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El sábado 8 celebramos el Día Mundial de los Océanos con más basura: 8 millones de toneladas de plástico arrojadas al agua, por año. Nuestro país ocupa el puesto 28 en la escala de países más contaminantes. Y tiene con qué alcanzar ese “logro”. En 2018, luego de rastrillar y censar 813.554 m2 de playa en la costa de la provincia de Buenos Aires, el plástico representaba el 82% de los residuos encontrados en la arena. Bolsas de nylon, tapitas y botellas descartables, además de colillas de cigarrillos, que luego, inevitablemente, terminarán en el mar.

Las pajitas, al menos, ya estaban prohibidas en la Costa: una iniciativa que ahora se traslada a la Ciudad de Buenos Aires y evitará el uso de dos millones de sorbetes por mes sólo en los patios de comida de los shoppings, según cálculos de la Agencia de Protección Ambiental (APrA). El descarte equivale nada menos que a 1,7 toneladas de plástico, que si no son reciclados, pueden demandar siglos (entre 150 y 400 años se estima) en desintegrarse.

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El objetivo es reducir el empleo de un material que altera el ecosistemas, además de salir de la cultura del descarte. Se calcula que en nuestro país, cada argentino consume 42 kilos de plástico por año. ¿Cuánto se recicla? Apenas el 25% de lo que se produce. Vida Silvestre advierte que casi la mitad del plástico que se fabrica se emplea para crear productos de un solo uso o con una vida útil inferior a tres años. Lo que se descarta -o se deja tirado en la calle o la arena- llega finalmente al mar a través del sistema de drenaje, como bocas de tormenta y pluviales. Esa basura se transforma en microplásticos y pequeños fragmentos que luego sirvirán de “alimento” y afectarán peces, ballenas y distintas especies de aves y fauna marina. El Foro Económico Mundial pronostica que en 2050 habrá más plástico que peces en el mar. La amenaza es latente.

El Mediterráneo es uno de los mares más contaminados del mundo. Por eso, la semana pasada Zero Waste España lanzó la campaña #boicotalplástico para que se dejen de comprar alimentos envasados y se sustituyan por #alternativashonestas -como envases retornables y no de un solo uso- de menor impacto.

La urgencia ambiental es tal que no siempre hay tiempo para esperar cambios de hábitos. La educación es esencial. Y también crear conciencia. Con ese fin, el sábado adidas convocó a corredores de todo el mundo para “salvar a los océanos”. Por cada kilómetro recorrido hasta el sábado 16, la marca deportiva donará un dólar para el proyecto Parley Ocean School, una escuela de educación ambiental que busca crear un futuro mejor para el planeta y asistir a las poblaciones que viven en zonas costeras afectadas por la contaminación plástica. La alianza de adidas con Parley for the Oceans ya tiene cuatro años. En 2018, más de 800.000 corredores participaron del movimiento global Run For The Oceans y se recaudaron un millón de dólares para Parley Plastic Program.

Con los desechos plásticos que recuperaron del mar, hasta ahora fabricaron más de 5 millones de zapatillas. Este año busca producir once millones de pares. ¿Cuánto plástico necesitan? Once botellas para crear cada modelo de Ultraboost o Alphabounce, con tecnología de alto rendimiento. Su meta es diseñar una gama completa de ropa deportiva Parley.

A nivel local, también hay propuestas de moda que luchan contra la contaminación. La marca de anteojos Bond, creada por Malcolm Rendle (28), por ejemplo, recicla plástico recuperado del Río de la Plata y lo transforma en anteojos de sol. Una propuesta de moda eco, que reutiliza envases PET, reduce botellas a escamas y las devuelve al circuito comercial convertidas en originales diseños de marcos, hechos en impresoras 3D.

Timonel y vecino de San Isidro, Malcolm se cansó de recolectar basura de la costa. “La premisa fue cómo dar a conocer esta problemática. Pensé en el qué y el cómo. En ‘abrir los ojos’ para poder concientizar”, recuerda. Durante un año y medio “materializó la idea”. “Fue un desafío total. Porque yo no vengo ni del mundo del plástico, ni del reciclado ni de las impresiones 3D”, confiesa. Tuvo que aprender desde cómo se tritura una botella hasta cómo se funde en una extrusora y dónde se consiguen cristales polarizados con protección 400 UV. “Porque cuidamos el medioambiente y la visión”, aclara. En diciembre abrió su primer pop up store en Nordelta con 150 modelos de anteojos que vendió en 45 días. “Agoté stock y tuve que replantear la estrategia comercial. Dejar lo artesanal para pasar a un proceso de industrialización”, explica.

Materia prima no le falta. Cada 20 días sale con 30 voluntarios a limpiar las costas y en dos horas juntan 84 kilos de plástico, cerca de 4.000 botellas por hora. Ahora produce 1.500 anteojos cada 10 días y acaba de inaugurar un local en Palermo. Para crear un par de anteojos necesita una botella. w



Sources:
clarin-com

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