Cuba países

Ché Guevara: Estás nube, estás lluvia, estás estrella

Ché Guevara: Estás nube, estás lluvia, estás estrella


Haydeé Santamaría

Hasta la victoria siempre, Che querido

[Carta de Haydée Santamaría al Che Guevara, escrita después del asesinato del Che en Bolivia.]

Che: ¿dónde te puedo escribir? Me dirás que a cualquier parte, a un minero boliviano, a una madre peruana, al guerrillero que está o no está pero estará. Todo esto lo sé, Che, tú mismo me lo enseñaste, y además esta carta no sería para ti. Cómo decirte que nunca había llorado tanto desde la noche en que mataron a Frank, y eso que esta vez no lo creía. Todos estaban seguros, y yo decía: no es posible, una bala no puede terminar el infinito, Fidel y tú tienen que vivir, si ustedes no viven, cómo vivir. Hace catorce años veo morir a seres tan inmensamente queridos, que hoy me siento cansada de vivir, creo que ya he vivido demasiado, el sol no lo veo tan bello, la palma, no siento placer en verla; a veces, como ahora, a pesar de gustarme tanto la vida, que por esas dos cosas vale la pena abrir los ojos cada mañana, siento deseos de tenerlos cerrados como ellos, como tú.

Cómo puede ser cierto, este continente no merece eso; con tus ojos abiertos, América Latina tenía su camino pronto. Che, lo único que pudo consolarme es haber ido, pero no fui, junto a Fidel estoy, he hecho siempre lo que él desee que yo haga. ¿Te acuerdas?, me lo prometiste en la Sierra, me dijiste: no extrañarás el café, tendremos mate. No tenías fronteras, pero me prometiste que me llamarías cuando fuera en tu Argentina, y cómo lo esperaba, sabía bien que lo cumplirías. Ya no puede ser, no pudiste, no pude. Fidel lo dijo, tiene que ser verdad, qué tristeza. No podía decir “Che”, tomaba fuerzas y decía “Ernesto Guevara”, así se lo comunicaba al pueblo, a tu pueblo. Qué tristeza tan profunda, lloraba por el pueblo, por Fidel, por ti, porque ya no puedo. Después, en la velada, este gran pueblo no sabía qué grados te pondría Fidel. Te los puso: artista. Yo pensaba que todos los grados eran pocos, chicos, y Fidel, como siempre, encontró los verdaderos: todo lo que creaste fue perfecto, pero hiciste una creación única, te hiciste a ti mismo, demostraste cómo es posible ese hombre nuevo, todos veríamos así que ese hombre nuevo es la realidad, porque existe, eres tú. Que más puedo decirte, Che. Si supiera, como tú, decir las cosas. De todas maneras, una vez me escribiste: “Veo que te has convertido en una literata con dominio de la síntesis, pero te confieso que como más me gustas es en un día de año nuevo, con todos los fusibles disparados y tirando cañonazos a la redonda. Esa imagen y la de la Sierra (hasta nuestras peleas de aquellos días me son gratas en el recuerdo) son las que llevaré de ti para uso propio”. Por eso no podré escribir nunca nada de ti y tendrás siempre ese recuerdo.

Hasta la victoria siempre, Che querido.

Haydée

Alejo Carpentier

Héroe de América

Hablamos de América. Hablamos de Nuestra América. Cobramos conciencia de una realidad que, por vez primera, nada restringida, hacía de América una realidad en que debía pensarse en términos ecuménicos. América. Nuestra América. La de Martí. La del «amasijo de pueblos». Aquella que conoce «el desdén del vecino formidable que no la conoce», la de la masa que «quiere que la gobiernen bien» y gobierna ella misma, sacudiéndose el mal gobierno si ese gobierno de turno la lastima. Hablamos de América. Amamos esta América. Y esperábamos al hombre que, animado de una vasta y noble conciencia bolivariana, trabajara por esta América –por la América toda, no temiendo, para ello, acometer las empresas más difíciles y más peligrosas–. Y hubo un hombre que, en esta segunda mitad del siglo XX, hubo de acometer la tarea que tanto esperábamos –que esperaban tantos, y tantos miles y millones de desposeídos en esta América–. Ese hombre, de dimensión universal, de mente precisa, de pensamiento tan claro como la mirada, se hizo carne y habitó entre nosotros. Habitó entre nosotros, en Cuba, habitó después en algún lugar de América para nuestra América entera, pero, más aún, para una Revolución que rebasara nuestros límites geográficos para trascender a proyecciones mayores.

De ese hombre, tan querido y admirado en nuestra patria, habría de decir Fidel Castro: «No sólo lo temían viviente, pero, muerto, inspira un temor mayor… Si los imperialistas saben que un hombre puede ser eliminado físicamente, nada ni nadie puede eliminar un ejemplo semejante.»

Ejemplo indestructible y que, aun destruido en la persona, en nada habrá de menguar la lucha que se lleva adelante para la liberación de la América nuestra –la auténtica, la que verdaderamente podemos llamar “nuestra” en tiempo presente. El mito, la leyenda, la conseja, la tradición trasmitida de boca en boca, lleva, a lo ancho de las tierras, en el lomo de las cordilleras, a lo largo de los ríos, el nombre del Che. Nombre de un hombre por siempre inscrito en el gran martirologio de América, que se hizo uno con la idea misma de la Revolución– y, caído, habrá de levantar nuevas energías revolucionarias en el camino donde, según últimas páginas de su diario, el paso de sus hombres «había dejado huellas». Huellas que no se borran. Que jamás habrán de borrarse. Que quedan marcadas en el suelo del Continente entero.

 

Carta a Roberto Fernández Retamar

París, 29 de octubre de 1967.

Roberto, Adelaida, mis muy queridos:

Anoche volví a París desde Argel. Solo ahora, en mi casa, soy capaz de escribirles coherentemente; allá, metido en un mundo donde sólo contaba el trabajo, dejé irse los días como en una pesadilla, comprando periódico tras periódico, sin querer convencerme, mirando esas fotos que todos hemos mirado, leyendo los mismos cables y entrando hora a hora en la más dura de las aceptaciones. Entonces me llegó telefónicamente tu mensaje, Roberto, y entregué ese texto que debiste recibir y que vuelvo a enviarte aquí por si hay tiempo de que lo veas otra vez antes de que se imprima, pues sé lo que son los mecanismos del télex y lo que pasa con las palabras y las frases. Quiero decirte esto: no sé escribir cuando algo me duele tanto, no soy, no seré nunca el escritor profesional listo a producir lo que se espera de él, lo que le piden o lo que él mismo se pide desesperadamente. La verdad es que la escritura, hoy y frente a esto, me parece la más banal de las artes, una especie de refugio, de disimulo casi, la sustitución de lo insustituible. El Che ha muerto y a mí no me queda más que silencio, hasta quién sabe cuándo; si te envié este texto fue porque eras tú quien me lo pedía, y porque sé cuánto querías al Che y lo que él significaba para ti. Aquí en París encontré un cable de Lisandro Otero pidiéndome ciento cincuenta palabras para Cuba. Así, ciento cincuenta palabras, como sin uno pudiera sacarse las palabras del bolsillo como monedas. No creo que pueda escribirlas, estoy vacío y seco, y caería en la retórica. Y eso no, sobre todo eso no. Lisandro me perdonará mi silencio, o lo entenderá mal, no me importa; en todo caso tu sabrás lo que siento. Mira, allá en Argel, rodeado de imbéciles burócratas, en una oficina donde se seguía con la rutina de siempre, me encerré una y otra vez en el baño para llorar; había que estar en un baño, comprendes, para estar solo, para poder desahogarse sin violar las sacrosantas reglas del buen vivir en una organización internacional. Y todo esto que te cuento también me avergüenza porque hablo de mí, la eterna primera persona del singular, y en cambio me siento incapaz de decir nada de él. Me callo entonces. Recibiste, espero, el cable que te envié antes de tu mensaje. Era mi única manera de abrazarte, a ti y a Adelaida, a todos los amigos de la Casa. Y para ti también es esto, lo único que fui capaz de hacer en esas primeras horas, esto que nació como un poema y que quiero que tengas y que guardes para que estemos más juntos.

Che

Yo tuve un hermano.

No nos virnos nunca
pero no importaba.

Yo tuve un hermano
que iba por los montes
mientras yo dormía.
Lo quise a mi modo,
le tomé su voz
libre como el agua,
caminé de a ratos
cerca de su sombra.

No nos vimos nunca
pero no importaba,
mi hermano despierto
mientras yo dormía,
mi hermano mostrándome
detrás de la noche
su estrella elegida.

Ya nos escribiremos. Abraza mucho a Adelaida. Hasta siempre,

Julio

Mensaje al hermano

Ahora serán las palabras, las más inútiles o las más elocuentes, las que brotan de las lágrimas o de la cólera; ahora leeremos bellas imágenes sobre el fénix que renace de las cenizas, en poemas y discursos se irá fijando para siempre la imagen del Che. También éstas que escribo son palabras, pero no las quiero así, no quiero yo ser quien hable de él. Pido lo imposible, lo más inmerecido, lo que me atreví a hacer una vez, cuando él vivía: pido que sea su voz la que se asome aquí, que sea su mano la que escriba estas líneas. Sé que es absurdo y que es imposible, y por eso mismo creo que él escribe esto conmigo, porque nadie supo mejor hasta qué punto lo absurdo y lo imposible serán un día la realidad de los hombres, el futuro por cuya conquista dio su joven, su maravillosa vida. Usa entonces mi mano una vez más, hermano mío, de nada les habrá valido cortarte los dedos, de nada les habrá valido matarte y esconderte con sus torpes astucias. Toma, escribe: lo que me quede por decir y por hacer lo diré y lo haré siempre contigo a mi lado. Sólo así tendrá sentido seguir viviendo.

Julio Cortázar

Eduardo Galeano

El nacedor

¿Por qué será que el Che tiene esta peligrosa costumbre de seguir naciendo? Cuanto más lo insultan, lo traicionan, más nace. Él es el más nacedor de todos.

¿No será porque el Che decía lo que pensaba, y hacía lo que decía? ¿No será que por eso sigue siendo tan extraordinario, en un mundo donde las palabras y los hechos muy rara vez se encuentran, y cuando se encuentran no se saludan, porque no se reconocen?

Primera impresión del Che

(Especial de Eduardo Galeano para el Centro de Estudios Che Guevara, a cuarenta y cinco años de la intervención de Ernesto Che Guevara ante la conferencia del Consejo Interamericano Económico Social, el 8 de agosto en 1961 en Punta del Este, Uruguay.)

Hay plantas, como el cacao, que crecen al sol, cuando hay, y si no hay crecen a la sombra. Escuché decir que no necesitan sol porque lo llevan dentro.

El Che era una de esas plantas, y por eso sigue siendo.

De la primera vez que lo vi, en Punta del Este, hace añares, recuerdo aquel esplendor. Supongo, no sé, que era luz nacida de la fe. Y que no era fe en los dioses sino en nosotros, los humanitos, y en la terrestre energía capaz de hacer que mañana no sea otro nombre de hoy.

Mario Benedetti

Consternados, rabiosos

Así estamos.
Consternados, rabiosos.
Aunque esta muerte sea uno de los absurdos previsibles.
Da vergüenza mirar los cuadros, los sillones, las alfombras.
Sacar una botella del refrigerador.
Teclear las tres letras mundiales de tu nombre en la rígida máquina que nunca, nunca, estuvo con la cinta tan pálida.
Vergüenza tener frío y arrimarse a la estufa como siempre.
Tener hambre y comer, esa cosa tan simple.
Abrir el tocadiscos y escuchar en silencio sobre todo si es un cuarteto de Mozart.
Da vergüenza el confort y el asma da vergüenza.
Cuando tu comandante, estas cayendo, ametrallado, fabuloso, nítido, eres nuestra conciencia acribillada.
Dicen que te quemaron.
Con qué fuego van a quemar las buenas, buenas nuevas.
La irascible ternura que trajiste y llevaste con tu tos, con tu barro.
Dicen que incineraron toda tu vocación, menos un dedo.
Basta para mostrarnos el camino, para acusar al monstruo y sus tizones, para apretar de nuevo los gatillos.
Así estamos, consternados, rabiosos.
Claro que con el tiempo la plomiza consternación se nos ira pasando.
La rabia quedará, se hará más limpia.
Estás muerto, estás vivo, estás cayendo, estás nube, estás lluvia, estás estrella.
Donde estés si es que estás, si estás llegando, aprovecha por fin a respirar tranquilo, a llenarte de cielo los pulmones.
Donde estés, si es que estás, si estás llegando, será una pena que no exista Dios, pero habrá otros, claro que habrá otros, dignos de recibirte,
Comandante.

 

Raúl Roa

Che

La última vez que hablé con Che fue unos días antes de que emproara quijotescamente hacia otras tierras del mundo que requerían su brazo, su pensamiento y su corazón. Departimos sobre variados temas y, especialmente, en torno a su reciente viaje por África y Asia y a su comparecencia en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Cada palabra suya efundía luz ardiente y un extraordinario júbilo asomaba a sus ojos inquietos y penetrantes. Mientras sorbía con moroso deleite el humo aromático de su tabaco, manoseaba la boina negra en que resplandecía la estrella obtenida a punta de arrestos, abnegaciones y hazañas. De súbito, se puso en pie y, con un efusivo apretón de manos, me dijo, a guisa de despedida: “Mañana salgo para Oriente a cortar caña un mes.” “Eh, ¿no vienes con nosotros?” “No; esta vez no.” Y, con su aire sencillo, su andar característico y su respiración cortada, se marchó saludando a cuantos le salieron al paso en el jardín del Ministerio.

Fue esa la última vez que hablé con Che. Pero no podría sospechar que sería, asimismo, la última vez que lo viera. Supe, después, dónde estaba, y, aunque morir peleando es gaje del oficio de guerrillero, tampoco dudé de verlo retornar vivo y triunfante, como entró en La Habana al frente de su columna invasora, tras desafiar rigores, asechanzas y peligros. No solo lo creía invencible, sino, además, invulnerable, como me ocurre con Fidel. Hombre excepcionalmente dotado para las más nobles y arduas empresas, siempre pensé que sería también excepcional el destino de un revolucionario que aún tenía mucho que hacer en el mundo. Su siembra en los surcos heridos de nuestra América –entre el follaje caliente de la selva y el frío fulgor de la montaña– me sorprendió en las Naciones Unidas y me dejó anonadado. Horas tan amargas como esas he padecido pocas veces en mi vida revolucionaria. Puedo enumerarlas: las subsiguientes a la muerte de Julio Antonio Mella, de Rubén Martínez Villena, de Antonio Guiteras, de Pablo de la Torriente Brau y de Camilo Cienfuegos, combatientes de vanguardia desaparecidos a mitad de jornada. En cuanto a la prematura caída de Che, me resistí a admitirla en tanto Fidel no la confirmó en el más acongojado y enhiesto discurso que yo haya oído. Y no solo percibí entonces la magnitud de su significación para el pueblo cubano y los pueblos a que se había generosamente ofrendado, sino también me percaté de la hondura insondable del desgarramiento que entrañaba para sus familiares, amigos y compañeros.

Conocí a Che durante mi destierro en México, una noche en que fui a visitar a su compatriota Ricardo Rojo. Acababa de llegar de Guatemala, donde había ejercitado adversamente sus primeras armas revolucionarias y antiimperialistas. Aún le obsedía el recuerdo pugnaz de la batalla trunca.

Parecía y era muy joven. Su imagen se me clavó en la retina: inteligencia lúcida, palidez ascética, respiración asmática, frente protuberante, cabellera tupida, talante seco, mentón enérgico, ademán sereno, mirada inquisitiva, pensamiento afilado, palabra reposada, sensorio vibrante, risa clara y como una irradiación de sueños magnos nimbándole la figura.

Empezaba a trabajar a la sazón en el Departamento de Alergia del Instituto de Cardiología. La plática se tranzó alrededor de Argentina, Guatemala y Cuba y de sus problemas como problema de la América Latina. Ya Che había traspuesto el angosto horizonte de los “nacionalismos” criollos para transformarse en revolucionario continental. Nuestra América es la sobrepatria común y la lucha por su emancipación del dominio imperialista es una e indivisible. La vieja y nueva ruta de Bolívar, de San Martín, de Martí.

Su conocimiento de la dramática situación imperante en Cuba y de la estrategia revolucionaria planteada por Fidel Castro con su asalto al Cuartel Moncada, lo debía, en buena medida, a sus largas conversaciones en Guatemala con Ñico López, sobreviviente de la audaz acción. El heroico episodio y la indoblegable determinación de Fidel de proseguir la contienda hasta coronarla le habían cimentado las convicciones y abierto nuevas perspectivas. Su posterior encuentro con aquél decide su total y definitiva incorporación a la Revolución Cubana, y en los anales de la historia revolucionaria se inscribe un nombre tan breve como potencialmente henchido de resonancias descomunales: Che. Y en la Sierra Maestra, primer avatar de su biografía de revolucionario sin fronteras, encontraría Che su verdadero camino, el que ya había vislumbrado confusamente en sus andanzas por la América Latina. Cronista de la epopeya que le cuenta entre sus protagonistas egregios, Che nos da su medida humana y su talla guerrillera al referir las proezas de otros y vertebrar el desarrollo de la campaña a su cargo, que rivaliza, en coraje y arrojo, con las de Antonio Maceo y Máximo Gómez. Las páginas que dedicó a la invasión simultánea de su Columna y la de Camilo Cienfuegos, figuran ya, por su lenguaje directo, sobrio y expresivo, traspasado por un sutil élan poético, como modelo en el género. Su estilo inconfundible transparenta al hombre.

En el campo de la acción y de la teoría revolucionarias, el aporte de Che es sobremanera valioso por su calado y alcance: allí están, urgidos de colectarse, sus numerosos ensayos, artículos y discursos. Fue, a la par, consumado actor y teórico de la guerra de guerrillas; y, de fijo, un pensador profundo y vital que, a la luz de las peculiaridades del proceso revolucionario cubano, le insufló lozanía tonificante a la teoría marxista-leninista, aplicando sus concepciones creadoras a las múltiples y complejas tareas que se le confiaron. Entre sus méritos extraordinarios, sobresale el de haber sido uno de los arquitectos de la nueva sociedad socialista y comunista que edifica el pueblo cubano, sin darle cuartel al enemigo.

Che puede mostrarse a los intelectuales del Tercer Mundo como el arquetipo del intelectual revolucionario. Y, a todos los comunistas del mundo, como un comunista de cuerpo entero y, a la vez, como la más expresión en nuestro tiempo del internacionalista proletario. Nada humano ni revolucionario le fue ajeno. De ahí que sintiera, como propia, la causa revolucionaria de todos los pueblos y estuviese dispuesto a pelear y morir bajo sus banderas. Su carta de despedida a Fidel y su mensaje a la Tricontinental constituyen su más puro e incitante legado a los revolucionarios de todos los parajes, comprometidos a hacer su revolución como parte indisoluble de la revolución mundial. Y Che hizo, con sobrecogedora naturalidad, todo lo que predicaba, sirviéndole de epitafio sus propias palabras premonitorias, que son un acto de fe revolucionaria y una exhortación a la prosecución del combate:

Toda nuestra acción es un grito de guerra contra el imperialismo y un clamor por la unidad de los pueblos contra el gran enemigo del género humano: los Estados Unidos de Norteamérica. En cualquier lugar que nos sorprenda la muerte, bienvenida sea, siempre que ése, nuestro grito de guerra, haya llegado hasta un oído receptivo y otra mano se tienda para empuñar nuestras armas, y otros hombres se apresten a entonar los cantos luctuosos con tableteo de ametralladoras y nuevos gritos de guerra y de victoria.

Y, como dijera Fidel, hablando por todos, “millones de manos inspiradas en el ejemplo del Che se extenderán para empuñar las armas”.

No me ha sido dable ahora escribir sobre Che lo que quisiera; lo haré pronto y largo, deteniéndome en sus hechos y sus dichos, que integran la síntesis palpitante de una de las vidas más limpias y erguidas que se recuerden y, por ende, digna de imitación cotidiana. Este es solo un férvido tributo de admiración, cariño y respeto al revolucionario y al hombre, cuya presencia es llama perenne en la conciencia de los humildes y explotados de la América Latina, África y Asia. La estremecedora repercusión de su holocausto anticipa su posteridad militante. Como todos los adalides revolucionarios caídos en el cumplimiento de su deber, una vida nueva –resurrecta en símbolo actuante y dirigente– se inicia para Che, personaje legendario de la revolución ya en marcha en los tres continentes que el imperialismo saquea, sojuzga y afrenta.

Si, como sentencia el poeta, “deja quien lleva y vive el que ha vivido”, al ser físicamente aniquilado Che deja el reservorio inagotable de sus ideas, sentimientos y virtudes. Deja, en suma, su ejemplo. Y, porque solo “vive el que ha vivido”, la presencia del Che será eterna en la historia y en la vida, como primavera en constante renuevo. Codo con codo seguirá a nuestro lado, fulgiendo con destellos impares su estrella de comandante del pueblo, de apóstol de la revolución comunista, de forjador de victorias que ya se presienten, como lava que hierve en el subsuelo.

José Lezama Lima

Ernesto Guevara, comandante nuestro

Ceñido por la última prueba, piedra pelada de los comienzos para oír las inauguraciones del verbo, la muerte lo fue a buscar. Saltaba de chamusquina para árbol, de alquileida caballo hablador para hamaca donde la india, con su cántaro que coagula los sueños, lo trae y lo lleva. Hombre de todos los comienzos, de la última, del quedarse con una sola muerte, de particularizarse con la muerte, piedra sobre piedra, piedra creciendo el fuego.

Las citas con Tupac Amaru, las charreteras bolivarianas sobre la plata del Potosí, le despertaron los comienzos, la fiebre, los secretos de ir quedándose para siempre. Quiso hacer de los Andes deshabitados, la casa de los secretos. El huso del transcurso, el aceite amaneciendo, el carbunclo trocándose en la sopa mágica. Lo que se ocultaba y se dejaba ver era nada menos que el sol, rodeado de medialunas incaicas, de sirenas del séquito de Viracocha, sirenas con sus grandes guitarras. El medialunero Viracocha transformando las piedras en guerreros y los guerreros en piedras. Levantando por el sueño y las invocaciones la ciudad de las murallas y las armaduras. Nuevo Viracocha, de él se esperaban todas las saetas de la posibilidad y ahora se esperaban todas las saetas de la posibilidad y ahora se esperan todos los prodigios en la ensoñación.

Como Anfiareo, la muerte no interrumpe sus recuerdos. La aristía, la protección en el combate, la tuvo siempre a la hora de los gritos y la arreciada del cuello, pero también la areteia, el sacrificio, el afán de holocausto. El sacrificarse en la pirámide funeral, pero antes dio las pruebas terribles de su tamaño para la transfiguración. Donde quiera que hay una piedra, decía Nietzsche, hay una imagen. Y su imagen es uno de los comienzos de los prodigios, del sembradío en la piedra, es decir, el crecimiento tal como aparece en las primeras teogonías, depositando la región de la fuerza en el espacio vacío.

Rodolfo Walsh

Guevara

¿Por quien doblan las campanas? Doblan por nosotros. Me resulta imposible pensar en Guevara, desde esta lúgubre primavera de Buenos Aires, sin pensar en Hemingway, en Camilo, en Masetti, en Fabricio Ojeda, en toda esa maravillosa gente que era La Habana o pasaba por La Habana en el ’59 y el ’60. La nostalgia se codifica en un rosario de muertos y da un poco de vergüenza estar aquí sentado frente a una máquina de escribir, aun sabiendo que eso también es una especie de fatalidad, aun si uno pudiera consolarse con la idea de que es una fatalidad que sirve para algo.

Lo veo a Camilo, una mañana de domingo, volando bajo en un helicóptero sobre la playa de Coney Island, asomándose muerto de risa y la muchedumbre que gozaba con él desde abajo. Lo oigo al viejo Hemingway, en el aeropuerto de Rancho Boyeros, decir esas palabras penúltimas: “Vamos a ganar, nosotros los cubanos vamos a ganar”. Y ante mi sorpresa: “I’m not a yankee, you know”.

Interminablemente veo a Masetti en las madrugadas de Prensa Latina, cuando ya se tomaba mate y se escuchaban unos tangos, pero el asunto que volvía era el de esa revolución tan necesaria, aunque hoy se presente tan dura, tan vestida con la sangre de la gente que uno ha admirado o simplemente quiso.

Nunca sabíamos en Prensa Latina cuando iba a venir el Che, simplemente caía sin anunciarse, y la única señal de su presencia en el edificio eran dos guajiritos con el glorioso uniforme de la sierra, uno se estacionaba junto al ascensor, otro ante la oficina de Masetti, metralleta al brazo. No sé exactamente por que daban la impresión de que se harían matar por Guevara, y que cuando eso ocurriera no sería fácil.

Muchos tuvieron mas suerte que yo, conversaron largamente con Guevara. Aunque no era imposible ni siquiera difícil, yo me limité a escucharlo, dos o tres veces, cuando hablaba con Masetti. Había preguntas por hacer pero no daban ganas de interrumpir o quizá las preguntas quedaban contestadas antes de que uno las hiciera. Sentía lo que él cuenta que sintió al ver por única vez a Frank País: sólo podrá precisar en este momento que sus ojos mostraban enseguida el hombre poseído por una causa y que ese hombre era un ser superior. Yo leía sus artículos en Verde Olivo, lo escuchaba por TV: parecía suficiente, porque Che Guevara era hombre sin desdoblamiento. Sus escritos hablaban con su voz, y su voz era la misma en el papel o entre dos mates en aquella oficina del Retiro Médico. Creo que los habaneros tardaron un poco en acostumbrarse a él, su humor frío y seco, tan porteño, debía caerles como un chubasco. Cuando lo entendieron, era uno de los hombres más queridos de Cuba.

De aquel humor se hacía la primera víctima. Que yo recuerde, ningún jefe de ejército, ningún general, ningún héroe se ha descrito a sí mismo huyendo en dos oportunidades. Del combate de Bueycito, donde se le trabó la ametralladora frente a un soldado enemigo que lo tiroteaba desde cerca, dice: “Mi participación en aquel combate fue escasa y nada heroica, pues los pocos tiros los enfrenté con la parte posterior del cuerpo”. Y refiriéndose a la sorpresa de Altos de Espinosa: “No hice nada más que una ‘retirada estratégica’ a toda velocidad en aquel encuentro”. Exageraba él estas cosas, cuando todos sabían lo que acaba de recordar Fidel, que lo difícil era sacarlo del lugar, donde hubiera mas peligro. Dominaba su vanidad como el asma. En esa renuncia a las últimas pasiones, estaba el germen del hombre nuevo de que hablaba.

Guevara no se proponía como un héroe: en todo caso, podía ser un héroe a la altura de todos. Pero esto, claro, no era cierto para los demás. Su altura era anonadante: resultaba más fácil a veces desistir que seguirlo, y lo mismo ocurría con Fidel y la gente de la Sierra. Esta exigencia podía ponemos en crisis, y esa crisis tiene ahora su forma definitiva, tras los episodios de Bolivia.

Dicho mas simplemente: nos cuesta a muchos eludir la vergüenza, no de estar vivos –porque no es el deseo de la muerte, es su contrario, la fuerza de la revolución–, sino de que Guevara haya muerto con tan pocos alrededor. Por supuesto, no sabíamos; oficialmente no sabíamos nada, pero algunos sospechábamos, temíamos. Fuimos lentos, ¿culpables? Inútil ya discutir la cosa, pero ese sentimiento que digo está, al menos para mí, y tal vez sea un nuevo punto de partida.

El agente de la CIA que según la agencia Reuter codeó y panceó a cien periodistas que en Vallegrande pretendían ver el cadáver, dijo una frase en inglés: ” All right, get the hell out of here”.

Esta frase con su sello, su impronta, su marca criminal, queda propuesta para la historia. Y su necesaria réplica: alguien tarde o temprano se irá al carajo de este continente. No será la memoria del Che.

Que ahora está desparramado en cien ciudades entregado al camino de quienes no lo conocieron

Buenos Aires, octubre de 1967

Roque Dalton

Combatiendo por la libertad de la América Latina ha muerto nuestro comandante Ernesto Guevara

Ha sido la noticia que más nos ha golpeado el corazón en los últimos años, que más ha herido nuestros pensamientos; para nosotros, el comandante Guevara era la encarnación de lo más puro y lo más hermoso que existe en el seno de esa actividad grandiosa que nos impone nuestra época: la lucha por la liberación de la humanidad; la profunda lección moral y política de su vida y de su muerte forma desde ahora parte inapreciable del patrimonio revolucionario de todos los pueblos del mundo. Y así su desaparición física es un hecho irreparable para el cual no debemos escatimar lágrimas de hombres y revolucionarios; la actitud fundamental a que nos obliga su actual inmortalidad histórica es la de hacernos verdaderamente dignos de su ejemplar sacrificio.

Ser dignos de la vida y de la muerte del gran combatiente revolucionario, comandante Ernesto Guevara. Ésta es la consigna que debe unir a los revolucionarios latinoamericanos en el duro combate contra el enemigo común de la humanidad: el imperialismo norteamericano.

Credo al Che
El Che Jesucristo
fue hecho prisionero
después de concluir su sermón en la montaña
(con fondo de tableteo de ametralladoras)
por rangers bolivianos y judíos
comandados por jefes yankees-romanos.
Lo condenaron los escribas y fariseos revisionistas
cuyo portavoz fue Caifás Monje
mientras Poncio Barrientos trataba de lavarse las manos
hablando en inglés militar
sobre las espaldas del pueblo que mascaba hojas de coca
sin siquiera tener la alternativa de un Barrabás
(Judas Iscariote fue de los que desertaron de la guerrilla
y enseñaron el camino a los rangers)
Después le colocaron a Cristo Guevara
una corona de espinas y una túnica de loco
y le colgaron un rótulo del pescuezo en son de burla
INRI: Instigador Natural de la Rebelión de los Infelices
Luego lo hicieron cargar su cruz encima de su asma
y lo crucificaron con ráfagas de M-2
y le cortaron la cabeza y las manos
y quemaron todo lo demás para que la ceniza
desapareciera con el viento
En vista de lo cual no le ha quedado al Che otro camino
que el de resucitar
y quedarse a la izquierda de los hombres
exigiéndoles que apresuren el paso
por los siglos de los siglos
Amén.

“Jorge Cruz” (Roque Dalton)

Manuel Galich

Che: encarnación del hombre nuevo

…a educar, instruir y formar hombres universalmente desarrollados y universalmente preparados, hombres que lo sabrán hacer todo. Hacia eso marcha, debe marchar y llegará el comunismo, mas únicamente dentro de muchos años.

Lenin

1. Su amor a la «humanidad viviente»

«Acabo estas notas en viaje por el África, animado del deseo de cumplir, aunque tardíamente, mi promesa», escribió el comandante Che Guevara, al encabezar su respuesta al director del semanario Marcha, de Montevideo, Carlos Quijano. Y, casi al final de esa respuesta, estas otras líneas: «Si esta carta balbuceante aclara algo, ha cumplido el objetivo con que la mando.»

Obviamente, sólo se trataba de contestar algunas cuestiones que Quijano habría planteado a Guevara sobre el proceso de la Revolución Cubana. Y es evidente que las respuestas no fueron preparadas en la tranquilidad de un gabinete de trabajo, entre la meditación, la consulta y la elaboración cuidadosa del texto, sino en los pocos momentos libres, quizá sólo los del vuelo en avión de una ciudad a otra, durante la gira por gran parte del Tercer Mundo, en 1965. De allí el calificativo de «balbuceante» que el propio Guevara dio a su carta a Quijano.

Sin embargo, del pensamiento y de la pluma del gran revolucionario latinoamericano no podía salir nada balbuceante, aunque él, excesivamente autocrítico, severo y objetivo, empleara el término, quizá para dar a entender no sólo las circunstancias apremiantes y mutables dentro de las cuales había sido escrita la carta, sino también –es una conjetura– el hecho de que ese documento sólo contenía ideas en germen que él se propondría ahondar, desarrollar y ampliar más tarde. Esto es lo que se piensa al considerar cómo, en tan pocas páginas, condensó un caudal tan denso de ideas políticas y filosóficas, que obligan a volver sobre ellas, una y otra vez, para penetrar su sentido profundo.

Porque El socialismo y el hombre en Cuba, como después se llamó y como es conocida la carta a Quijano, es, por una parte, el recuento breve o, mejor dicho, el severo análisis de las condiciones en que se ha desarrollado la Revolución en Cuba, desde las luchas iniciales contra la tiranía hasta las ingentes tareas de la construcción del socialismo; y, por otra, la visión maravillosa de lo que será el hombre del mañana, en la nueva sociedad comunista, dueño de sí mismo y no enajenado a otros, como en el capitalismo. Pero ya aquí, el propio desarrollo dialéctico del pensamiento de Guevara trasciende lo histórico concreto del hombre de la Cuba revolucionaria y amplía su visión al hombre universal, integrado con todos los otros hombres en una gran colectividad armónica y solidaria llamada humanidad.

Cuando Guevara nos analiza la función del individuo en los primeros momentos de la guerra revolucionaria; el proceso de proletarización del pensamiento de los que libraban esa guerra; el papel, la importancia y la razón de ser de la vanguardia revolucionaria respecto a la masa; la incorporación posterior de ésta en el proceso, su función cada vez más decisiva y la estrecha interrelación –dialéctica la llama Guevara– entre ella y el dirigente –en el caso de Cuba, Fidel Castro–, en cuanto intérprete cabal de las aspiraciones colectivas, y tantos otros aspectos del desarrollo revolucionario, lo hace con la veracidad y la autoridad de quien fue uno de los primeros comandantes de las guerrillas, orientador ideológico de la masa y depositario de primerísimas responsabilidades en el gobierno que asumió la tarea de rehacer –casi podríamos decir que ex novo– la sociedad cubana. Pero también cuando va formando, a través de sus consideraciones críticas sobre lo que es, y lo que debe ser, la imagen del hombre nuevo, y ésta surge esplendorosa, magnífica, uno comprueba que está frente a una posibilidad, frente a algo que ha sido ya realidad, no ante una utopía, ni ante una concepción del ser humano lleno de adornos llamados «derechos», posible sólo en el plano de las abstracciones, como el que surgió de la filosofía liberal del siglo XVIII. Y se piensa así, porque la existencia del comandante Guevara fue un ascenso constante, una búsqueda ininterrumpida hacia ese perfeccionamiento del hombre nuevo. En otras palabras, él fue verdadera encarnación de esa imagen humana que surge de las páginas de El socialismo y el hombre en Cuba. Porque el comandante Guevara, hombre de excepción, no criticó nunca lo que no hubiera hecho antes, y no enunció postulados que inmediatamente no ejemplificara con sus hechos.

Por eso es aquí el lugar –creo yo– de transcribir una página cuyo valor extraordinario está, ciertamente, en su vigor revolucionario, en la fuerza aleccionadora de su contenido; pero lo está mucho más en el hecho de haber sido rubricada con la propia sangre de quien la escribió. Es ésta:

El revolucionario, motor ideológico de la revolución dentro de su partido, se consume en esa actividad ininterrumpida que no tiene más fin que la muerte, a menos que la construcción se logre en escala mundial. Si su afán de revolucionario se embota cuando las tareas más apremiantes se ven realizadas a escala local y se olvida el internacionalismo proletario, la revolución que dirige deja de ser una fuerza impulsora y se sume en una cómoda modorra, aprovechada por nuestro enemigo irreconciliable, el imperialismo, que gana terreno. El internacionalismo proletario es un deber, pero también es una necesidad revolucionaria.

¿No es ésa una síntesis impresionante de lo que fue la vida y también la muerte del comandante Guevara? ¿No es éste el principio, la convicción, la fe que dictó al comandante Guevara su carta al comandante Fidel Castro, y lo que guió sus pasos desde que salió de Cuba hasta su gloriosa caída en Bolivia? Ni los más romos, ni los más insidiosos, ni los más frenéticos enemigos de la Revolución han podido empañar la inmaculada calidad revolucionaria de Guevara, ni han logrado mistificar las motivaciones superiores –en un plano ético– de sus acciones. Nadie ha osado desconocer que su existencia de guerrero tenaz tuvo una innegable ejemplaridad y obedeció fielmente a esta norma escrita junto a la página que he copiado antes: «Todos los días hay que luchar por que ese amor a la humanidad viviente se transforme en hechos concretos, en actos que sirvan de ejemplo, de movilización.»

No por otra causa dio su vida el comandante Guevara, sino por «ese amor a la humanidad viviente».

2. En la construcción del socialismo

La imagen del hombre nuevo es lo que hay que alcanzar, es hacia donde debe marchar la sociedad revolucionaria en transformación. Pero el punto de partida es otro y no puede dejar de ser ése: es todavía la vieja sociedad en vía de desaparición, pero tenaz en sus remanentes. Puede haberse barrido a las clases de aquella vieja sociedad, como tales; pero es imposible que no subsistan los seres humanos, cuyos conceptos y valores les fueron inculcados en tal sociedad o los recibieron heredados de ella. Y aquí no se trata del contrarrevolucionario, elemento consciente que sueña con el retorno del régimen caído, por afán de rescate de sus intereses o simplemente por deformación dogmática e incapacidad definitiva para abrirse a toda renovación. No. Se trata, al contrario, del mismo que fue víctima como clase y como individuo de la vieja sociedad, que, precisamente por eso, va a la zaga del todo social, al cual todavía no puede dejar de considerar como si fuera el mismo de antes: aquél frente y contra el cual debe colocarse para sobrevivir. Se trata también del que acepta el cambio o, más todavía, se incorpora a él con entusiasmo, con fe, con el mejor afán de formar parte del proceso transformador, pero en quien pesan, consciente o inconscientemente, hábitos y conceptos heredados que limitan su acción y velan su concepción del hecho revolucionario. Es a ese elemento humano, «actor de ese extraño y apasionante drama que es la construcción del socialismo», al que el comandante Guevara sitúa como «cualidad de no hecho, de producto no acabado».

En esto, como en tantas otras cosas, uno puede hallar cómo coinciden dos pensamientos revolucionarios, cuando nacen de hombres superiores que han pasado por sus respectivas experiencias, también revolucionarias. Es decir, cómo de esas experiencias pueden derivarse principios o tesis que, junto con su nueva validez doctrinaria, tienen otra de carácter universal. Así, sobre el tema del punto de partida en la construcción del socialismo, Lenin decía:

Podemos (y debemos) emprender la construcción del socialismo no con un material humano fantástico ni especialmente creado por nosotros, sino con el que nos ha dejado como herencia el capitalismo. Ni que decir tiene que esto es muy difícil, pero cualquier otro modo de abordar el problema es tan poco serio que no merece la pena hablar de ello.

El comandante Guevara, al situar al individuo dentro de la construcción del socialismo, expresa:

La nueva sociedad en formación tiene que competir muy duramente con el pasado. Esto se hace sentir no sólo en la conciencia individual, en la que pesan los residuos de una educación sistemáticamente orientada al aislamiento del individuo, sino también por el carácter mismo de este período de transición, con persistencia de las relaciones mercantiles.

Pero esa realidad ineludible –la aceptación del material humano heredado del capitalismo, para emprender la construcción del socialismo– no debe confundir, al grado de conducir a un error, contra el cual advierte el comandante Guevara: persistir en la quimera de realizar el socialismo sobre las mismas bases, «armas melladas», que nos ha legado el capitalismo, es decir, la mercancía como célula económica, la rentabilidad, el interés material individual como palanca, etc. Porque todo ello mantendría a la sociedad girando sobre un elemento perturbador: el lucro. Lo cual es indicio de que, aunque se hable de socialización de los medios de producción, de la supresión de la explotación del hombre por el hombre, de la eliminación de los privilegios de clase y de otras conquistas verdaderas en el orden formal, queda en la conciencia de los individuos aquel resorte capaz de moverlos insensiblemente hacia actitudes capitalistas. Es decir, el individuo puede ser un ente actuante exteriormente como socialista. Pero su conciencia no estará todavía apta para el advenimiento de la sociedad comunista. En otras palabras, no podrá ser un hombre nuevo.

Este pensamiento nos sitúa inmediatamente frente a otra de las apasionantes cuestiones planteadas por esta obra sin precedentes que realizan las masas cubanas, conducidas por su partido y su excepcional dirigencia, de cuya inmensa columna –en palabras del propio Guevara– es Fidel Castro la cabeza; o sea, la construcción del socialismo, en un país hasta poco antes semicolonizado por el imperialismo, víctima –grado más o grado menos– del subdesarrollo común a los pueblos de la América Latina, África y Asia, y, en este caso particular, en las inmediaciones, en lo que el imperialismo había considerado sus propios umbrales.

Se trata de cómo movilizar a las masas en la construcción de la nueva sociedad, de cuál debe ser el elemento motriz de esa movilización. La respuesta dada por el comandante Guevara a esa cuestión lo coloca radicalmente del otro lado del paralelo, fuera de toda concesión al campo capitalista. En el lado de una nueva ética social o, más bien, de la sola ética social posible, siempre negada por la competencia mercantil –de mayor o menor grado– a que obliga el solo hecho de vivir o sobrevivir en una sociedad capitalista, ya se vendan objetos o pensamientos o fuerza de trabajo o conciencias, o enseñanzas o creaciones artísticas o descubrimientos científicos. Para el comandante Guevara, pues, el instrumento de movilización de las masas «debe ser de índole moral, fundamentalmente, sin olvidar una correcta utilización del estímulo material, sobre todo de naturaleza social».

3. El hombre liberado de su enajenación

Entendemos que es al hecho necesario de tener que vender, para sobrevivir, una parte de sí mismo o algo que es producto de sí mismo, como relación fundamental e imperativa de la sociedad capitalista, a lo que el comandante Guevara llama «enajenación». Y de ésta es precisamente de la que el hombre se libera por la revolución. Desde luego, es en el orden del trabajo en donde la cuestión se plantea más compleja, y es en ese orden donde la conciencia del hombre debe experimentar los cambios más profundos. Se entiende, del hombre todavía no formado dentro de la nueva sociedad, del hombre material humano de la construcción del socialismo, en el concepto de Lenin. La cuestión queda así resuelta por Guevara:

el trabajo debe adquirir una condición nueva; la mercancía hombre cesa de existir y se instala un sistema que otorga una cuota por el cumplimiento del deber social. Los medios de producción pertenecen a la sociedad y la máquina es sólo la trinchera donde se cumple el deber. El hombre comienza a liberar su pensamiento del hecho enojoso que suponía la necesidad de satisfacer sus necesidades animales mediante el trabajo. Empieza a verse retratado en su obra y a comprender su magnitud humana a través del objeto creado, del trabajo realizado. Esto ya no entraña dejar una parte de su ser en forma de fuerza de trabajo vendida, que no le pertenece más, sino que significa una emanación de sí mismo, un aporte a la vida en común en que se refleja; el cumplimiento de su deber social.

Tal es, dicho con sus propias palabras, la última y más importante ambición revolucionaria: ver al hombre liberado de su enajenación.

Pero mientras se alcanza esa plena liberación, mientras se llega a la nueva sociedad, mientras se está en la etapa de transición de lo caduco a lo futuro, es necesario que una generación, por lo menos, asuma la responsabilidad de esa transición dura, difícil, llena de sacrificios. «El individuo de nuestro país», dice el comandante Guevara, «sabe que la época gloriosa que le toca vivir es de sacrificio», época en que «la tarea del revolucionario de vanguardia es a la vez magnífica y angustiosa». Es aquí donde el heroísmo entra a ser condición del hombre revolucionario. Pero, en el concepto de Guevara, el heroísmo cobra una nueva dimensión de permanencia. Él evoca, con admiración, los hechos heroicos de sus compañeros de la Sierra Maestra, de «la primera época heroica, en la cual se disputaban por lograr un cargo de mayor responsabilidad, de mayor peligro, sin otra satisfacción que el cumplimiento del deber». No es necesario decir aquí que el más heroico en ese enfrentamiento de la responsabilidad y el peligro lo fue siempre el propio comandante Guevara. Nadie pudo haberlo dicho mejor, ni con más grandeza, ni con palabra que mejor honrara la memoria del compañero físicamente desaparecido, que el comandante Fidel Castro.

Ese heroísmo es el que Guevara quería ver convertido en virtud permanente del hombre del futuro. El vislumbró a ese hombre cuando vio los actos de heroísmo de los combatientes de la Sierra Maestra o durante la Crisis de Octubre o en los días del ciclón Flora o, agrego, en mil ocasiones más. «Encontrar la fórmula para perpetuar en la vida cotidiana esa actitud heroica, es una de nuestras tareas fundamentales desde el punto de vista ideológico», concreta. Y ésa será, indudablemente, la tarea fundamental de todo proceso revolucionario, en su etapa de transición y mientras no haya desaparecido de la tierra el último imperialismo, el último capitalismo voraz; mientras los pueblos en autotransformación se vean abocados a la necesidad de sobrevivir, tanto a las agresiones armadas, como a los cercos económicos, a los intentos de asfixia. Sólo sobre la base de una decisión heroica, como actitud en la vida cotidiana, sobrevivirá la Revolución y se realizará a sí misma.

Éstas son algunas –no todas– de las reflexiones que en mi espíritu provocó la lectura de El socialismo y el hombre en Cuba. Pero ni las escritas, ni muchas más, serían bastantes para presumir ni siquiera de simple glosa del caudal ideológico contenido en la «balbuceante» carta del comandante Guevara al director del semanario Marcha. Mucho, muchísimo menos pretende esto ser una exposición, ni una aproximación al pensamiento político y filosófico revolucionario del más grande latinoamericano de nuestro siglo. Apenas, tal vez, estas notas sólo sean una manera de rendir homenaje, conforme a nuestros alcances, a quien es ya el más alto símbolo de la gran rebelión de los pueblos oprimidos del mundo contra sus opresores históricos.

clubwifiusa


Sources: cubadebate.cu

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