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Aquí no hay quien viva: 9 pifias perpetradas por grandes arquitectos | ICON Design

Aquí no hay quien viva: 9 pifias perpetradas por grandes arquitectos | ICON Design



Suele decirse —al menos yo— que diseñar con éxito la vivienda más simple es un cometido tan difícil y exigente que roza el límite de las capacidades humanas. Descifrar la secuencia del genoma humano es fácil si se compara con el reto de trabajar de manera correcta las proporciones y los detalles.

¿Existe alguna evidencia de que los arquitectos son quienes están en mejor disposición para enfrentarse a esta tarea desalentadora? Quizás no. Uno de los libros venerados entre los profesionales de la arquitectura es Arquitectura sin arquitectos, de Bernard Rudofsky (1964), un tratado sobre los pueblos blancos españoles y la chora griega que construye un caso abrumador en apoyo a la ingenuidad local.

Paradójicamente, este libro tuvo su origen en una exposición en el Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York, catedral de todo lo moderno y lo arquitectónico.

Siempre me gusta recordar la idea de Flaubert de que los arquitectos son todos “imbéciles”. O lo que en una ocasión me dijo Philip Johnson: “No lo olvides, hijo, yo soy una puta”. En lo que se refiere a reputación, los arquitectos no nadan en la abundancia. Los estudios muestran que, entre “las profesiones”, solo los periodistas gozan de menos confianza que ellos. Pero recientemente he podido agregar un nuevo insulto a la vasta enciclopedia de agravios acumulados por la profesión arquitectónica.

Su autor fue Enzo Apicella, el historietista y periodista anglo-italiano que murió en noviembre a la imponente edad de 96 años. Sin ningún tipo de formación arquitectónica, Apicella se convirtió en uno de los prescriptores o creadores de gusto con más influencia de Gran Bretaña. Sus interiores para la famosa cadena de restaurantes Pizza Express establecieron en el imaginario britanico una conexión inquebrantable entre el estilo italiano, el Pop Art y la pizza margarita. Y Apicella opinaba (y lo decía en voz alta) que los arquitectos profesionales eran “criminales”.

Transparencia letal. La Glass House [1], de Philip Johnson, arriba, es una atrocidad térmica: te congelas en invierno y te abrasas en verano gracias a sus paredes de cristal. Abajo, el arquitecto en la casa que tuvo que rodear de luces para no ver a sus ‘voyeurs’ (aunque a él le daba igual que lo mirasen) | Getty

Vale, quizá sea una exageración. Pero los arquitectos sí parecen más vulnerables al fallo que otros profesionales. Aunque esto puede que no sea más que una percepción, porque, como apuntó Frank Lloyd Wrigth: “Los cirujanos pueden enterrar sus errores, pero los arquitectos deben vivir con ellos”.

Y las relaciones con los clientes están siempre cargadas de problemas. Este fue el tema que abordaba un clásico menor de la literatura inglesa del siglo XX: The Honeywood File [el archivo de Honeywood], de Harry Bulkeley Creswell (1929). El mismo Creswell era un distinguido arquitecto, y sin embargo muy consciente de lo absurdo de su profesión. El libro registra, en formato epistolar, el triángulo satánico formado por el (ambicioso) arquitecto, el (incompetente) constructor y un cliente mezquino empeñado en ahorrar dinero. Aparte del encuentro en un andamio de París de 1789 entre el Antiguo Régimen y Madame Guillotina, ninguna relación está más condenada al fracaso que la que se establece entre el arquitecto y su cliente.

Porno arquitectónico. Los vecinos de los caros, más que lujosos, apartamentos londinenses Neo Bankside [2], de Richard Rogers, pensaron que su baño era privado y hoy son parte del entretenimiento de la vecina Tate Modern | Getty

Por supuesto, los particulares pueden cometer sus propios errores. Recuerdo con mucho cariño a una amiga mía que estaba muy interesada en ahorrar dinero e instruyó, para hacer sus cañerías, a un nativo de una isla caribeña donde no existe tradición alguna en ingeniería hidráulica. Alarmada ante la visión del vapor acompañado de un aullido que salía del lavabo, descubrió que había conectado el agua caliente a la cisterna. U otro amigo, el diseñador de moda Joseph Ettedgui. Forró todos los libros de su biblioteca con un grueso papel blanco porque quedaba precioso, hasta que se dio cuenta de que no era capaz de encontrar ningún título. O un hotelito que conozco en Italia, y cuyos cuartos de baño crean un efecto Venturi: el viento es tan fuerte que es imposible estar de pie.

Pero estos casos son triviales en comparación con algunos errores clásicos recientes.

¿No entendió, por ejemplo, Sáenz de Oiza, diseñador de las globulares Torres Blancas de Madrid [en la imagen principal del artículo], que es imposible amueblar con éxito una habitación con las paredes curvas?

Para entrar a vivir (sobre arenas movedizas). La Torre Millennium [3], en San Francisco, a donde sus inquilinos se mudaron en 2009, se está hundiendo. El terreno es incapaz de soportar su peso | Getty

Pero empecemos mejor con el propio Philip Johnson. Su Glass House [1] de 1949 en New Canaan (Connecticut EE UU) fue, lo primero, un robo. “Me gusta Mies van der Rohe porque es fácil de copiar”, dijo Johnson. En segundo lugar, es una atrocidad térmica: fría en invierno, calurosa en verano. A Johnson no le importaban las facturas de calefacción: él era rico. Y en tercer lugar: como una metáfora de “salir” del armario, Johnson, que era gay, estaba encantado con la exposición que le proporcionaba la Glass House, pero lo hilarante es que tuvo que rodearla de focos de tal manera que él no pudiera ver cómo sus voyeurs miraban hacia dentro.

En el portal contiguo a la Tate Modern en Londres, Richard Rogers ha terminado recientemente sus caros (“lujosos” no es la palabra más adecuada) apartamentos Neo Bankside [2]. Tienen el inevitable sello que Rogers ya dejó en el Pompidou, pero también los mismos muros cortina de vidrio que, contra toda lógica, Rogers —que vive en una decimoctava planta en Chelsea— se empeña en utilizar. Más tarde, Herzog y De Meuron construyeron al lado la ampliación de Tate Modern.

¡Ventana va!. Tan pronto como se terminó de levantar en 1976 La Torre John Hancock [4], de I.M. Pei, en Boston, sus ventanas comenzaron a caerse | Getty

Puesto que la Tate Modern tiene pocas obras artísticas que valga la pena admirar, los visitantes que pasan por el mirador de esta extensión del museo dedican buena parte del tiempo a observar detenidamente lo que ocurre dentro de los apartamentos Neo Bankside, como si se tratara de un espectáculo. Esto ha sido fuente de angustiosas quejas por parte de los abochornados vecinos que pensaron que su baño era privado. No podía haber un ejemplo más absurdo del concepto vanguardista de la-vida-es-arte.

Entretanto, en San Francisco, la gente comenzó a mudarse en 2009 a la Torre Millennium [3], en el número 302 de Mission Street. Ahora, el edificio al completo se está hundiendo en la tierra inestable, incapaz de soportar su peso. Esta es una versión trágica del error de diseño que afectó a la Torre John Hancock [4], de I.M. Pei, en Boston. Tan pronto como se terminó de levantar en 1976, las ventanas comenzaron a caerse.

El cristal es muy a menudo un escollo, a pesar de la ilusoria perfección que ofrece su transparencia. El difunto Jan Kaplicky fue uno de los asistentes de diseño de Piano y Rogers para el Centro Pompidou. Tan fascinado estaba Kaplicky con fantasiosas ideas de progreso que cuando montó su propia firma la llamó Future Systems (sistemas del futuro). Uno de sus primeros proyectos fue una casa en el número 40 de Douglas Road [5], en Londres, para el restaurador Jeremy King, por entonces propietario del famoso restaurante The Ivy. El concepto de futuro de Kaplicky no incluía aire acondicionado y el zigurat acristalado que había diseñado se volvió intolerablemente caluroso incluso ante las temperaturas externas más suaves.

Pero no solo los modernos fracasan en el diseño doméstico. El príncipe de Gales no es tan anticuado como precientífico. En Poundbury [6], en Dorset, bajo mandato real, Leon Krier, un arquitecto luxemburgués y liberal nada moderado, comenzó a planificar una fantasía retro-kitsch en 1994. Los males del mundo moderno —en esto el príncipe y el arquitecto están de acuerdo— pueden curarse con gárgolas y arcos conopiales, incluso aunque estén hechos con un hilarantemente inapropiado cemento del siglo XX. El resultado se antoja tan muerto y falto de vida como el Woflsburg de Hitler.

Ay, qué calor El concepto de futuro de Jan Kaplicky, del que la Hauer-King House [5], en el número 40 de Douglas Road (Londres), es uno de sus primeros ejemplos, no incluía aire acondicionado | Amanda Levete

Y mientras Poundbury pretendía evocar el encanto de una aldea tradicional inglesa, el uso de los coches ha aumentado más y más, empeorando la alienante desolación de su diseño.

Y luego está el artista Grayson Perry, un ceramista travestido, tejedor y polemista, que ha conquistado de forma extraordinaria el corazón de la tradicional clase conservadora británica. En 2015 Perry construyó su House for Essex [7], una calculada afrenta a toda noción de buen gusto, modal, pertinencia e inteligencia.

Pastiche total. Leon Krier diseñó Poundbury [6], en Dorset, por mandato del príncipe de Gales. Una fantasía retro-kitsch con arcos neorrománicos y frontón greco-romano en pleno 1994 | Getty

Ahí está, orgullosa de su nauseabunda vulgaridad y burlándose del gusto de los mismos que Perry dice que defiende.

¿Es un reglao? ¿Se come? ¿Tiene cuerda?. House for Essex [7] se levanta, dice el autor, “orgullosa de su nauseabunda vulgaridad y burlándose del gusto de los mismos que su diseñador, Grayson Perry, dice que defiende” | Getty

Lo único que lamento al compilar esta melancólica lista de errores arquitectónicos es no haber visitado la única casa que Zaha Hadid diseño jamás. Se trata de una excrecencia de 140 millones de dólares en el bosque de Barvikha [8], a las afueras de Moscú. Dado que Zaha Hadid destacó en muchas otras formas, llevando las nociones del extremos a nuevos límites, estoy convencido de que su proyecto ruso podría ser el peor de todos.

Moscú, tenemos un problema. Capital Hill Residence [8], en el bosque de Barvikha, a las afueras de Moscú, es la única casa que jamás construyó Zaha Hadid y el autor está convencido de que podría ser el peor de todos sus proyectos | OKO Group / Zaha Hadid Architects

Una casa debería ser realmente una máquina pensada para vivir en ella, no para reírse de ella.

clubwifiusa


Sources: elpais.com

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