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Reportaje: Libia: fragmentos de un Estado fallido

Reportaje: Libia: fragmentos de un Estado fallido



1. El puño de Gadafi

El puño dorado aprieta un avión F-111 estadounidense hasta partirlo. Muamar el Gadafi mandó construir esta escultura tras sobrevivir en 1986 a un bombardeo americano y la plantó a la puerta de su residencia y fortín militar en Trípoli, la capital libia. Este complejo fue uno de los últimos reductos del autócrata. Fue bombardeado de nuevo por la OTAN y los rebeldes lo tomaron en agosto de 2011, cuando ya se habían desatado los demonios de las primaveras árabes y el país se había transformado en un campo de batalla internacional. Dos meses después, el sátrapa fue hallado en Sirte escondido en una tubería. Fue ejecutado por una turba. Y la escultura viajó como un trofeo a Misrata, una ciudad costera al este de Trípoli cuyas milicias fueron clave en el derrocamiento del dictador. Es uno de los atractivos del Museo de la Guerra, un despliegue de parafernalia bélica abandonada sobre la acera de una avenida grisácea. También hay tanques, tanquetas, misiles, municiones, cascos, cientos de casquillos desperdigados por el suelo; hasta un escenario que el Estado Islámico usó para sus ejecuciones.

Un viejo tanque se oxida al aire libre en el Museo de la Guerra de la ciudad de Misrata. Carlos Spottorno

Entre la morralla se yergue el puño y se aprecia el dorado de su superficie ya desvaído y surcado de óxido y agujeros de bala. El lugar parece abandonado. Los edificios de los alrededores muestran costurones de guerra. De uno de ellos cuelga un cartel con el dibujo de una paloma de la paz quebrando un fusil; una lámina también avejentada. No hay paz para los libios. No de momento. Tras el brote democrático de 2011 y la caída de Gadafi, el país entró en una espiral de caos y violencia que aún no ha acabado.

2. Traficantes

Los relatos de los migrantes conforman una memoria oral de esta brutalidad. En Libia no es raro que aparezcan cadáveres de africanos en arroyos secos. Sobre todo a las afueras de localidades donde se mueven con impunidad los traficantes de personas, como Beni Walid, un centro de distribución de seres humanos, adonde llegan tras atravesar el desierto. Tsahaynes Zelalem, que tiene 16 años y el cabello cubierto con un velo, pasó por allí. Habla en susurros, las cejas le palpitan de forma nerviosa, el reflejo de una herida interna quizá irreparable. Su mirada es la de un animal apaleado. Su rostro parece una máscara a punto de quebrarse en mil pedazos cuando se le pregunta qué encontró en el viaje: “He sido secuestrada, violada, torturada. He visto cosas que jamás había imaginado”. Llora sin ruido, con los ojos clavados en las baldosas. En su odisea, que comenzó en Eritrea en 2017, se mezclan guerras de traficantes y milicias descontroladas, el desierto, las fronteras porosas entre Sudán y Libia, compraventa de personas como si fueran ganado, zulos en lugares remotos, vejaciones de todo tipo y el pago de su libertad por unos 6.000 euros, abonados por su familia y su comunidad para que pudiera alcanzar Europa. No lo ha logrado. El trayecto, de momento, ha terminado en Trípoli. Esta mañana espera su turno a la puerta de una clínica que gestiona el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). En ella tratan a lo que llaman people of concern, susceptibles de ser consideradas como solicitantes de asilo. ACNUR calcula que hay unas 60.000 en esta situación.

Con 2.000 kilómetros de costa a las puertas de Europa, el caos permitió que Libia se convirtiera en un gran puerto de salida: entre 2014 y 2017 llegaron a Italia por esta ruta del Mediterráneo central unas 600.000 personas; más de 10.000 murieron en la travesía. Bruselas reaccionó con un plan controvertido: la externalización de los servicios fronterizos. Desde entonces, Europa (bajo la batuta de Italia) ha formado a centenares de guardacostas libios. Les ha financiado y equipado. Ha dificultado la presencia de barcos de ONG en el mar hasta casi anular su presencia. Los libios han interceptado y devuelto a sus costas a más de 30.000 personas, y el número de llegadas a Italia ha caído a cifras que no se veían desde la era de Gadafi. La pregunta es a qué precio: la ONU acusa a la UE en un reciente informe de trasladar responsabilidades a un cuerpo de métodos reprobables y de forzar el retorno de personas vulnerables a un puerto “no seguro”.

Una torre de vigilancia para interceptar embarcaciones con migrantes en la ciudad costera Sabrata. La construcción está hecha con restos de lanchas. Carlos Spottorno

Paula Barrachina, responsable de ACNUR en Trípoli, explica que, a medida que se ha cerrado esta ruta, en Libia se ha creado “un tapón”: la ONU calcula que hay más de 700.000 migrantes varados en el país. La misión de Barrachina consiste en evacuar refugiados a través de un programa de reasentamiento. Pero la tarea resulta titánica en este lugar crispado, eléctrico, impredecible, que ni siquiera ha firmado la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, y en el que en cualquier momento pueden llover obuses de no se sabe dónde.

3. El abismo

Libia es un agujero negro. Un Estado sin esqueleto donde conviven 6 millones de habitantes y hasta 20 millones de armas de fuego (tocan a más de tres por persona). Hay unos 200.000 desplazados internos por la guerra, la corrupción infecta a gran parte de sus instituciones, los terroristas islámicos atentan de forma intermitente, los secuestros son habituales y las milicias se disputan a tiros barrios e instalaciones clave. Los analistas lo llaman “conflicto de baja intensidad”, peligroso en la medida en que es impredecible. Se parece mucho a la anarquía de las películas de Mad Max. Días antes de nuestra visita, a finales de enero, murieron casi una veintena de personas en una refriega entre señores de la guerra por el control del aeropuerto internacional, al sur de Trípoli; en septiembre, en una batalla similar, murieron más de un centenar. Desde el pasado abril, las escaramuzas se han convertido en una guerra, quizá la definitiva, por el control de la capital.

Desde 2012, cuando los libios acudieron a las urnas por primera vez en más de 50 años, el país se ha ido agrietando en una pugna por el poder. A finales de 2015, la ONU, liderada por el enviado especial Bernardino León, logró un consenso político entre las distintas facciones. Se formó un Gobierno de Acuerdo Nacional, que primero rigió desde Túnez y luego desde un buque en el puerto de Trípoli, hasta que logró el apoyo de las milicias y tomó posesión de edificios públicos. Con el sostén de la comunidad internacional, extiende su control por la región de Tripolitania (el oeste de Libia). Pero no es el único centro de poder. El país se encuentra partido en dos.

Edificios bombardeados en la ciudad de Misrata. Carlos Spottorno

Al este, en la región de Cirenaica, gobierna la Cámara de Representantes, un Parlamento votado en 2014, luego declarado inconstitucional y exiliado en la ciudad de Tobruk. Su hombre fuerte es el mariscal Jalifa Haftar, autoproclamado comandante en jefe del Ejército Nacional Libio; un hombre cortejado por Rusia, que ha recibido apoyo militar de Emiratos Árabes Unidos y Egipto, incluso de Francia (según documenta Frederic Wehrey en el libro The Burning Shores) y al que muchos consideran la única esperanza de reunificar el país.

Militar veterano de 75 años, Haftar formó parte del golpe de Gadafi contra la monarquía libia en 1969. Era uno de sus hombres de confianza. Como un “hijo” para el dictador. Ascendió a comandante, lideró la guerra contra Chad en los ochenta. Durante la contienda fue capturado y abandonado por Gadafi. Cambió de bando. Trató de organizar desde Chad un golpe de Estado para deponer al dictador con ayuda de la CIA. El cerco de Gadafi le obligó a huir en un avión de los servicios de inteligencia estadounidenses. Se estableció en Virginia y colaboró con Washington para tratar de acabar con el régimen libio. Volvió a su país durante las revueltas de 2011. Con el recrudecimiento del caos en 2014, su figura tomó un nuevo impulso. Organizó tropas y lanzó la Operación Dignidad. En una entrevista incluida en Crónicas de un país que ya no existe, le cuenta al periodista John Lee Anderson sus motivos: “No había justicia ni protección (…) la gente no podía salir de sus casas de noche. Todo ello me perturbó enormemente. ¿Acabábamos de dejar a Gadafi y ya teníamos esto? (…) Todo el mundo me dijo lo mismo: ‘Estamos buscando un salvador. ¿Dónde estás?’. (…) Tras manifestaciones populares en toda Libia pidiéndome que interviniera, supe que estaba siendo empujado hacia la muerte, pero acepté de corazón”.

4. La guerra

El país es inmenso, tiene más de tres veces la superficie de España y la población de la provincia de Madrid. Cuando lo visitamos, Haftar dominaba gran parte del territorio y sus tropas avanzaban por Fezán, la región del sur, un desierto infinito donde moran ejércitos tuaregs, terroristas islámicos y milicias de Chad, Sudán y Níger; por allí atraviesan también los migrantes y se encuentran los estratégicos pozos de petróleo de Sharara, que explota la compañía española Repsol (Libia descansa sobre las mayores reservas probadas de África y las novenas del mundo). “La gente de Fezán lo está recibiendo con los brazos abiertos. Si logra conquistarla finalmente, vendrá a Trípoli”, nos contó Mohamed el Hmady, representante político de Adri, una localidad del desierto, de visita en la capital para entrevistarse con miembros del Gobierno.

Las tropas del mariscal dibujaban la forma de un puño que se iba cerrando en torno a Trípoli. Todo parecía presagiar lo que ha acabado ocurriendo. El 4 de abril, Haftar anunció la guerra contra la capital. Su avanzadilla pilló a la comunidad internacional con el pie cambiado. El secretario general de la ONU, Antonio Gutérres, se encontraba de visita en Trípoli. Estaba a punto de celebrarse una conferencia nacional para pactar el marco de unas nuevas elecciones. El Gobierno de Acuerdo Nacional aglutinó enseguida a sus milicias para rechazar la ofensiva. La ciudad de Misrata aportó sus batallones. “Haftar ha logrado unir a todas las fuerzas del oeste para hacerle frente”, cuenta Mohamed Omran, investigador y activista político misratí, asesor en las negociaciones de paz y comandante en la revolución de 2011. “Desde el primer día trata de presidir Libia con un golpe de Estado, no a través de elecciones. Tras esta traición, la lucha tiene que continuar hasta el final”. De momento, han muerto más de 300 personas. Puede que solo sea un combate más. Quizá se trate de la guerra definitiva. Al cierre de este reportaje, cualquier desenlace parecía posible.

“Haftar tiene conceptos militares, no políticos. Cree que Libia puede ser salvada con una operación militar”, dice Bernardino León,
ex enviado especial de la ONU

“Haftar esperaba que hubiera una gran reacción popular a su favor en Trípoli”, dice Bernardino León, enviado especial de la ONU para Libia hasta 2015. “Pero no la ha habido. Vamos a ver qué ocurre”. Durante las negociaciones, León trató dos veces con Haftar: “Tiene conceptos militares, no políticos. No habla de un proyecto de país, sino de seguridad y orden. Está convencido de que Libia puede ser recuperada con una operación militar. En mi opinión, no entiende la realidad de Tripolitania. El país se enfrenta a problemas muy complejos”. El diplomático define Libia en una palabra: “Fragmentación”. Un país sin sentimiento de país. Unido en su momento contra un enemigo común. Pero muerto Gadafi, la sociedad se polarizó, se volvió extrema, surgieron islamistas, viejos gadafistas, reaparecieron los lazos de la tribu y el clan. El Gobierno de Acuerdo Nacional que él promovió nació de los espacios moderados. “Representa a todos los sectores del país”, defiende. Este Ejecutivo era provisional, pero a falta de elecciones, pospuestas una y otra vez, su presidente, Fayez al Sarraj, lleva gobernando más de tres años. León no ve probable que ninguna de las partes domine a la otra en el corto plazo. El riesgo de esta guerra, añade, es que revivan las fuerzas oscuras del extremismo. “El enemigo en Libia es el caos”, dice. Y su costa, una inmensa puerta que conecta el descontrolado Sahel con Europa.

5. Milicias

Trípoli es una ciudad de origen fenicio, inquietante y polvorienta, poblada de edificios sucios y bañada por el Mediterráneo. A primera vista, la situación es tranquila. Pero ninguno de los diplomáticos, empleados extranjeros y analistas de seguridad entrevistados recomiendan un paseo. Mucho menos de noche. Las milicias se reparten la custodia de cada barrio. Y en cuanto uno abandona el núcleo urbano aparecen checkpoints vigilados por enmascarados y pick ups con ametralladoras en la grupa.

Piezas del Museo de la Guerra de la ciudad de Misrata. Carlos Spottorno

Con las tropas de Haftar cercándola poco a poco, en enero la capital recordaba a una ciudad-Estado que trataba de gobernarse a sí misma. El gran reto era la seguridad. Desde 2011, los señores de la guerra se multiplicaron y se convirtieron en un modo de vida. Antes de que el mariscal lanzara su ataque, el Gobierno de Acuerdo Nacional trataba de integrar a las milicias en el Estado, a las órdenes del Ministerio del Interior o de Defensa. Pero el asunto no era fácil. Según Mohamed al Ghusri, un comandante de Misrata curtido en los combates contra el ISIS: “El presidente es un dibujo. Las milicias manejan el Gobierno”.

Solo en Trípoli hay cinco coaliciones de milicias que a su vez se dividen en submilicias, “con lo que el número se puede multiplicar sin orden ni control”, explica un analista de una embajada europea. BRT, Rada, Bab Tajura, Gneiwa… Muchas apoyan al Gobierno de Acuerdo Nacional (el reconocido por la ONU) y cobran salarios del Estado. Pero a la vez están enfrentadas con el ministro del Interior, que les exige cumplir un código de conducta que no aceptan (aunque se han unido para frenar a Haftar). El asunto es difícil de entender hasta para los libios. No hay blancos y negros, y los grises son un campo minado en este país donde ni siquiera parecen funcionar las leyes elementales de la física. Aquí funcionan otro tipo de leyes, las de la física líbica, deformes e ingrávidas. Lo normal es perderse en un batiburrillo de nombres, uniformes y escudos. Para abrirse paso basta con que alguien de quien uno se fíe diga: “Puedes ir, no hay problema, de la seguridad se encargan mis amigos”. Por ejemplo: hay un señor con barba, guerrera negra y fusil Kaláshnikov a la puerta del hotel Bab Al Bahr. Pertenece a la milicia Nawasi, que custodia la zona. El edificio es un lugar extraño del que sería imposible decir si está lleno o vacío, donde conviven políticos y equipos de voleibol. En este hotel nos alojamos por consejo del Ministerio de Exteriores libio. Porque los Nawasi son sus “amigos”.

“Esto podría ser tan bonito…  Con un millón de barriles de crudo diarios y el  Mediterráneo”, lamenta el empleado extranjero de una compañía petrolera

En cambio, a la entrada de la urbanización Palm City, un tipo flaco pide al visitante su acreditación. Del bolsillo le asoma la culata de una pistola como si fuera un móvil. Pertenece a la milicia Caballeros de Janzour, encargada de la seguridad en los suburbios del oeste. En el condominio, protegido por muros y concertinas, viven empleados de multinacionales, agencias internacionales y diplomáticos. Tras los portones nacen acogedoras calles de aire turístico. En uno de los chalés, lamido por el oleaje, recibe un militar europeo en excedencia que lleva asuntos de seguridad para una empresa de hidrocarburos. Lamenta: “Esto podría ser tan bonito… Seis millones de personas. Un millón de barriles de petróleo diarios. Y el Mediterráneo”. El crudo es el motor que engrasa la economía libia y la del mundo. Aquí tienen presencia compañías de más de 15 países, la mayoría europeas y estadounidenses. Un millón de barriles generan unos 70 millones de dólares diarios. La proporción que se queda Libia va al Banco Central. “Y este paga a todos los bandos: a las milicias, a los de Sarraj y a los de Haftar”, dice el militar. Permite ojear un mapa de Trípoli lleno de puntos marcados con chinchetas y los escudos de los señores de la guerra que controlan cada distrito. El gran reto de Libia, añade, es el de convencer a los milicianos de que acepten una autoridad: “¿Cómo les quitas ese poder?”.

6. El presidente

La sede del Consejo Presidencial de Libia se encuentra en una callejuela protegida por militares y bloques de hormigón. Para llegar a la sala donde recibe el presidente del Gobierno de Acuerdo Nacional, Fayez al Sarraj, hay que atravesar cuatro arcos de seguridad. En el último te despojan de móviles y mochilas. Sarraj saluda con gesto serio. La entrevista transcurre a finales de enero, antes de la guerra. Hoy el discurso sería otro. “Cuando pones las cosas en contexto”, dice, “la situación en Libia es mucho mejor de lo esperado”. Y sobre la relación con Haftar: “Nos hemos reunido en varias ocasiones para alcanzar un consenso”. Pero persistían puntos conflictivos, como la construcción de “un Estado civil con el Ejército bajo sus órdenes” y no al revés. “Los libios ya rechazaron y rechazan enérgicamente la idea de un Estado militar en el que una persona gobierna por la fuerza”.

Fayez Al Sarraj, presidente del Gobierno de Acuerdo Nacional de Libia. Carlos Spottorno

Parte de la entrevista se centró en asuntos migratorios. Informes recientes de la ONU y de Human Rights Watch habían denunciado la brutalidad de sus centros de detención y los métodos inhumanos de sus guardacostas. “En la crisis migratoria, los libios no somos sino víctimas”, respondió. En el país, dijo, convivían con “una cifra espantosa y extremadamente elevada” de migrantes. “Estamos trabajando duro con los recursos limitados disponibles”. Pidió más apoyo europeo a sus guardacostas. Que se acelerasen los procesos de “retorno voluntario” financiados por la UE. Y sobre los informes: “Libia se encuentra en una situación tal que pedir demasiada responsabilidad y tener demasiadas expectativas puede ser algo exagerado y nada realista. (…) En lugar de dedicar recursos a estos informes, ¿por qué no ayudarnos a resolver el problema? ¿Por qué no apoyar a los países que exportan a estos migrantes? ¿Por qué no encontrar un lugar mejor para ellos, quizá integrarlos en Europa?”.

7. Atrapados en Libia

Cada día, cientos, miles de hombres de toda África salen a buscar trabajo en la ciudad. Caminan hacia los cruces, se colocan en los márgenes de la calzada, acuden bajo los puentes. Viven semiocultos y con miedo, apelotonados en madrigueras ruinosas del barrio de Souq al Jum’a. Pero también salen a buscarse la vida.

Mohamed Jawo, un gambiano alto y fibroso que ha tratado de llegar dos veces a Europa (ambas fue interceptado), se encuentra en una rotonda junto a decenas con historias similares. Esperan a que pare alguien y ofrezca un empleo para seguir ahorrando e intentar de nuevo el viaje. De pronto se detiene un vehículo. Diez de ellos se agolpan alrededor e introducen la cabeza en la ventanilla, esperando las condiciones de la faena. Si tienes buena suerte, cuenta el gambiano, ganas unos 10 euros por jornada. Si la tienes mala, quizá no quieran pagarte. Y si armas alboroto, puede que avisen a la policía, a una milicia o que desaparezcas. Conoce historias de compañeros que se subieron a un coche y jamás regresaron. En sus palabras: “Este es uno de los países más peligrosos del mundo”. Uno donde la hiperinflación ha inventado un nuevo empleo que desempeñan estos migrantes: ejercen como carretilleros en el mercado negro de divisas de Trípoli; justo detrás del Banco Central pululan de un lado a otro portando bolsas con fajos y fajos de dinares. 

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Sources: elpais.com

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