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En el comienzo fue una bibliotequita, en la casa familiar de Montevideo, que la obligaban a limpiar todos los sábados. Así, casi sin querer, la pequeña Ida se fue asomando a un mundo que, con el tiempo, se convertiría en el suyo: los libros, los versos, la literatura, las palabras. Esas que, diría muchos años más tarde, “son nómadas”, y a las que la mala poesía “vuelve sedentarias”. No sería su caso. Consagrada su obra a lo largo de toda una vida, el pasado 23 de abril coronó tantos reconocimientos al recibir, de manos del rey Felipe VI de España, y por el conjunto de su obra, nada menos que el Premio Cervantes, el máximo galardón de la lengua española. La proverbial humildad de Ida Vitale quedó entonces, una vez más, de manifiesto. “Querría hacerme perdonar la audacia de venir aquí, a este lugar, y meterme a hablar de Cervantes. Ahora seres benévolos y palpables movieron las piezas de un superior ajedrez, situándolas en posición favorable y acá estoy, agradecida, emocionada”, dijo entre aplausos, como si no pudiera creer todavía lo que hoy, a sus 95 años, estaba viviendo.

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Había sido largo, muy largo, el camino que la llevó hasta esa mañana que la consagró como la quinta mujer y la segunda uruguaya -el primero fue Juan Carlos Onetti-en alzarse con el Cervantes desde su creación en 1976. Nacida en Montevideo el 2 de noviembre de 1923, cuarta generación de emigrantes italianos en Uruguay, a su casa llegaban, según recordó en una entrevista, cuatro diarios por día , con sus respectivas páginas culturales, a lo que se sumaba su actividad sabatina sacando el polvo de la bibliotequita.

“Creo que lo hicieron con la sana intención de que me acostumbrara al libro”, contó a Clarín. Ahí leyó a los 11 años “Guerra y paz”, de Tolstoi, y empezó a tutearse con dos grandes poetas de su país, Delmira Agustini y María Eugenia Vaz Ferreira. Y había un tío “que me leía en italiano y me traducía, y había ciertas páginas con escenas que las evitaba y yo me ponía furiosa… En esa época no había otra cosa que leer libros. No había televisión, la radio era una novedad”. Tanto fue el cántaro a la fuente, que al final terminó estudiando Humanidades.

Dos son las influencias que recuerda especialmente: su profesor, José Bergamín, y Juan Ramón Jimenez, el mismo de “Platero y yo” quien tempranamente la incluyó en una antología de poetas aún no descubiertos. Ejerció la docencia, colaboró en distintas publicaciones como el semanario Marcha, dirigió la página literaria del diario Epoca, y tradujo del francés y el italiano a autores como Simone de Beauvoir y Luigi Pirandello. Parte de la Generación del 45 en su pais, junto a Onetti, Benedetti e Idea Vilariño, entre otros, su poesía fue descripta como transparente, esencialista, caracterizada por poemas cortos, una búsqueda del sentido de las palabras y un carácter metaliterario.

 

Con los premios que recibió el año pasado, entre ellos el Cervantes, dijo: “Tuve que llegar a los 94 años para provocar esta conmoción”.

Se casó dos veces. Del primer matrimonio, con el crítico literario Angel Rama, nacieron sus dos hijos, Amparo y Claudio. El segundo fue con el también poeta Enrique Fierro, unos doce años menor, con el que la relación duraría cerca de cincuenta años, hasta la muerte de él. “Yo pensaba: ‘Esto no va a durar, es tan joven, se va a aburrir”, recordó. Dice que por eso no se animó a tener hijos con él. En tiempos de la dictadura uruguaya, con Fierro marcharon al exilio en México; vivirían allí diez años, y de esa experiencia surgiría, mucho después, “Shakespeare Palace”, su libro de memorias de aquella época, en que se vinculó al círculo de Octavio Paz. Volvió a su país cuando Uruguay recuperó la democracia, y años más tarde partió, junto al inseparable Enrique, a Estados Unidos. Se establecieron en Austin, Texas, y allí permaneció hasta que el año pasado decidió el regreso a Montevideo; su marido había muerto en 2016. La mudanza coincidió casi con el Premio Internacional de la Feria del Libro de Guadalajara y con el anuncio del Cervantes. Más que merecidos reconocimientos para esa mujer de pelo blanco y lucidez irreductible que dice escribir “con la intención de evocar algo de todo eso que se fuga”.



Sources:
clarin-com

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