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Junta de mentirosos


Juan Manuel de Prada
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En El arte de la mentira política, un opúsculo satírico atribuido a Jonathan Swift, se postula sarcásticamente la sustitución del gobierno por una «Junta de Mentirosos», capaz de elevar la mentira política a la dignidad que le corresponde en el firmamento de las Artes. La formación de esta Junta de Mentirosos, dedicada con celo y dedicación insomne al engaño, exige una selección minuciosa que excluya a cualquier individuo tentado por la sinceridad: «Si se advierte que alguno de los miembros de la sociedad se sonroja al soltar una mentira, pierde la compostura o falla en algo exigido debe ser excluido y declarado incapaz». Se necesitan, en fin, mentirosos imperturbables, que mientan como respiran y hagan de la mentira un deber sacrosanto.

El doctor Sánchez quiso que su gabinete funcionase a imagen y semejanza de esta Junta de Mentirosos propuesta por Swift. Primeramente, excluyó y declaró incapaces a quienes se sonrojaban o perdían la compostura al mentir, desprendiéndose de un par de ministrillos que flojearon en la defensa de sus mentiras. Y a continuación, para que los restantes tuvieran un espejo donde contemplarse, se probó a sí mismo como príncipe invicto de la mentira, defendiendo con uñas y dientes la ensalada de plagios que le había aliñado un negro. Las mentiras del doctor Sánchez sirvieron, además, a esta Junta de Mentirosos como «mentira de prueba», que según Swift permite averiguar, «como una primera carga que se coloca en una pieza de artillería para probarla», la credulidad de la masa. No puede haber una Junta de Mentirosos viable sin una masa de crédulos dispuestos a tragarse las mentiras, pues «no hay ningún hombre que con mejor suerte suelte y propague una mentira como el que se la cree».

Una vez probadas las tragaderas de la masa crédula con esta «mentira de prueba», nuestra Junta de Mentirosos ha podido mentir con mayor desfachatez y desparpajo. Así, han colado tan ricamente las mentiras zangolotinas del ministro astronauta y las mentiras con trasfondo prostibulario de la ministra fiscala,incluso las mentiras envueltas en los terciopelos de la hipocresía de la ministra portavoza, que colecciona casas como los feos coleccionamos calabazas y, además, se permite el lujo de regañar a los periodistas que osan husmear en el Registro de la Propiedad. Un enjambre de mentiras que la masa crédula ya ni siquiera distingue, porque la mentira acaba aturdiendo con su zumbido igualador y «los hombres son tan simples que el que engaña con arte halla siempre gente que se deje engañar». Como nos advertía Proust en cierto pasaje de En busca del tiempo perdido: «Nuestra época, para quien lea su historia dentro de dos mil años, parecerá que hubiese hundido estas conciencias tiernas y puras en un ambiente vital que se mostrará entonces como monstruosamente pernicioso y donde, sin embargo, ellas se encontraban a gusto».

Hay épocas más propensas al culto de tal o cual vicio. Y hay épocas como la nuestra, propensas al culto totalitario de la mentira, que subsume y comprende todos los vicios. Todos los crímenes buscan la complicidad de la mentira, que cuando impone su tiranía trastorna todas las categorías morales, hasta que el mundo se convierte en un penoso pandemónium en el que puede más quien miente con mayor desenvoltura. Así, una mayoría acaba adaptándose y transigiendo con la mentira; y los pocos osados que aún se atreven a proclamar la verdad son señalados como imprudentes y extravagantes, cuando no como subversivos y violentos. Pues allá donde gobierna una Junta de Mentirosos la maldad se erige en virtud y la virtud es perseguida como un crimen.

Juan Manuel de PradaEscritorJuan Manuel de Prada



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