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Cultura

«El horror necesita un lenguaje lo más natural posible»

«El horror necesita un lenguaje lo más natural posible»


Su madre se suicidó cuando tenía nueve años. Seis décadas después, teclear su nombre en un «buscador ruso de internet no era más que una manera de pasar el rato», dice Natascha Wodin (Baviera, 1945) en las primeras líneas de la extraordinaria obra ‘Mi madre era de Mariúpol’ (Libros del Asteroide), una narración sobre la búsqueda de las raíces familiares devastadas por la revolución bolchevique, primero, y la Segunda Guerra Mundial, después.La madre de Wodin había sido deportada desde su Ucrania natal a un campo de trabajo, y de exterminio, de la Alemania nazi, donde fue una de las millones de trabajadoras forzadas que después no pudieron regresar a su propia ciudad, repudiadas por el régimen soviético por haber ‘colaborado’ con Hitler. Ya antes, otros familiares habían sido deportados a los gulag siberianos, en las limpiezas ‘antirevolucionarias’ de Stalin. Tuvo que quedarse donde los alemanes de la postguerra la repudiaban por encarnar al enemigo soviético.

-Su voz resuena con la fuerza que tienen autores como Primo Levi. ¿La prosa exacta y sin florituras era la única manera de acercarse al destino familiar?

-En efecto, pues los acontecimientos que describo en este libro hablan por sí solos, y precisamente el horror necesita un lenguaje lo más natural posible ya que las florituras supondrían una banalización. Aparte de esto, mi objetivo desde hace tiempo es lograr un lenguaje claro y sencillo que prescinda de esfuerzos literarios. Mi experiencia es que la literatura sólo puede nacer evitando la literatura.

Detalle del retrato de la madre de Natascha Wodin / Cortesía de Libros del Asteroide

-¿Qué son las raíces familiares para alguien desterrado, sacudido por la marea de la historia?

-Para ser sincera, la palabra «raíces» no me dice gran cosa. Probablemente porque nunca las he tenido ni sé lo que se siente teniéndolas. Ahora, con más de setenta años, es tarde para localizarse en el mundo. Los antepasados que encontré durante las investigaciones para el libro pertenecen a otro tiempo y a otro universo, ya no viven y se han ido convirtiendo para mí en personajes literarios, en un elenco interior que sé que debe de tener poco en común con la realidad. De hecho, sólo conozco a estas personas a través de las escasas informaciones que me han sido transmitidas y, en el mejor de los casos, solo he podido contemplar sus perfiles en alguna foto amarillenta que deja mucho margen a mi imaginación. Si tengo algo así como raíces, éstas se encuentran en la lengua alemana. Fui una niña muy solitaria, y como tal inicié muy pronto el diálogo con el papel. Desnaturalicé mis cuadernos escolares llenándolos de historias inventadas, más bellas que mis propias historias.

-¿Están incompletas las personas que desconocen su árbol genealógico o no tienen lazos familiares? ¿Lo ha sentido usted?

-No, nunca me he sentido incompleta. Ocurre como con las raíces. Algo que se desconoce no se puede echar de menos. Y en mi vida he visto a menudo que la familia puede proporcionar abrigo, pero también significa limitación, falta de libertad y, a veces, guerra. He vivido mi vida con compañeros de camino, con personas afines en el alma; con ellos, me siento ricamente obsequiada. Aunque el precio que se paga sea a ratos la soledad.

Gesto de amor

Una familia rota dentro de la enorme y silenciada tragedia ucraniana. Wodin creció en un campamento de desplazados, permaneció en Alemania y se convirtió en escritora. «Durante toda mi vida me había sentido en desventaja por no tener familia», escribe Wodin en este libro ganador del Premio Alfred Döblin y reconocido en la Feria del Libro de Leipzig, «pero esa sensación sólo se debía al hecho de haber ignorado que sin ese lastre era una persona feliz». Porque lo que encuentra Wodin cuando comienza a desmadejar el destino de los suyos es doloroso y triste. Toda la fantasía con que había rellenado el desconocimiento estallaba para dar paso a oscuros relatos. Es lo que cuenta en este libro de crónica y memoria, que pone rostro a víctimas que habían permanecido en las sombras.

-Cuando encuentra a sus familiares, reflexiona sobre la conveniencia de su búsqueda. ¿Servía como advertencia de lo que encierra la «verdad»?

-Sí, por supuesto. Mis dudas se acrecentaron de forma especial cuando resultó que uno de mis parientes aún vivos era un matricida. Interpreté esto como un castigo por mis ansias de saber. Había adquirido una familia magnífica, un gran clan multicultural que podía pintarme con los colores más bellos de la imaginación porque disponía de pocos hechos, y de pronto, ya al final de la saga, en su desenlace por así decir, aparece un perturbado mental, un asesino que asfixia a su madre con una almohada, después se come un tarro de mayonesa y vuelve a acostarse. En ese momento me arrepentí de haber emprendido mi búsqueda. No quería tener semejante pariente. Pero, a fin de cuentas, también eso era materia para mi libro. Confieso que en la investigación me importaba sobre todo el libro que quería escribir; sólo en segundo lugar, la historia de mis antecedentes particulares.

Natascha Wodin (izq.) con su padre y su hermana, en la tumba de su madre / Cortesía de Libros del Asteroide

-Su historia es real y es un homenaje, un gesto de amor, a su madre, cuya historia se escucha gracias a conjeturas, hipótesis, imaginación. ¿No es ése el material de toda reconstrucción literaria?

-La literatura es, probablemente siempre, una aleación de ficción y verdad. Así y todo, en este libro he buscado la máxima verdad posible. No he inventado nada, sólo he seguido pistas encontradas. Las conjeturas, las hipótesis, la imaginación, siempre las he señalado como tales. No quise revestir de ficción a mi madre, quería acercarme todo lo que pudiera a su realidad.

-Nació en Alemania, donde los niños de la escuela la repudiaban. ¿Qué es la patria para usted? ¿Una entelequia quizás?

-«Patria» es para mí otra de las palabras que no son mías. Bien es cierto que Alemania figura entre los países del mundo en los que materialmente mejor se vive, pero no creo que en una sociedad del rendimiento y del lucro sea posible encontrar una verdadera patria. Uno puede crear una especie de hueco donde sentirse en casa, pero un «nosotros» omnicomprensivo en el sentido de patria no puede nacer, para eso las diferencias materiales entre las personas son demasiado grandes. Además, ¿qué podría ser una patria en tiempos en que gran parte de la humanidad se encuentra inmersa en un movimiento de refugiados? Millones de seres humanos sin base de vida. ¿Qué asociarían ellos a la palabra «patria»? Añádase a esto la globalización, la digitalización, que cada vez más hace desaparecer al individuo. La patria de mucha gente parece ser ahora el teléfono móvil.

-En su libro deja entrever la posibilidad de que usted sea hija de un carcelero alemán de un campo de trabajo. Si esto fuera cierto, ¿encontrar a una familia a la vez que descubre que no es suya es lo más desolador de esta historia?

-No recuerdo haber dejado entrever tal posibilidad.

-¿La felicidad y la comodidad occidentales están sobrevaloradas? ¿Ha podido ser usted feliz a pesar de la tragedia familiar vivida?

-La comodidad occidental se me antojó muy extraña durante mucho tiempo, no pude identificarme con ella, aunque a partir de determinado momento me había convertido en parte de la misma. Me acuerdo de cómo Imre Kertész, tras la liberación del campo de concentración, describe no la felicidad, sino su extrañeza en el llamado mundo normal. Yo no estuve en un campo de concentración, pero experimenté algo similar después de haber huido de la miserable existencia de marginados en la que vivían mis padres. Y es que la psique humana funciona de tal manera que el trauma sólo puede expandirse en condiciones de seguridad, es decir, cuanto mejor me iba tanto peor me iba. Tardé décadas en poder comenzar a vivir, a hacer cosas absolutamente normales, como todos los demás. Estas «cosas absolutamente normales» son hoy la felicidad para mí.

(Traducción del alemán de Richard Gross)



Sources:
elcorreo.com

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