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“Las posibilidades de seguir la dieta mediterránea en Argentina son muchísimas” – 26/11/2018

"Las posibilidades de seguir la dieta mediterránea en Argentina son muchísimas" - 26/11/2018



“Mangia che ti fa bene” (“Comé que te hace bien”)

Generaciones enteras de italianos y sus descendientes se criaron escuchando esa frase. La heredan junto al gusto por la pizza y la pasta, al apego por los productos de su tierra y sus mares, al regar todo con aceite de oliva y el disfrutar en familia de la comida “fatta in (hecha en) casa”. Elementos que constituyen el pilar de la dieta mediterránea, un patrón compartido con España, Grecia y Portugal, entre otros países, cuyos beneficios para la salud están comprobados científicamente y que es considerado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco. En épocas en que la obesidad y enfermedades crónicas avanzan sin freno, especialistas llaman a fomentar la adherencia a este tipo de enfoque, que promueve un estilo de vida saludable que va más allá de lo nutricional.

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“La Argentina es un país con una fuerte influencia mediterránea, donde las posibilidades de seguir un régimen alimenticio así son muchísimas”, afirma Daniele del Rio, director de la Escuela de Estudios Superiores de Nutrición y Alimentación de la Universidad de Parma, quien dialogó con Clarín durante su paso por Buenos Aires, en el marco de su presentación en la Embajada de Italia de “una propuesta mediterránea para Argentina de alimentación inclusiva y equilibrada” ante funcionarios, legisladores, académicos y profesionales de la salud.

En el ranking que evalúa la adherencia a la dieta mediterránea en el mundo, Argentina se ubica en el puesto 25. “No es altísimo, podría estar mejor”, sostiene del Rio. Sobre todo porque es uno de los países que alberga a las comunidades de italianos y españoles más grandes fuera de Europa y porque la producción local se adapta bien a sus requerimientos.

La pirámide de la dieta mediterránea tiene muchos puntos de contacto con la propuesta de las guías alimentarias argentinas.

No se trata de adoptarla como si fuera un programa cerrado. “La mejor estrategia es la de importar los conceptos de la dieta mediterránea, pero adaptándola a las tradiciones, hábitos y productos de los diferentes países. No hay que salir de las tradiciones locales, no es inteligente. Son ventajosas las elecciones que uno hace en su propia área geográfica”, subraya el italiano. No importa entonces que aquí no se consiga la harina integral Senatore Cappelli -tradicional de la Campania, la región a la que pertenece Nápoles- o que en nuestras tierras no se cultive la variedad del tomate Pachino, típica de Sicilia. “No es lo que hace la diferencia. Los cereales que se producen acá funcionan perfectamente. Lo mismo vale para la fruta y la verdura”, aclara y destaca que más allá de su vínculo con la salud y la prevención de enfermedades, el consumo de productos propios es ventajoso para la economía local y sustentable desde el punto de vista ambiental.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en base a la evidencia científica provista por un gran número de estudios, la dieta mediterránea se asocia a una menor incidencia de cáncer, enfermedad cardiovascular, síndrome metabólico, obesidad y diabetes tipo 2.

Pese a que no hay dudas sobre su impacto positivo, Europa está sufriendo un preocupante alejamiento de la dieta mediterránea. En mayo, un documento de la OMS advertía que los países mediterráneos registran las peores tasas de obesidad infantil. La situación argentina no es mejor: el 40% de los niños, niñas y adolescentes están excedidos de peso, cuatro de cada 10 adultos tienen sobrepeso y 2 de cada 10 obesidad, y la mitad de la población no hace actividad física. “Las causas de este empeoramiento no se pueden buscar solo en la dieta, sino en los hábitos y probablemente también en las condiciones de bienestar”, analiza el italiano.

Investigación, educación alimentaria y políticas gubernamentales son los tres pilares de la propuesta de del Rio. (Alfredo Martínez)

Su propuesta mediterránea se basa en tres pilares: la investigación (“demostrar que ciertos comportamientos y estilos de vida son saludables es fundamental”); sumado a la educación alimentaria, que considera debería ser obligatoria desde la escuela primaria (“desde un punto de vista cultural, haciéndoles entender a los chicos los alimentos a 360 grados y la importancia de la actividad física); y de políticas gubernamentales que estimulen la adhesión y favorezcan el acceso a regímenes y estilos de vida correctos. “Hay una cuestión de accesibilidad económica, es clave tener a disposición frutas y verduras frescas a un precio accesible. Una política inteligente incluye obligar a la educación alimentaria para garantizar mejores elecciones y al mismo tiempo tratar de cerrar la brecha de la desigualdad económica. Las políticas que llevan a una distribución de la riqueza más homogénea conducen inevitablemente al mejoramiento de la dieta”, afirma.

La dieta mediterránea es más que patrón nutricional, es un estilo de vida equilibrado que recoge recetas, formas de cocinar, celebraciones, costumbres, productos típicos y actividades diversas. Por eso del Rio enfatiza que no sólo es importante la educación alimentaria en el comedor del colegio, sino que reivindica el retorno a prácticas algo en desuso. “Cocinar en familia y sentarse a cenar todos juntos permite ampliar el período de consumo, mejora el humor, se come menos mientras se charla y la respuesta glucémica es mejor. Es un comportamiento socialmente sano, pero también fisiológicamente sano”, explica.

Una dieta inclusiva y variada

Es la variedad y la riqueza de la dieta mediterránea la que garantiza sus beneficios, subraya el investigador, quien es también director científico del Programa de Innovación en la Educación Alimenticia (NNEdPro) del Centro Global de Nutrición y Salud británico. “En los alimentos que integran la dieta hay macronutrientes (carbohidratos, grasas, proteínas), micronutrientes (minerales y vitaminas), componentes no nutrientes que llamamos fitoquímicos (polifenoles, glucosinolatos) que también tienen efectos sobre la salud. Todo eso junto funciona en la prevención de enfermedades.”

Si bien tiene grandes jugadores, como el aceite de oliva, el pescado y los frutos secos que aportan grasas saludables, así como los cereales y los vegetales de estación que son la base de sus platos, la dieta mediterránea es “inclusiva y de variedad”. Consultado acerca de las nuevas -y no tanto- tendencias en nutrición que eliminan grupos enteros de alimentos, como harinas o lácteos, del Rio sostiene que no hay evidencia de sus ventajas. “Algunas características nutricionales son propias de determinados grupos de alimentos y excluirlos no tiene sentido a menos que haya una patología diagnosticada (alergias, intolerancia) o un problema de gusto”. Concede que la dieta vegetariana puede ser una elección “sensata” (no así la vegana, a la que considera “más extremista”), pero especialmente en edad infantil aconseja una alimentación omnívora.

En Argentina, el alto consumo de carne roja va a contramano de la propuesta mediterránea. El docente –a quien el Ejecutivo italiano nombró “comendador” por su trabajo y su contribución a la investigación científica- admite que ellos conocen una arista del problema, porque la ingesta de fiambres y embutidos está en la base de la alimentación de su región. “Reducir el consumo de carne procesada y de carnes rojas es una estrategia que hay que poner en práctica. Desplazarse hacia un mayor consumo de vegetales y bajar el de productos animales es una estrategia que seguramente en el largo plazo se demostraría ventajosa. Pero no se puede alarmar: comer carne no es como fumar.”

¿Y el vino? En agosto, un amplio estudio publicado en The Lancet advertía que ningún nivel de consumo de alcohol es seguro. “El alcohol es una cosa y el vino es otra, aún cuando el vino contiene alcohol”, afirma el investigador, uno de los principales referentes en el estudio de los efectos de los polifenoles en el organismo. “Recomendar el consumo de alcohol en general hoy, con las evidencias que hay, no es algo sensato. El alcohol como componente es negativo. Sin embargo, agregando el concepto de moderación y el de consumo durante la comida, como una práctica compartida, de productos como el vino tinto, que además de alcohol contiene compuestos positivos como los polifenoles, es un enfoque auspiciable, siempre subrayando y aclarando que no es como con las frutas y las verduras, que cuanto más consumís mejor es”.



Sources:
clarin-com

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