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Los cinco clanes británicos que conspiran contra Theresa May

Los cinco clanes británicos que conspiran contra Theresa May


El acuerdo del Brexit ha puesto a Theresa May en una de las coyunturas políticas más incómodas que se recuerdan en la historia británica moderna, con la práctica totalidad del Parlamento en contra y los días contados en Downing Street. A su pesar, la primera ministra ha hecho buena la descripción de la Cámara de los Comunes que, según se cuenta, Winston Churchill le transmitió a un recién llegado: la oposición se sienta en las bancadas de enfrente, pero el enemigo está en los escaños propios.

En la cuenta atrás para la salida de la Unión Europea, los diputados conservadores se han convertido en el escollo que no solo amenaza con hacerla descarrilar, sino que arriesga el desmoronamiento del Gobierno y la reputación de la derecha británica como la opción segura de las élites y el músculo empresarial. Como consecuencia, la premier ha emprendido una campaña sin precedentes para convencer a su propio partido de que apoye al Ejecutivo en la votación más importante afrontada en tiempos de paz.

La contestación interna, sin embargo, la obliga a mirar más allá de sus filas para minimizar el alcance de la derrota que se da por seguro se producirá el próximo martes. Dada la trascendencia de lo que está en juego y la profunda identificación de May con el acuerdo, si el rechazo al mismo es por centenares de votos, su presencia en el Número 10 resultaría insostenible.

Así, el desafío ya no pasa por ganar, sino por reducir el golpe para justificar su continuidad y garantizar que Reino Unido abandona la UE el 29 de marzo sin provocar el caos. Puesto que el divorcio comunitario ha dinamitado las filias partidarias, el espectro potencial al que puede apelar responde, en lugar de a siglas, a clanes parlamentarios con agendas específicas a los que tendrá que persuadir.

Eurófobos y ‘brexiteros’: de la salida sin acuerdo a la ‘vía Canadá’

Constituyen una amalgama que va desde quienes quieren abandonar sin acuerdo, pasando al amparo de la Organización Mundial de Comercio; a los que plantean su propia propuesta de salida, la más destacada, la inspirada en el acuerdo comercial sellado entre el bloque comunitario y Canadá.

Los primeros aparecen fundamentalmente en el denominado Grupo de Reforma Europea (ERG, en sus siglas en inglés), presidido por Jacob Rees-Mogg, quienes consideran su fobia antibruselense más importante que mantener a los conservadores en el poder. Para ellos, un divorcio no pactado es preferible al plan de May, si bien algunos admitirían negociarlo, es decir, ampliar la pertenencia para dar tiempo a prepararse para el desenlace más perjudicial económicamente.

Por su parte, quienes defienden replicar el modelo canadiense coinciden con May en abandonar mercado común y unión aduanera y descartan cuotas o tarifas en los intercambios comerciales entre Reino Unido y la UE. Entre ellos destaca Boris Johnson, eterno conspirador al Número 10, quien, más allá de sugerir soluciones tecnológicas, no ha aclarado cómo resolvería el problema de la frontera con Irlanda que esta apuesta generaría.

Partidarios de la continuidad: inspiración en el modelo noruego

Constituía la corriente mayoritaria entre los parlamentarios antes del referéndum, lo que aumenta las posibilidades de la salida blanda que preconizan. Como prueba, esta semana lograron un punto clave al garantizar para Westminster poder de decisión sobre la estrategia posterior al rechazo previsto en la votación del martes.

Son especialmente activos en las filas conservadoras, donde estarían trabajando ya en una propuesta inspirada en el modelo de Noruega, aunque reforzado, en colaboración con varios ministros, entre ellos el del Tesoro. La idea pasaría por garantizar pleno acceso al mercado común y, a diferencia del país escandinavo, continuar en la unión aduanera, lo que resolvería el problema de la frontera con Irlanda.

La traba de esta opción es que obligaría a mantener el libre movimiento de personas, una de las primeras líneas rojas marcadas por Theresa May antes incluso de ganar la carrera por el Número 10. En su contra, a la premier no le quedaría más remedio que escuchar la opción dominante en Wesminster: aunque no es vinculante, ignorar la voluntad del Parlamento resultaría extremadamente difícil.

Laboristas: sin decidir su modelo de salida ni si volver a votar

La oposición es clave para evitar que la derrota del acuerdo sea de tal magnitud que obligue a Theresa May a abandonar el Número 10. Si algo ha logrado el Brexit es superar las filias ideológicas y la primera ministra es consciente de la cuestionable popularidad de su rival, Jeremy Corbyn, entre sus propios diputados.

De hecho, el Laborismo tampoco ha resuelto el debate interno sobre la salida. Entre sus seis condiciones para cualquier pacto está que garantice a Reino Unido las mismas ventajas que la pertenencia al bloque, una demanda, en sí, inviable. El partido también está dividido en un potencial segundo referéndum e, incluso, qué hacer cuando el acuerdo, como se prevé, salga rechazado.

Su meta fundamental es un adelanto electoral, pero todavía se debate sobre cómo forzarlo. El portavoz del Brexit ha reconocido la inevitabilidad de una moción de censura en caso de derrota de Theresa May, pero no está claro que haya apoyo suficiente para apear a la premier del poder y, aún peor, podría unir a unos tories actualmente fracturados en lo más profundo de su proyecto político.

Partidarios de un segundo referéndum: se aferran a la UE

No todos los diputados se han resignado a la inevitabilidad del Brexit y, dada la desinformación que marcó la campaña del plebiscito de 2016 y la división en Westminster, quienes promueven una nueva consulta detectan bases sólidas en su apuesta. Este contingente, representando en todos los partidos, rechaza el pacto de May como primer paso para un segundo referéndum o, al menos, reclaman que un voto popular (people’s vote) lo refrende. Creen que la pertenencia a la UE es el mejor acuerdo y, conocidas las repercusiones prácticas de la salida, ven más sentido a su reivindicación. Esta misma semana, entregaron en Downing Street más de un millón de peticiones que reclaman la última palabra.

No en vano, las encuestas revelan un giro: solo el 38% de los británicos considera ahora que el Brexit fue la decisión correcta, frente al 49 que la considera equivocada, la mayor diferencia entre ambos registrada en los sondeos. Además, prácticamente todos los acometidos desde verano de 2017 han detectado que la mayoría juzga el veredicto de 2016 como un error.

Unionistas norirlandeses: el Ulster por encima de la UE y de May

El DUP tiene solo diez diputados, pero dado el “acuerdo de confianza y apoyo” que mantiene a May en Downing Street, su importancia es crucial, para escarnio de la primera ministra. Ideológicamente defienden un conservadurismo profundo, pero es en el Brexit donde suponen un problema, debido a su tradicional eurofobia y a que su sentido mismo de existencia es la defensa de Irlanda del Norte y su intrínseca pertenencia a Reino Unido.

Como consecuencia, conceptos como la cláusula de seguridad para evitar la reimposición de una frontera dura con Irlanda son indigeribles para un partido que denosta cualquier eventualidad que implique tratar al Ulster de manera diferenciada al resto del territorio británico.

De ahí que no solo amenacen con un rechazo el martes, sino con suspender el apoyo al Gobierno sellado tras la fallida apuesta electoral de May en 2017. Durante el debate del Presupuesto ya habían avisado, al abstenerse en varias votaciones, pero ahora constituyen una espada de Damocles real que pende no solo sobre el acuerdo del Brexit, sino sobre la cabeza misma de la primera ministra.

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Source: eleconomista.es (Noticias destacadas por elEconomista)

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