, alegales (usura) y miserables, como hacer negocio con los incendios de la urbe. Craso creó un cuerpo de bomberos privado que, lógicamente, acudía a sofocar los incendios pero, y aquí está el negocio, sólo intervenían cuando los propietarios de los inmuebles afectados aceptaban venderle su propiedad a Craso. Claro está que a un precio ridículo. Ante la disyuntiva de quedarse sin nada o aceptar unos cuantos sestercios y poder recuperar parte de sus bienes, firmaban la venta. Los bomberos sofocaban el incendio y Craso adquiría terrenos donde construir nuevos edificios (ínsulas) y, de paso, convertirse en el mayor promotor inmobiliario de Roma.

Incluso se llegó a pensar que también tenía un cuerpo de pirómanos que facilitaban el negocio, aunque no creo que le hiciese falta porque los incendios en Roma eran muy frecuentes: una ciudad densamente poblada, con mucho material inflamable (paja, madera o telas), callejuelas estrechas abarrotadas de tenderetes, iluminación con teas y lámparas de aceite… Y para hacerles frente unos cuantos esclavos situados en puntos estratégicos con cubos de agua. El primer cuerpo de bomberos profesional (vigiles) no aparecerá hasta el año 6, en tiempos de Augusto.

Durante la República, los grandes núcleos urbanos con gran densidad poblacional dieron lugar al desarrollo de la construcción vertical: las ínsulas. Eran bloques de viviendas -normalmente en régimen de alquiler- de varios pisos que ocupaban los ciudadanos que no podían permitirse tener una domus, el tipo de viviendas de las familias de un cierto nivel económico.

Habitualmente este tipo de construcciones tenían cuatro alturas: en los locales de la planta baja se abrían tiendas y las superiores se destinaban a apartamentos de varios tamaños para el alquiler. Además del tamaño de las viviendas, en el precio también influía la altura. El último piso era siempre el más barato, ya que las posibilidades de sobrevivir, ante los frecuentes incendios que se desataban en Roma, eran mucho menores que las que tenían los que vivían en el primero. Siguiendo esta teoría, los primeros pagaban mucho más. Estas ínsulas se construían por promotores privados, como Craso, y, como todo negocio que se precie, lo que buscaban era aumentar la rentabilidad.

Fue suficiente con aplicar una regla sencilla: si construyo edificios de más alturas, supondrá construir más viviendas, cobrar más rentas y aumentar el beneficio con el mismo suelo. Así que decidieron llegar hasta 7 alturas e incluso algún osado las hizo de 8. El problema fue que se siguieron construyendo con los mismos materiales: madera y adobe (ladrillo sin cocer seco al sol), materiales muy débiles que no soportaban grandes alturas. Ahora, a los habituales problemas de los incendios, se unían los hundimientos. Para dar solución a los hundimientos, se aprobaron leyes que obligaron a construir las ínsulas con ladrillo cocido, y para evitar la propagación de los incendios se decidió que entre dos ínsulas debía de haber un determinado espacio. Pero todas estas medias a Craso ya le dieron igual, porque él ya había especulado lo suficiente como para pegar el pelotazo inmobiliario.

Decía Jacinto Benavente que “el dinero no puede hacer que seamos felices, pero es lo único que nos compensa de no serlo”, y Craso, al que no le compensaba el dinero, buscó la felicidad en la gloria militar. Y la ocasión le llegó cuando consiguió sofocar la revuelta iniciada por Espartaco en 73 a.C. Pero claro, en la balanza de los honores no pesa lo mismo derrotar a un ejército de soldados que a un ejército de esclavos. Así que fue un “sí, pero no”.

Su siguiente paso fue en el terreno político: “compró” un puesto de cónsul, que desempeñó junto a Pompeyo en 70 a.C. Su cursus honorum (carrera política) culminaría con el Primer Triunvirato. Aunque él era el que ponía la pasta, la admiración y el respeto del pueblo eran para Julio César y Pompeyo, y eso, para un hombre avaricioso y soberbio, no podía ser. Ante la ausencia de redes sociales para ir soltando bulos que menoscabasen la fama de sus colegas, no le quedó más remedio que volverse a jugar el bigote.

En 53 a.C se puso al frente de un enorme ejército -porque él, como militar mediocre, sólo se sentía seguro si, como mínimo, su ejército triplicaba al del enemigo- y se adentró en territorio parto dispuesto a lograr en los confines de Asia el honor y la gloria que no podía comprar con su inmensa fortuna. El enfrentamiento entre los 40.000 legionarios y unos 10.000 jinetes partos, encabezados por el general Surena, tuvo lugar en la desolada planicie de Carrhae (Turquía), y el resultado fue la más ignominiosa derrota de un ejército romano en Oriente. De los cerca de 40.000 efectivos que movilizó Craso, sólo regresaron 6.000 hombres. Unos 20.000 legionarios dejaron su sangre y vida en el desierto, así como Craso y su hijo.

Por cierto, conocedor Surena de la avaricia de Craso, porque su fama había traspasado fronteras, le dio una muerte adecuada: vertieron oro fundido en su boca.

¿Qué sucedió con el resto del ejército?

El resto, más de 10.000 hombres, fueron hechos prisioneros y, en su mayoría, esclavizados en las minas de Bactriana (hoy Afganistán). Y digo en su mayoría, porque una parte de ellos pudieron ser utilizados como tropas auxiliares por los partos para formar una primera línea de choque ante la presión de los nómadas de las estepas, los hunos. A estos hombres, de los que nunca más se supo, se les llamó la “Legión Perdida de Craso”.

Sin embargo, recientes investigaciones nos permiten conjeturar una hipótesis tan insólita como factible: quizá los extraños soldados que mencionó el historiador chino Ban Gu en su relato sobre la defensa de la ciudad de Zhizhi en el 36 a.C. (hoy Uzbekistán) pudiesen ser los restos de las legiones de Craso.

Este cronista describió en su biografía de las gestas del general Gan Yanshou cómo se encontraron con hombres veteranos y muy disciplinados que se fortificaban en campamentos cuadrados de madera y que luchaban siempre “alineados y desplegados en una formación como de escamas de pescado”, una descripción muy gráfica del testudo romano… ¡Una legión contra los ejércitos de la dinastía Han!

Tras duros combates, la ciudad de Zhizhi cayó y los chinos deportaron cerca de un millar de aquellos bravos soldados, alojándolos en una nueva ciudad, ya a las puertas del desierto del Gobi, a la que llamaron Li-jien (adaptación de la palabra legión, que era como los chinos conocían al Imperio Romano). Este lugar cambió de nombre años después, siguiendo las tendencias de Confuncio, para llamarse Jie-Lu, que significa cautivos.

A día de hoy, en esta zona sigue habiendo personas de ojos azules o verdes, rubias o pelirrojas, o con nariz aguileña y cabello rizado; además, en los habitantes de la zona hay una coincidencia del 46% con el ADN de la población europea. ¿Serán los herederos de la Legión Perdida de Craso?

Cuando las legiones de Roma exigieron el sueldo



Source: eleconomista.es (Noticias destacadas por elEconomista)

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