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El fotógrafo que tiró su Leica desde el helicóptero del dictador – 15/03/2019

El fotógrafo que tiró su Leica desde el helicóptero del dictador - 15/03/2019

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Ninguna de las muchas compilaciones fotográficas de la Revolución cubana de 1959 incluye sus retratos y, sin embargo, durante casi un año Jesse A. Fernández acompañó a Fidel Castro como fotógrafo y tomó imágenes magníficas. Los dos tenían casi la misma edad. Jesús Antonio Fernández Martínez, luego Jesse A. Fernández, nació en La Habana en 1925, de padres asturianos. Tuvo una infancia marcada por las dictaduras: salida hacia Asturias para evitar la del cubano Machado, vuelta a La Habana en 1939 por no vivir la de Franco. Y en 1959, invitado por Guillermo Cabrera Infante a trabajar como fotógrafo en el diario Revolución y el suplemento cultural Lunes de Revolución, vino a dar en el séquito de Castro.

Había hecho en La Habana estudios académicos de pintura, unos años de ingeniería electrónica en Filadelfia, y recibió en la Arts Students League de Nueva York lecciones de George Grosz. Wifredo Lam le presentó a Marcel Duchamp. “Para mí fue una gran influencia conocer a Duchamp”, reconoció. “Para comprenderlo había que comprender a un vago –en el mejor sentido de la palabra–. Yo, de 22 años en esa época, tenía complejo de vago porque a pesar de que leía todo el tiempo, no podía levantarme temprano”.

Llegó a la fotografía en 1952, en Colombia: “Yo no sabía nada, ni siquiera qué era un diafragma, pero me encerré con cantidades de libros y aprendí”. Allí se amistó con Fernando Botero y con el García Márquez de un año antes de la aparición de La hojarasca. “Para Jesse –el novelista le escribe en 1978 una dedicatoria– en memoria de los tiempos en que él y yo éramos treinta años más jóvenes y comíamos frijoles en Macondo”.

Colaboró en México con Luis Buñuel, que filmaba Nazarín. Logró que Carlos Fuentes lo llevara a visitar a Alfonso Reyes. En Nueva York trabajó como fotógrafo de reportajes para Life, Esquire, Cosmopolitan, Paris Match y The New York Times.

Sus fotos de Fidel Castro son poco épicas. En una de ellas aparecen líder y fotógrafo, y el primero resulta la figura menos relevante de la composición, algo a lo que no se habrían atrevido Korda o Corrales, fotógrafos oficiales. A diferencia de estos, él podía pasar por alto esos retratos a la hora de resumir su carrera. Al fin y al cabo, ¿quién era Fidel Castro comparado con Duchamp o Marlene Dietrich? Cualquier retrospectiva suya, por amplia que sea, podría prescindir del comandante.

Escapar de su entorno llegó a convertirse para él en una obsesión. Escapar de Castro como los suyos habían huido de Machado y de Franco. Una noche, revelando los negativos de una sesión, descubrió que la mayoría de los que rodeaban al líder estaban muertos o presos. Al día siguiente dejó caer su Leica desde el helicóptero donde viajaban. Era el mismo helicóptero desde donde el dictador lanzaba a los ministros que lo contradecían en el carnaval bárbaro de El color del verano, la novela de Reinaldo Arenas. En el mar esperaba a los ministros Tiburón Sangriento, quien seguía como una sombra al helicóptero dictatorial.

Jesse argumentó que sin una Leica no podría continuar su trabajo. El comandante respondió que no había problema, que hallarían alguna entre los bienes ocupados a la burguesía. Afortunadamente, no fue así y dieron al fotógrafo licencia de dos días para que comprara una Leica en Nueva York. Él se fue y no volvió. No volvió más a Cuba.

En Nueva York enseñó en la School of Visual Arts y tuvo su primera exposición de pinturas. Cabrera Infante lo reencontró en 1970: “Dejado de la mano de la suerte: sin dientes, viviendo en un cuarto lleno de gatos y fotos viejas cubriendo las pobres paredes. Lo había perdido todo menos su ojo y su Leica”. Logró recuperarse, vivió entre Madrid y Toledo, y terminó instalado en Neuilly-sur-Seine.

Publicó en París Les momies de Palerme, ensayo fotográfico sobre las catacumbas de un convento siciliano de capuchinos. Tres décadas de su trabajo aparecen recogidas en Retratos (Ediciones Cultura Hispánica, Madrid, 1984), que incluye retratos de Borges, Buñuel, Rulfo, Bergamín, Villalobos, Puig, Onetti y Corín Tellado. Carol Prunhuber lo recuerda en plena labor: “La cámara nunca era visible en sus manos. Fotografiaba con tal velocidad y agilidad que incluso el clic se confundía entre los otros movimientos”.

Pasajeros en un autobús, México, 1957. Foto: Jesse A. Fernández

Jesse imaginó un libro de pintores donde, junto al retrato de cada uno, apareciera su respectivo autógrafo. Visitó cementerios con la idea de hacer un tomo de sepulturas de grandes artistas, algo semejante al Tumbas de poetas y pensadores de Cees Nooteboom. Y, aunque ninguno de estos dos proyectos llegó a concluirse, pueden hallarse atisbos del primero en el catálogo de su retrospectiva de 2003 del Museo Reina Sofía de Madrid.

“En mi vida profesional he fotografiado a personalidades del mundo de la política, las finanzas y las ciencias, pero ninguno de esos retratos los he considerado próximos a mi sensibilidad”, dejó dicho en su nota introductoria a Retratos. Remató: “Solo el arte me interesa”.

Murió en Neuilly-sur-Seine en 1986, a los 61 años, de un ataque al corazón. En fotografía reconoció el magisterio de Henri Cartier-Bresson y Walker Evans. Su pintura, obsesiva en calaveras, es cercana a la de los mexicanos Cuevas y Toledo. Las cajas con objetos que compuso remiten a las de Joseph Cornell.

Fabricó pelotas de madera policromadas que parecen llevar tatuadas sus órbitas, como modelos de un planetario barroco. Diseñó hermosas portadas inéditas que dan noticia de sus predilecciones de lector: poesía y filosofía en varias lenguas. Es suya la imagen de cubierta de La Habana para un infante difunto, y aparece como personaje en varios libros de Cabrera Infante.

Los retratos son, indudablemente, lo más significativo de su obra. Entre ellos me permito elegir el del escritor cubano José Lezama Lima (1956) y el del pintor estadounidense nacionalizado británico R.B. Kitaj (1978). Lezama Lima está a la mesa de un bar habanero, y antes del disparo dio al retratista esta advertencia: “Apartemos las botellas de cerveza, no vayan a creerse que estamos enredados en cuestiones baquianas”. Ese arreglo vino a la foto de maravilla, porque pierde su atmósfera de bar para asemejarse a un laboratorio en penumbras. Es Lezama Lima en un interior de viejo maestro holandés. En cuanto a Kitaj, ¿qué dolor lo reconcentra y lo hace pegarse a una pared londinense y agarrota su mano de pintar?

El poeta Lezama Lima en un bar de La Habana.

“Yo busco el lado humano –escribió el autor de estas imágenes– fotografío sin luces, a no ser las naturales; trato siempre de la intimidad donde está el individuo”. Y definió así su labor: “El problema es lograr una fotografía concentrada que no se conforme con el rostro, que atienda paralelamente al fondo, que sea eficaz y, al mismo tiempo, sigilosa; que sea rotunda, pero que respire por su fragilidad”.

Eficacia y, a la vez, sigilosidad. Rotundez, aunque fragilidad… Cioran, a quien él retrató en 1977, escribió que Jesse Fernández sabía cómo hacer ver una idea.

Antonio José Ponte (Cuba, 1964). Poeta, ensayista, cuentista, novelista, es el autor, entre otros, de Las comidas profundas, Corazón de skitalietz y La fiesta vigilada.

“Errancia y fotografía. El mundo hispánico de Jesse A. Fernández”.

Museo Emilio Caraffa, Av. Poeta Lugones 411, Córdoba. Martes a domingos y feriados de 10 a 20 hs. 



Sources:
clarin-com

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