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Los perfectos idiotas útiles para Eugene Sharp › Mundo › Granma

En los golpes suaves al estilo descrito por Eugene Sharp, hablan el odio, el terror y el asesinato. Foto: Red Internacional


«Nos tratan de engañar con viejas tácticas de dominación imperialista presentadas como algo nuevo».
Stella Calloni

Un fantasma recorre el mundo y no es precisamente el del comunismo advertido por Carlos Marx, este es de signo contrario, fatalmente tangible y empecinado en derrocar los regímenes considerados enemigos por Estados Unidos, por llevar adelante procesos de cambios que afecten sus intereses hegemónicos.

Pero la ofensiva reaccionaria no es nada original, tiene nombres robados de la izquierda: «revoluciones de colores», y adjetivos propios del marketing: asumen los tonos verdes, azules, y rosados y otros resaltantes en los amplios despliegues con que suelen acompañarla los grandes medios.

Así se mantienen en la posmodernidad las mismas operaciones encubiertas que sigue realizando Estados Unidos desde la Guerra Fría, con una inalterable matriz que integra la guerra económica, campañas mediáticas, manipulación de las masas con mentiras, terrorismo y acciones armadas.

Esas prácticas se iniciaron principalmente en Grecia, donde en 1948 tropas estadounidenses y sus servicios especiales, asistieron al gobierno de ese país para aplastar a los guerrilleros socialistas y manipularon ese año las elecciones italianas, al sufragar con millones de dólares los partidos tradicionales. Para ello, usaron la mafia y desequilibraron la sociedad y la política nacional con el terror y el asesinato de líderes comunistas para que no llegaran al poder.

Después vendrían los golpes de Estado, el de Irán en 1953, organizado de común entre los órganos de inteligencia norteamericanos e ingleses contra un gobierno que pretendía controlar su industria petrolera, y el de Guatemala en 1954, por tener una proyección progresista que hizo una reforma agraria.

Contra el gobierno de la Unidad Popular chilena, desde 1970 hasta 1973, se consolidaron todas esas experiencias subversivas para enfrentar al primer gobierno socialista de occidente, que llegó al poder por la vía de las urnas. Allí asesinaron al presidente Salvador Allende.

Todas estas historias fueron reconocidas por la propia CIA y el Gobierno norteamericano, avaladas en miles de documentos desclasificados por la comunidad de inteligencia estadounidense. Parecía que quedarían como páginas turbias de la historia estadounidense, pero no resultó así.

Gene Sharp era un filósofo, politólogo, profesor y escritor de 88 años cuando murió en 2018. Tuvo a punto su frac y un discurso para la ocasión, al ser nominado para el Premio Nobel alternativo en ciencias sociales, solo por haber resumido esas experiencias desestabilizadoras bajo las nuevas
denominaciones de «golpe suave», contenido de las que llamó «revoluciones de colores», como fórmula para acabar con gobiernos incómodos para EE. UU. y sus aliados.

Pero no hay que escamotearle méritos a este copista con estilo propio, su principal logro fue adelantarse demasiado en su tarea. Su libro más conocido, La política de la acción no violenta, es de 1973 y desarrolla un programa detallado de acciones contra un poder descrito como dictatorial, para lo cual acuñó el término «política jiu-jitsu», que consiste en derribar a su oponente mediante la desestabilización del país.

En el texto aparece un cronograma de recetas y consejos para que los supuestos revolucionarios escojan el mejor momento para empezar las protestas, las acciones políticas, realicen negociaciones con el régimen, alianzas con otras fuerzas, denuncias y huelgas, hasta tomar el poder en un intempestivo plagio del proyecto táctico de la revolución socialista, pero al revés.

Durante la lucha anticolonialista en la India, el líder Mahatma Gandhi dirigió su país hacia la independencia utilizando la «desobediencia civil», que solamente tuvo éxito y acabó con el dominio inglés por la decisión de los patriotas, quienes se inmolaron por miles bajo la represión británica y no porque el método aplicado les daría la victoria automáticamente.

Sharp evidenció en su libro que también copió de Ghandi esa táctica para sus recetas, pero solo la expone como si fuera una herramienta de una tecnología exitosa, que resultara también a la inversa del sentido revolucionario y anticolonial, fuera del contexto histórico en que le tocó luchar al gran líder indio.

Para 1973, al terminar su texto propuesta, EE. UU. no vivía su mejor momento. Estaba a punto de sufrir la más humillante derrota militar en Vietnam, en 1975, un golpe demasiado duro para promover los supuestos «golpes suaves» como defensa para salir del atolladero bélico.

También pasaban por un trance similar las dictaduras militares y gobiernos de derecha en América Latina, y en otras partes del mundo, que junto a las monarquías proestadounidenses componían la amalgama del núcleo duro de los aliados de la Casa Blanca en el enfrentamiento global contra el comunismo.

Entonces era inoportuno hacerle demasiada propaganda a los supuestos valores de la democracia burguesa que violaban esos regímenes con demasiada asiduidad, por lo que Sharp y sus teorías no eran coherentes con la geopolítica estadounidense de ese tiempo.

Era mejor para los estrategas de la Guerra Fría mantener al uso las clásicas y probadas operatorias asociadas a «guerras culturales y operaciones encubiertas» y otras no tan cubiertas que,  además, no requerían ser lustradas con el empaque académico en esos momentos, por lo que el investigador tuvo que esperar su oportunidad con paciencia.

El momento le llegó a Sharp 40 años después, con la desintegración de la URSS y del campo socialista, y cuando en esos países comenzó un afiebrado maratón por destruir todo el proceso anterior y tratar de construir al detalle la democracia liberal y el libre mercado.

Pero la tarea autopropuesta por EE. UU. y sus aliados de desmantelar al anterior enemigo no podía quedar inconclusa, y a Rusia era mejor reducirla a potencia de tercer orden, aunque había abjurado del comunismo; por lo que se empezó por rodearla con un cordón sanitario de repúblicas exsoviéticas proccidentales y candidatas a entrar a la OTAN.

En esa nueva realidad prometía éxitos el manual de Sharp, que por fin tendría su perfecto escenario en las supuestas democracias en los países exsocialistas y en Rusia, donde la mayoría de la población, de regreso del centralizado y burocrático socialismo real, disfrutaba una luna de miel con los patrones de gobiernos occidentales.

A inicios del siglo XXI, los alegres instructores del académico se hicieron presentes en múltiples ONG de asesoría para los procesos de democratización y de oposición a los remanentes del socialismo.

Así se aplicaron con éxito las estrategias de las «revoluciones de colores», con mayor o menor intensidad, principalmente en las repúblicas del Báltico, en Armenia y Ucrania.

Aunque no siempre fueron muy suaves y coloridos esos cambios. En Yugoslavia en la década de los 90, se aplicaron los procesos de desestabilización y las operaciones encubiertas bajo la cobertura de la teoría de Sharp y atizaron la guerra civil, el genocidio y la desintegración del país.

De esta forma los intelectuales orgánicos de las «revoluciones de colores», desde centenares de instituciones globales y tanques pensantes, serían los responsables de dotar de una dirección  estratégica y hasta de apoyo material a los procesos y actores favorables a los intereses de Estados Unidos.

Con estos nuevos actores renovados, las administraciones estadounidenses y sus servicios especiales ganaron una mayor capacidad de clandestinidad para actuar, pero varios pasos atrás de los acontecimientos, para manejarlos con más discreción y con menos publicidad que en el pasado.  

Sharp es recordado como una eminencia en las ciencias sociales, aunque su teoría seguramente fue actualizada para incluir la utilización de las redes sociales y las tecnologías de la información y las comunicaciones, tareas que debieron asumir sus seguidores más jóvenes, para que no quedara olvidado en una especie de obsolescencia no programada.

Una nueva versión de estas estrategias se aplica contra los gobiernos progresistas, principalmente en Venezuela y Nicaragua.

Aunque infructuosamente, Gene Sharp esperó en los últimos años de vida, desde su poltrona académica al frente del más activo tanque pensante de derecha, el «Centro Albert Einstein», la gran noche sueca para que le entregaran el verdadero Premio Nobel.
Fuente: Red Internacional. Análisis Sociales y Geopolítico

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Sources: cubadebate.cu

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