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De cuando los extranjeros se aventuraron a comer calamares en su tinta

De cuando los extranjeros se aventuraron a comer calamares en su tinta


Si alguna vez han estado ustedes sentados a comer con algún extranjero y por un casual resultaba haber en el menú calamares en su tinta, habrán observado de primera mano las interesantes reacciones que esta receta suele despertar en los foráneos. Desde asco a miedo, pasando por una viva curiosidad acerca de cómo demonios un plato tan negro puede resultarnos apetitoso. La globalización está cerca de acabar con esta simpática prueba, la de meterse un tenedor de chipirones bien negros en la boca, que demostraba la valentía del forastero. Ahora todo el mundo conoce el risotto al nero di sepia y nuestros calamarcitos no hacen tanto efecto, pero hubo un tiempo en que enfrentarse a ellos era muestra de un paladar cosmopolita y osado.

Así lo reflejaba en junio de 1874 un artículo publicado en la revista estadounidense de caza y pesca ‘Forest & Stream’. Interesados por el posible valor culinario de pulpos y calamares -que entonces no se pescaban en las costas de EE UU-, dos reporteros acudían al mercado de Nueva York dispuestos a comprar y catar cefalópodos, sólo para ser informados de que todos los disponibles se los había llevado un hostelero español. Empeñados en no perderse su aventura gastronómica, los periodistas se dirigieron al restaurante Martínez de la calle Pearl (Manhattan) a probar un plato de calamares. El camarero no sabía inglés ni ellos español, de modo que después de intentar pedir inútilmente lo que querían a través de mímica, acabaron pintando algo parecido a una sepia en un papel. ¡Ajajá! El mozo aplaudió, comprendiendo, y dijo el nombre del plato en castellano, cosa que los americanos entendieron a la virulé como «calinares con su tinto». Pero lo importante es que la orden estaba en marcha y en pocos minutos recibieron en la mesa «un plato de calamares nadando en salsa y delicadamente tumbados sobre una base de pan tostado». Admirable, delicioso y soberbio fueron algunos de los adjetivos que la vianda mereció, con «una textura suave parecida a la de las crestas de gallo o las mollejas, pero con una reminiscencia al sabor del cangrejo».

En segundos, cualquier posible prejuicio en torno al aspecto de la comida desapareció y los reporteros pasaron a untar con deleite aquella salsa negra espesa con ligero aroma a ajo, «tan suave en su perfume como el exhalado por una violeta». Con la ayuda de un vino catalán terminaron toda la ración, dispuestos a jurar y perjurar que aquellos pequeños cefalópodos eran néctar y ambrosía. El problema era que los anglosajones no sabían cómo prepararlos, de modo que el artículo acababa con un par de recomendaciones aportadas por el mismo señor Martínez, dueño del restaurante. Además de explicar que en España los calamares eran muy apreciados y se vendían en conserva, como las sardinas, ofrecía a los lectores norteamericanos un consejo crucial. «cuando los vayan a cocinar, deben conservar la bolsa de tinta del animal. Es la tinta la que imparte el color al plato y sobre todo su delicioso aroma». ¡Vivan los calinares con su tinto!

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Sources:
elcorreo.com

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