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El Salvador países

No censurarás



La misma Asamblea que quería enviar a tres diputados a ganarse las millas que dan por viajar de acá a Roma, entró en un portal hacia los años ochenta y se vistió de sotana. La Asamblea pide se prohíba la presentación de Marduk…

No aprenden. Siguen –15 años después de Molotov, 18 después de la película Estigma– sin entender que censurar espectáculos es decirle a un gordito con depresión que no se coma ese tiramisú o pedirle al Mágico que no patee ese balón. Nos siguen tratando como ese papá medieval que, apurado, en lugar de explicarle, le tapa los ojos a su hijo preadolescente cuando a medio capítulo de Luis Miguel a Diego Boneta se le ocurre calentar el sol aquí en la cama con una modelo. No vean esa película, no dejen entrar a esa banda, no oigan ese disco. Ciérrate, Puerta del Diablo. Protégenos, santo niño de la moral. Que la saliva se te haga melaza si no.

El miércoles pasado, la misma Asamblea que quería enviar a tres diputados a ganarse las millas que dan por viajar de acá a Roma, entró en un portal hacia los años ochenta y se vistió de sotana. 48 diputados, de esos que seguro creían que Los Pitufos eran satánicos y que al reproducir al revés los discos de Xuxa cantaba ilarilarilucifer, acordaron recomendarle al Ministerio de Gobernación que denegara el permiso para que la banda sueca de black metal Marduk se presente en El Salvador. Algo parecido a lo que sus colegas legisladores habían hecho en Guatemala.

Marduk –un grupo que, por cierto, a mí ni me gusta; yo prefiero a Sabina blasfemando en Barbie Superstar– se creó en 1990. Sus miembros se pintan la cara y llevan el pelo largo. Cantan black metal, un subgénero caracterizado por voces guturales y guitarras rápidas; además de líricas principalmente anti religiosas. La misma página oficial del grupo asegura que este nació con la idea de crear “el metal más blasfemo de todos los tiempos”. Oyendo algunas de sus letras, y sin ser un experto, parece que cumplieron su sueño. O sus pesadillas, para ponerme a tono.

Nacieron en Suecia. Este dato no me parece superfluo, pues el contexto del país europeo es ilustrador. La nación nórdica ocupa la segunda posición a nivel mundial de la clasificación de libertad de prensa en 2018 elaborada por Reporteros Sin Fronteras, solo después de Noruega; y tiene un puntaje de 100 de 100 (es decir, perfecto) en la medición de libertades más reciente de la organización Freedom House. Además, en el Índice de Desarrollo Humano 2018, de las Naciones Unidas, ocupa el puesto número 7 a nivel planetario. Es decir, es un país ubicado en el índice “muy alto”.

El Salvador, a donde los quieren prohibir, es en ese último ranking citado el puesto 121; o sea, es índice medio. En el de Freedom House tiene un puntaje de 70 sobre 100, encasillado como “parcialmente libre” en la categoría de libertad de prensa. Mientras que en el de Reporteros Sin Fronteras ocupa –y juro que el número es pura coincidencia- el número 66. Perdónenme lo inoportuno de la cifra.

Es en este último país, en El Salvador, en donde los políticos vuelven a apelar al juego de la censura para solucionar lo que las manos duras no han podido en dos décadas: mermar la violencia. Pero es que acá, insisto, la memoria de algunos es más corta que la carrera de Hugo Martínez como candidato: rápido olvidan que cada vez que intentaron censurar un espectáculo lo único que causaron fue hacerlo crecer como un monstruo. Prohibirlos es mojar y darle de comer a un gremlin después de medianoche. Es desatar el escándalo.

Basta recordar el caso Molotov. En 2003, en plena administración de Francisco Flores, la Dirección de Espectáculos Públicos decidió censurar el show de los mexicanos porque, supuestamente, incitaban a la violencia. El veto fue levantado y la banda pudo venir al final. Pero el gobierno ya se había aruñado al persignarse. La negativa original fue como bañar el concierto con publicidad gratis y enjabonarla de morbo. Canciones como Puto y Gimme tha power resucitaron al tercer año de los archivos radiales y sonaron más que un anuncio de Carlos Calleja en la actualidad.

Hubo muchos casos parecidos: la orden de retirar de los cines a la cinta Estigma, la clasificación de edad excesivamente rigurosa para las películas Lucía y El Sexo y El crimen del Padre Amaro, la prohibición en radio de la canción El Directo, los constantes llamados de atención de Gobernación a los personajes de La Choly… y sigue la lista. La ecuación, no hace falta ser estratega del marketing para resolverla, fue siempre la misma: censura es igual a más publicidad.

Ahora llegan estos blackmetaleros y el patrón se repite. La banda pasó de ser un bocadillo fino para los roqueros más ortodoxos a estar en boca de otra gente que, sin el escándalo, jamás se hubiera enterado de su existencia. Los políticos, que tantas veces gobiernan con la biblia bajo el brazo, se convirtieron en los mejores relacionistas públicos de los músicos europeos. En el camino olvidaron que las ideas diferentes no se contradicen con mordaza. Que seguimos siendo, en el papel, un país libre; y el que guste de ese género irá al concierto y el que no, como yo, no lo hará y ya. Que los problemas no se arreglan tapándoles los ojos a nuestros hijos cuando sale alguien chulón en medio de una maratón televisiva familiar, sino educándolos sobre lo que consumen, generando audiencias críticas e informadas. Y sobre todo: que nos faltan varios escalones para alcanzar en los rankings a Suecia, el país de Marduk. Más o menos –y perdón de nuevo por el número– unos 66.

 

 
Willian Carballo ( @WillianConN )  es investigador, catedrático y consultor especializado en medios, cultura popular, jóvenes y violencia. Coordinador de investigación en la Escuela de Comunicación Mónica Herrera.

 

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