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Los hijos de argentinos que habitan Cuba – 15/03/2019

Los hijos de argentinos que habitan Cuba - 15/03/2019

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Los hijos de argentinos que habitan Cuba han sido noticia en éstos días. Los tres de Diego Maradona, recién ahora conocida su existencia por la opinión pública, y Florencia Kirchner, cineasta y víctima, y enferma según ha relatado su madre Cristina. Todos habitan ya la isla. La hija de la ex presidenta desde hace poquito y con un linfedema a cuestas, y los de Diego desde que nacieron. Allí están todos, rodeados por el mar traslúcido, la belleza tropical y, para Florencia, por el incomparable beneficio de la ausencia de un tratado de extradición con la Argentina.

Florencia está dando un ejemplo para algunos jerarcas de la dictadura venezolana que se resisten al exilio en Cuba. Ella, cuyos padres han sido tan buenos socios de Chávez y de Maduro indica con su conducta que la tierra de Fidel sigue siendo hospitalaria para los revolucionarios que ahora deben padecer tanto, inclusive un peligroso linfedema como el que ella está sufriendo.

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En el dramático cortometraje en el que Cristina Fernández explica el calvario de Florencia con razonable voz trémula, contó que a “Flor” le encanta el cine y que es “una apasionada de lo que hace”. Flor fue co-guionista de otro documental, “El Camino de Santiago”; la visión K, sobre Santiago Maldonado.

Una película sobre otra película, el camino de Santiago en la senda imaginativa de Florencia y de los otros creadores del filme se yuxtapuso, al fin, al cortometraje de su madre narrando el drama con tanto sentimiento y notable pesadumbre en la voz y también en las imágenes musicalizadas que evocan los días felices de toda la familia junto a Néstor, las sonrisas, el poder y los dólares a buen resguardo.

Ahora, Florencia, nos cuenta Cristina, “no puede permanecer sentada ni de pie por períodos prolongados de tiempo”.

Comprensiblemente, evalúan ellos, eso le impedirá sentarse frente a un juez por lo menos en lo inmediato y tampoco en principio descender desde la Sierra Maestra como lo hicieron los padres fundadores y refundar el mito para que como en un reguero de pólvora la aureola revolucionaria volviera a encenderse en la Argentina y ella y su madre pudieran ser redimidas al fin de tanta persecución.

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El cine político en la Argentina fue muy enriquecedor para todos y cobró indudable relieve desde las postrimerías de la dictadura. Parece haber descendido, al menos de acuerdo a lo que se observa en éstos últimos ejemplos aquí citados, a un rango mas micro militante, más naif y menos relevante. El cine tiene dos dimensiones: se ampara en la riqueza de la ficción para remitir desde la estética a la realidad, o simplemente opera como mentira política filmada, un subgénero que en general es de pésima calidad.

Pero ésta es una cuestión que deberán debatir los críticos. La política tiende a filmarse a sí misma y abunda en spots, en trailers y en guiones que no brillan en general.

Sin embargo, la producción de las comodities escenográficas argentinas sigue siendo muy fecunda. Son las escenas que brotan solas desde el suelo sociopolítico. Basta un celular para registrarlas y reproducirlas: por ejemplo la balacera espontánea en la villa Zabaleta tras el paso del cuerpo muerto de Yoel, el adolescente aparentemente caído por un tiro tras el violento intento de atraco a un médico que se defendió a balazos. Sus amigos saludaron al muerto en procesión con armas de todo calibre y ante la vista de todos, augurando nuevas aventuras, y sobre todo nuevas desventuras.

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En las calles persisten las tropelías de los motochorros que asesinan en vivo y en directo.

El espectáculo audiovisual continúa garantizado. La vida y el crimen a través del celular alimenta el trágico show del que cualquiera puede ser protagonista.

El llanto de los seres queridos ante sus deudos asesinados que se repite en las pantallas exhibe lo irrevocable; la tristeza y la persistencia de un submundo de sangre y fuego que no se va.

Hay un lazo singular e histórico que une a Cuba con la Argentina, no solo por Maradona y por Florencia por cierto, sino esencialmente por el violento derrotero del Che Guevara. Para entender ese vínculo tal vez sea más necesaria la literatura que la politología.

Guillermo Cabrera Infante, ese autor tan cubano y tan mágico, era además de novelista un formidable crítico de cine. De hecho, cuando triunfó la Revolución fue designado Director del Instituto de Cine de Cuba. Pero pronto debió partir al exilio. Fidel Castro no soportaba su libertad de pensamiento.

“La Habana para un infante difunto” es una trama metafórica y extravagante en la que la figura materna es central y surrealista. Se narra allí un tiempo que ha muerto. No es fácil imaginar cómo pudieran inscribirse en esa alturas Florencia K y su madre CFK.

Pero vale la pena leer a Cabrera Infante, y pensar con dolor que cada día aquí podríamos escribir también “La Argentina para un infante difunto”.

Porque muchos pibes que mueren antes de tiempo podrían vivir, si no se hubiera expandido tanto la corrupción y la mentira.

Pero no fue así.



Sources:
clarin-com

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