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Inolvidable Mar del Plata: tren, hotel de una estrella, mucha aventura y la ilusión (frustrada) de ver a Boca – 05/01/2019

Inolvidable Mar del Plata: tren, hotel de una estrella, mucha aventura y la ilusión (frustrada) de ver a Boca - 05/01/2019



Crecí en esa época que algunos generales decidieron llamar la Revolución Argentina. Me quedan algunos recuerdos: cuando le quitaron dos ceros a nuestra moneda, por ejemplo. El peso de toda la vida pasaría a ser el Peso Ley número 18.188 y el Presidente era Juan Carlos Onganía, uno de los tantos ocupantes transitorios de la Casa Rosada. Recuerdo también los nombres de algunos ministros de Economía –Adalbert Krieger Vasena, a quien le dieron un Premio Konex en 1986, no sé si por sus políticas, y a José María Dagnino Pastore– y sé que el dólar, una vez más, estaba alto. ¿Tal vez esta realidad impulsó a mi viejo a veranear en la Costa Atlántica? Definitivamente, esos cálculos estaban fuera de su alcance aunque él sabía qué excedía la capacidad de su bolsillo común de laburante y qué podía permitirse.

Por entonces, con un salario de operador cinematográfico (¿25.000 pesos de hoy, 27.000 si metía al mes cuatro o excepcionalmente cinco sábados de trasnoche?) le bastaba para pagar los servicios, las expensas del tres ambientes, la cooperadora escolar, el chocolatín Jack con sorpresa antes de clase, su atado diario de cigarrillos, la Sexta de La Razón, el sobre de figuritas silueteadas con la imagen de los cracks del momento y, cuando llovía, un taxi para ir o volver de la escuela, no fuera cosa que sus hijos se mojaran en una riesgosa travesía de ¡siete cuadras!

La rambla. Marcelo, de chico, cerca de esa playa que parecía todopoderosa.

Sin la prosapia ni las distinciones de Krieger Vasena se las arreglaba mi viejo -con inestimable ayuda de su señora esposa, mamá- para que no hubiera privaciones durante el año y en enero el módico ahorro fuese suficiente para ir una semana, diez días en la más favorable de las hipótesis, a la feliz Mar del Plata.

Con papá. Era proyectista de cine y le gustaba manejar la “máquina de ensueños”.

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Operador cinematográfico es la persona que, todavía, pasa las películas en la sala (aunque hoy todo es más automático). Si usted vio Cinema Paradiso, una joya de Giuseppe Tornatore con Philip Noiret en el papel estelar y música de Ennio Morricone, sabe de qué se trata. Si no la vio, deje ya mismo de leer esta nota y descárguela en su buscador favorito. Operador hoy es una palabra que connota poderes ocultos, maniobras turbias, reuniones clandestinas… Aquel de los cines era un trabajo artesanal, de pulso firme: incluía cortar y pegar rollos que traían intrépidos motociclistas en unos grandes carreteles de metal. La actividad se desarrollaba en una cabina de paredes húmedas y despintadas donde había espacio para las tres máquinas proyectoras, un baño mínimo en el que hacía guardia un secador encima del trapo de piso, una banqueta de cuerina –rajada y sin respaldo– y una especie de mesa empotrada a la pared que servía para múltiples tareas, desde comer un sánguche hasta arreglar las pesadas butacas de la Pullman o el ventilador General Electric del techo de la entrada.

Mi viejo –Marcelo como yo, Ángel como los que uno imagina buenos y Guerrero para remarla con apenas quinto grado terminado– transcurría en ese reducto tan poco glamoroso de siete a ocho horas por día, seis días a la semana, con el miércoles como único franco. Siempre llegaba antes y siempre demoraba la salida. Primero charlaba con Poroto, su relevo, con el que compartía la admiración por el futbolista Norberto Tucho Méndez, no así por el boxeador Oscar Ringo Bonavena. Y después hablaba con Santiago, el acomodador de pelo azabache pese a la edad, hincha de River, con quien apostaba un pollo antes de cada clásico. ¿Qué hacía un tipo solo todo ese tiempo, además de planear el viaje a Mar del Plata?

Yo lo acompañaba cada dos o tres sábados y en cada visita él abría un paquete de galletitas de agua que le duraban toda la semana. “Qué ricas son las primeras, con los días se van ablandando”, explicaba.

Las manifestaciones de despilfarro, en su caso, quedaban reservadas para el recreo estival. Es probable que la austeridad sea hereditaria, no así la habilidad para solucionar cualquier desperfecto en casa o el trabajo. O para solucionar las pifias de su hijo varón en el taller de Industrial: por caso, aquella repisa de madera que arruiné con mi deficiente empleo del formón y pacientemente se ocupó de dejar más lisa que un terciopelo.

Él y sobre todo mi vieja se quejaban de los precios en la temporada marplatense, “el doble o el triple de lo que sale allá”, decían, en una de las pocas coincidencias que tenían en público (descuento que en privado eran menos aún). Probablemente, aquellos días en la playa representaban un mes de paga y el sueldo anual complementario. Mi hermana, ya desde entonces, se cuidaba en las comidas, de modo que son lógicos sus 50 kilos actuales.

Repasemos los gastos de la temporada marplatense. 1) Cuatro boletos ida y vuelta desde Plaza Constitución, en un tren más rápido que el actual. “El micro tarda menos, pero en el tren podés levantarte y aflojar las piernas”, explicaba Angelito (así le decían, una ironía fácil por su tamaño); 2) Alojamiento en un hotel de estrella, estrella y media, con piso de baldosa y colchones finos. El establecimiento –eso sí: muy limpio– tenía convenio con el Sindicato de Operadores Cinematográficos al cual estaba afiliado mi viejo desde 1947; 3) Almuerzo y cena alternativamente en los económicos Raviolandia (pastas), Montecatini (milanesas) y Chichilo (cornalitos); 4) Las imágenes familiares de rigor en el Puerto, con gorrita de marinero, y la Rambla tomadas por fotógrafos que aún resisten la ola del celular; 5) Un par de tacitas de vainilla de Laponia por día, con cucharita de madera. 6) Algún espectáculo en el Palacio de los Deportes para los días feos (Balá, sí, pero descartado Titanes en el Ring porque después sufría mi hermana cuando yo intentaba replicar en ella las patadas voladoras del Ancho Rubén Peucelle o el Caballero Rojo).

Según los álbumes fotográficos, fuimos a Mar del Plata en 1967 y 1968. De la visita del 70 me acuerdo algo y del 71 hay algunas imágenes imborrables en la memoria. Las postales siguen vigentes: los lobos marinos, el altísimo edificio de Havanna, el Provincial y el Hermitage, la Bristol a la que se debía ir temprano para clavar la sombrilla, los churros después del chapuzón, el vermouth con 40 platitos, el Casino, Plaza Colón y los micros en forma de barco, la peatonal San Martín intransitable…

Nosotros éramos del centro, de esas calles impregnadas del aroma a spiedo de las rotiserías, pocos autos estacionados y colectivos de 20 asientos que aturdían en cada acelerada. Apenas nos permitíamos alguna excursión para admirar las casas elegantes de Los Troncos. Sobre Punta Mogotes me enteré mucho después, igual que de los boliches de Constitución o Alem, ajenos al universo infantil. Mi viejo me contó, causándome uno de los primeros asombros, que todos esos locales de empeño abiertos a la noche eran para la gente que se patinaba hasta el reloj en la ruleta. Hablando de relojes, mi viejo se compró uno a los 25 años. ¡Y lo usó hasta su último día! Se acordaba dónde lo compró, qué día era y cuánto pagó. Lo tengo a mano. No anda, pero luce impecable. Hasta la malla está perfecta.

La mayor emoción del viaje de 1971 –yo tenía 7 años– fue cuando papá me anunció que iríamos al Estadio General San Martín (ni siquiera existían los planos del José María Minella) para ver el estreno de Boca. El equipo, dirigido por José María Silvero, venía de salir campeón del Nacional 70. Empezaba liviano, un amistoso contra un combinado de la liga local. Por mí enfrente podían estar Real Madrid, Bayern Munich, los Harlem Globetrotters o el Séptimo de Caballería: lo único que contaba es que ahí, vestido de negro, sin guantes, manos grandes y pecho inflado, estaba Antonio Roma, Tarzán, héroe de los domingos a la tarde, autor de las atajadas imposibles según Don Bernardino Veiga, relator militante de la causa xeneize. “¿Y Rojitas? ¿Cuál es Rojitas, pa?”, le pregunté a mi viejo, inquieto porque empezaba a gotear. Ángel Rojas se paraba adelante, cerquita de Nicolás Novello, el Tano, para tirar paredes y reeditar aquella sociedad ofensiva del Nacional 69, otro título, el primero del que tuve noticia.

Se largó a llover cada vez más fuerte, al estilo Mar del Plata, una de esas tormentas que de tarde expulsan a la gente de las playas y de noche dejan calles anegadas. Apenas habían transcurrido 15 minutos cuando el árbitro, un pelado de apellido Comesaña, decidió suspenderlo. ¿Qué le costaba a ese buen hombre esperar un rato más? Nos fuimos a los piques, entre charcos, mojando las Flecha blancas que había estrenado en esas vacaciones.

Sé que habíamos ido en colectivo pero ni idea de cómo volvimos. Descuento que en taxi: estaba lloviendo. A la mañana siguiente, jueves 20 de enero, luego del desayuno y antes de partir rumbo a la terminal para abordar el Roca de regreso, mi viejo le regaló al conserje del hotel las entradas para el partido trunco, reprogramado para ese jueves. Volví con una pequeña frustración. No lo sospechaba, pero nunca más tuve la chance de ver a Roma en una cancha. Mucho tiempo después, en la inauguración del Museo de la Pasión Boquense y usando un fibrón que parecía un lápiz entre sus dedos gigantes, me firmó una remera blanca, que sospecho no ha sobrevivido a alguna de tantas mudanzas.

El viernes 21, ya en Buenos Aires, me desperté y había un diario en la mesita de luz, abierto en una página de Deportes. Ahí me enteré del triunfo de Boca, 2-1 con goles del entrerriano Pianetti y el mendocino Rogel. El abrazo que no llegué a darle a mi viejo en la cancha se lo di en la cocina, mientras el silbido de una pava de hojalata alertaba que ya salían los primeros mates de la mañana, seguramente con un budín de pan que él mismo había horneado.

Mar del Plata siempre es opción para escaparse un par de días, por los alfajores, unos mariscos en cualquier restaurant, las medialunas de manteca, el café a cualquier hora… A mi viejo le gustaban especialmente los panificados de allá y recuerdo haberle escuchado decir a Mariano Mores –hombre bastante más viajado– que era el mejor lugar del mundo para comer. Cuando puedo, voy. Y si alguno de mis hijos se prende, programa ideal. Siempre habrá un partido de fútbol. O de básquet, bajo techo, a resguardo de diluvios inoportunos. Ya no me preocupa gastar un peso más en una entrada ni en una cena. Al contrario, es una pequeña revancha.

Lo que nunca volví a hacer, en cambio, es mirar Cinema Paradiso entera. Acá se estrenó en el 90, justo un año después de que se fuera mi viejo. Creo que la vi en el Lorca y me dio vergüenza haber llorado tanto. Después sólo me animé a algunos fragmentos. Algún día de estos debería sentarme –ya con anteojos– frente a la computadora, bajar una versión en HD y esperar alguna tarde nublada en Mar del Plata para verla completa.
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Marcelo Guerrero terminó el secundario en la escuela industrial de Entel y a los 17 años ya trabajaba en la empresa con categoría 16, pero dejó de lado los repetidores telefónicos de aquella época y eligió otro tipo de comunicación: la del periodismo. Pasó por muchas redacciones, como las de Tiempo Argentino, Popular, Crónica, El Cronista Comercial, La Nación, Olé, Muy y Clarín (donde trabaja desde 2015). También escribió en revistas e hizo algo de radio y TV. Especializado en deportes, igual se ocupó de elecciones, recitales, juicios y de un cumpleaños de Mirtha Legrand. Si le dieran a elegir, prefiere la crónica de un partido de fútbol, básquet o rugby –no importa la categoría– por sobre otra cobertura, idealmente en Argentinos, Ferro o Vélez, para ir y volver caminando.



Sources:
clarin-com

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