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La integración suramericana de Duque


El gobierno de Iván Duque retiró a Colombia de la Unión de Naciones Suramericanas, Unasur. El anuncio fue hecho por el canciller Carlos Holmes Trujillo el 10 de agosto, pero la decisión había sido anticipada desde la campaña presidencial por el candidato del Centro Democrático.

La decisión del retiro del organismo suramericano ya había sido respaldada a nivel interno por la Asociación de Ciudades Capitales, Asocapitales, desde el pasado 18 de julio, cuando se reunió con el entonces presidente electo.

En esa reunión Duque habló, refiriéndose a Venezuela, de “construir un cerco diplomático, para que se termine esa dictadura y se haga una transición a elecciones libres”. Y agregó: “queremos que Colombia participe activamente en el escenario regional”.

El presidente de Asocapitales, el alcalde de Medellín Federico Gutiérrez, respaldó esa “presión diplomática” que se estaba preparando “para que retorne la democracia a Venezuela”.

La declaración del Canciller Holmes se refirió al Grupo de Lima, y anunció mayor protagonismo de Colombia en el cerco diplomático a Venezuela. Conformado el 8 de agosto de 2017 en Lima, el grupo al que pertenecen 12 países americanos (Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Honduras, México, Panamá, Paraguay y Perú), exige la liberación de los presos políticos del país vecino y el restablecimiento del orden democrático.

Se trata, en palabras de Holmes, de “buscar el fortalecimiento de una coalición democrática internacional para un cambio de gobierno” y que “Venezuela no sirva de refugio a organizaciones terroristas”, motivado por el secuestro reciente de tres militares en Arauca y al refugio que habrían encontrado en territorio vecino.

El retiro implica mayor apertura a otras iniciativas de política exterior regional, como es el caso de la Alianza del Pacífico, al tiempo que una escalada en las tensiones que existen en la relación bilateral de Colombia y Venezuela.

Cabe entonces preguntarse hacia qué tipo de integración regional nos llevará el presidente recién posesionado, ayudado en este primer paso por la situación venezolana.

 

¿Unasur de izquierda?

El tratado constitutivo de la Unasur entró en vigencia el 11 de marzo de 2011, pero sus antecedentes formales datan del año 2004, durante la Reunión de Presidentes de América del Sur, celebrada en Cuzco, Perú. Allí se creó la Comunidad Suramericana de Naciones (CSN), con el propósito de “integrar procesos regionales desarrollados por el Mercosur y la Comunidad Andina”.

Fue en 2007 cuando, en el marco de la Cumbre Energética Suramericana, en Margarita, Venezuela, cambiaron el nombre de la CSN a Unasur, y en 2008 fue aprobado su tratado constitutivo. Fue conformada por los 12 países suramericanos (Brasil, Argentina, Chile, Bolivia, Colombia, Ecuador, Guyana, Paraguay, Perú, Surinam, Uruguay y Venezuela).

Algunos de sus objetivos son “el fortalecimiento del diálogo político entre entre los Estados Miembros”, “la consolidación de una identidad suramericana a través del reconocimiento progresivo de derechos a los nacionales de un Estado Miembro residentes en cualquiera de los otros Estados Miembros”, y “lograr el avance y la consolidación de crecimiento y desarrollo económico que supere las asimetrías mediante la complementación de las economías de los países de América del Sur, así como la promoción del bienestar de todos los sectores de la población y la reducción de la pobreza”.

Esa declaración de intenciones novedosas ha sufrido alteraciones de diverso tipo. Los procesos electorales recientes, los impactos de las turbulencias económicas, las dificultades internas y los distintos temas de la agenda jugaron su papel. El académico Gian Luca Gardini lo definió como una declaración de intenciones que “ofrecen principios y recetas políticas y económicas más divergentes que convergentes”.

No es la primera vez que la organización es cuestionada. De acuerdo con el sociólogo, docente universitario y periodista argentino Pedro Brieger, director del portal Nodal, las decisiones temporales o permanentes de retirarse de la organización “esconde divergencias ideológicas”.

“Es vista por la derecha como una ficticia unidad latinoamericana liderada por el chavismo. Sus críticos olvidan que la primera reunión de presidentes de América del Sur fue convocada en el año 2000 por el presidente de Brasil Fernando Henrique Cardoso, quien delante de Fujimori, presidente del Perú, y Hugo Banzer, de Bolivia, ambos muy lejos de ser progresistas, defendió un proyecto de desarrollo estratégico de infraestructura y desarrollo regional”, señaló Brieger en una intervención en CNN.

 

Integración para el libre comercio

El antecedente más importante de una integración continental es la del Área de Libre Comercio para las Américas (Alca), que fue anunciada por el presidente norteamericano George Bush padre en 1990.

Su discusión inició en la Cumbre de las Américas celebrada en Miami entre el 9 y 11 de diciembre de 1994. Solo faltó Cuba.

Era la herramienta más expedita para promover un acoplamiento multinacional de los países suramericanos a los intereses económicos de los Estados Unidos.

En palabras de Bush, una “zona comercial desde el puerto de Anchorage hasta la Tierra del Fuego”. En 2001 esa área era de un peso absolutamente preponderante.

Según datos del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, la Alianza habría contado con 800 millones de habitantes equivalentes al 15 por ciento de la población mundial, 34 países asociados, el 38 por ciento de la producción mundial, y cerca del 25 por ciento de las importaciones y exportaciones de los bienes y servicios globales.

A esta iniciativa asimétrica de absorción económica, que planeó en el plano multilateral Estados Unidos, le surgió una férrea oposición que terminó por desecharla.

Brasil se opuso al Alca con el presidente Cardoso a la cabeza, que gobernó a ese país entre 1995 y 2002, y su posición fue continuada por el presidente Luis Ignacio Lula da Silva de 2003 a 2010.

Ambos dieron mayor peso al Mercado Común del Sur (Mercosur), y fueron un factor importante en el contrapeso a dicha iniciativa en la región. En igual sentido se pronunció Argentina, el otro peso pesado del sur. La política diseñada por el presidente Néstor Kirchner (2003-2007) desdeñó al Alca y, junto a Brasil, resaltó la importancia regional del Mercosur.

Esa ofensiva regional contra el Alca contó con la oposición de congresistas de México, Nicaragua, El Salvador, Costa Rica, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Uruguay, y fue unificada en el Encuentro Continental de Parlamentarios sobre el ALCA que se realizó en Quito el 29 y 30 de octubre de 2002.

“La fórmula del “libre comercio”, promovida por el Alca, favorece una política de apertura indiscriminada que arruina la producción industrial y agropecuaria, elimina los derechos de los trabajadores, socava las normas de protección de los consumidores, acrecienta el endeudamiento público, y pone en peligro la conservación del patrimonio económico y natural.

Los textos del Alca han sido realizados en un escenario de secretismo, con reuniones cerradas, plazos arbitrarios, documentos incompletos y de acceso restringido”, declararon los participantes de esa reunión.

En la IV Cumbre de las Américas, realizada el 4 y 5 de noviembre de 2005 en la ciudad argentina de Mar del Plata, se consolidó la divergencia frente al regionalismo del libre comercio y la adhesión a la política económica norteamericana. En consecuencia el Alca se hundió.

“ALCA, ¡AL-CARAJO!” coreaban con Chávez los manifestantes reunidos en esa ciudad, en el estadio mundialista José María Minella, donde en el mundial del 78 Roberto Dinamita selló la clasificación de Brasil con su gol contra Austria en el 1-0 final. Al hundimiento del Alca en aquella cumbre lo llamaron Batalla de Mar del Plata con toda la épica del caso. Y a Bush le pegó en el palo.

Tras ello vino otra estrategia para el libre comercio promovido por los Estados Unidos, ya no en bloque regional, sino a nivel bilateral: los Tratados de Libre Comercio.

 

Alianza del Pacífico

El debilitamiento de la Unasur coincide con el desarrollo de la Alianza del Pacífico. Esta es una iniciativa de integración regional conformada por Chile, Colombia, México y Perú, creada el 28 de abril de 2011,  los cuatro primeros países en el ranking de facilidad para hacer negocios en América Latina y el Caribe.

Se ha propuesto la creación de “un área de integración profunda para avanzar progresivamente hacia la libre circulación de bienes, servicios, capitales, personas y economía”, y volverse una “plataforma de articulación política, integración económica y comercial […] con énfasis en la región Asia-Pacífico”.

Según datos del Banco Mundial, los cuatro países que la conforman suman 214 millones de habitantes, el 37 por ciento de la economía regional, el 50 por ciento del comercio exterior y el 42 por ciento de la Inversión Extranjera Directa de América Latina.

La Alianza es un arreglo institucional para el libre flujo de capitales y de mercancías, en la misma vía del tipo de “integración” neoliberal promovida por el Consenso de Washington desde la década de los 90. El tenor: la política económica del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

La firma de este acuerdo tiene aparición cuando el comercio mundial ha desplazado al litoral atlántico como ruta y se localiza en las aguas del pacífico, cuyos países han venido registrando tasas de crecimiento por encima de la media mundial.

De acuerdo con Jairo Estrada, en su publicación de 2014 titulada América Latina en medio de la crisis mundial, la Alianza del Pacífico se ubica en una posición intermedia “frente al maximalismo espacial del Alca y el minimalismo espacial de los tratados bilaterales de libre comercio”, a la vez que se orienta a la división productiva que internacionalmente se ha establecido a partir de esa doctrina.

Esta división consiste en que mientras unos países se concentran en la producción de bienes industriales y de alta tecnología, otros lo hacen en materias primas agrícolas y mineras. Para el caso particular de quienes la suscribieron, la dirección ulterior sería hacia el segundo tipo.

Salvo México, en los demás países de la Alianza los bienes primarios (minerales y agrícolas) tienen mayor peso en el comercio exterior, y a todos ellos les es común un debilitamiento de sus aparatos productivos.

La Sociedad de Agricultores de Colombia (SAC) advirtió que son inexistentes las potenciales ganancias que traería al sector agropecuario.

Tampoco significa nuevas posibilidades de mercados para Colombia. El 99 por ciento del mercado de Perú, el 98 por ciento del chileno y el 96 por ciento del mexicano ya están liberalizados. De acuerdo con el Centro de Estudios del Trabajo, el déficit comercial con China es de 4.322 millones de dólares, con Japón de 999 millones de dólares y con Corea del Sur de 957 millones de dólares.

Las compras de recursos naturales no renovables y materias primas que Asia hace a Colombia no dependen de ningún Tratado de Libre Comercio, sino de los precios internacionales y otras condiciones internas. En otros sectores de bienes industriales y agropecuarios, Colombia no tiene oferta exportable, es decir, no tiene nada nuevo que venderles a estos países.

 

El mensaje de Duque

La relación de los llamados gobiernos alternativos de América Latina con el neoliberalismo no es de negación pura, pero tampoco de equivalencia. La forma en que lo han enfrentado ha sido atravesada por múltiples circunstancias, tanto externas como internas, poniendo muchas veces énfasis en los límites impuestos por sus condiciones macroeconómicas.

En su trabajo La ofensiva del capital y el papel de los gobiernos progresistas en el cono sur, el economista uruguayo Antonio Elías, citando a la Comunidad Andina de Naciones, dice: “las iniciativas de integración regional representan un tercer nivel de reforma, la política comercial, que apunta a complementar la liberalización unilateral y multilateral impulsada desde mediados de los años ochenta”.

Pedro Brieger, director de Nodal, también se refiere a que en la región “hay problemas estructurales por resolver que van más allá de las diferencias ideológicas”, y cita un informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación (FAO), donde se señala que más de la mitad de las importaciones alimentarias de América Latina provienen de fuera de la región, con EE.UU. suministrando casi un tercio de ella cuando la región puede cubrirlo. “¿Lo comprenderán los líderes de la región como lo comprendió Cardoso?”, se pregunta.

La situación política de Venezuela ha sido un recurso de la política interna, como en el caso de las pasadas elecciones en Colombia, y de la política externa, en el caso de la promoción del Grupo de Lima y la intervención norteamericana que claman grupos de oposición a Nicolás Maduro y algunos generadores de opinión.

El paso dado por Duque quizás no sea un espaldarazo a todas las demás iniciativas de convergencia que se han configurado bajo la directiva del libre comercio, pero sí expresa continuidad en la política exterior que históricamente ha ejercido Colombia en la región.

Por fortuna quedó para la historia aquella frase que dice que la política es la expresión concentrada de la economía.


lasillavacia

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