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Sandra Barneda: “Estoy harta de la moda de juzgar, es estéril” | Cultura

Sandra Barneda: “Estoy harta de la moda de juzgar, es estéril” | Cultura



Sandra Barneda, el jueves en un hotel de Madrid. Foto: Víctor Sainz/ Vídeo: Luis Manuel Rivas

El periodista llega a la cita 10 minutos antes de la hora pactada, y Sandra Barneda (Barcelona, 43 años) ya está allí, escribiendo en su portátil. “Tengo que entregar la nueva novela en primavera. Llevo dos años con ella y aprovecho cualquier momento”, se excusa como hormiguita pillada en sus labores. En verano presenta Viva la vida, las tardes de los fines de semana en Telecinco, y sigue con su columna semanal en La Vanguardia y con su canal de YouTube -sobre mujeres y por mujeres- dentro del paraguas de Mediaset, la empresa audiovisual que encabeza Paolo Vasile.

Pregunta. ¿Cómo llama usted a Paolo Vasile: don Vasile, don Paolo o Paolo a secas?

Respuesta. Nooo, Paolo. No le gustan que le llamen don Paolo. Entiendo muy bien su cargo, pero nos tratamos de tú a tú desde hace 12 años 

P. En el otro día en su programa uno de los ingenieros de la estación de Fresnadillas de la Oliva que colaboró en la misión del Apolo XI se enfadó porque habían hablado de las teorías conspiratorias que aseguran que nunca hemos pisado la Luna. ¿De verdad lo hicimos o no?

R. A ver, sí. Los estudios y las pruebas lo avalan. Pero a mí me divierten mucho las leyendas urbanas. Como la de si el 11-S la montaron los estadounidenses. Ahora bien, esos momentos televisivos nacidos del directo son divertidos. Hay muchos formatos televisivos, y en algunos no buscamos que el espectador esté el 100% informado: lo hará por otros lugares. Lo que hay que hacer cuando hay tensión en el plató es ponerte en el lugar del otro. El invitado, si se molesta, siempre tiene la razón.

P. En la televisión, la gente con firmeza como usted suena mucho más dura.

R. Creo que es una cuestión de género, que se juzga de manera distinta a las mujeres que a los hombres. De ellos, ni se destaca. En ellas parece más grave de lo que realmente es. Yo intento ser honesta.

P. Cuando una mujer en la esfera pública muestra esa fuerza le ponen un apodo: como Margaret Thatcher, la dama de hierro.

R. Fíjate que se convirtió en una rol model. Thatcher fue un referente en mi infancia. Gracias a ella, las niñas pudimos imaginar ser primera ministra.

P. ¿Y usted se siente modelo?

R. He sido una rebelde toda mi vida, quizá por mi dislexia, porque soy zurda… En mi infancia se educaba al estilo “tienes que aprenderte las cosas así” y yo era incapaz de memorizar en el orden predeterminado. También fui la última de cuatro hermanos y me tuve que hacer valer. Cuando los pilares de la sociedad sean más flexibles, funcionaremos mejor, y si para obtener ese cambio debo luchar y ser rol model, pues adelante. Pero a veces es un palo en las ruedas, porque te juzgan.

P. ¿El canal de YouTube lo vive como un regalo?

R. Desde luego, la televisión está cambiando y tiene que experimentar diversos modos de generar contenido audiovisual. En Mediaset nos reunieron a algunos y a mí me dijeron que fuera una extensión de mi personalidad. Es un canal en el que hablan mujeres, no un canal femenino, porque nos equivocamos con esas etiquetas. Un canal sobre casas no es femenino, sino de aficiones. Ni el rosa es un color femenino. Hablan mujeres porque tenemos la responsabilidad de crear nuestra propia narrativa. Si en la esfera pública, eminentemente masculinizada, se ha escrito una narrativa sobre cómo somos las mujeres, toca ahora que lo cambiemos. ¿Podremos reconstruirla? Veremos. A mí los jóvenes me dan esperanza, porque van más allá de la esclavitud del género.

P. ¿De verdad no cree que vamos para atrás?

R. No, aunque aún hay algunos comportamientos deleznables. Hace años me prometí no hablar como mis abuelos y decir eso de: “Es que en mis tiempos…”. Tenemos que escuchar a los jóvenes, comprenderles y no juzgarles. Se notan los cambios. Mira, hay un hijo de una amiga que con ocho años está enamorado de mí. Aunque sabe que yo estoy con mujeres, le dice a su madre: “Bueno, ya, pero cuando yo sea mayor…”. Porque él concibe dentro de la libertad que no entiende de barreras. Me gusta la plastilina que son los niños, una facultad que perdemos cuando crecemos. Y pasamos a juzgar. Estoy harta de la moda de juzgar, es estéril. Siendo políticamente correctos no cambiamos el mundo.

P Y todo esto, ¿no podía reflejarlo la televisión generalista?

R. Cuando es generalista, la tele cubre un abanico que intenta atrapar a toda la sociedad. No es tan fácil. Sí lo veremos en las nuevas formas de hacer televisión. Y más vale espabilar, porque si no, el público nos abandonará.

P. ¿Y usted ve nuevos formatos?

R. Me apunto a todo. Les pido a mis amigos estadounidenses que me avisen de esos nuevos formatos, y los veo por mi faceta de productora. Me falta tiempo en la vida.

P. ¿Qué queda de su pasado como actriz?

R. Muy poco [risas]. Saber que no soy una persona de guiones fijos, y una gran admiración por el trabajo interpretativo.

P. ¿Cambia de chip cuando escribe?

R. Sí. Ah, no me gusta eso de escritora femenina. Soy feminista. ¿Que tengo muchas lectoras? En España el 80% de los lectores son mujeres.

P. Más allá de ser periodista, usted tiene una imagen pública. ¿La protege, la cuida?

R. Sobre reportajes del corazón y el tema de mi pareja, nada ocurre por casualidad. Siendo una mujer inquieta en otras facetas, reconozco que en mi orientación sexual estaba más medida. Empecé a salir con alguien muy popular, y la cosa cambió. También hay algo que siento de responsabilidad social… Luego ya llegaron los paparazis. Bueno, todo en su justa medida. Protejo mi vida privada para no convertirme en el personaje. Cuando me pongo las gafas de ver, me creo que no me reconocen en plan Clark Kent y mis amigas se ríen de mí. Pues a mí me funciona.

P. Su beso ante las cámaras con Nagore Robles, ¿es tan importante como el de Iker Casillas con Sara Carbonero?

R. [Ríe y piensa]. Entiendo que hablas por la normalización. No sé si se puede medir la importancia. El de ellos fue un momentazo, el mío no sé. Simplemente ocurrió… Pero cuesta mucho normalizar. Cuando todo lo intelectualizas, algo va mal. Hay que sentir.

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Sources: elpais.com

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