Cultura

Muere Margarita Salas, referente de la ciencia en España

Muere Margarita Salas, referente de la ciencia en España


La ciencia española ha perdido a uno de sus referentes. La bioquímica asturiana Margarita Salas, discípula del nobel Severo Ochoa, murió en Madrid a los 80 años como consecuencia de una parada cardiaca, informó a mediodía el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Hasta el final, fue todos los días a trabajar a su laboratorio del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa, donde estudiaba el bacteriófago phi29, sobre el que hizo a finales de los 60 un hallazgo crucial que derivó en la patente más rentable del CSIC. «Para mí, la ciencia es una pasión. No podría vivir sin la investigación», admitía en junio pasado en una entrevista publicada por este periódico tras recibir, como inventora, dos premios de la Oficina Europea de Patentes y Marcas.

Margarita Salas Falgueras nació en Canero (Asturias) el 30 de noviembre de 1938. Su padre, médico, inculcó en ella el interés por la ciencia, y acabó estudiando química en la Universidad Complutense de Madrid. En 1958 conoció a Severo Ochoa, paisano –nació en Luarca– y pariente –era primo político de su padre– que la recomendó ante Alberto Sols, pionero de la bioquímica en España, para que le dirigiera la tesis. «Era otra época, y Sols no fue al principio un entusiasta de tener a una mujer en el laboratorio, aunque luego cambió de opinión porque Margarita hizo una tesis estupenda», indica el químico José María Mato, director del CIC-bioGUNE y presidente del CSIC entre 1992 y 1996.

Una vida en el laboratorio

La joven científica se topó en el laboratorio de Sols con la otra pasión de su vida, el bioquímico Eladio Viñuela. «La ciencia y su marido fueron sus ejes vitales», afirma su colega Félix Goñi, fundador y director hasta 2015 de la Unidad de Biofísica, un centro mixto de la Universidad del País Vasco y el CSIC. Con Viñuela se fue en 1963 a la Universidad de Nueva York a trabajar con Severo Ochoa y cuando regresaron a España, en 1967, pusieron en marcha un laboratorio que compartieron hasta 1970, cuando él decidió centrarse en el estudio de la peste porcina africana. Ella descubrió entonces que la ADN polimerasa, una proteína producida por el virus bacteriano phi29, tiene «propiedades fantásticas».

«Cuando tienes cantidades muy pequeñas de ADN, con esta polimerasa se producen millones de copias para su posterior análisis, estudio, secuenciación…», explicaba a este periódico hace cuatro meses. Paleontólogos y forenses de todo el mundo la emplean para amplificar pequeñas muestras de ADN y así dar con criminales o reescribir el pasado de nuestra especie. Esta técnica, recordaba ayer el CSIC en una nota, permite a los oncólogos ampliar pequeñas poblaciones de células que podrían dar lugar a tumores. La patente del método de la ADN polimerasa phi29 es la más rentable del CSIC y ha generado millones de euros en derechos de autor para el organismo público. Salas nunca dejó de estudiar esa polimerasa. «Estamos haciendo variantes para mejorarla», aseguraba en junio pasado.

«Lo que más me ha impresionado siempre de Margarita es su vocación de hacer ciencia básica. Es el ejemplo de la dedicación obsesiva a un problema, cómo funciona un determinado bacteriófago, un objeto biológico del que ella quería entender cómo se replicaba, cómo infectaba las bacterias… Todo. Para ella no había vida fuera del laboratorio. Y, de una manera inesperada, surgió una aplicación biotecnológica», dice Goñi, amigo de la científica asturiana, a la que conoció en 1976, cuando había «en España unos doscientos bioquímicos».

«Era una investigadora científica muy, muy buena. Hacía ciencia básica de calidad y, además, tenía presente siempre las posibles aplicaciones. Su vida ha estado dedicada a la investigación», coincide Mato, que tuvo a Salas y su marido como profesores en Madrid cuando regresaron de Estados Unidos y, después, mantuvo una estrecha relación con ellos durante décadas. «Cuando fui presidente del CSIC, le pedí a Margarita que fuese miembro de la junta de gobierno, aceptó y me ayudo muchísimo. Nos hemos visto muchas veces y tengo por ella un inmenso respeto científico y personal». La bioquímica era «una mujer enormemente sincera», recuerda el director del CIC-bioGUNE, y «una defensora de la buena ciencia y de formar bien la gente. Con su muerte, la ciencia española pierde un referente. Es una de los últimos representantes de la generación de investigadores que moderniza la ciencia española».

Rosa Ménendez, presidenta del CSIC, destacó ayer como «aspecto fundamental» de la investigadora asturiana su capacidad «de generar vocaciones científicas, de estar en contacto con los jóvenes, los niños». Autora de más de 300 publicaciones, directora de 28 tesis, académica de la RAE desde 2003 y primera española que ingresó en la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, en 2007, entre los numerosos reconocimientos que recibió estuvo en 1998 el Premio Grupo Correo a los Valores Humanos, compartido con su esposo, Eladio Viñuela, que falleció un año después. Un durísimo golpe para ella porque «estaba muy unida a su marido», señala Goñi. Tanto que, con su esposo muriéndose, ella, «una de las mayores científicas españolas del siglo XX», como dijo ayer el CSIC, negó la enfermedad hasta el último momento.

clubwifiusa


Sources:
elcorreo.com

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