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Las antiguas huelgas de cocineros

Las antiguas huelgas de cocineros


El de la hostelería es un sector tan peculiar dentro del mundo laboral (jornadas maratonianas, apertura en fines de semana y festivos, etc.) que estamos acostumbrados a que sus trabajadores aguanten carros y carretas de la mano de clientes y patronos. Más allá de las últimas polémicas en torno a los becarios o ‘stagiers’, no solemos concebir la cocina como entorno reivindicativo o de protesta sindical. Máxime cuando ahora parece que la palabra «cocinero» se asocia, errónea pero automáticamente, al perfil de chef reconocido en vez de a los miles de currantes que diariamente se rebanan los dedos dándonos de comer.

Sin embargo, hubo un tiempo en que las huelgas de cocineros llegaron a paralizar España entera constituyendo un auténtico problema de orden público y de abastecimiento. Durante las tres primeras décadas del siglo XX se sucedieron en este sector hasta doce paros generalizados que llegaron a paralizar durante meses el servicio de hoteles, bares y restaurantes.

Enclavados dentro del ambiente general de lucha obrera de la época y relacionados casi siempre con otros conflictos de orden social, los paros de cocineros tuvieron, a pesar de ello, un perfil propio tanto en reivindicaciones como en consecuencias. Desde 1910, cuando los cocineros y camareros catalanes pidieron un descanso quincenal sin rebaja de sueldo, y hasta 1933 las «huelgas de sartenes» llegaron a provocar desórdenes públicos e incluso la puesta en marcha de comedores alternativos para dar de comer a clientes desairados.

Los casos más graves se dieron durante el clima convulso que siguió a la huelga general revolucionaria de 1917. En octubre de 1918 y durante quince días permanecieron cerrados casi todos los establecimientos que ofrecían comidas en Madrid debido al paro general de los camareros y cocineros. Entre sus reivindicaciones estaban las de no pagar la rotura o desgaste del material de trabajo, descansar un día entero o dos medios a la semana o que durante las bajas y permisos la patronal pusiera sustitutos en vez de repartir el trabajo extra entre los compañeros. Con cafés y restaurantes custodiados por las fuerzas de seguridad, las peticiones fueron desestimadas por la patronal, los huelguistas despedidos y el paro acabó con con los trabajadores en la mismas condiciones.

Sería en 1919, después de la famosa huelga de La Canadiense y de la entrada en vigor de la jornada laboral de ocho horas (España fue por cierto el primer país de Europa en el que se regularizó) cuando los cocineros volvieran a salir a la calle.

Entre el 6 de octubre y el 10 de noviembre de ese año estuvieron cerrados a cal y canto casi todos los establecimientos hosteleros de Barcelona debido primero a la huelga de sus trabajadores y después al cierre patronal o lock-out por parte de sus dueños. ¿Qué es lo que se pedía? La aplicación de la jornada de ocho horas a su labor, un día libre a la semana sin merma de salario y con contratación de sustituto, la eliminación del sistema de propinas, más higiene en las cocinas y, sorprendentemente, la prohibición de mujeres en las cocinas profe-sionales.

A pesar de que algunos patronos firmaron estas bases, el conflicto se enrocó y durante más de un mes fue virtualmente imposible tomar nada fuera de casa. Cerraron las fondas, restaurantes, bares, hoteles, modestas casas de comidas y hasta las horchaterías, extendiéndose la huelga también a otras ciudades españolas.

Según un artículo publicado en prensa en aquellos momentos, «la población no encuentra dónde comer, viéndose a muchos en los bancos de los paseos comiendo fiambres adquiridos de antemano en las tiendas de comestibles. El conflicto es de gravedad porque perjudica a la mayoría de las familias obreras, que son las que comen fuera y también a aquellos que comen por abono pagando a principios de mes y que ahora se encuentran sin dinero y sin comida».

El sindicato de cocineros llegó a pedir al gobernador de Cataluña cocinas de campaña para guisar al aire libre y poder así servir a obreros necesitados y viajeros, a la vez que las instituciones montaban comedores im-provisados para alimentar a aquellos sin opción de cocinar en casa. Los objetivos de la huelga se consiguieron a medias después de 34 días de cierre forzoso, dos muertos e infinidad de clientes hambrientos.



Sources:
elcorreo.com

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