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La cólera de sobrevivir a la Venezuela secuestrada por Maduro

La cólera de sobrevivir a la Venezuela secuestrada por Maduro


Desde entonces, nada entre ese país y yo fue normal.

Un paciente mira por la ventana del hospital Miguel Perez Carreño, de Caracas, durante un apagón, el 8 de marzo de 2019 /Foto: AFP

Luego de haber sido enviada a Venezuela varias veces a cubrir acontecimientos especiales, incluidas la muerte de Chávez y la elección de Nicolás Maduro en 2013, llegué a ocupar la dirección de la oficina de la AFP en los primeros días de septiembre de 2015, justo cuando la crisis entraba en lo más profundo.

Sin darme tregua de principio a fin, ese país me acaba de despedir en marzo con los peores apagones de su historia.

Fueron tres años y medio; pero aquí los tiempos son otros: un día es una semana; una semana, un mes; un mes, un año; y un año, una década. Los que yo estuve… me parecieron una eternidad.

Venezuela ha sido, sin duda alguna, mi mayor desafío profesional y personal: entenderla, explicarla y, al mismo tiempo, sobrevivirla.

Altar en homenaje a un joven activista muerto en una protesta en Caracas, el 8 de junio de 2017/ Foto: AFP

Kilométricas filas en los supermercados para comprar un litro de aceite, harina de maíz para las arepas o papel higiénico impactaron mi llegada. Eso y la sensación de estar siempre en peligro, acechada por un motorizado que me apuntaría con su arma para robarme el celular.

Durante mi trabajo allí, vi un país derrumbarse. Viví la Venezuela de las despedidas, la de los hospitales deprimentes, la de los supermercados y camiones de comida escoltados por militares, la de los saqueos, la del trueque, la de las compras con lectores de huella digital, la de los anaqueles vacíos y también la de los llenos de cosas que la mayoría de venezolanos no puede comprar.

Una mujer muestra su “Fatherland’s Card” en la plaza Bolivar, en Caracas, el 20 de enero de 2017. Esa tarjeta le permite comprar comida subvencionada y beneficiarse de programas sociales / Foto: Cortesía

Me acerqué a la Venezuela de Lidubina, una anciana del barrio Petare que vive sus últimos años angustiada porque no halla medicamentos para su hipertensión y úlcera varicosa; y a la de Marling, a quien, sofocada con su barriga de siete meses, vi estallar en cólera cuando supo que se habían acabado los pañales que iba a comprar. Tenía un 177 pintado en un brazo, su lugar en la fila que formaba desde hacía varias horas bajo un ardiente sol.

Estuve también en la Venezuela de los bultos de billetes devaluados con los que se iba a hacer mercado, y en esta, donde no conocí los nuevos bolívares porque sencillamente no hay. Antes de que el gobierno le quitara cinco ceros a la moneda, pasé también por la de Elizabeth, quien comprando un cartón de huevos en 3 millones de bolívares me dijo indignada –pero sin perder el humor–: “¡Somos un país de millonarios!”.

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UCV de Aragua: Yegua descuartizada sufría enfermedad contagiosa https://t.co/vVQlu5luJ7 pic.twitter.com/AMI2FTm3Dd

— Venezuela al Dia (@venezuelaaldia) April 26, 2019

Admiré la Venezuela ingeniosa de Nancy, quien tomaba una lancha para ir mar adentro a captar la señal de Internet, pasar las tarjetas bancarias por el datáfono meciéndose al vaivén de las aguas, y cobrar a los clientes el pescado frito y las cervezas con cuya venta se ganaba la vida en un pueblito costero al pie de las montañas.

Temí a la Venezuela de Alejandra, quien a sus 14 años ya había palpado la violencia demencial en su barrio cuando vio a un amiguito matar de un tiro a otro; y a la del submundo mafioso, violento y caótico de Ender, un joven minero artesanal que sabe que, entre el oro, puede encontrar la muerte.

 





Sources: venezuelaaldia

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