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Sepa por qué casarse tres veces es mejor que una

Sepa por qué casarse tres veces es mejor que una


“Hasta que la muerte los separe” ha sido, por siglos, la duración obligada de todo matrimonio legal. El resto de la fórmula –“en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza”– daba una buena pista sobre por qué era tan importante para los mortales que viven en el mundo material que la relación no tuviese caducidad. Se trataba de una institución social que garantizaba que los dos miembros al menos se tendrían el uno al otro en la vejez. La liberación sexual, no obstante, aportó otra fórmula alternativa, que cita el portal español El Confidencial: “La primera relación es para el sexo, la segunda para los niños y la tercera para hacerse compañía”.

Fue la antropóloga Margaret Mead quien pronunció dicha fase. La autora de “Sexo y temperamento” fue la principal teórica de una nueva manera de entender las relaciones que ha resurgido con fuerza en los últimos años entre los nacidos a partir de los años 80.

Lo que ella defendía era una suerte de “monogamia en serie” que tuviese en cuenta que, a medida que el tiempo avanzaba, nosotros cambiábamos y con ello, nuestras prioridades vitales. El matrimonio tradicional obligaba a condensar los tres objetivos.

Durante los últimos tiempos se ha utilizado el término “matrimonio beta” para definir esta nueva manera de entender las relaciones personales como algo temporal, negociable y con un bajo nivel de compromiso. Fue acuñado a partir de una pequeña encuesta que un artículo en “Time” utilizó como reflejo fiel de dicha tendencia, pero basta con echar un vistazo a los datos para comprobar que, en realidad, esta clase de relaciones ya están aquí, solo que de forma implícita. En España, por ejemplo, casi el 7% de las parejas se divorcia con dos años o menos de matrimonio.

Ese es el tiempo que, según los defensores de esta clase de enlace, debería durar el contrato de convivencia en una pareja. Una vez terminado ese período, estos deberían decidir libremente si desean seguir adelante o no. Puede parecer una manifestación más de la frivolidad de nuestra época, pero en realidad dice mucho de la época que nos ha tocado vivir.

Las tres edades del hombre

Es una casualidad significativa que dos años sean precisamente el tiempo que se pueden encadenar contratos temporales en una empresa antes de firmar uno indefinido (o salir por la puerta de atrás). De esa forma, la precariedad laboral tiene su reflejo en la precariedad marital.

Hay otra respuesta de Margaret Mead que sirve para entender esta nueva fórmula. En una entrevista le preguntaron por qué habían fracasado sus tres matrimonios. La respuesta fue contundente: “No fracasaron”. Con ello, recordaba que el criterio principal que utilizamos para medir el éxito o el fracaso de una relación de pareja es su longevidad. La calidad generalmente da igual, siempre y cuando sea la muerte lo que separe a la pareja.

Como bromea la escritora Vickie Larson, autora de ‘El nuevo ‘sí, quiero’”, “en otras palabras, si alguien muere, ¡has ganado!” Lo que Mead sugería es que un matrimonio temporal puede ser exitoso si cumplía las expectativas planteadas aunque termine más pronto que tarde.

Estos tres matrimonios son un reflejo de esas tres edades del hombre que tienen su representación en todas las culturas del mundo, y que metafóricamente se han relacionado con el amanecer, el día y el atardecer. Pero también hay factores propiamente sociales que defienden la necesidad de esta clase de divisiones: Mead apuntaba que el primer matrimonio era un compromiso individual ente dos personas cuyos medios materiales eran limitados, y que o bien podía disolverse en cualquier momento o transformarse en un compromiso parental cuando las condiciones materiales lo permitían. En momentos de crisis o precariedad, es natural que muchas parejas se queden atrapadas en un ciclo interminable de esos primeros matrimonios sin la posibilidad de avanzar al segundo.

La disolución del segundo matrimonio es relativamente habitual en nuestras culturas. Mead marcaba la frontera en el momento en el que los hijos se independizaban del hogar y, síndrome del nido vacío mediante, se podía buscar una nueva pareja para lo que restaba del viaje. Como explicaba la especialista en relaciones Helen Fisher tras analizar los datos en países de todo el mundo, el número de divorcios alcanza su peak cuatro años después de la boda, especialmente entre aquellos que estaban a punto de cumplir los 30. Cuantos más hijos tiene una pareja, menos probable es que terminase separándose.

Un contrato para toda la vida

El matrimonio tradicional era el reflejo de las relaciones que se mantuvieron entre el género masculino y el femenino durante siglos. Para empezar, “hasta que la muerte nos separe” no solía significar pasar juntos 50 años o más como puede ocurrir ahora, sino, en la mayoría de casos, apenas unas décadas: a principios del siglo XIX, la esperanza de vida se encontraba entre los 30 y los 40 años. Además, a menudo era un pacto táctico entre los dos miembros de la pareja en un momento en el que la independencia económica de la mujer era prácticamente nula. Como argumentó el Nobel en economía Gary Becker, la gente optaba por casarse básicamente cuando resultaba más útil que seguir soltero.

La llegada al mundo laboral de la mujer y la equiparación de sueldos contribuye a una mayor independencia de ambos miembros de la pareja, por lo que la necesidad de mantenerse juntos “en la pobreza y en la riqueza” es menor. Ello ha conferido una mayor libertad para abandonar la relación cuando se desee, aunque otros factores como la larga duración de las hipotecas o el aumento del precio de la vivienda juegue en su contra. Lo material es clave ante todo en el segundo matrimonio, que es en el que se ha de soportar la carga económica de traer un nuevo niño al mundo.

La idea de mantener diversas relaciones a lo largo de la vida de manera voluntaria, y sin considerarlo un fracaso, es una idea más o menos común a lo largo del siglo XX. Como recuerda Larson en un artículo publicado en “Aeon”, el declive del matrimonio como institución podía paliarse a través de un replanteamiento del mismo, en el que los términos del contrato (fidelidad, duración, expectativas) no estuviesen impuestos desde fuera sino por los propios miembros de la pareja.



Sources: cambio21

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