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Formado como ingeniero electrónico en el Instituto Technion de Haifa y con un doctorado en Tecnologías para la Educación, el israelí Yacob Dayan combina el ambiente de las startups con el mundo de la educación. Creó y ahora conduce EdTech, una aceleradora que busca fondos de inversión para apoyar nuevos proyectos tecnológicos dedicados a la enseñanza. Pasó por la Argentina, junto a otros expertos de su país, para hablar con autoridades locales sobre diversas experiencias educativas innovadoras de Israel.

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De lunes a viernes por la mañana.

– ¿Qué tipo de proyectos educativos y tecnologías disruptivas aceleran o impulsan?

– La inteligencia artificial está entre las primeras, aunque con una aclaración. Ese concepto hoy está muy sobrevalorado. Lo más importante es para qué se la usa y en eso nos especializamos. Estamos impulsando, por ejemplo, un sistema de inteligencia artificial aplicado a la evaluación de los aprendizajes, algo que está muy en boga en el mundo. Me refiero a las evaluaciones estandarizadas, al estilo de las PISA. Por las dificultades de llevar a cabo esto a nivel masivo, los organismos que realizan esta tarea están obligados a usar preguntas del tipo multiple choise. Son millones de pruebas con millones de resultados, que hay que analizar rápido. Pero desde el punto de vista académico, esto es erróneo. Los multiple choice no terminan de comprender todas las dimensiones de los aprendizajes de los alumnos. Nosotros impulsamos una startup que desarrolló una tecnología que puede recibir ese millón de exámenes y analizar también preguntas abiertas.

– ¿Hablamos de semántica?

– Mucho más. Puede incluso analizar la forma en que los alumnos resuelven los problemas, hasta los más complejos. Y en disciplinas como física, matemática, programación u otras. El sistema es capaz de codificar, en forma automática, el tipo de respuestas abiertas que dan los estudiantes. Es que en cualquier población, si se les envía a los alumnos una prueba con ejercicios, sacando los extremos (los mejores y los peores) la mayoría va a resolverlos de 7 u 8 maneras posibles. Para llegar a clasificar esas formas con profesores, se necesitarían entre 50 y 60 personas trabajando en forma conjunta durante gran cantidad de tiempo. Imagínate que pudieras hacer la devolución casi instantánea.

– ¿Y para la escuela primaria?

– Tenemos un desarrollo en el campo de la matemática. Sabemos que no es fácil enseñarla, que la mayoría de los chicos le tienen miedo. Impulsamos una startup que hizo una tecnología que le genera interés a los chicos en la matemática.

– ¿De qué manera?

– Desarrollaron cientos de minijuegos para ayudar al aprendizaje. La matemática deja de enseñarse desde la teoría y le dan una mayor aproximación a la sensibilidad de los chicos. Por ejemplo, si presentan una ecuación que tiene un más cuatro, luego la incógnita, el igual y como resultado menos uno; no enseñanza resolver la ecuación en forma teórica -como suele hacerse- sino cómo se avanza cinco casilleros entre el cuatro y el menos uno. Es decir que el resultado es menos cinco, porque se movieron cinco casilleros, no importa desde dónde hayan salido y a dónde hayan llegado. Así, el chico aprende la lógica que gobierna la ecuación.

– ¿Se puede innovar en educación con contextos adversos, como sucede en nuestros países?

– No hay una única forma de hacerlo. Por eso lo que propiciamos es darles la libertad a los maestros para que usen nuevas herramientas como las que estamos impulsando.

– Usted afirmó hace poco que el ejército de Israel logró elevar la formación de los jóvenes, que llegan con bajo nivel de la escuela secundaria. ¿El ejército hace educación?

– Sí, la clave es que el ejército acepta a cualquiera, no tiene prejuicios respecto de si el joven viene de una comunidad o de otra. Las universidades, en cambio, sí clasifican a sus estudiantes. Para admitirlos, la mayoría utiliza exámenes psicométricos (de coeficiente intelectual) y está más que comprobado que ese tipo de evaluación es discriminatoria. Discriminan contra mujeres, minorías e inmigrantes. La falta de prejuicios del ejército hace que allí haya más oportunidades para todos. Sobre todo para la gente de la periferia. Por ejemplo, si un argentino va a Israel y le hacen un test de coeficiente intelectual, por su falta de fluidez del hebreo, probablemente no le vaya muy bien. El ejército, en cambio, se va a fijar en si tiene el talento de hacer algo, lo que sea. Si es así, será bienvenido.

– Pero, ¿qué ofrece el ejército desde el punto de vista académico?

– No es una certificación académica lo que ofrece. Hoy hay una inflación de la necesidad de credenciales académicas de las personas con respecto a las necesidades que tiene el mercado de trabajo. Hoy si alguien aspira a trabajar en Intel o Microsoft, por citar algunas empresas de punta, esas compañías no se fijan en qué título académico tiene solamente, también -y con muchísimo peso- se va fijar en qué experiencia traes consigo. Y muy probablemente para esa compañía tenga más peso si trabajó 4 años como ingeniero de programación en el ejército que si estudió 4 años de ingeniería de programación en la universidad. Las estadísticas de la OCDE muestran que el 40% de las personas sigue una carrera laboral que no tiene nada que ver con los estudios originales. Muchas veces se persigue el título universitario como una señal de status social más que como una capacitación para el trabajo. 



Sources:
clarin-com

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