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Mariette, la condesa que quería vivir – 27/07/2019

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Se adivina una profunda melancolía agazapada detrás de esos ojos enormes. Son ellas, las protagonistas de los cuadros de Mariette Lydis, las dueñas de esas miradas de las que es difícil desprenderse aun después de abandonar el museo. No es eso lo único que cuesta a medida que uno se va alejando de ese verdadero remanso en plena ciudad que es el Sívori. Hay algo de perturbador y enigmático en esos rostros que parecen interrogar al observador desde la impasibilidad de la tela. Asomarse al mundo de esta artista austríaca de nacimiento, que desarrolló la mayor parte de su trabajo en Francia y se afincó finalmente en Argentina, es un viaje que vale la pena.

Nacida en Viena en 1887 en una familia acomodada de la época, su nombre original era Marietta Ronsperger. Con dos hermanos, Edith y Richard, se educó en su ciudad natal y muy joven, acometió el que sería el primero de sus matrimonios. Afincada en Atenas, la unión con el industrial griego Jean Lydis terminó en 1924; de ella le quedó el apellido con que firmará más tarde sus obras. Después de pasar por Berlín y Florencia, será en París donde su carrera artística se despliegue.

La alta sociedad de la Belle Epoque la cuenta entre sus conspicuas concurrentes a reuniones y tertulias. Tiene la sofisticación necesaria como para seducir a la aristocracia parisina de entreguerras y ha contado, para ingresar a ese mundo, con los buenos oficios, y el amor, de Massimo Bontempelli. Mariette exhibe sus obras en el Salón de París de 1925 y, establecida en su piso de la rue Boileau, también en las galerías de Montparnasse.

Convocada frecuentemente por la industria editorial, ilustró maravillosas ediciones de obras como “El arte de amar”, de Ovidio, “Las flores del mal”, de Baudelaire, y los “Cuentos del Decamerón”, de Boccaccio, entre otros, además de textos de distintos escritores en la revista surrealista Literature.

En 1936 fue una de las poquísimas mujeres incluidas en la muestra “Pintores y escultores modernos como ilustadores” del Museo de Arte Moderno der Nueva York. Rebelde, provocativa y transgresora, realizó muchas aguafuertes con escenas de lesbianismo, lo que le valió ser convocada para otra serie destinada a una edición limitada de “Fragmentos”, de Safo. Las famosas aventuras de Claudine, surgidas de la pluma de Colette, contarían también con las ilustraciones de Mariette.

Libre y transgresora, tuvo varios maridos y algunas amantes, como la editora Erica Marx, sobrina nieta de Karl Marx

Para ese entonces, llevaba ya once años de casada y el nobiliario título de condesa por parte de quien sería uno de sus grandes amores, el conde Giuseppe Govone. Según sus biógrafos, ello no fue obstáculo para que Lydis se relacionara amorosamente con algunas mujeres. Una de ellas fue Erica Marx, sobrina nieta de Karl Marx, con quien intercambió una profusa correspondencia que da cuenta del vínculo.

Espantada por la cercanía de la guerra, Mariette buscó cobijo en la Argentina. Dicen que en el barco que la trajo sólo cargó un cuadro: “De la malicia y el odio”, donde Hitler, Churchill y Mussolini se entremezclan con escenas de destrucción, muerte y éxodo. Ya en Buenos Aires, instaló su atelier en el último piso de un edificio de la calle Cerrito. Su marido, quien se había refugiado en Italia, se reencontró acá con ella en 1945; la pareja regresó a Europa, donde el conde moriría en 1948. A bordo del Conte Grande, Mariette regresará definitivamente a Buenos Aires en enero de 1950.

Además de exponer sus obras ya en el primer viaje, aquí ilustró el número inicial de la revista “Los Anales”, dirigida por Borges, fue amiga de Eduardo Mallea y varias escritoras, frecuentó a Victoria Ocampo y dejó plasmados en muchos cuadros sus viajes por el norte argentino, además de fascinar con su historia y su halo de misterio a la alta sociedad de la época. A partir de los años 50 incursionó, de acuerdo con los críticos, en una suerte de particular surrealismo, apartado de las definiciones más ortodoxas.

Fina y de rasgos delicados, cuentan que amaba particularmente el museo Sívori. Un año antes de morir, en 1969, decidió donar a la institución buena parte de su obra. Esa que hasta septiembre se puede disfrutar en sus salas, en medio del bucólico paisaje del Rosedal de Palermo.



Sources:
clarin-com

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