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Mundos íntimos. A los 50 me animo a hacer cosas que antes me daban vergüenza, temor o me paralizaban – 26/01/2019

Mundos íntimos. A los 50 me animo a hacer cosas que antes me daban vergüenza, temor o me paralizaban - 26/01/2019



1 – Ahora que ya pasó mi cumpleaños, que recibí los regalos y apagué la velita con el 5 y la velita con el 0, me doy cuenta de que nunca imaginé cómo sería tener 50 años. Ni que yo, menor de tres hermanas, nieta y sobrina chiquita, Verito para los afectos, llegaría a tenerlos. Mi imaginación, que ha podido escribir más de veinte libros, no se tomó el trabajo de pensarme más allá de los 40. Recuerdo inquietarme, algunas veces durante mis veintipico, con eso de “caramba, un día tendré 40”, “la mitad de la vida”, “una mujer de 40”. Pero los 40 eran todo lo que estaba bien en la vida. Podía sospecharme feliz y segura y plena y exitosa y calma y entera. Luego de eso, en cambio, no había nada en mi mente. Negrura, una habitación vacía, un espacio sin palabras.

2 – Mis 20 fueron una vida social horrible y una inseguridad, por mi discapacidad auditiva, a prueba de terapias. Los 30 fueron la aceptación, matrimonio e hijos. Los 40 llegaron con libros publicados y premios. Ese reconocimiento reforzó lo que siempre había sospechado: ¿hay algo más después de los 40?

Fiesta de 15. Verónica, pura sonrisa, bailando el vals con su papá, Bernardo.

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3 – Una estafa. Eso hay. A los 50 ya tendría que haber viajado por todo Europa y parte de Asia. Nunca viajé. A los 50 tendría que tener seguridad y estabilidad laboral y económica. Soy monotributista. A los 50 tendría que disfrutar de la compañía de mis hijos ya crecidos, esos extraños malhumorados que creen vivir en un hotel all inclusive. A los 50 no tendría que quebrarme al borde del ansiolítico cada vez que recibo una crítica o agresión en las redes. Pero me quiebro. A los 50 tendría que saber qué quiero de la vida. No hay remate.

4 – Como si fuera poco, de pronto me doy cuenta de que me voy a morir. A los 20 era indudablemente inmortal. A los 30 era madre, estaba ocupada. A los 40 mis niños seguían sin ir solos a ningún lugar. Ahora, a los 50, comienzo a pensar que lo de la muerte tiene su lógica, que no es una fake news, y a veces me encuentro haciendo planes según la cantidad de años que sospecho me quedan y la calidad de los mismos. No se trata solo de respirar y de que el corazón bombee sino de cuán entera estaré cuando por fin logre cruzar el Atlántico. ¿Me funcionará la columna, mis caderas serán las originales, recordaré las direcciones de los hoteles?

5 – La confirmación de que la muerte es algo que nos sucede a todos me llevó, en los últimos meses, a chequear mi estado de salud. Fue la rodilla derecha la primera que sospechó edad y mortalidad. De pronto empezó a hacer un crack extraño, como el del motor de un auto que está pidiendo a gritos que lo lleven al mecánico o, peor, que está a punto de quedarse en medio de la ruta y ya está. Aquel primer síntoma de mal funcionamiento provocó un derrotero de chequeos médicos que incluyó varias especialidades, incluida neurología.

6 – Lo de la neuróloga fue un raye de mi marido, quien insistió con que hiciera la consulta. Es que desde hace un tiempo olvido palabras. No es que las tenga en la punta de la lengua, simplemente no están en ningún lado. Por ejemplo, quiero decir “alcanzame la botella” y el vocablo botella no aparece. Puedo decir: “ese objeto de vidrio que contiene líquidos” pero no botella. O las confundo, extiendo mi plato para pedir otra porción de pizza y digo “dame milanesa”. Por supuesto tengo, como para casi todo, mi propia teoría sobre estos lapsus: como mi única y principal herramienta laboral es la lengua castellana, todo el día escribiendo y leyendo, todo el día de periodista-escritora-editora-coordinadora-talleres-literarios, es lógico que me fallen las palabras cuando estoy cansada. ¿Será esa la primera señal de edad que no quiero ver, la que estoy negando? ¿Cuántas neuronas de las áreas de Wernicke y Broca habré matado cuando apagué la vela con el número 5 y la vela con el número 0? ¿No hubiera sido mejor una sola vela, grande?

7 – El service de los 50 kilómetros terminó con un apto en todas las categorías médicas y una recomendación de bajar decibeles que no cumplí, porque la neurosis y la edad siempre se han llevado bien. Sobre todo a los 50.

8 – Cuando era pequeña y analógica todo era mucho más sencillo. Una señora de 50 era claramente una señora de 50. No había ninguna duda en ello, nadie se confundía. Como si al llegar a cierta edad uno se colocara el chip correcto para seguir andando por la vida con las características indicadas a la edad cronológica. ¿Qué es, ahora, una mujer de 50? ¿Dónde hay un modelo? ¿En qué país se guarda el patrón original?

9 – Estoy segura de que cuando tenía 50, mi madre era una señora de 50. Ella siempre hizo todo bien. ¿No debería haberme preparado para esta misión, entonces? Una vez a la semana almuerzo con mis viejos (vivo enfrente de ellos, no tengo que viajar demasiado), ella de 78, él de 80, ella maravillosa, él medio achacoso. Ella docente jubilada, él aún atiende su consultorio odontológico, soy su paciente. Los observo para hallar el secreto genético de su vitalidad. Los abrazo para contagiarme su longevidad.

10 – No sé a quién preguntar lo siguiente, debería hacer una encuesta en Twitter: Bailar mientras se lavan los platos, con los auriculares puestos, ¿adultescente o madurez bien llevada? Cortar los jeans y usarlos desflecados por la fiaca a coser un dobladillo, ¿pendevieja o mujer moderna? Quedarme charlando con los amigos de mis hijos mientras los míos me miran al borde del matricidio, ¿desubicación senil o derecho materno?

11 – En general me cuesta creer que tengo 50. Que he vivido tanto, medio siglo. La imagen que me devuelve el espejo se ve bastante bien, no parece de 50, y esa sensación se refuerza con la opinión de los demás, de que no los aparento. Casi no tengo arrugas, pero sí una relación íntima y cordial con la gravedad. No me arrugo, la Tierra me atrae hacia ella, me estira. Todo va cayendo lentamente, la piel de las mejillas, las ojeras, la papada, los pechos, la bolsa de piel que me quedó en el abdomen luego de dos cesáreas y veinte años de sedentarismo profesional. Yo veo hacer a la naturaleza y la biología sin intervenir, interesada y curiosa. A ver qué me hará la edad, a ver qué sucede con este cuerpo que anduve usando por 50 años.

12 – Me cuesta creer mi edad, decía. Creo que sufro del Síndrome del Impostor que, a grandes rasgos, trata sobre la incapacidad de reconocer logros y éxitos propios. Yo, sin embargo, lo explico de este modo: la sensación de estar actuando, de construirse un personaje, de no ser quien los demás creen que somos. Y esta mujer de 50 años que soy es un personaje que he construido. Verónica, nacida en el 68. Lo digo, lo escribo en las redes, lo analizo pero, en el fondo, no me resulta creíble. Y no porque reniegue de la edad, que no lo hago. Me gusta sentir (actuar) que tengo la edad que tengo, hacer valer los derechos conquistados por mi talento para mantenerme viva. Plantarme firme y fuerte frente a los centennial que he parido y decirles, cuando las circunstancias lo ameritan y con el mismo tono con que me lo decía mi madre: “Yo no nací ayer”. Pero cada vez que lo hago, la Verónica interna se revuelca en el piso de la risa. Me dice: ¡Se lo creyeron! Me obliga a mirarme al espejo, otra vez, y pregunta: ¿Esto es una señora de 50?, ¿lo hice bien?

13 – Para mí que nos mintieron con eso de que los 50 son la edad de la plenitud y de cosechar logros. Porque me están resultando puros tiempos de zozobras. También de inicios. Zozobras: se me ocurrió chequear los años de aportes jubilatorios que tengo y descubrí que tendré que seguir trabajando, más o menos, hasta cumplir los 135. Inicios: hago cursos, talleres, workshops, y los disfruto como nunca disfruté estudiar en mi vida. Zozobras: como profesional independiente siempre tengo trabajos nuevos, pierdo trabajos, busco trabajo, me quedo sin nada de trabajo. Inicios: sumo oficios, artes, me animo a hacer lo que antes me daba vergüenza o temor o me paralizaba. Sobre todo en relación a los demás: decir no, no puedo, decir esto está mal. O todo lo contrario: decir no sé, ayudame, no puedo sola. Decir no escucho.

14 – Tendrían que verme… Basta que me maltraten de algún modo (en general por ignorancia) o maltraten a mis hijos o nos impidan ejercer algún derecho para que algo maduro y nuevo me brote del interior, un Hulk femenino y potente del que estoy íntimamente orgullosa. Por ejemplo, cuando en las guardias los médicos llaman a los pacientes sin siquiera asomarse a la puerta. ¿Cómo voy a oír yo que dicen mi nombre? Inicio una revolución ya desde la recepción. Soy una persona hipoacúsica, sorda, ¿están capacitados para atenderme?, consulto. ¿Cómo me van a llamar? ¿Quién? ¿Se acercarán o me harán señas desde lejos? ¿Los profesionales están avisados? Todo lo digo bien fuerte, claro, para que alrededor escuchen, para que sepan que he plantado bandera y para que la Verónica que se hacía un bollito y se quedaba horas en silencio sentada en la guardia, hasta darse cuenta de que ya la habían llamado, más enferma de vergüenza que de otra cosa, sepa que lo hemos logrado, que ya no nos callamos más porque tenemos 50, qué tanto. ¡No nos callamos! A los 20 no salía de mi casa si no era para encontrarme con alguien. Qué espanto ir sola al cine. Ahora la soledad es disfrute y libertad. No me quedo sin hacer lo que desee porque marido o amigas no estén disponibles. Antes necesitaba del aplauso para sentir que mi tarea estaba bien hecha. Ahora lo intuyo, hay experiencia acumulada en mí, aunque tampoco reniego del aplauso, claro está.

15 – Más zozobras: la familia se transforma, muta, y yo vuelvo a encontrarme conmigo misma. ¿Quién es esta mujer de 50? Pensaba que la maternidad iba a durar más, pero acá me dicen que 20 y 17 años de estarles encima es suficiente. Y como decía el Rabi Hillel: “Si no soy para mí mismo, ¿quién será para mí?”, yo puedo decir: “si no soy madre a tiempo completo, ¿quién soy?”. Los hijos empiezan a desplegar alas y a probar vuelos cada vez más largos y más lejos. Yo los suelto, les abro las ventanas y los veo alejarse con el nudo correspondiente en la garganta, mientras imagino que los ato a la pata de la cama, les paso cada día una bandeja con milanesa y fritas y los obligo a tener conversaciones, ¡conversar conmigo, qué horror! El tiempo que tenemos a los hijos con nosotros, a salvo, es el menor de todos los tiempos que vivimos. Las perlas de sabiduría que me llegan a los 50 me maravillan. Ahora me arrepiento de haberlos criados independientes, fuertes, curiosos. Me arrepiento de todas las veces que, con el padre, les dijimos: “Es tu vida, tenés que decidir vos”, y que ahora decidan por su cuenta. Error de juventud (la nuestra). No sé en qué estábamos pensando.

16 – Tengo que admitir que esta mujer de 50 a quien me toca conocer, me gusta bastante. Es cierto que aún arrastra ciertas fallas de los 30 y de los 40, una excesiva preocupación que se convierte en angustia y ansiedad, una inseguridad de alumna frente a las puertas de la dirección, un temor a que no la quieran. Pero son cosas que podemos trabajar, que iremos puliendo juntas. En algún momento tendrá que, por fin, mandar a más de uno a la miércoles. Tendrá que aceptar que no puede controlarlo todo. Tendrá que soltar más, aunque diga que suelta. Tendrá que deshacerse de resentimientos y arrepentimientos, no nos sirven y no suenan bien dos palabras juntas con el mismo sufijo. Yo la apuro porque tampoco es que tenemos por delante otros 50. Tampoco la pavada.

17 – Poco tiempo antes de cumplir 50 me caí. Dos veces en verdad. Por suerte en ninguna hubo testigos. Antes no me caía, de pronto me caigo, ¿qué me estará queriendo decir la vida? ¿Qué comienza a trastabillar? ¿Qué hay que buscar el equilibrio? Sucedió, ambas veces, de la misma manera: subiendo escaleras. Cortázar entendía bien la dificultad para subir escaleras cuando escribió sus instrucciones. Pues bien, resulta que yo no termino de levantar lo suficiente el pie derecho como para que la planta haga contacto completo con la superficie del escalón. En cambio, choco el frente del zapato contra el borde y me voy para adelante. Pienso ahora que sobrevivir a los 50 implica aprender a caer. Y no solo metafóricamente. Por el momento, aunque no sea la solución al tema de las escaleras, empecé yoga. Las señoras de 50 años y el yoga se maridan bien.

18 – No pedí ningún deseo para mí cuando apagué esas dos benditas velas. Las madres siempre tenemos los deseos ocupados. Pero lo haré ahora, aunque no haya torta (también con harinas se maridan bien los 50). Deseo calma mental. Deseo seguridad económica y viajar junto a mi esposo, o sola, o con amigas, pero viajar. Deseo seguir deseando. Deseo paz mental, ¿ya lo dije? Y deseo seguir no pareciendo de 50 pero saber bien que los he vivido. Si no todo esto (gesto que abarca a uno mismo, la familia, el escritorio, la computadora, mis libros, el mundo entero, el cosmos infinito) no tendría ningún sentido.
———

Verónica Sukaczer. Desde que descubrí la belleza del abecedario quiero dedicarme a escribir, y esa es una de las pocas cosas que me salieron bien. Estudié Periodismo al tiempo que comenzaba a publicar mis primeros libros, cuentos y novelas para chicos y jóvenes. Hoy llevo publicados más de veinte títulos y tengo proyectos confirmados hasta el 2020, lo cual me hace más que feliz. Algunos de mis libros: “Los nombres prestados” y “Nueve ratas en busca de un cuento”. Por mi obra recibí, entre otros, el Segundo Premio Nacional de Literatura en la categoría Infantil en 2012, y el Diploma al Mérito Konex en la categoría Literatura Juvenil en 2014. Hace poco mi hijo menor me reprochó que en las autobiografías no digo que soy mamá. Le respondí que él no me paga derechos y encima me da más trabajo. Pero tiene razón: sobre todo, soy mamá.



Sources:
clarin-com

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