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Argentina, entre la muerte del presente y los desafíos del futuro – 13/06/2019

Argentina, entre la muerte del presente y los desafíos del futuro - 13/06/2019



Dicen que la palabra de más difícil definición es “tiempo”. El diccionario la identifica a época, momento, ocasión. Pero ya enseñó Borges que el presente en sí es como el punto finito de la geometría: no existe porque está gradualmente volviéndose pasado y volviéndose futuro a la vez.

El disruptivo (apasionante) tiempo que vivimos en el ya entrado siglo XXI, nos ofrece -por un lado- la agonal velocidad a la que se acelera el paso de la vida, y -por el otro- la sensación de que el pasado, aun inmediato, es demasiado viejo mientras el futuro nos llama y reclama.

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El presente ya no existe como existía hace algunas décadas en las que se podía sentir la pertenencia a una época. Somos hoy inmigrantes en la novedad.

Esto es especialmente cierto en las actividades sociales. La economía mundial se ha vuelto digital. El aporte del capital intangible en el valor agregado de cada año en todo el mundo duplica al aporte del “viejo” capital físico; el producto más transado entre fronteras ya no es el petróleo, ni los químicos, ni los autos, sino los datos; el conocimiento, la información, la invención y la innovación, la propiedad intelectual y las patentes son el motor del capitalismo planetario (dicho sea de paso, es primordialmente en esta plataforma donde ocurre la llamada guerra comercial de estos días ente las dos potencias globales).

Estamos ante un mundo en el que lo invisible prevalece sobre lo tangible; lo exitoso (paradójicamente) perece rápido y es sustituido como efecto de su éxito (algo muy contraintuitivo para los que estudiamos en el viejísimo siglo XX); las empresas globales son más poderosas que la mayoría de los países (69 de las 100 mayores “economías” del planeta son empresas y solo 31 son estados de países) y el progreso depende de la generación de saber y saber hacer (lo que lleva a la distinción entre el conocimiento -que es creado- y la mera información -que, en el mejor de los casos, es administrada-).

De todas las conexiones transfronterizas que genera la sociedad digital planetaria, ya la mitad son conexiones entre máquinas que se vinculan autónomamente, mientras solo un tercio de aquellas se produce entre teléfonos inteligentes o computadoras administrados por personas.

En este escenario (en el que el presente ya no existe: todo es futuro avanzando), irrumpe un desafío para la economía argentina: ¿qué empresas prevalecerán? ¿qué trabajadores progresaran? ¿qué insumos o productos generan valor?

Una cualidad de la época es que están licuándose los límites entre las disciplinas. La medicina se mezcla con la producción de alimentación, lo jurídico con la economía, la que cada vez más se relaciona con la ingeniería; la arquitectura con la psicología; la ciencias duras con la administración de equipos humanos.

Los diplomas universitarios llevan palabras viejísimas que refieren a profesiones de muy antigua definición (ya San Lucas, el evangelista de Cristo, era médico hace 2000 años; y se atribuye al egipcio Imhotep, hace 3700 años, la condición de primer ingeniero de la historia) y los oficios hoy suponen habilidades desactualizadas.

Las empresas ya no prevalecen por productos sino por prestaciones; el poder político corre desde atrás ante nuevos liderazgos espontáneos incrementales -económicos o sociales-; y las personas tienden a ya no ser meros trabajadores.

Dicho sea de paso, la etimología de la palabra trabajo refiere a tortura -“tripalium” un antiguo instrumento de castigo compuesto por tres palos-, pero ahora (y obedeciendo a la etimología, que usualmente nos pasa factura) aquel trabajo pesado (Taylor, Fayol, Ford) está cambiándose por la participación en procesos de creación organizada de riqueza, por lo que deberíamos hablar más bien de “partiriquezación” para entender el perfil de los actores laborales requerido.

En este marco, ¿dónde tiene Argentina materia crítica para ingresar en el “futuro presente”?. Pues en los agroalimentos, que curiosamente ya producen lo menos primario que generamos, que son productos basados en ingeniería, software y practicas inteligentes.

En los servicios sobre tecnologías, como el software de nicho o los contenidos audiovisuales. En el turismo nuevo, que acerca y facilita viajes internacionales (los arribos turísticos de personas se elevaron en el planeta de 700 a 1400 millones desde que empezó el siglo pero Sudamérica perdió participación porcentual).

En actividades de diseño, que es el principal insumo para la manufacturación (la mera manufacturación desvinculada del conocimiento, como explica Stan Sheh, genera decreciente valor). En la construcción de infraestructura (comunicación física y digital). En la instrucción, preparación, entrenamiento en las nuevas ciencias (aprovechando que nuestro idioma es el segundo mas internacional en el planeta).

En los servicios profesionales (de salud, de consultoría, de administración). En la generación de energía y minerales, porque la ciencia permite extraer y generar de mejor modo.

En productos industriales vinculados con las capacidades locales, como los vehículos protorurales o la maquinaria agrícola. En el arte y la cultura modernos (música, cine, literatura) porque somos creativos (quizá, la contracara de ser infradisciplinados).

Claro que todo ello no llegará sin esfuerzos propios. Crear cinco capitales críticos -institucional, económico-político, organizacional, relacional e intelectual- será requisito ineludible. No es poco lo que falta. En Argentina también ha muerto el presente, pero aún no lo hizo cierto pasado y, sin esa muerte, el futuro no estará cómodo.

Marcelo Elizondo es especialista en negocios internacionales y profesor del ITBA.



Sources:
clarin-com

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