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Azúcar negra cantó a la paz en Venezuela › Cultura › Granma


Caracas.— En su quinta visita a Venezuela, Leonel Limonta y su grupo Azúcar negra defendieron a tumbao limpio el proyecto «Un son para la paz», que los hizo presentarse en la primera rueda de intercambio internacional del turismo y pasar por la radio y la televisión, hasta terminar en el capitalino teatro Alameda, con un concierto para un público mixto de bailadores: locales y colaboradores cubanos de varias misiones.

«Cuando haces un proyecto que tiene que ver con la paz a partir de la música original de Cuba, del son que estamos retomando, ¿cómo puede sentirse uno?: ¡Halagado, en el mejor momento de su vida!», dijo a Granma el maestro después de haber hecho bailar hasta las columnas del vetusto teatro en el cierre de una velada casi sísmica,  iniciada por los anfitriones Mundito y su orquesta celestial.

Así fue. Los músicos venezolanos, exponentes de una «salsa» sustanciosa y fiel a los aliños conocidos, modosa casi, hicieron mover desde su arranque los talones, las rodillas, las palmas, la agenda de un periodista… con la ya clásica «Flor pálida» de nuestro Polo Montañez —mientras el público en pleno coreaba aquella hermosísima guajirada natural: «para que nunca se vaya»—, con «El manisero» de gran Moisés Simons y otros temas, pero los cubanos llegaron y pusieron la sala piernas arriba.

El tonelaje ancestral de la clave cubana, los metales que igualan, en notas musicales, el portento de los enormes yacimientos venezolanos, el recreo de números largos —especial matemática de acordes de nuestro pentagrama popular— que hace bailar hasta el infinito y más allá, los estribillos llanos que enseguida prendieron en un público que ¿no? los conocía… armaron una fiesta en la que no fue solo una metáfora la idea de que la isla pequeña bailara en los brazos del fortachón amigo continental.

Tras los coros juntos, tras las mismas palmas, las butacas fueron perdiendo gente y los pasillos, ganando bailadores. La música popular ama trombones pero no acepta «trumpones», así que el odio no puede separar lo que la armonía junta: ver a bailadores venezolanos enfrentar el casino y moverse —¡esas armas secretas que les enseñamos!— como cubanos, fue otra gran lección de Historia y política que algunos debían repasar… en un teatro.

Al centro de todo, nuestro producto más típico: el azúcar, con nuestro color ancestral: negra, hecha puro caramelo sobre el calor de esa música que, me había dicho Limonta, «es el elemento, el instrumento fundamental para decir que queremos paz y para unir a todas las naciones. El son es lo más universal para aglutinar a todos los pueblos y a todos los hombres».

Luego de haberles escuchado Nube pasajera, Retomando el son, América, La identidad…, luego de oírlos acabar y verlos ceder cuando el público pidió «otro plato» que pagaría en aplausos, el director de Azúcar negra nos comentó su deseo y su certeza: «Que dejen a los venezolanos hacer su propia vida. Los cubanos siempre hemos tenido ese asedio, pero nos levantamos todos los días, con el poquito de café, una sonrisa y nos vamos a trabajar y a luchar para que nadie nos quite el sueño que tenemos».

Apenas un rato antes, sus muchachos habían sembrado en el escenario del teatro Alameda un remedio cubano contra la adversidad: «Porque la vida es así, ahora nos toca gozar, ahora nos toca reír».

clubwifiusa


Sources: cubadebate.cu

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