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Acaba de morir mi papá: qué sentí cuando quedé huérfano y no pude llorar – 12/01/2019

Acaba de morir mi papá: qué sentí cuando quedé huérfano y no pude llorar - 12/01/2019

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Cuando tenía siete años falleció mi abuelo. Una tarde de agosto de 1997 terminé la jornada en la escuela y me llevaron en un remise a la casa de unos conocidos de mis padres. Para mí no era cosa cotidiana que, de la nada, me transportaran del colegio a la casa de unos otros, a jugar porque sí. Acepté el orden de lo que venía. No me enredé en pensamientos.

Durante la merienda se me acercó Facundo, un nene que tenía mi edad, y me dijo: “tu abuelo se murió” y yo lo miré y le sonreí, saqué los dientes en un gesto alegre. No lloré ni me enojé, solamente asentí. Entendí que a ese anciano, que antes era mi amigo, ya no lo iba a volver a ver. No me dolió o tal vez, siendo una persona niño, tenía más libertad de la que ahora poseo. Menos ideas de cómo se debería atravesar una pena. Me quedé jugando en mi yo infante en una casa con una nueva información.

En la playa. Hace muchos años, Juan y su papá cuando no había nubes en el horizonte.

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Esperé que pasara el día. Tomé chocolatada y comí galletitas sin que se me escapara algún signo asociado a la angustia. A las tres horas, dos de mis hermanas, más grandes, me pasaron a buscar en un auto. Me explicaron, no recuerdo de qué modo, lo que estaba sucediendo. Me trasladaban, de nuevo, para que pasara la noche en la casa de mis primos. A la mañana mi tía me hizo un té y mi mamá, por teléfono, me preguntó si lo quería ver por última vez.

Tengo en la memoria mi decisión, contundente, de asistir al velatorio. Recuerdo ese primer estado de lucha o pelea con la muerte. Tenía una convicción por lo que quería: ir, estar, asistir a esa junta de los adultos y ver al fallecido. Necesitaba ser participante activo. Porque él había sido mi compañero durante toda mi infancia, supimos vacacionar juntos y sin mis padres. Así que me armé de la nobleza que posee la niñez, me duché temprano en casa ajena, me vestí de príncipe y entré a ese cuarto con paredes recubiertas de madera paraíso.

Le vi las pestañas cerradas al señor que me llevó, durante mil veranos, a la calesita y comprendí el estado marchito. Durante esa mañana, de la década del noventa, me acerqué a un cajón haciendo puntas con los dedos de los pies y le di un beso en la frente a un muerto cercano y sentí el frío más grande que había sentido en mi vida. Ese día, con sol de invierno, caminé por el partido de San Martín y almorcé con mi familia después de haber enterrado a alguien.

En mayo del año pasado vi subir a una camioneta negra, recubierto de frazadas y bolsas de plástico, el cuerpo inerte de mi padre. Previo a ese momento, a eso de las tres de la madrugada, estuve en la morgue para reconocer el cadáver y autorizar el traslado de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires al conurbano bonaerense. A las siete de la mañana me presenté en el cementerio de la Chacarita, con los ojos hundidos por la noche insomne, para ejecutar el certificado de defunción. A las once tomé un café, en el bar de la esquina de mi casa, sin permitirme estar desmoronado.

No tolero los ojos del otro sobre mi rostro cuando quiero llorar. Aprendí a reprimir los sentimientos que me ponen en situación de vulnerabilidad. Trabajé para posar una adultez que, aún, no me pertenece. Me obligué a ser fuerte para firmar intervenciones sobre un ajeno, siendo yo el responsable pero no el expuesto. Y eso incomoda porque la culpa ejerce y gana cuando el sufrimiento es inminente.

Mi papá había entrado a las veintidós horas de un sábado y quedó internado en una clínica con nombre de país europeo. Encerrados en ese dormitorio del palacio de los enfermos, espacio al que miré con similitud de shopping o aeropuerto, lo vi esforzándose para seguir alimentando un organismo que a esa altura rechazaba nutrirse. Supongo que el ángel de la muerte prefiere el agua, o ni siquiera. Percibía sus ojos, amarillentos, perdiendo el iris de a poco, como si dentro de esas pupilas se hinchara un vacío inabarcable en el varón que me dio la existencia.

Cuando cumplí dieciocho años me quise ir de su casa y para contárselo nos juntamos en un café en Flores. La cosa-charla no resultó feliz y desde ese día nos quitamos el saludo, abandoné la cortesía que suele decorar a los sucesores. De a poco el devenir de ambos nos fue alejando, me imagino que tiene que ver con construir algo propio, un pensamiento, un carácter o un modo de estar. Y las diferencias, tontas o no, nos fueron haciendo hielo la relación. Hasta que la enfermedad volvió a transformar todo.

Suelo pensar que el parentesco no deja de ser nada más que una unión más, simple y efímera como las demás. Que el vínculo filial o sanguíneo se rompe o se cimienta, que es algo que uno tiene que abrazar o escupir, como la vida misma. Cuando tuve quince entendí que la idea de padres cerca es una decisión y postura.

En general suelo imaginarme que vivo en otra ciudad aunque viva en Buenos Aires. Hago ese paralelismo y juego como si fuese una persona que decide ser exiliada aunque eso no esté pasando. Tal vez algo de esa desconexión, y ni siquiera me atrevo a nombrarla como desconexión, sino que prefiero decirle: “ese despegue” fue el modo que encontré para crecer. Pero la enfermedad se presentó violenta y crispada como un método de repensar y reformular el estado de las cosas. Nos obligó a dormir, durante dos años, cada quince días en un hospital. Trocó lo extraordinario por costumbrismo.

Eran las nueve y media de la noche y me senté en el hall a charlar con una de mis hermanas mientras otra de ellas le observaba el sueño. Intentamos entablar la conversación de lo banal porque lo profundo ya estaba en nosotros. Pasaron veinte minutos y se acercó ella, con cautela y nos pidió que entráramos, que creía que había dejado de respirar. Apareció así, de repente y con un anticipo tan reiterado que prestaba a la desconfianza, la duda sobre su carácter vital.

Dejé que, primero, fueran ellas y caminé detrás de sus espaldas hasta la habitación con los pies firmes y una seguridad mentida. Abrí la puerta, lo vi intacto pero con la mandíbula tiesa y doblada, levemente, hacia el costado izquierdo e inspiré sin expirar como intentando no tragar el aire del fin. Toqué el timbre rojo, con la frialdad de una enfermera, sin rozar ese cuerpo. Lo llamo así, diciéndole “ese cuerpo” porque, para mí, en ese instante eso empezó a dejar de ser un vínculo humano para transformarse en burocracia de evento. Imagino que cuando el alma muere el lazo se transfigura para reanudar la forma del fallecido en recuerdo de lo vivido. Miré a mis dos hermanas e insistí tocando, un poco más fuerte, el timbre. Escuché, del otro lado, la voz de una mujer joven que me dijo: “Sí ¿Qué necesita”. Y yo le respondí que necesitaba saber si mi papá ya era un muerto.

En menos de cinco minutos apareció la chica que había preguntado del otro lado del portero por mis necesidades, vestida de ambo y pantalón blanco, con los rulos color bermejo. Pegó una ojeada a la situación y, sin preámbulo, pidió que nos retiráramos. Quedaron solos: ella y él, o eso. En ese momento, mientras me apoyaba sobre una de las paredes prefabricadas que armaban el pasillo, me agarró un flashback en el cerebro, me acordé de él contándome cómo se había enamorado de mi madre y me dolió pensar en el afecto. Se me armó una especie de laguna en el medio del pecho creyendo entender, de manera estúpida, que lo ideal para evitar el miedo es atravesar las cosas en soledad. Me prometí, entonces, ensayar el desapego como una forma del ser.

A los quince minutos la enfermera nos dejó entrar y encontré la misma imagen con la que me había retirado pero ahora, mi progenitor estaba siendo sostenido por una venda que le fajaba, de manera circular, el maxilar con el cráneo. Me acerqué, le toqué la cabeza y reconocí lo terrenal, la naturaleza en su máximo esplendor, ese conjunto y forma del universo en donde el hombre ya no puede intervenir porque lo excede.

Me miré las manos y pude ver, fuera de foco, la piel blanca de los sosegados y arranqué a oler por demás. Aclaro que poseo dos afecciones que interrumpen mis sentidos, una se llama hiperhidrosis, y la otra hiposmia, esta última consiste en que al olfato lo tengo perdido, o casi. Es un estado regular, en mí, no percibir el aroma de las cosas. Pero cuando algo me golpea arrancó a sentir por demás y creo estar ebrio o que voy a caer de rodillas al piso. Ese momento de caudal intenso en la percepción de los perfumes o las pestes viene seguido de una aceleración en el ritmo cardíaco. Entonces encuentro el vacío, disfruto y sufro en paralelo. Olí el frío y la vista se me nubló. Me alejé hasta la puerta sabiendo que así iba a estar sucediendo la noche. Articulando un organigrama para celebrar una caída. De repente, un dolor es acompañado por la organización de quién le va a avisar a quien que un tipo se acababa de apagar. El compromiso de comunicar a los otros para que puedan abrazar, si quisieran, la figura de una persona.    Llamé a mi mamá por celular. Sonaba dando el tono y no atendía. Yo sabía que ella sabía para qué la buscaba. Con el teléfono pegado a la oreja iba haciendo un zigzag con los pies. Miré por el ventanal y vi la calle, la gente con camperas y bolsas de supermercado. Me atendió, me dijo “Hola” y le respondí: “Si querés anda viniendo, manejá tranquila o tomate un taxi”. Corté y sentí como si quince años me atropellaran.

Cuando llegó se sentó en la cama y con el dedo índice de la mano derecha le bajaba los párpados a su marido sin vida, lo hacía dormir para siempre, como cuando se acuna a un recién nacido para que el nuevo estado no lo turbe o para que el descanso sea su nueva constante.

Hicimos un éxodo, del cuarto al pasillo, con mis hermanos y mi mamá. Supongo que nos percibimos por primera vez con la vista y no con la mirada. Nos observamos en esa fase en la que la ausencia es compleja y total, casi como un nacer de nuevo pero en alianza. Me puse operativo con las ganas de sacar el cadáver de la habitación, la idea de reposo o de tregua eterna me tomaba la acción. Me ganó el nervio y la ansiedad. Tuve el pálpito de que habíamos pasado demasiado tiempo de nuestras vidas, incluso la del reciente difunto, en ese edificio. Mi hermano me decía que me quede tranquilo, que ya estaba. Pero un reloj interno me apuró en no querer congelar la escena en ese momento, como si agilizar la cosa resolviera la situación o produjera el olvido.

En el nivel II de ese hospital nos desparramamos los seis, en diferentes sectores. Todos y cada uno de nosotros se aferró a un toma corriente. Enchufamos los celulares y tipeamos en el buscador palabras como “cochería”, “sepelio”, “casa velatoria”. Yo entré a un link que explicaba paso a paso y daba tips de cómo se organiza un velorio. De a poco, en plena batalla de la vigilia, me iba a preparando para vestirme de huérfano y ser anfitrión de un deceso. Y sabía que sucesivamente iba a ir apareciendo el dinero, el pago, el insomnio, el dolor, el alquiler, la burocracia, los negocios alrededor de los muertos, que no dan pausa, porque el mundo y el todo sigue sucediendo aunque uno esté procesando una tristeza.

La noche anterior la pasé al lado suyo y entendí que se estaba yendo. Me pregunté si tendrían los espíritus una forma concreta. Si puede ver el alma el que ya no existe. Si disfrutan de ese festín alrededor de ese nombre que está saludando hoy la tierra. Si es acaso un festejo de los vivos de seguir viviendo o es, tal vez, una especie de despedida con deseos de buen viaje al muerto. Rocé la calma del que se va a ausentar. Escuché los ronquidos y observé atento si el aire salía y volvía a entrarle por nariz y boca. Pasé la madrugada googleando cuales eran los síntomas o señales que me iban a hacer entender que el misterio se aproximaba. Quería ser consciente o despierto. Leí todas las páginas que encontré, en internet, sobre agonía y estertores, sobre últimas horas. Necesitaba discernir qué iba a suceder antes y después de la defunción. Tener la información masticada y a mano para que el impacto no me paralice, para que el susto no me deje sin audio, para que cuando viera a la muerte golpeando la puerta de esa habitación de sanatorio, arrastrándose por el piso hasta los tobillos de mi papá, no me aturda.
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Juan Gabriel Miño (Gregorio de Laferrere, 1989) es autor de narrativa y dramaturgia, director y actor. Cuando tenía veinte años fue seleccionado por la Escuela de Escritores del Centro Cultural Ricardo Rojas para realizar una clínica con Matías Serra Bradford y al año siguiente publicó fragmentos de ese manuscrito de novela en la “Antología de obras en construcción” (Libros del Rojas, 2012). A los veinticinco, su cuento “Todos tienen nombre menos yo” fue editado por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. A los veintiséis conoció a Manuela en una lectura y ella lo invitó a redactar en la revista digital Palta, un espacio de periodismo no tradicional y autogestionado. A los veintisiete su relato “Leandra” formó parte de la antología “Raros peinados nuevos” (Eterna Cadencia, 2017). Actualmente vive con su mejor amigo Alexis, a quien admira y quiere un montón, y le agradece que lo siga eligiendo como “roommate”.



Sources:
clarin-com

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