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La importancia de salir del clóset


Cada quien posee una historia distinta, encara un proceso de aceptación diferente y reconoce los escollos que debe sortear en un país en el que la diversidad es aun condenada enérgicamente. Pero a pesar de estas considerables vicisitudes, salir del clóset y compartir nuestra orientación sexual o identidad de género con la familia, amigos y colegas es la forma más básica de activismo—y la más poderosa a la hora de demoler estereotipos y crear aceptación, ya que lo abstracto (“¿existen los gays?”) pasa a ser la realidad de alguien (“mi hijo, mi hermano…”). ¿Por qué traigo esto a mención? Cada once de octubre la población de minorías sexuales y sus aliados toman conciencia de la importancia de salir del clóset y discutir temas relacionados con los gays, lesbianas, bisexuales y personas transgénero (En adelante LGBT+). Dos de los principios que cimentan esta fecha son que las decisiones personales tienen una dimensión política y que la homofobia se prolifera en un clima de ignorancia y silencio.

Resaltar la importancia de salir del clóset no es una exhortación para invitar a la población LGBT+ en El Salvador a asumir su identidad públicamente y de inmediato, en especial en un medio donde el abuso psicológico, violencia física y discriminación institucionalizada son riesgos reales. Se trata más bien de reconocer y asumir las implicaciones de vivir ya sea fuera o dentro del clóset.

Permanecer dentro es una opción legítima, y no solo debido a posibles represalias. Se debe considerar también que tan abierta o reservada es una persona, la comodidad que siente al revelar algunos de sus detalles más íntimos, y de qué tanto desea que la orientación sexual y/o la identidad de género formen parte de cómo se es percibido en sociedad. Edmund White, pionero de las letras gay en Estados Unidos, explicó en los años ochenta que “la mayoría de los padres de las personas son heterosexuales, y todo mundo es criado para ser heterosexual. Así que cuando uno descubre que es gay, uno tiene que escoger todo para sí, desde cómo caminar, vestirse y hablar hasta con quién vivir, en qué términos y en dónde”.

Salir o no del clóset es una más de esas elecciones. Cada quien es libre de vivir su sexualidad en la manera que le plazca, “pero es necesario considerar las alternativas que el silencio otorga, más en una cultura en donde las voces a favor del discurso homofóbico son muchas”. Salir del clóset es un medio para mejorar nuestra vida y la de nuestros seres queridos, no un fin en sí mismo.

En El Salvador es también necesario prestar atención a las disyuntivas de clase y origen que complican los derechos de las minorías sexuales. Para vislumbrar como estas distintas categorías interactúan, es útil el concepto de interseccionalidad. Se trata de un paradigma analítico, acuñado por la profesora de derecho y activista estadounidense Kimberlé Williams Crenshaw, que estudia como distintos sistemas de opresión colaboran y refuerzan entre sí las desventajas de una persona con distintas identidades socialmente marginadas. Dentro de la misma población LGBTI+ existen diferentes gradientes de adversidad y discriminación. Por ejemplo, una mujer lesbiana de origen indígena o afrodescendiente perteneciente a la clase trabajadora seguramente encarará mayores retos que un hombre gay de piel blanca y de familia acomodada.

En nuestro medio, los privilegios asociados a cierto nivel socioeconómico erigen barreras que protegen la privacidad de miembros de la población LGBTI+. Mientras que personas con menos recursos económicos y capital social están en una posición más precaria (el clóset de una persona de clase trabajadora, por ejemplo, posee puertas mucho más vulnerables a la intrusión), en muchos casos se vive fuera del clóset no por decisión propia, sino porque la salida ha sido súbita y forzada. Una persona de clase trabajadora difícilmente tiene la capacidad financiera y el tiempo para asegurarse que los encuentros íntimos con su pareja sean privados. Bajo esta óptica, los miembros de minorías sexuales con menos recursos son menos libres de decidir cómo manejar la faceta pública y privada de su sexualidad.

Por otra parte, la fracción de la población LGBTI+ de las clases acomodadas se enfrenta a otras situaciones. En un país en el que la distancia entre las clases sociales es abismal, muchos sienten la necesidad de salvaguardar sus privilegios ocultando su sexualidad. Esta lógica tiene su origen en la siguiente falacia: las minorías sexuales son producto de hogares infelices, abuso sexual, inestabilidad emocional y otros males incompatibles con un hogar feliz y próspero.

La familia es la base de la sociedad, declaran los oponentes de la diversidad sexual, y todo ataque en contra de su integridad debe ser refutado con firmeza. No podría estar más de acuerdo. Por eso me pregunto, ¿cuántos miembros de nuestras familias viven en secreto, temerosos de que les retiremos nuestro amor? Para las personas LGBTI+ de la clase media, a estas presiones emocionales se suma el miedo a perder el estatus y protección de pertenecer a una familia con estas ventajas. Pero salir del clóset debería ser considerado también como una oportunidad.

Durante los primeros años de la Guerra de Vietnam, el saldo de muertos entre las fuerzas estadounidenses estaba formado mayoritariamente por los hijos de familias afroamericanas y de escasos recursos. En los años 70, la guerra finalmente se volvió impopular cuando los hijos de familias clase media y alta empezaron a regresar a suelo americano en bolsas para cadáveres. Esto fue el detonante para que las personas con influencia dieran marcha atrás para retirarse del ruinoso conflicto. Es por eso que la visibilidad LGBTI+ en posiciones de liderazgo es tan importante en un país como El Salvador.

A regañadientes, los enemigos de la diversidad sexual han aprendido a tolerar a los estilistas y decoradores homosexuales cuyas idiosincrasias son explotadas en la cultura popular. Pero me parece que aún estamos lejos de reconocer a los abogados que escrituran nuestras propiedades, a los ingenieros que construyen nuestras casas, y, por qué no decirlo, también a los empresarios y políticos que dictan el rumbo del país. Habrá quienes pertenezcan a la población LGBTI+ pero les es difícil manejarlo abiertamente. Lo reprochable en este último caso no es que estén en el clóset, sino que siendo de los nuestros, no aporten desde sus puestos de poder para ayudar a eliminar los prejuicios en contra de la población LGBTI+.

Quien decide salir del clóset por convicción propia no solo hace una labor en pro de la visibilidad, sino que también contribuye a educarnos a todos con respecto a la diversidad sexual. Vivimos en una cultura en la que todo referente a sexualidad—y no solo las minoritarias—continúa siendo tabú. Por mucho tiempo se nos ha enseñado que es mejor callar que aclarar dudas que puedan importunar a otros. Salir del clóset usualmente conlleva una plática en la que aclaramos curiosidades mutuas con nuestros allegados. Pese a los que denuncian la famosa “ideología de género” como una novedad catastrófica, las minorías sexuales han sido una constante a lo largo de la historia ; lo único que ha cambiado, paulatinamente y con resistencia, es nuestro deseo de hablar de estos temas, de disolver estereotipos y llamar a las cosas por su nombre. En los Evangelios, antes de desterrar a los demonios que atormentaban a inocentes, Jesús exigía conocer su nombre para así tener dominio sobre ellos (Marcos 5:9; Lucas 8:30). Para Cristo, enfrentar un reto demanda el valor de ver la adversidad a los ojos y estar bien informado. ¿Cuantas veces, cuchicheando quizás, no nos hemos referido a la pareja de un amigo como “su amigo”? ¿Hasta cuándo diremos de nuestra prima que “ella es así”? ¿Por cuánto tiempo más seguiremos usando frases como “a él eso le gusta” o “ella quiere ser de otra forma”? La salida del clóset, cuando ocurre voluntariamente, es una oportunidad para exigir el uso de lenguaje claro que no nos haga sentir como “inconvenientes” que nuestros seres queridos tienen que disimular.

Dejar atrás el clóset, entonces, es un compromiso no solo para quien ha decidido salir. Si nos encontramos del otro lado de sus puertas, debemos saber cómo actuar. Esta persona obviamente ha depositado su confianza en nosotros, por lo que nunca debemos traicionar su decisión. Primero, se debe agradecer el coraje que ha tenido para decírnoslo. No se debe juzgar de inmediato, y si tenemos creencias, religiosas o de otro tipo, que nos han predispuesto hacia las minorías sexuales, hay que guardarlas por el momento—ya habrá tiempo para tratar a fondo estos temas. También se debe respetar la confidencialidad, preguntando si tenemos permiso para compartir su identidad con los demás. Lo más importante es seguir siendo el amigo o familiar que siempre hemos sido; el principal miedo a la hora de salir del clóset es la posibilidad de rechazo por parte de las personas centrales a nuestra vida.

Revelar la orientación sexual o identidad de género es un paso que conlleva ansiedad para todas las partes involucradas. En una sociedad carente de entendimiento y empatía, el esfuerzo debe admirarse por todos los riesgos que conlleva. Con cada persona que deja atrás el clóset ojalá podamos comprender un poco más a aquellos que le agregan más diversidad a nuestro país.

 

Carlos Fuentes Velasco es graduado de posgrado en literatura de la Universidad McGill en Montreal, Canadá y director cultural de la  Fundación [email protected] 



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