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Cultura

Una lección magistral celta de Carlos Núñez

Una lección magistral celta de Carlos Núñez


El concierto 500 de lo que vamos de año lo protagonizó el gaitero gallego Carlos Núñez (Vigo, Pontevedra, 1971), quien derramó su sapiencia el sábado sobre el tablado de la Sala BBK y más allá: desperdigó y agavilló influencias, marcó la dirección del celtismo desde la península hacia Escocia según las nuevas investigaciones, invitó a albokalaris, txistularis, gaiteros, a una panderetera y a un niño y una niña que leyeron el primer poema irlandés, montó una fiesta con invasión del escenario por parte de gran parte del público que casi agotó el aforo (se quedaron unas 15 butacas sin vender), las cadenetas se extendieron por todo el patio de butacas, y al terminar el empático gaitero corrió por el pasillo central. ¿Adónde iba? Al lobby, al puesto de merchandising, donde se hartó de firmar CDs y ejemplares de su libro ‘La hermandad de los celtas’ (Espasa, 552 páginas, 21.90 €), y de hacerse fotos con los fans, que vaya cola más larga esperaron pacientes.

En quinteto base, cediendo protagonismo a sus músicos (sobre todo al ufano y espigado violinista canadiense Jon Pilatzke, que toca con los Chieftains y se marcó varios bailes zapateados, y algo menos a la trikitilari navarra Itsaso Elizagoien, con los que gira por el ancho mundo), siempre enfático, entusiasta, contagioso y divulgativo, el elegante con su chaqueta Carlos Núñez condujo una cita de 142 minutos para unas 28 piezas organizadas en tres tramos y siempre bien recibidas por el respetable predispuesto que desde la primera se puso a dar palmas espontáneas. «¡Qué maravilla!», manifestó el artista.

Muy cercano al público transversal (había muchos niños), Núñez recordó al principio que estuvo hace dos años en el Campos, preguntó quiénes estuvimos allí, no pocos levantamos la mano (una veintena de piezas en 119 minutos interpretó en diciembre de 2016), luego se interesó por quien le veía por primera vez, y muchas manos más se elevaron. El principio del show fue el de concierto global, con reels apoteósicos inaugurales espoleados por los gritos del canadiense, el fandango de Itsaso, un galleguizado ‘Bolero de Ravel’ y su evocador ‘Camiño de Santiago’, por ejemplo.

Tras la intervención del txistulari Garikoitz Mendizabal, Carlos Núñez se imbuyó con un aura docta y nos impartió una amena lección magistral de celtismo: repasó las cantigas de Alfonso X El Sabio, estudió y cantó el Códice Calixtino, acudió a la leyenda de Tristán e Isolda, sorprendió con la versión del ‘Baba O’Riley’ de los Who cantada por el canadiense, y utilizó instrumentos de esa época (arpa, fídula, vihuela, percusiones o, claro, su flauta).

Y durante el largo final puso en práctica el interceltismo con un gaitero bretón y cuatro gallegos, invitó a los tímidos alumnos txistularis del ayuntamiento bilbaíno y al albokalari Carlos Subijana (que intervino con Irune, la hermana de Itsaso, al pandero), prendió la fiesta (el texano ‘Cotton-eyed Joe’ que hacen los Chieftains, la ‘Rianxeira’…), su hermano el percusionista Xurxo se marcó un solo de maleta que no funcionó, y el final fue en plan verbena rural, estival y comunal, con la gente bailando a lo brasileño en escena, la irrupción de los gaiteros, escalas junkerianas, coros facilones (los de ‘Greenland’) y su circular ‘Aires de Pontevedra’.



Sources:
elcorreo.com

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