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Mundos íntimos. Desde que murió mi viejo, extraño las charlas que teníamos y me pregunto qué cosas de él viven en mí – 30/03/2019

Mundos íntimos. Desde que murió mi viejo, extraño las charlas que teníamos y me pregunto qué cosas de él viven en mí - 30/03/2019



Cuenta la leyenda familiar que en mi primera excursión con la escuela, a mis cuatro o cinco años, mis padres armaron una estrategia para lidiar con el miedo ante aquel primer alejamiento mío del universo del hogar. Mi colegio quedaba frente a casa, en Lomas de Zamora, y la excursión era al zoológico de Palermo. Yo no tengo recuerdos precisos de aquella vez, no guardo registro de vértigo alguno ante la novedad. Las imágenes que me vienen, sin embargo, están cargadas de intensidad y son un refrito de lo que me contaron ellos.

En esa época mi viejo laburaba en Capital. En el horario del almuerzo fue hasta el zoológico. Escondido tras los árboles llegó a encontrar mi contingente. Al rato estaba llamando a mi madre desde uno de esos teléfonos públicos naranjas de la Entel. Está bien, le decía a mi vieja, el nene está bien. Ni las maestras, ni mis compañeros ni yo lo descubrimos: éxito total del plan armado por la pareja.

Familia, 1993. El autor a sus 20 años, junto a su hermana Gisela, hoy artista plástica, su mamá, psicóloga de la Cruz Roja y su papá, Juan Carlos, que trabajaba en Atucha II.

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Imagino una foto, tomada a la distancia, detectivesca, en la que estoy entre los chicos, un punto a lo lejos, que confirma el éxito de la operación “El nene está bien”. Cuando armo aquella excursión en mi cabeza, no la veo desde mí sino desde el punto de vista de mi padre. Me veo a mí mismo, chiquito, paveando entre mis compañeros, y me siento protegido por esa mirada atenta. Reconozco ahí un legado: el color de esa mirada, esa atención amorosa hacia mí.

Sigo con la infancia. Tendría unos diez años y esto transcurre cualquier sábado de aquella época. Mi hermana y yo partíamos junto a mi padre a la plaza de Burzaco. Un viaje modesto en términos de distancia. Pero algo pasaba con ese viaje que cobraba dimensión de aventura.

Fragata Libertad. El padre ayudó a hacer los cálculos para su botadura.

Lo concreto es que todo empezaba con la caminata hacia la estación de Lomas. Pegado a la vía había un caminito. Esos corredores peatonales que a veces se forman entre el alambrado que separa las vías de las paredes de las casas. Ese caminito estaba lleno de troncos caídos y muchas plantas. Ya no existe, y seguramente si lo mirara con mis ojos de ahora vería más bien un ramerío infame; pero entonces, atravesar ese caminito era entrar a un espacio lleno de riesgos y posibilidades.

Ya en la estación, mi viejo nos compraba alguna revista. Yo elegía a veces la Condorito, o la Patoruzú, con las aventuras de ese indio que estaba a tono con el espíritu de aventura de nuestra excursión. Íbamos leyendo entonces, y pasaban las estaciones: Temperley, Adrogué, Burzaco… Luego de bajar del andén atravesábamos un túnel subterráneo, con vendedores ambulantes, olor a pis y desinfectante. Otras cuadras a pie y llegábamos.

Nunca volví a esa plaza de grande. En mi recuerdo es enorme. Había un ombú al que nos trepábamos, había un monumento con una gran base circular sobre la que se podía correr alrededor. Recuerdo unas águilas de hierro en lo alto de ese monumento. También un sánguche de pebete de jamón y queso en el bar que estaba en la esquina.

¿Pero qué tenían esas excursiones que las recuerdo con tanta intensidad?, ¿por qué las atesoro como un legado?

Creo que hay algo que aprendí entonces e hice mío: la aventura está ahí donde vos vayas con tu gente querida; otra posibilidad, que complementa a la anterior: esa excursión era uno de los momentos de la semana en que mi hermana y yo teníamos toda la atención de nuestro padre.

Ingeniero mecánico y técnico naval, trabajaba en las oficinas de un astillero en el Centro, iba y venía todos los días en tren a la Capital. En esa excursión de los sábados, era todo para nosotros. Cierra este recuerdo feliz la vuelta a casa y el olor de las papas fritas que se olían desde la calle; y ya dentro de casa, narrarle a mi madre todo lo que habíamos hecho. Contarle y contarnos la aventura a la plaza de Burzaco.

Para ser más completa, la imagen de mi madre necesita ampliarse con urgencia. Mi vieja se recibió de psicóloga en la UBA a principios de los 70 y fundó el gabinete psicológico de la Cruz Roja de Lomas, cuando la psicología era catalogada como peligrosa para el proyecto de terror de la dictadura, que cerraba los gabinetes psicológicos en los hospitales públicos. Tuvo muchos logros en lo profesional y viajó por todo el mundo por su carrera. Me cuenta que cuando explicaba que quería estudiar en la universidad, no faltaba quien le decía que si se conseguía un marido no iba a necesitar trabajar pero sus padres siempre la bancaron para que estudiara. Además de otros legados, con su elección de vida, agradezco haber crecido naturalizando la figura de una mujer que se planta y pelea por realizarse más allá de los mandatos de la sociedad patriarcal.

Fue por aquellos años que el proceso de desindustrialización impuesto con terror y muerte por la dictadura empezaba a llevarse puesta también la industria naval. Entonces quebró el astillero en el que trabajaba mi viejo. En el 84 pasó de la industria naval a la nuclear. Trabajó en la construcción de Atucha II. Lo hizo hasta el 95. La continuidad de aquella desindustrialización iniciada en los setenta, reactualizada ahora en el proyecto neoliberal en su fase noventas, suspendió el proyecto; y a los sesenta años, en un país que expulsaba a los ingenieros al exterior, sin perspectivas de mejoras, mi viejo pasó a formar parte de la legión cada vez más creciente de desocupados que no podían volver a insertarse en sus trabajos.

Lo recuerdo paralizado, triste, sentado en el sillón de casa, sin saber cómo seguir. Finalmente logró conseguir laburo como controlador de ascensores y como perito ingeniero para el Poder Judicial. Con ese laburo se jubiló. De aquel tiempo de crisis, además de la tristeza infinita de mi viejo, recuerdo la sensación de dolor y la impotencia por lo que, como tantos otros, estaba sufriendo mi viejo.

Aquel también fue un tiempo de cambios para mí, de tomar el legado y hacer algo propio. Cuando salí de la secundaria, el camino natural había sido ir a la universidad pública, como mi vieja y mi viejo. Sin estar muy entusiasmado, me decidí por Sistemas. Y así entré a la Universidad Tecnológica Nacional, la misma en la que mi viejo se había recibido de ingeniero. A mediados de los noventa promediaba la carrera y me ganaba la vida con la programación y el mantenimiento de PCs. Pero nada de eso me motivaba.

Contra todo pronóstico, en medio de aquella crisis, me animé a explorar un camino de búsqueda de una vocación, de amar aquello con lo que me ganara la vida, en un proceso de años que sigue hasta hoy. Empecé a profundizar mi búsqueda ligada a la escritura. Empecé a ir al taller de Laiseca. Dejé la carrera de Sistemas y empecé a estudiar Antropología en la UBA. Me fui a Europa. En Suecia, donde viví un año, coordiné un taller literario para la comunidad migrante latina. En Barcelona, durante los dos años siguientes, di talleres literarios en centros cívicos del Ayuntamiento y en mi casa. Cuando volví, lo hice decidido a ganarme la vida de la misma forma en que lo había hecho allá.

Fue por aquellos años que mi padre empezó a escribir. Escenas de su época de laburo en astilleros. Me contó esas anécdotas cantidad de veces. Era muy buen narrador oral, se detenía en detalles que se abrían en historias paralelas y luego sabía volver al núcleo. Me gustaba escucharlo contar esas historias, mate de por medio, nos apartábamos de la reunión familiar y él arrancaba con “si te cuento tal cosa no me lo creés…”, una sonrisa como de chico, lo estoy viendo, hace una pausa, las cejas que se alzan y una mano acaricia la pelada y entonces una historia que engancha con la otra y los personajes del laburo podían derivar en los abuelos italianos y los once tíos en la casa chorizo donde nació, un poliladron en la calle Dorrego, tenis y pileta en el club Temperley, el campo de Finky y la laguna donde jugaba detrás de la cancha de fútbol, las excursiones con los amigos a San Pedro… El disfrute de narrar historias, otro legado.

Él empezó a laburar en el 53 y agarró la época de oro de la industria naval: trabajó en el astillero Río Santiago, en Techint, en Astarsa, viajó por laburo a España, Alemania, Noruega. Participó de la construcción de fragatas, buques petroleros, ferrobarcos, buques motores… Entre otras cosas, fue el encargado de hacer los cálculos para la botadura de la Fragata Libertad. Me contó esa anécdota mil veces.

Por las características de la embarcación y por la profundidad del Río Santiago era necesario que la fragata no entrara al agua en diagonal, como suele hacerse, sino siguiendo un recorrido curvo -“imada curva”, escucho su voz nombrando el término técnico-, para que el empuje del agua hacia arriba fuera mayor en menor recorrido. Esto implicaba una serie de cálculos matemáticos especiales, que no eran los normales para las botaduras de los barcos. Cada vez que me contaba esta anécdota volvía a sentir la enorme responsabilidad que pesaba sobre ese joven de veintiún años, de cuyos cálculos dependía el éxito de la botadura de semejante barco.

Esta anécdota y otras son las que él fue escribiendo, con paciencia, a lo largo de los años. Me pedía consejos de escritura, me mostraba sus avances, entusiasmado por haber encontrado una manera de volver a contarse y contarle a los demás aquellos años de oro de su vida. Y también, como aquellas excursiones a la plaza de Burzaco, su acercamiento a la escritura nos acercaba a un territorio en común, a una aventura compartida.

En cada relato de este volumen, que llegó a terminar y tituló Vamos al agua, aparece la calidez en la manera de mirar de mi viejo, su amor por la industria naval; cada relato tiene un cierre a veces filosófico, a veces cómico. En Los pies sobre el cielo, por ejemplo, cuenta sobre unos hangares enormes donde se dibujaban en tamaño natural las partes de los buques sobre pisos de tablas de madera pintados de celeste. Mi viejo escribe: “como si uno estuviera parado sobre un cielo celeste de finitud imprecisa, aislado del mundo a donde no llegaban los embates ni ruidos exteriores y como si uno estuviera solo con su trabajo y su conciencia”.

Solo con su trabajo y su conciencia: en varios de estos relatos mi padre debe solucionar problemas de construcción a contra reloj, presionado por los tiempos de entrega y las multas millonarias por demoras ante fallos inexplicables en el funcionamiento de motores o bombas de agua; fallas de las que él tiene que descubrir su origen, entre una confusión de opiniones cruzadas de armadores y calculistas. Solo con su trabajo y su conciencia, mi viejo siempre mantiene la calma y resuelve el enigma: un Sherlock Holmes de la industria naval.

Además de nuestra pasión por River -también legado paterno-, en los últimos años de su vida compartíamos lecturas. Para cumpleaños y navidades le regalaba libros de ficción y de consejos de escritura que él devoraba y luego comentábamos.

Aunque ya tenía ochenta y dos años, su partida fue inesperada, sin el aviso de enfermedades o agonías. Sobre la repisa, cada vez que voy a visitar a mi madre, ahí está la foto de mi viejo con la mirada hacia el horizonte, la Fragata Libertad a sus espaldas, al lado de una foto de mi hermana sonriente y chiquita, alzando una copa, y otra en la que estoy yo con la remera de la colonia del club Temperley, estrenando dientes recién asomados.

Las imágenes significativas y su poder de evocación, como las imágenes que construimos en la escritura: una manera de habitar lugares emocionales; como mi viejo cuando escribía las historias de sus momentos memorables, como yo ahora, que volví a pasar por el corazón la sensación de estar con él, de acercarme a mi viejo pensando qué cosas de él viven en mí, en el ejercicio creativo del recuerdo.
———

Marcelo Guerrieri es escritor, coordinador de talleres literarios y profesor de la Licenciatura en Artes de la Escritura de la UNA. Se “formó” jugando al poliladron y a la pelota en las calles adoquinadas de Lomas de Zamora. Movedizo por gusto y necesidad, vivió en San Telmo, en Villa Ortuzar, en Uppsala, en Barcelona, en Parque Chas… hasta que recaló en Villa Pueyrredón. Cuando logra atornillarse a la silla, escribe con ganas; algo importante le falta si no lo hace. Su primera novela, “Farmacia”, fue finalista del Premio Página/12; también publicó el libro de cuentos “Árboles de tronco rojo” y la blognovela “Detective Bonaerense”. “Con esta luna”, su última novela, será publicada por Tusquets. De los lugares en los que ha vivido, amó sobre todo sus balcones y terrazas, donde ha metido y mete cuanta planta puede; y ejerce el arte de asador como excusa para rejuntar amigos.



Sources:
clarin-com

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