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Lisandro de la Torre: vigencia de su legado – 04/01/2019

Lisandro de la Torre: vigencia de su legado - 04/01/2019



Ochenta años atrás, el 5 de enero de 1939, se suicidaba Lisandro de la Torre (1868-1939), jurisconsulto, político y escritor argentino. Se lo consideró como un modelo de ética en política.

Se recibió de abogado en 1890 en la Universidad de Buenos Aires. Su tesis sobre régimen municipal, así como otros trabajos, lo llevaron a pensar la importancia de la autonomía municipal, la cual sería incluida recién en la reforma de la Constitución Argentina de 1994.

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En 1898 creó el periódico La República. Fue diputado nacional, destacado polemista, fundador del Partido Demócrata Progresista en 1914, cuando diversos partidos provinciales confluyeron para conformarlo. El 14 de diciembre de ese año se realizó la reunión constitutiva en el Hotel Savoy de Buenos Aires. Lisandro de la Torre fue elegido presidente del nuevo partido, acompañado por Joaquín V. González, Indalecio Gómez, Carlos Ibarguren, José María Rosa, Alejandro Carbó, Carlos Rodríguez Larreta, Mariano Demaría; entre otros.

Las bases demócrata-progresistas estaban relacionadas con un programa de reformas que incluía una reforma tributaria que gravara la riqueza y aliviara los impuestos sobre el consumo, la creación de una marina mercante nacional, y una política de proteccionismo industrial, entre otros proyectos.

En dos oportunidades, fue candidato a la presidencia de la República. Lisandro de la Torre ocupó una banca en el Senado del 20 de febrero de 1932 al 5 de enero de 1937, precisamente dos años antes de quitarse la vida, en que renunció.

Durante su ejercicio tuvo lugar el famoso debate de las carnes, relacionado con el denominado pacto Roca-Runciman, que ampliaba la cuota de exportación de carne vacuna al Reino Unido y sus colonias, pero establecía que el 85% del total de las exportaciones debía realizarse por medio de frigoríficos británicos. Adicionalmente, se suscribieron cláusulas secretas que garantizaban el monopolio de los medios de transporte en manos de empresas inglesas y creaban el Banco Central de la República Argentina, con preeminencia de capitales ingleses.

En 1935 Lisandro de la Torre inició una investigación sobre el comercio de las carnes, puesto que en el marco del Pacto Roca-Runciman esta actividad se encontraba sospechada de corrupción.

La investigación se hizo pública en el Senado de la Nación en julio de 1935, en las que Lisandro de la Torre acusó al frigorífico Anglo de evasión impositiva y señaló la existencia de un entramado de corrupción que involucraba al gobierno del presidente Agustín P. Justo, y en particular a algunos de sus ministros.

El 23 de julio de ese año, el de Agricultura agredió físicamente a de la Torre, arrojándolo al piso, y escapando del recinto inmediatamente después. En medio del tumulto provocado, un policía, Ramón Valdez Cora, realizó una serie de disparos con una pistola, en dirección a de la Torre, que impactaron de lleno en el cuerpo de su discípulo y senador electo Enzo Bordabehere, quien estaba intentando proteger al senador de sus atacantes. Bordabehere falleció a causa de los disparos recibidos.

Por su desempeño en este debate Lisandro de la Torre ha sido llamado «el Fiscal de la Patria».

Sus detractores le adjudicaron un estilo aristocrático y gusto por ostentar un elevado nivel de vida, pero nada pudieron contra su inalterada honestidad, su hombría de bien y su vehemente defensa de las formas democráticas de vida.

Fue autor de “Intermedio filosófico”, “Cuestiones monetarias y financieras”; “Grandeza y decadencia del fascismo”; “Las dos campañas presidenciales”, entre otras obras, recopiladas en seis extensos volúmenes.

Antes de quitarse la vida, dejó una carta póstuma a sus amigos cercanos, donde les rogaba que se hiciesen cargo de la cremación de su cadáver, deseaba que no hubiese acompañamiento público, ni ceremonia laica ni religiosa alguna, ni acceso de curiosos y fotógrafos a ver su cadáver, con excepción de las personas que, dichos amigos, especialmente autorizasen.

De ser posible, pedía se depositase ese mismo día su cuerpo en el crematorio y se lo incinerase al día siguiente temprano, en privado, señalando que mucha gente buena lo respetaba y lo quería y habría de sentir su muerte, y que eso le bastaría como recompensa.

Agregaba que no debía darse una importancia excesiva al desenlace final de una vida, aun cuando fuesen otras las preocupaciones vulgares. Y que si sus destinatarios no lo desaprobasen, deseaba que sus cenizas fueran arrojadas al viento. Le parecía una forma excelente de volver a la nada, confundiéndose con todo lo que muere en el universo, diciéndoles que les daba este encargo por el afecto invariable que los había unido.

Hoy, a ochenta años de tu suicidio, me animo a decirte, Lisandro, que no has muerto. Que vives en tus ideas, porque éstas no se matan (Sarmiento).

Que como buenos liberales, seguidores de tu pensamiento político, entendemos al liberalismo como una forma de pensar donde conviven criterios plurales, donde el encuentro de dichos criterios genera algo común y algo diverso, para concretar lo común y seguir pensando lo diverso, sin generar grietas en la sociedad en la que vivimos.

Que nos ha sido dada la libertad, pero para que la ejerzamos con responsabilidad, sin dañar al prójimo. Que no debemos tener miedo a la libertad (Fromm), y para desligarnos de nuestra responsabilidad caigamos en el error de elegir un líder (Tarde, “Le meneur”), para trasladarle nuestra propia responsabilidad, haciendo que el líder ejerza el poder en pos de sus intereses personales y no de los generales del bien común. Y que cuando nos demos cuenta del aprovechamiento personal del líder, no lo echemos para elegir otro, renovando el error, sin asumir nuestra responsabilidad personal en el ejercicio de nuestra libertad.

Que recordemos aquello que Ulpiano nos señaló en el siglo IV como rectores de nuestra conducta política: vivir honestamente, no lesionar al prójimo, y dar a cada uno lo suyo. Yo le agregaría: y al que le haga falta, un poco más.

Que no se puede distribuir riqueza sin generarla. Y que los cuatro factores básicos de la producción son naturaleza, trabajo, capital y organización. Que en nuestra Argentina su naturaleza es ubérrima, su trabajador, con guía y educación, es capaz de concretar su tarea, que el mandato bíblico nos dice que debemos ganar nuestro pan con el sudor de nuestra frente, que no tenemos capital ni propio ni extraño, que debemos lograrlo no combatiéndolo, como ingenuamente (o no tanto) lo sugiere cierta marcha partidaria, sino creando condiciones para que crezca la inversión productiva, especialmente la destinada a la producción de bienes exportables, que permitan mejorar inicialmente nuestra balanza comercial y luego nuestra balanza financiera, todo dentro de un marco de organización que no se asemeje a la sigla de la comunidad argentina organizada socialmente (CAOS), preconizada por algunos políticos en donde anidaba la corrupción, con llamamientos populistas y no populares, en búsqueda de resultados electorales favorables, con base a mentiras y engaños, seduciendo y no amando.

Hoy, 80 años después, te digo, querido Lisandro, como seguidor político tuyo, que no quiero que nuestra Argentina, se suicide. Que renazca, y abreve en tus ideas de libertad y progreso para todos los argentinos, y para todos aquellos extranjeros, que residiendo en nuestra tierra (Alberdi), se preocupen y trabajen para el bien común.

Para que nuestra Argentina sea lo que deba ser, so pena de no ser nada (San Martín).

Alfredo Ángel Abuin es Prosecretario General del Partido Demócrata Progresista.



Sources:
clarin-com

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