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Mundos íntimos. Secretos de origen: quise saber de dónde venía mi familia para entender las dudas que mi padre no contestaba – 09/03/2019

Mundos íntimos. Secretos de origen: quise saber de dónde venía mi familia para entender las dudas que mi padre no contestaba - 09/03/2019



En mi familia siempre quisimos saber qué había sido de la vida de los tres hermanos de Germán Pogoriles, mi padre. Sabíamos que todos habían nacido a principios del siglo XX en Czortkow, un pueblo de la antigua provincia austrohúngara de Galitzia, muy cerca de la frontera con la Rusia zarista. Sabíamos que los hermanos de mi padre, Herschl (Germán, nacido en 1909), eran dos hombres y una mujer: Moshé (1906), Meshulem (1913) y Sara (1917). Pero no sabíamos mucho más. Mi padre eligió callarse. Había un gran dolor en ese silencio, cosa que entendí mucho después, pero a veces daba pistas. Mostraba fotos antiguas, tomadas en Europa o en Israel.

Las cosas cambiaron en la década de 1990 luego de los atentados contra AMIA y la Embajada de Israel; sus ecos nos hicieron buscar en el pasado. Ocurrió algo inesperado, aparecieron dos primos hermanos, Lea e Israel, hijos de los dos hermanos varones de mi padre. Ella era profesora de Biología cerca de Tel Aviv y él, un comerciante en Río de Janeiro. Los dos tenían más de 50 años de edad y venían desde el fondo de la memoria.

Europa, 1926. A la derecha, sentado, el padre de Eduardo. De pie, su hermano Meshulem.

La reunión familiar llegó en enero de 2000 en Buenos Aires, allí estábamos los hijos y nietos de Herschl, dispuestos a rearmar un rompecabezas destruido en agosto de 1914 por la Primera Guerra Mundial. Nuestros primos se enteraron de que mi padre se había embarcado en 1928 en el puerto francés de Le Havre rumbo a Buenos Aires, después de probar suerte en Viena y Berlín. Se enteraron de que aquí aprendió el castellano en una escuela nocturna, fue viajante de comercio hasta establecerse con una tienda de ramos generales en el Chaco, crió a sus hijos y los mandó a la universidad. Se enteraron de su dolor por la muerte del hijo mayor, en un accidente en 1966. Y de la vejez que llegó de pronto.

Dos hermanos perdidos. Después de al menos 25 años de no saber de ellos, el padre del autor entró en contacto con Moshé (primero izq.) y Meshulem (con la beba en brazos).

Lea e Israel nos contaron a su vez la historia de una diáspora. Nos enteramos de los sueños de cuatro jóvenes empobrecidos por la guerra en la década de 1920. El mayor, Moshé, había emigrado a Haifa en 1925 cuando Palestina aún era una colonia británica y él, un joven militante sionista. Mi padre eligió Buenos Aires en 1928 porque recibió la carta de llamada de un familiar lejano. Los más chicos de la familia, Sara y Meshulem, se quedaron a cuidar a los padres, que murieron hacia 1930. La situación para ellos empeoró. La casa natal en Czortkow ya no se sostenía vendiendo los quesos que la familia hacía en un tambo cercano. De aquel pasado, mi padre recordaba “un palacio” en Czortkow, donde vivió el rabino David Friedman, miembro de una dinastía judía hasídica del siglo XIX.

La nueva generación. En 2000, los hijos de los hermanos en Buenos Aires. Lea, la beba de la imagen de arriba (izq. sentada), e Israel (parado al centro), un primo que vive en Brasil. Sentado, al medio, el padre del autor.

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En la reunión del año 2000 mi padre parecía ausente, no quebró su silencio, envuelto en dolores antiguos. Pero ese reencuentro me impulsó a buscar mis raíces en la genealogía, la geografía y la historia europea.

La leyenda familiar decía que el apellido aludía a “una montaña roja y un griego”. En los idiomas ruso y ucraniano, Pogoriles alude a alguien “dañado por un incendio” y también a “aquel que perdió todo en una guerra”, como dice el experto Alexander Beider en su diccionario de apellidos. La geografía hablaba de un escenario volcánico donde chocaban las ambiciones imperiales de Polonia, Austria, Rusia y Turquía, además de los cosacos que ansiaban su independencia. La Galitzia de mis antepasados existió entre los años 1772 y 1918, era una creación del imperio de los Habsburgo, que gobernaban desde Viena. No quedó ni una foto de mis abuelos paternos, pero descubrí que esa Galitzia tenía ciudades fascinantes como Cracovia y Lemberg.

Durante siglos, la élite polaca colonizó esas fértiles llanuras y por eso aún se ven viejos castillos y monasterios entre campos de trigo, ríos y bosques de hayas. Descubrí que el pueblo de Czortkow nació en 1522 por iniciativa de la aristocrática familia Czartkowski. En 1616 ya había allí una comunidad judía, igual que en otros pueblos cercanos, Buczacz y Husiatyn. En 1648 los cosacos liderados por Bogdan Jmelnitsky (héroe nacional en la Ucrania actual) se rebelaron contra los terratenientes polacos y además masacraron a los judíos que vivían en la zona. Había una relación entre toda esa historia y mi apellido. Los idiomas ruso y ucraniano se escriben con el alfabeto cirílico, inspirado en el griego. El griego era la lengua de cultura para los sacerdotes cristianos ortodoxos asentados en la región. Por eso creo que mi apellido nació en esa época, para nombrar a quienes lo habían perdido todo.

Pronto sentí que mi búsqueda iba más allá de la genealogía. Estaba asomándome a un mundo desaparecido en 1939. El apellido tenía infinitas variantes: Pohoriles, Pohoryles, Pohorille, entre muchas otras. Era bastante común en una geografía que incluía lo que hoy es el sudeste de Polonia y el noroeste de Ucrania. Galitzia era un Aleph borgeano, por allí había pasado el mundo. El pensador Martin Buber, que ya era célebre antes de 1914 por su antología de relatos hasídicos, visitaba habitualmente al rabino Friedman en Czortkow. En esa época, en el pueblo de Buczacz existía un grupo de estudiosos del idioma hebreo encabezado por el futuro escritor Samuel Agnon, quien en 1966 ganaría el Premio Nobel de Literatura. La cercana ciudad de Czernowitz, capital de la provincia austrohúngara de Bucovina (donde la familia de mi padre se refugió en 1918) era el hogar de Paul Celan, el mayor poeta en lengua alemana luego de 1945. El periodista estadounidense John Reed pasó por Czernowitz en 1915, era corresponsal en el frente ruso y lo contó en su libro “La guerra en Europa Oriental”, antes de la fama por “Diez días que conmovieron al mundo”.

Claro que para los hermanos de mi padre, Galitzia y Bucovina no eran literatura. Eran campos de batalla donde se enfrentaban soldados austríacos, rusos, polacos, ucranianos y rumanos. La paz que llegó en 1918 trajo también odios, crisis. Los que podían emigrar, no dudaron. Moshé -el que había viajado con su novia a Haifa en 1925 y , murió en 1980 en Río de Janeiro- hizo de todo un poco: fue picapedrero, cultivó naranjas, fue albañil y obrero en una fábrica de baterías. “Tenía un solo traje y el aspecto de un gentleman”, contó mi primo Israel.

Sara, la más chica de la familia, “que tenía una larga cabellera rubia y con sus ojos azules parecía una Walkiria”, fue asesinada por los nazis en Czortkow junto a sus hijos y su marido. El menor de los hermanos de mi padre, Meshulem, murió en 1971 en Israel. Era un albañil que amaba la vida. Desde 1941 en Czortkow fue prisionero de un campo de trabajo nazi, perdió a su primera esposa y a sus tres pequeños hijos. Sobrevivió a la guerra y llegó a Italia, a un campo de refugiados de las Naciones Unidas en Turín donde conoció a su nueva esposa. En un hospital de Turín nació mi prima Lea, que era una bebé cuando todos llegaron a la playa de Acre, en Israel. Mi prima Lea contó en Buenos Aires que Meshulem, después de lo que había vivido, “decidió ser feliz, decía que le bastaba cortar el pan cada mañana y yo tuve una infancia feliz”.

Me resistí a escribir sobre todo esto durante años, pero el silencio grita. Un día entendí que no me obsesiona el Holocausto sino la pérdida de sentidos, eso que desaparece sin dejar rastros. Entendí el paradójico silencio de mi padre, porque esa fue su manera de recordar y de arraigarse en una nueva tierra. Cuando él murió en 2001 pensé en las vidas que podría haber vivido si no hubiera llegado a Buenos Aires en 1928. Esas vidas paralelas me obsesionaron. Las descubrí de a poco, entre corazonadas, al visitar museos y calles en París, Amsterdam, Nueva York o Jerusalén.

En París, en los archivos del museo Memorial de la Shoá dedicado a recordar lo que pasó con los judíos franceses entre 1939 y 1945, me topé con la vida de Henri Pohoryles, un joven maestro de escuela y miembro de la Resistencia francesa. Era hijo de inmigrantes rusos pero nació en Francia en 1920, en Estrasburgo. Hacia 1939, Henri fue maestro de un grupo de chicos judíos alemanes protegidos por Germaine Rotschild en su mansión de las afueras de París, el Chateau La Guette. Fue un hombre de gran coraje, en 1943 dirigía una red de la Resistencia en Niza dedicada a trasladar personas a España cruzando los Pirineos. En París fue detenido por la Gestapo en junio de 1944 y después de las torturas lo deportaron desde el campo francés de Drancy hacia Auschwitz. Iba en el tren del 17 de agosto de 1944, pero en el tercer día del viaje logró evadirse. En la posguerra fue condecorado con una medalla de la Resistencia.

Otros no tuvieron suerte. Me encontré con la historia de Samuel Pohoryles, un comerciante nacido en Husiatyn en 1882 que vivía en París. Lo deportaron a Auschwitz en el tren del día 2 de marzo de 1943. En Amsterdam me encontré con la historia de Michel Pohorille, un comerciante nacido en 1886 cerca de Czortkow. Fue deportado a Sobibor en el tren del 26 de marzo de 1943.

En 2007 se hizo en Nueva York, en el Centro Internacional de la Fotografía, una exposición dedicada a Gerda Taro. Era un rescate histórico. Ella fue olvidada a la sombra de su gran amor, el fotógrafo Robert Capa, un maestro del fotoperiodismo. Gerda fue su colega durante la Guerra Civil Española. Tenía 26 años cuando murió en la batalla de Brunete, en julio de 1937. Sus imágenes de la guerra publicadas en revistas europeas la hicieron famosa. Su funeral en París, en el cementerio de Pere Lachaise, fue un acto de masas convocado por el PC francés. Allí estuvieron Pablo Neruda y Louis Aragon. El catálogo de la exposición decía que Gerda Taro nació en Stuttgart en 1910 pero su verdadero nombre era Gerda Pohorylle. Su familiares venían de Husiatyn, en Galitzia, pero antes de 1914 emigraron a Alemania. Todos murieron en la Shoá, en un campo nazi cerca de Belgrado, en 1942.

Así es, descubrí vidas paralelas, infinitos nombres. No eran parte de mi familia, pero me siento un hijo de todos ellos. Acaso porque todos fueron dañados por un incendio. O acaso porque el olvido es el camino del exilio, pero la memoria es el camino de la redención.
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Eduardo Pogoriles es periodista, cursó la carrera de Letras en Buenos Aires y nació en un pueblo del Chaco, General Pinedo. Allí el cine y la radio, junto a los meteoritos de Campo del Cielo, le abrieron los ojos a las primeras leyendas. Cree ser bastante racional, pero un vidente sanjuanino le enseñó a respetar los sueños y presentimientos. Escribió teatro y también guiones de televisión en la década de 1980, valorados por gente amable como Sergio Renán y Rubén Szuchmacher. Pasó por varias redacciones antes de entrar en Clarín en 1991, entre ellas las de Atlántida y el viejo diario Tiempo Argentino. Ama a los amigos sinceros, las mujeres, las librerías y los viajes. Ama el cine clásico y la música, desde Mozart a Troilo, sin olvidar a Chopin. El pibe que aún vive en él, ama las réplicas en miniatura de autos y trenes. El hombre, extraña el arte de la conversación.

clubwifiusa


Sources:
clarin-com

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