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Mundos íntimos. Mis padres escaparon de Polonia hace 80 años. Ahora fui yo: volví a un lugar mío donde nunca había estado – 30/08/2019

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Si algo signó la historia de mi vida y la de mi familia fue la palabra Polonia, que sonaba y se decía de muchas maneras diferentes en mi casa. El estado de ánimo de mis padres generalmente dictaba el tono y la forma de cada comentario cuando se referían a ella. Más que sobre Polonia, era sobre su capital, Varsovia, la que de pronto se convertía en sujeto de cuentos, alegrías, canciones, comidas y también objeciones. Mis padres, mi hermana y yo vivíamos en Buenos Aires en medio de una extraña simbiosis formada por soledades, pequeñas alegrías y amarguras e innumerables tristezas que apresuraron un destino muy lejos del que mis padres alguna vez habían soñado primero para ellos, y luego para sus hijos.

Ellos eran, o fueron, Jacobo Wajnrot y Clara Raquel Brandt. Habían nacido respectivamente en 1911 y 1913 en una espléndida Varsovia, para unos, pero no para ellos que vivían en un barrio pobre e igual de miserable: el barrio judío de esa antigua ciudad. Cada uno de ellos portaron diferentes nombres según con quienes se relacionaban. En sus casas en Varsovia los nombraban en idish, Iankel y Haike, en la calle se les sumó Jacub y Hella, sus nombres en polaco, y al venir a la Argentina, nuevamente los “rebautizaron” como Jacobo y Clara.

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Ambos fueron miembros del Bund, el Partido de los Trabajadores Judíos, de fuerte tendencia socialista. El partido se había formado en la dura Rusia zarista de fines del siglo XIX, tratando de conseguir mejoras laborales para sus miembros, luego tuvo una fuerte presencia en Lituania y Polonia. Desde muy jóvenes mis padres frecuentaron distintas actividades políticas y culturales del Bund. Seguramente se vieron y se cruzaron por primera vez en alguna de esas reuniones y así se enamoraron. Se casaron varios años después, pero no llegaron a tener hijos hasta llegar a la Argentina. De haberlos tenido, no dudo que su suerte y su destino hubiera sido completamente otro. Sus vidas básicamente transcurrieron en el barrio judío de la capital polaca. Un sitio muy pobre, con sus escuelas religiosas, sinagogas, vendedores callejeros, tiendas y mercados donde se generaban las típicas discusiones entre religiosos y agnósticos.

Mi papá trabajaba junto a su padre, Sulima, en una pequeña empresa familiar; eran fabricantes de zapatos. Iankel, había cursado la primaria en una escuela judía y luego terminó la secundaria, que no era algo tan común para la muchachada judía de esa época. Gran lector, amaba a los escritores rusos como Tolstoi, Dostoyevski y Pushkin, también a Thomas Mann y Stephan Zweig y a varios otros escritores polacos. Era un señor culto y de memoria impresionante, con el cual se podía hablar y discutir de política, historia, sobre los vericuetos de la Biblia y aún más sobre la Revolución Rusa, un tema que le apasionaba.

Mi madre por su lado se educó en la escuela pública polaca. Esta situación marcó ciertas diferencias entre ambos. Ella no leía ni escribía en idish, pero lo hablaba bien dado que era la legua de su casa paterna. Para mi padre el idish era fundamental, lo leía y escribía a la perfección, en cambio el polaco le resultaba más complicado. Entre ellos podían mutar de un idioma al otro, pero cuando se armaba alguna discusión, Haike, se ponía los “guantes en polaco” y poco a poco lo llevaba a mi papá a su mejor terreno, la lengua polaca, y una vez dentro, el pobre Iankel terminaba perdido y yéndose con bronca.

Ella había sido dependiente en una empresa que realizaba cajas. A su cargo estaba el forrado y terminado interior de las mismas, o sea decorarlas con papeles de colores o muy floridos. Le gustaba esa tarea y seguro que la hacía de manera muy prolija y amorosa, como lo fue siempre en la vida. Se amaron desde jóvenes y muchas cosas en común los unían. Además de hablar dos lenguas, las ideas políticas, su humildad y solidaridad, el haber sido parte de familias numerosas. Jacobo tenía cinco hermanos, todos varones, él era el segundo de la familia Wajnrot, que tenía una particularidad especial: ¡mi abuelo Sulima tuvo catorce hermanos, también todos varones!

Por su parte Haike era la novena de una familia de seis hijas y tres hijos. Los Brandt eran muy pobres, vivían en un viejo y destartalado edificio de inquilinato en el corazón del barrio judío. Esa multitud de gente se acomodaba en dos o tres piezas. La casa estaba ubicada en el número 15 de la mítica calle Krochmalna, apt 34. El escritor Bashevis Singer, Premio Nobel de Literatura, la menciona varias veces en sus obras, y una de sus novelas la tituló Krochmalna 10, donde él y su familia vivieron. O sea que coetáneamente los Singer y los Brandt fueron vecinos y a muy pocos metros unos de los otros.

Mi abuelo materno, Moishe, por quien debo mi nombre, era carpintero y trabajaba por su cuenta. De muy joven había mostrado un grado de rebeldía importante, enfrentó a su padre, rabino, cuando quiso obligarlo a seguir con esa tradición familiar. Moishe se negó y en un acto de arrojo escapó de Varsovia a la bulliciosa y excitante Berlín de fines de la última década del siglo XIX. Unos años después regresó y se casó con una bella mujer de llamada Tzipora, con quién procrearon su numerosa prole. Mi madre, Haike, que fue la última de sus nueve hijos, lamentablemente tuvo una infancia muy triste y penosa.

Con apenas dos años de edad, en 1915, ya comenzada la Primera Guerra Mundial, Tzipora muere de tifus. Entre su padre, sus cinco hermanas y sus tres hermanos lograron llevarla adelante, la criaron y siempre alguno de ellos se ocupó de su educación. Todos lo hicieron con un enorme afecto y dedicación, tanta que al casarse su hermana mayor, Haike, aún una niña, fue llevada a vivir con ella y su marido. De esas relaciones comunitarias, cercanas y afectuosas, donde todo lo poco y mucho que poseían se compartía, nació su espíritu de ayuda al prójimo que mantuvo de por vida y nos inculcó a nosotros.

En 1938, un año antes de que se desatara la Segunda Guerra Mundial, Alemania, sin ninguna resistencia, tomó “pacíficamente” a Austria bajo sus garras, en lo que se llamó el Anschluss, palabra alemana que en un contexto político, significa «anexión».​ Checoslovaquia en el mismo año corrió la idéntica suerte. Mi papá, muy preocupado por el devenir de Polonia y de Europa, comenzó a buscar salidas para la inminente invasión militar alemana a Polonia. Sabía que más temprano que tarde esto iba a suceder. A comienzos de 1939 comenzó su periplo por diferentes consulados tratando de conseguir una visa de inmigrante que lo pudiese sacar de Varsovia a la brevedad. Comenzó recorriendo los consulados de Canadá, Estados Unidos, Australia y Argentina, países con historias importantes en políticas de inmigración durante los siglos XIX y XX.

A pesar de haber sido una tarea tan ardua como penosa y fatigante, ninguno de esos cuatro países, esgrimiendo todo tipo de excusas y mentiras, quiso avenirse, en esos meses previos a la Guerra, a otorgarle las visas que él buscaba. Tampoco lo hicieron con los otros miles de angustiados judíos que querían dejar Europa. De esta manera perdieron la posibilidad de salvar muchas vidas. La Argentina fue aún más lejos. Por un documento secreto, la Circular 11, firmada el 12 de julio de 1938, por el canciller José María Cantilo y enviado a todos los consulados argentinos en el mundo se restringía la entrada de judíos que huían del régimen nazi, prohibiendo a sus funcionarios otorgar visas para emigrar a nuestro país. La misma no decía judíos sino que “se prohibía la emisión de visas a todos los ciudadanos que tuvieran problemas políticos o religiosos en sus respectivos países”, por supuesto que estaban hablando a través de eufemismos de los millones de judíos que vivían en los diferentes países europeos, de los cuales más de la mitad fueron luego asesinados.

El tiempo pasaba mas rápido de lo debido y ya estaban en mayo del año 1939 cuando a mi padre se le ocurrió como una posibilidad más ir a solicitar una visa de inmigrante al Consulado General de Bolivia en Varsovia. Ciertamente ellos pensaban que estando en La Paz, en algún momento podrían llegar a tener la posibilidad de cruzar la frontera para ir a vivir a Buenos Aires. Haike lo acompañó al Consulado de Bolivia y una vez frente al cónsul, Jakub se atrevió a encarar lo que estaba buscando, le habló con franqueza y hasta desesperación de sus miedos y deseos de emigrar ante la inminente guerra.

El cónsul de Bolivia fue muy pragmático y fue mas allá de lo que mi padre esperaba, rápidamente les comentó que les extendería visas a ambos. Mi madre se sorprendió, Haike estaba ahí, con su marido, para enterarse del devenir de esta nueva posibilidad pero su objetivo era otro: no pensaba dejar Varsovia al mismo tiempo que mi padre y así se lo hizo saber al cónsul. El cónsul la miró unos segundos y la respuesta que recibió mi madre fue tajante y sorprendente. En perfecto polaco, él diplomático le respondió: Estas son horas cruciales señora Wajnrot, ya queda muy poco tiempo y aún menos espacio para las decisiones, y nada para las dudas. O usted se va con su marido a La Paz ahora o le aseguro que no se volverán a ver.

Ese día era el 8 de mayo de 1939 y, aunque nadie lo sabía, sólo faltaban cuatro meses para la invasión nazi-soviética a Polonia. Haike, al escuchar el mensaje contundente del cónsul, se puso a lagrimear durante unos instantes, pensó en su padre y sus hermanos, miró a su marido e inmediatamente tomó la única decisión realista y lógica que le quedaba: irse juntos a Bolivia a iniciar una nueva vida o, al menos, a esperar que pasase la guerra. De inmediato le solicitó al cónsul comenzar con su documentación que les permitiría viajar juntos. El 8 de mayo de 1939, cuando mis padres recibieron sus visas de inmigrantes, nadie hubiera podido pensar o imaginar que el 1 de septiembre de 1939, con el bombardeo nazi a Gdansk, comenzaría la peor guerra que conoció la humanidad en la cual murieron alrededor de ochenta millones de personas.

Sin duda la decisión de mis padres fue la mas lúcida entre todas. El 19 de junio de 1939, estando en Francia en el puerto de La Rochelle, comenzaron su viaje en barco a Chile, llegaron a Arica, de allí en autobús viajaron a La Paz, Bolivia, donde vivieron durante varios meses. Mi padre no pudo nunca acostumbrarse a las alturas de esa hermosa y singular ciudad aunque trató de hacerlo de diferentes maneras. Tomaba té de coca -que él detestaba- y otros yuyos que lo hacían vomitar. Finalmente, unos meses después de estar en La Paz y luego de tantos malestares, decidieron tratar de cruzar la frontera para ir a la Argentina. Tuvieron suerte. Lo lograron a través de una odisea bastante complicada y peligrosa. Visas para nuestro país no tenían, ninguno hablaba español, pero de todas maneras pudieron cruzar la frontera en forma separada y clandestina, ella viajando en tren y él, meses después, escondido dentro del baúl de un auto. De esta ilegal manera los dos pudieron entrar en nuestro país. Dos años después legalizaron en el Ministerio del Interior su situación.

Esta historia, con algunos agregados y narrada por ellos, siempre me parecía fascinante y quedaba tan azorado como perplejo del valor que habían tenido como también de la suerte que los acompañó. La llegada de ambos a Buenos Aires fue entre fines de 1939 y comienzos de 1940 y no fue un lecho de rosas para ninguno de los dos, pero estaban vivos, lejos de la guerra y en el sitio donde ansiaron llegar para comenzar una nueva vida. Su familia se agrandó de inmediato, a fines de 1940 nació mi hermana Cecilia y luego, en 1946, nací yo. Mientras esto sucedía, mientras cruzaban la frontera entre Bolivia y Argentina, casi todos los miembros de ambas familias comenzaron a vivir -o a morir- con la terrible vida que les estaba tocando en esos momentos.

Los bombardeos alemanes y soviéticos no cesaban y destruían todo a su paso. Ciudades, campos y personas. Las persecuciones y los asesinatos indiscriminados a los polacos, especialmente a los militares, fueron de una tremenda tortura y agresividad. A partir de 1940, todos los judíos fueron encerrados como animales en el fatídico Ghetto de Varsovia, cuyos muros se alzaban precisamente donde las familias de mis padres vivían, entre las que se encontraba la Calle Krochmalna.

En el Ghetto, los nazis llegaron a acumular a más de quinientos mil judíos, una brutalidad dadas las dimensiones de ese pequeño espacio. Pronto esa cantidad fue disminuyendo al compás de las incesantes deportaciones de judíos que irían a ser llevados en los siniestros trenes-cárceles que los nazis habían preparado, donde los esperaban las más terribles condiciones en los diferentes campos de exterminio. Allí fueron gaseados, asesinados o fusilados hasta hacerlos desaparecer de la faz de la tierra.

Me pregunté mil veces dónde quedaron mis abuelos, tíos, primos y sus respectivas familias cuyos nombres apenas conocí. ¿Dónde les tocó terminar sus días y en que sangrienta forma lo hicieron? A cada uno de ellos, ¿qué final les tocó? ¿Se volvieron cenizas y humo saliendo por una mugrienta chimenea de Treblinka o de Auschwitz o fue en un fosa común donde fueron acumulados sus cuerpos desnudos? Siempre me pregunto eso, como se lo preguntaron mis padres, como se lo preguntó la Humanidad ante tanta barbarie.

Gracias al cónsul General de Bolivia en Varsovia, Jacobo y Clara tuvieron suerte y se salvaron no sólo de la muerte sino también de las detenciones, las torturas, del oprobio y de la vergüenza, del infame maltrato, de los golpes. Y aun creo que de algo peor, de las salvajes acciones y manifiestos, de las restricciones y de las mínimas raciones de comida que los judíos recibían a diario para denigrar más y más su dignidad y espíritu. Durante años esas imagines y charlas sobre Varsovia y las familias Brandt y Wajnrot fueron llenando mis hojas mentales. ¡Cómo fue posible haber llegado a semejante situación y vejámenes! No tengo ninguna respuesta lógica o ilógica ante semejante actitud, más allá de un intenso e inmenso rencor.

Crecí sin conocer a nadie más que a mis padres y a mi hermana, todas las demás figuras familiares fueron sólo nombres que de tanto en tanto aparecían en alguna conversación entre mis padres. Allí era cuando yo preguntaba ¿quién es?, ¿cómo era?, ¿qué hacía?… Me intrigaban y me intrigan cómo fueron mis abuelos y tíos, cómo las familias que nunca llegamos a conocer.

Polonia era una palabra, un país lejano, Varsovia un sitio y un misterio donde en invierno hacía mucho frío. De chico me avergonzaba cuando me preguntaban por mis abuelos o tíos. Me daba vergüenza decir que los habían asesinado en la guerra y aun no sabía ni me imaginaba las tantísimas formas que habían encontrado los nazis para hacerlo, tampoco sabía sobre la terrible maquinaria inventada para gasearlos y que no quedaran rastros de ninguno de ellos.

Nunca pensé en ir a Polonia. ¿Para qué ir?, me decía. Nadie había quedado vivo de mis dos familias numerosas. Las casas natales de cada uno de ellos habían terminado en escombros, mas del 90 % de toda Polonia fue derribada y destruida. Entonces, tantísimas veces, me oía decir “para qué voy a ir”, incluyendo los años en que vivía en Bruselas y estaba a solo un paso de Varsovia. Además de lo que ya sentía por Polonia, estaban los sentimientos de mis padres que no nunca quisieron saber nada con volver a su Varsovia natal. ¿Volver? decía mi madre, ¿a qué? No hay nada que tenga que para ver, nadie quedé vivo ni hay nadie que me espere, salvo la memoria de tiempos que no quiero recordar más, y tampoco puedo. Los Nazis y los antisemitas aún viven en mi cabeza y no me dejan ni un solo momento.

Por respeto a los sentimientos de mis padres, tampoco quise ir a conocer el país y la ciudad donde debería haber nacido, si Hitler no hubiese existido. Sin embargo, una vez fallecidos mis padres comencé a sentir que mi promesa interna de no ir a Varsovia por respeto a mis padres y mis ancestros, estaba caducando. Las vueltas de la vida inesperadamente me pusieron ante un enorme dilema. En enero de este año recibí una invitación para ir a montar tres de mis obras en la Opera Baltycka en Gdansk, el preciso sitio donde los Nazis comenzaron con el primer bombardeo e inicio de la Segunda Guerra Mundial, el 1 de septiembre de 1939.

Sentí que más que una invitación a montar mis obras, esa era una señal. O sea que setenta años después que mis padres dejaron Polonia y a setenta años del comienzo del peor enfrentamiento armado de la humanidad y comienzo del genocidio judío, yo debería estar en Polonia, la tierra de mis ancestros, trabajando y estrenando tres de mis obras.

Pensé mucho en aceptar o no la invitación recibida desde la Opera, y luego de evaluar mis emociones decidí que iría a Gdansk a hacer ese espectáculo que me habían solicitado, pero no lo tomaría como tal sino como un homenaje a toda mi familia asesinada, a mis padres, y a todos los que perdieron la vida de una u otra manera. El homenaje sería un ritual y de hecho lo fui pensando y viviendo de esa manera todo el tiempo.

Llegué a Gdansk el 26 de mayo, el estreno estaba previsto para el 22 de junio. El programa era muy significativo. Me habían solicitado inicialmente un programa con música argentina. Elegí Estancia de Ginastera, Cuatro Estaciones de Buenos Aires de Piazzolla y, para el final, propuse una obra que tiene una historia con connotaciones tanto para la Argentina como para Polonia: Anne Frank, con música de Bela Bartok, que fue aceptada de inmediato. Anne Frank, es una obra antifascista, cuenta la tremenda historia de una joven judía alemana que junto a su familia y otras personas vivieron durante dos años escondidas en Amsterdam, finalmente fueron encontradas y asesinadas en campos de exterminio. Sólo su padre Otto logró salvarse. Era un programa argentino en suelo polaco, dos compositores de nuestros país y el terrible punto en común con Anne Frank que une nuestro país con Polonia y Europa. En Argentina y otros países de America Latina, los militares copiaron las metodologías nazis de asesinatos, campos de concentración, desaparecidos y niños y bebés robados.

Explicar mis sentimientos al ir viendo el desarrollo de las obras durante los ensayos -y la emotividad que me producían- fue algo de una extrema sensibilidad. Me resulta casi imposible compartir con minuciosidad todo lo que sentí en esas semanas. Siento una profunda gratitud hacia todos los que han trabajado conmigo. Idéntico sentimiento hacia la dirección de la Opera por su invitación y a la Dirección del Ballet y a los bailarines de la compañía por la manera que nos recibieron y trabajaron cada una de las obras. Dejo de lado el tema artístico no por ser menor sino porque mi destino allí fue cumplir con un homenaje y ritual familiar.

Estoy seguro que nadie de mi familia recibió ninguna forma de despedida, tampoco pretendí que mi programa lo fuera, sino un homenaje a todos ellos. Ese fue el sentimiento con el que trabajé y que tuve a flor de piel durante todo el tiempo que pasé en Polonia. Pude conectarme a través de mis emociones, silencios y mentalizaciones con lo que yo fui a buscar, y digo que encontré.

Dejo para el final Varsovia. A los pocos días de llegar a Gdansk fuimos con Luis, mi amigo, por tren a Varsovia. Me senté en el tren y me sentía totalmente inquieto y expectante. Trataba de no imaginarme nada porque nada de lo que me habían contado mis padres durante décadas tendría la posibilidad de encontrar. Me sorprendió la estación de tren de Varsovia, muy moderna e impecable; luego me percaté que todo tenía ese aspecto de maqueta recién terminada en esa bella y ampulosa ciudad que en nada se parecía a mis deducciones.

Lo primero que sentí, y muy fuerte, es que yo no estaba llegando a Varsovia sino volviendo de donde un día -y no sé cuándo- había sido, me había ido. Volvía a un lugar irreconocible, pero lo sentía muy mío, tal vez por todo lo que había escuchado o lo que había leído o las fotos de algunos pocos familiares que mis padres se habían llevado consigo y miré durante años.

Nos alojamos en un hotel cerca de la estación de tren, al llegar me enteré que ese hotel estaba en lo que había sido el antiguo barrio judío, y por ende el ghetto en la época nazi. Pregunté en la conserjería del hotel cómo podría llegar a la calle Krochmalna. Descubrí con sorpresa que Krochmalna estaba a sólo tres cuadras de mi hotel. Enfilamos directamente con Luis para allí, no podía caminar, casi volaba sobre esas anchas aceras. De pronto vislumbro el nombre de la calle que buscaba desde la vereda de enfrente de una gran avenida por donde nos estábamos dirigiendo, la Juan Pablo II.

En Varsovia hay muchas avenidas y muy anchas, influencia de los más de cuarenta años de sometimiento soviético, todo grande para ellos, especialmente porque hacían sus rimbombantes desfiles militares. Hay también algunos edificios que se asemejan a los de Moscú, como el Ministerio de Cultura, pero lo que más llama la atención son los magníficos rascacielos y su calidad arquitectónica que muchas veces hacen que Varsovia parezca tener bastante que ver con New York. Dejando de lado esas sorpresas, seguimos el camino por varias calles que yo sabía y sentía que habían sido caminadas y vividas por mis padres y sus familias.

No podía dejar de emocionarme y sentía que algunas lágrimas me mojaban el rostro. Cruzamos la avenida Juan Pablo II y ya estábamos al inicio de la calle Krochmalna; busqué con ansiedad el número 15, no existía más, había algo así como una clínica de belleza en ese mismo sitio. Me crucé a la vereda de enfrente para verla mejor, siempre tratando de encontrar un rastro. No lo había. Sin embargo, a mi izquierda, me encontré con un cartel en la pared, en Krochmalna 10. Era una escuela y en inglés decía: Bashevis Singer, aquí vivió desde 1907 hasta 1917.

Me emocioné, mis padres deberían haberse cruzado con ese enorme genio que escribía en idish. Seguimos con Luis caminando, el calor era infinito como las ansias mías de encontrar marcas o huellas. Pero era como una clase de magia, nada por aquí y nada por allá. Busqué y miré con ansiedad casa por casa, los números iban creciendo y llegamos hasta el número 47. En Varsovia los edificios o casas se numeran en orden creciente o descendiente, pero no las cuadras, o sea que la casa 47 estaba como a cinco cuadras de la supuesta casa número 15 donde habían vivido mis padres. El edificio de la calle Krochmalna 47 era un edificio muy antiguo, de unos seis pisos, hecho como a finales del 1800, o sea que mis padres vivieron en uno similar a ese, que se veía de inquilinato, no tenía dudas de ello y por suerte se había mantenido en pie por milagro y luego restaurado.

El resto eran edificios de la década del 50 hasta nuestros días, construidos post guerra. No dejaba de emocionarme todo lo que veía y hubiera dado cualquier cosa por meterme en un túnel del tiempo y poder revivir ese lugar y la antigua judería. ¡Sobre todo ver y conocer a mis familiares directos! Nos sentamos a descansar en una plaza y al final decidimos ir a una cita infaltable, el Cementerio Judío de Varsovia. Tomamos un taxi que nos dejó allí, supuestamente porque no se veía la entrada. De pronto, por el espejo retrovisor, veo a un señor saliendo de un portal negro con una kipá en la cabeza, a unos treinta metros del sitio donde estábamos estacionados. Bajamos de inmediato del auto y fuimos hasta esa puerta. Pegado a ella, nos encontramos con un pequeño anuncio, se leía en polaco e inglés, Cementerio Judío de Varsovia.

Entramos. Y todo allí fue un sacudón de emociones y sensaciones. A la izquierda una oficina donde una amable señora nos cobró la entrada mientras nos daba una kipá a cada uno y nos dijo que este es el cementerio judío mas grande del mundo. Seguimos nuestro camino lentamente y a unos pasos de la oficina, esta vez a la derecha, nos encontramos con un anuncio más o menos grande donde figuraban nombres.

No entendía lo que significaban esos nombres porque a simple vista me parecieron muy pocos por las dimensiones del espacioso sitio. No podían ser los nombres de todos los que fueron enterrados en ese mítico lugar. Más cerca pude leer algunos nombres y descubrí que al costado figuraban sus actividades. Entendí que eran personas que habían sido prominentes personalidades en la comunidad judía en algún momento de la vida. Alli había escritores, abogados, médicos, músicos, artistas, actores. etc.

Luego de leer algunos de ellos, de pronto me azoré al encontrar el nombre de Rachel Kaminska, una gran actriz de teatro judío -se la considera como la primera gran actriz en idish- que mi madre admiraba. Siempre me contaba historias sonre ella como también de su famosa hija, Ida Kaminska. Ida había hecho el rol protagónico de la película La Tienda de la Calle Mayor que en 1965 ganó el Oscar a la major película extranjera. Recuerdo cuando llevé a mi madre a verla en Buenos Aires: toda su emoción reflejada en su rostro y mirada. Me alegré mucho de ese “encuentro”, miré para el cielo y le hice un guiño a mi mamá por haber encontrado a una persona conocida!

Seguimos con Luis muy lentamente caminando y nos fuimos adentrando en ese impresionante mundo que se abría ante nosotros. Nunca había estado en un sitio similar. Primero que nada, el cementerio es un bosque, no hay árboles alineados, o puestos de manera urbanista; es un bosque con cientos o miles de árboles. Las hojas caen y quedan en el piso, que lo alfombran en grises y ocres, o sea que uno camina sobre un colchón de hojas que a cada paso chirrían y gimen. Las tumbas siguen el mismo ritmo de los árboles, no hay un orden preciso, todo parece desprolijo, pero es al revés, todo es natural como la vida y la muerte. Las tumbas son casi todas de piedra, muy pocas son de mármol y hay muchas antiquísimas, con los nombres y las fechas borradas de tantos años o siglos a la intemperie.

A otras el tiempo las quebró en dos, pocas se mantienen intactas, pero no se las ven vandalizadas. Con los siglos las fueron colocando haciendo ritmos diferentes, unas frente a otras, algunas cayendo un poco hacia la derecha, otras para adelante y otras directamente se han caído y quedando así, acostadas sobre otras tumbas que las soportan estoicamente. Una coreografía perfecta en un sitio impresionante y de tanta fuerza en tantos sentidos diferentes.

Tuve necesidad de tocar y acariciar esas piedras, esas tumbas que nadie visita desde hace años, de leer los nombres que pude entender en mi rudimentario idish, nombres que eran como la tarjeta de identidad de alguien que vivió y ahora estaba enterrado debajo de esa piedra enorme y pesada desde tiempos remotos.

Seguimos nuestro camino. Luis sacaba fotos y se emocionaba como yo, y cuánto más nos adentramos en el bosque, más espiritualidad había en ese sitio y más la sentía en mi cuerpo y alma. Todo era de una inacabable sensibilidad. Me fui acercando más y más a otras tumbas que me atraían por tener grabadas una menorah, dos manos bendiciendo, motivos florales, hasta juguetes antiguos que mostraban que allí se encontraba un niño o niña. Tuve la fuerte sensación, al caminar entre esos documentos de piedra, de que me estaban esperando. Me esperaban desde hace mucho tiempo, allí estaban todos mis ancestros de quienes había recibido los genes que conforman mi cuerpo y mi vida, mi alma, manera de pensar, de soñar y de ser judío.

Sentí un orgullo enorme de estar allí y de los 5770 años de historia hebrea y judía y claramente supe que a pesar de la guerra y de los millones de muertos que perdimos y dieron su vida, yo venía de esa ciudad, de allí, de ese sitio donde, con todos esos seres que estaban debajo de las piedras, conformábamos una cadena infinita. Lo sentí de inmediato y como nunca me acerqué a mis ancestros que se alegraban de que yo estuviese allí de visita.

No encontré ningún apellido de mi familia en todo el cementerio, ni de mis cuatro abuelos, pero no me importó porque todos eran familiares míos. Pasamos varias horas caminando sin rumbo fijo por ese sitio sacro y no podía irme, no quería sacar un pie de allí, todo me sorprendía y me sentí atado a tantas cosas que no paré de emocionarme. Me senté un rato en una tumba, luego en otra, y en otra más. Miré al cielo entre las hojas de los árboles, los vi a mis padres, a mis amores, a mis amigos, a mis maestros. Todos me estaban acompañando. Luis sacaba fotos sin cesar y estaba tan azorado como yo en ese lugar que era tan fascinante como único y especial. Finalmente decidimos irnos y lo hicimos como entramos, lentamente, tan lento que casi nos acercamos a la puerta de salida sin sentir el camino recorrido. Antes nos cruzamos con algunas personas con años sobre sus espaldas, noté que la mayoría eran extranjeros, nos miramos con cada uno de ellos y como hermanos nos saludamos. Todos estaban allí como yo, para sentir y sobre todo reconocernos en nuestros ancestros, en todos esos que dieron su vida defendiendo su dignidad, cultura y judaísmo para que yo pueda estar contando esta historia.
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Mauricio Wainrot ha sido Director Artístico y Coreógrafo Residente del Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín de Buenos Aires desde 1999 a 2016. Fue Coreógrafo Permanente durante once temporadas del Royal Ballet of Flanders, de Bélgica, creó Carmina Burana, El Mesías, Las 8 Estaciones, Consagración de la Primavera. Ex Director Artístico y coreógrafo residente de Les Ballets Jazz de Montreal, Canadá. Creó y montó sus obras para 55 compañías como English National Ballet, Royal Winnipeg Ballet, Royal Swedish Ballet, Ballet de l’Opera de Bordeaux, Ballet de Santiago, Ballet Nacional del Sodre, Ballet del Teatro Colón. Dos veces nominado y finalista al Premio Benois de la Danse que se otorga en el Teatro Bolshoi de Moscú. Ganó el Konex de Platino en 1999, 4 veces ganó el Premio Apes de la Crítica en Chile, el ACE en Argentina entre otros. Fue Director Nacional de Asuntos Culturales de la cancillería argentina, el cargo más alto otorgado a un artista de la danza.



Sources:
clarin-com

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