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La Pasionaria del Bronx – 12/01/2019

La Pasionaria del Bronx - 12/01/2019



Si Donald Trump fuese un animal sería una vaca. Sola en la pradera, asustada y resentida, ansiosa por el consuelo de una valla protectora. Alexandria Ocasio-Cortez sería una cierva a lo Bambi, lista, generosa y valiente que galopa libre por el bosque y apunta a jefa de la manada.

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Llámenme ingenuo, llámenme soñador pero si me piden que un día apoye a la congresista americana más joven de la historia como candidata a la presidencia de Estados Unidos, acá estoy. Quizá sea una muestra de mi desesperación ante lo mustio, viejo, trasnochado, cobarde y podrido que está el entorno político mundial, pero aparece esta sonriente mujer de 29 años y me subo al barco de la ilusión que genera como si fuera una lancha turbo en el mar de los Sargazos.

Nativa del Bronx en Nueva York, de ascendencia puertorriqueña, es odiada y temida en igual medida, una pesadilla para algunos, la promesa de un mundo mejor para otros. Los troleros de las redes y de Fox News, y el trolero en jefe de la Casa Blanca le escupen de todo: es una perra rabiosa, dicen, una socialista hipócrita, una revolucionaria frívola que maneja la infantil idea de implantar el modelo cubano o, peor, venezolano en la patria de los libres. Le dicen de todo porque la temen. Ocasio-Cortez asusta al establishment estadounidense, defensor de un sistema en el que los ricos se hacen cada día más grotescamente ricos a costa de los más desprotegidos. Recuerdo lo que decía el novelista Saul Bellow: la pobreza en Estados Unidos debe ser indigna, si no sería subversiva.

Cabe recordar también que el centro político en ese país está mucho más a la derecha que en Europa occidental. Por ejemplo, porque hablan el mismo idioma sería un error hacer una asociación directa entre el Partido Republicano americano y el partido conservador británico.

Ocasio-Cortez ha identificado cuatro prioridades políticas que ni siquiera hubieran alarmado a la Dama de Hierro Margaret Thatcher. Favorece, primero, un sistema de salud pública universal, de libre acceso para todos, lo que representaría un salto revolucionario en la superpotencia americana pero es aceptado no solo como normal, sino como no negociable entre todos los partidos de la derecha y la izquierda europeos. Segundo, quiere imponer mucho más control legislativo sobre la venta de armas de fuego: salvo en Suiza, que existe en su propia galaxia, nadie en Europa lo cuestionaría. Ocasio-Cortez apoya también el acuerdo de París sobre el cambio climático y comparte la idea del presidente francés Emmanuel Macron, bestia negra de la izquierda europea, de que se debería imponer un impuesto sobre el carbono con el propósito de reducir el uso de los combustibles fósiles. El cuarto elemento del programa político que Ocasio-Cortez ha hecho público es un reclamo a favor de la educación universitaria gratis, como en la Alemania de Angela Merkel. O sea, la joven congresista es vista como una amenaza a la estabilidad de la gran nación americana pero ni siquiera aspira a la social democracia de los países escandinavos. Solo con poder emular en su país el status-quo alemán, francés o británico ella se quedaría satisfecha.

La ilusión que me genera la pasionaria del Bronx no tiene tanto que ver con sus ideas, por más que yo crea que Estados Unidos se beneficiaría del ellas, como con el ejemplo que ofrece. Para bien o para mal, y más bien últimamente para mal, lo que no se puede poner en duda es el impacto multiplicador de la política americana, casi igual que influyente en el mundo que el de la cultura, es decir en cómo nos comunicamos, en qué películas vemos, qué música escuchamos, qué fast food comemos. Hay un hilo conductor de Trump a Jair Bolsonaro en Brasil, a Viktor Orban en Hungría, a Matteo Salvini en Italia. El bovino residente de la Casa Blanca a su vez da alas al autoritarismo de Recep Erdogan en Turquía, al de Rodrigo Duterte en Filipinas y al de su compinche Vladimir Putin.

Cada país tiene su contexto y sus debates sobre diferentes ideas. Lo que ofrece Ocasio-Cortez en el contexto mundial es algo nuevo y fresco en las formas de hacer política, que es donde hoy existe la mayor necesidad.

Está, para empezar, su energía generosa y optimista, su sentido del humor. (los que no lo hayan visto aún, busquen en la Web su respuesta a aquellos de sus rancios detractores que colocaron un video en el que ella aparece bailando cuando estaba en la universidad.) Más importante, Ocasio-Cortez no busca el poder por el poder, a diferencia de tantísimos políticos a su alrededor y en las demás grandes, pequeñas y simuladas democracias del mundo. Para ganar elecciones en Estados Unidos lo primordial siempre ha sido obtener mucho dinero. Ella ha declarado su rechazo a aceptar donaciones para sus campañas electorales de las grandes corporaciones, el veneno que fluye por el sistema político estadounidense, el gran motor de la desigualdad.

Pero ante todo lo que ella transmite y también posee, creo, es el inusual don de la honestidad. Puede que se equivoque, como todos nos equivocamos, pero no miente, ni trafica en medias verdades. Dice las cosas como las ve y como las siente. Lo cual le proporciona una luz que se convierte en claridad moral.

Veamos lo que dijo tras el primer discurso televisado de Trump desde el Despacho Oval, en el que habló esta semana a la nación, en esta caso con cara de vaca estreñida, sobre su terror a los inmigrantes morenos y la necesidad de trasladar el muro que lleva dentro de su cabeza a la frontera con México.

Los primeros en responder fueron los dos principales líderes demócratas, Nancy Pelosi y Chuck Schumer, líderes de su partido respectivamente en la Cámara de Representantes (donde tiene su nuevo escaño Ocasio-Cortez) y en el Senado. Estos dos personajes son, por supuesto, John Fitzgerald Kennedy y Franklin Delano Roosevelt en comparación con Trump, pero en sus argumentos se refugiaron demasiado en los legalismos habituales de los políticos que carecen de amplitud mental, y no tuvieron la valentía de arriesgarse a perder votos contradiciendo la premisa mentirosa trumpiana de que urge fortalecer con más recursos la seguridad en la frontera.

En una entrevista poco después del numerito de Trump, Ocasio-Cortez fue al grano. “De lo que el presidente no ha hablado,” dijo, “es del hecho de que él ha estado implicado sistemáticamente en la violación de derechos humanos internacionales en nuestra frontera.” El objetivo no debería ser dar más dinero a la policía fronteriza sino cuestionar por qué se le da siquiera un dólar a un organismo que se dedica, bajo las órdenes de Trump, a separar a familias y a enjaular a niños. “Trump estás intentando restringir todo tipo de inmigración legal a Estados Unidos. Está luchando contra la reunificación familiar… Esto es sistemático, es malvado y es antiamericano.” Me encanta esta mujer. Ya lo sé. Estoy hablando sobre ella con un entusiasmo poco digno de un periodista con mi experiencia que ha visto tantos ideales rotos en la rueda de la codicia y la vanidad. Soy tristemente consciente de que ella también puede llegar a decepcionar.

Pero es que responder con escepticismo a la energía renovadora de Alexandria Ocasio-Cortez sería caer precisamente en ese mustio, viejo, trasnochado, cobarde y podrido estado de ánimo que define los tiempos políticos en los que vivimos.

Prefiero ser optimista.

Como dice Montaigne, la esperanza, por más que nos engañe, al menos nos conduce al final de nuestras vidas por un camino agradable.



Sources:
clarin-com

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