Cultura

Citas íntimas con Christina Rosenvinge y Quique González

Citas íntimas con Christina Rosenvinge y Quique González


La tarde-noche del jueves la pasamos atendiendo a un par de citas en formato intimista. Abrimos a las 7.08 en el abarrotado auditorio del Museo de Bellas Artes de Bilbao, en una sesión organizada por el Fnac para presentar el nuevo disco del cantautor rock madrileño de 46 años recién cumplidos Quique González. El disco se titula ‘Las palabras vividas’ y en él pone música a letras del poeta Luis García Montero, director del Instituto Cervantes.

Quique vino a dúo con César Pop («mi socio de canciones», le presentó, o sea es como Carlos Raya con Fito) y en 23 minutos tocaron 5 canciones, tres de ellas con acordeón. Arrancaron con una triada de la novedad, ejecutada con cierta incomodidad y bastante fragilidad, inestabilidad («más acústica que el tono general del disco», como reconoció Quique antes de una de las canciones), aunque levemente crecientes: ‘Qué más puedo pedirte’ con sus rimas difíciles, contuvo la palabra corazón y osciló entre Coppel y Leiva; ‘Bienvenida’ con su reflujo de guitarras de cantautor de ‘americana’, es una letra que envió el poeta y al roquero el día después de que éste le comunicara que iba a tener una niña («se llama Nora, por si quieres redondear», informó Óscar Esteban); y el primer single, ‘La nave de los locos’, más cercana a su estilo.

César Pop escoltó a Quique Gonzáles en el Bellas Artes. / Carlos Gª Azpiazu

Un estilo el de González que de verdad afloró en las dos últimas canciones, más antiguas y ambas con César al acordeón: la cima de la cita íntima que fue ‘Dallas-Memphis’ y que Quique escogió «aprovechando que esta semana se inaugura la temporada de la NBA», una pieza bien trabada que sonó a vals reminiscente de los Secretos y donde el público coreó un verso con timidez («ejércitos de rock rompiendo filas») y aplaudió con más intensidad y hasta silbó al terminar, y el adiós con la sentimental y lánguida ‘Aunque tú no lo sepas’, composición que Quique cedió al difunto Enrique Urquijo y que está inspirada en el poema homónimo de Montero incluido en el libro ‘Habitaciones separadas’, hecho que el madrileño señaló como «origen, germen de este proyecto», o sea del disco ‘Las palabras vividas’. Y al acabar el pase promocional, Quique se dispuso a firmar discos y sacarse fotos con los 200 afortunados espectadores.

Tras esto caminamos hacia la Sala BBK, donde tendría lugar la segunda sesión del ciclo Kandelen Artean, o sea entre velas, debido a que se retiran las butacas y se colocan mesas y se pueden beber cervezas, como se hace una vez al mes en el ciclo de jazz. Puntualísima a las 8.00 teloneó en dúo escaso la donostiarra de 29 primaveras Olatz Salvador, cantautora euskérica bastante nerviosa, insistente en la fórmula vulnerable, ululada y gritada, y que permaneció demasiado tiempo en escena: 66 minutos para 13 canciones (nos chafó poder llegar a tiempo al Kafe Antzokia, a Dream Syndicate, grrrr…).

Por fin, a las 9.19 salió a escena la madrileña de 55 años Christina Rosenvinge, delgada, de negro, con pantalón cubierto por una falda, con el brazo derecho desnudo y con su larga melena rubísima. Interpretó 13 canciones en 87 minutos siempre bien y además crecientes, a pesar de ciertos nervios aparentes al inicio. La susurrante cantautora rock, como le habían pedido «algo especial, íntimo», había decidido leer pasajes de su libro ‘Debut. Cuadernos y canciones’, donde se explica de dónde han salido las canciones que eligió y ejecutó alternando guitarra y piano, situada en el centro de un trío completado por dos barbudos (otro guitarrista más un percusionista), y al final bailando un vals con un espectador (bajó a buscar pareja y eligió al más guapo de la sala, donde habría 200 personas, igual que donde Quique; ¡qué vista!, ¡qué puntería!).

Christina Rosenvinge comenzó en dúo, gótica al piano con ‘Alta tensión’, tema que narra el reencuentro con un ex, como desveló. A partir de entonces, ya siempre en trío, hasta nos hizo reír contando que le salen muchas canciones de despecho y lo intentó compensar con ‘Romeo y los demás’. Tocó seguidas las dos favoritas suyas de Óscar Esteban: ‘La distancia adecuada’, cuyo estribillo contiene un acertijo que rima con su nombre, y es que se refiera a la heroína que interfirió en la relación con su ex Nacho Vegas, y ‘Negro cinturón’, inspirada en un joven llamado Ulises que conoció en una fiesta, ambas incluidas en el disco ‘Tu labio superior’ (2008).

Rosenvinge estuvo escoltada por dos barbudos a la percusión y la segunda guitarra. / Óscar Esteban

Estaba siendo una cita íntima y cómplice, muy femenina y abarcadora. Y el concierto fue a más, picó en mitos como Eva y Eco, y se asentó con seriedad en la trilogía inspirada en la relación con su padre, un danés muy rico al que Christina acusa de hermético, distante: la cima de la cita fue la westerner ‘Romance de la plata’, para su padre, y desembocó esta trilogía en ‘La flor entre la vía’, en plan Nick Cave y dedicada a sus dos hijos, a los que llamó hombrecitos rubios.

Tras avisar que no todas sus canciones salen del diván del psiquiatra, Rosenvinge siguió con ‘La muy puta’ y su gradación de guitarras blues, se despidió con la exótica ‘Alguien tendrá la culpa’ (donde pidió al público ya seducido que coreara esa frase), y a modo de bis, sentada al borde del escenario entonó ‘La piedra angular’, un tema en la estela de los crooners que escribió pensando en Loquillo, a quien no hizo mucha gracia, y que ella canta en plan Orville Peck y que fue cuando bailó el vals con el espectador rápidamente elegido. Bien Christina, quizá la mejor vez que la hemos visto.

clubwifiusa


Sources:
elcorreo.com

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