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El racismo en la Cuba de ayer


A cada rato escucho en programas de radio y televisión del Miami de hoy hablar sobre las maravillas de la llamada “Cuba  de ayer”, una visión nostálgica de nuestra historia republicana en la que se borran todas las lacras y las injusticias de entonces, resaltando solo con tintes dorados las cosas de positivo valor que también es justo reconocer que existieron entonces. Es que la excepción siempre justifica la regla.

Vayamos por caso a la discriminación racial contra los ciudadanos cubanos de la raza negra. En mi época de estudiante universitario -hablo de la década de fines de los años cuarenta del pasado siglo XX- había en las aulas de la universidad de La Habana, que era la única del país, apenas un par de cientos de alumnos negros en las trece facultades de aquella. Alma Mater  en la  que estaban matriculados unos 17 mil 500 estudiantes para una población total  del país que estaba a punto de llegar a los siete millones de habitantes.

Por esa época de la “Cuba de ayer”, a pesar de que la Constitución de 1940 establecía la igualdad de los cubanos de todas las razas y credos, sin embargo no había un  solo negro o negra  trabajando  en las  tiendas por departamentos como “El Encanto o Fin de Siglo”, ni los turistas extranjeros de la raza negra  podían hospedarse en hoteles de categoría como el Hotel Nacional como fue  el  caso  de la popular vedette norteamericana Josefina Baker a quien el líder Ortodoxo  Eduardo Chibás rindió entonces un homenaje popular de desagravio en el anfiteatro del malecón habanero.

Por entonces en muchas ciudades cubanas del  interior de la isla  los  negros estaban obligados en los parques a pasearse por un lado y los blancos por otro, en manifiesta prueba  de la discriminación racial imperante en esa  tan  cacareadas maravilla de la Cuba de ayer”.

Eran tiempos en los que los negros no podían entrar en los cabarets como  Tropicana, Montmartre o el Casino Nacional como tampoco sus hijos podían estudiar en las más renombradas escuelas privadas del país reservadas para los niños de familias ricas y bien blancas.

Vale la pena recordar  que en los clubs de la alta sociedad cubana -integrantes  del llamado “Big Five”- a los negros se les estaba vedada la entrada, inclusive a Batista que por los años cuarenta era el jefe del Estado cubano. Eso no porque fuera dictador sino porque era mulato.

Y en el capitolio había apenas unos pocos negros que no pasaban de diez en un parlamento de 54 Senadores y más de cien miembros en la Cámara de Representantes.

Así eran las cosas en la tan ponderada “Cuba  de Ayer”. Por lo que digo, a otro con ese cuento, porque he vivido para contarlo, que por algo este Duende es más Diablo por viejo que por Diablo.

Y hasta la próxima entrega de El Duende que con mi gallo me voy cantando a mi tumba fría. Bambarambay.



cubadebate

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