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Lecciones de Chile para Colombia

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El 5 de octubre de 1988 mientras Colombia vivía la guerra frontal contra el narcotráfico, el pueblo chileno dio una lección de democracia, civismo y valentía. Con el 55.99% de los votos en un referendo propuesto y diseñado por el mismo Augusto Pinochet, Chile decidió el fin de la dictadura y el reinicio de la verdadera república. En 1989, Chile vivió sus primeras elecciones libres después del golpe de Estado de 1973, dando por ganador Patricio Aylwin, un político de centro que abanderaba las esperanzas de un pueblo por reencontrarse con la prosperidad, la paz y el desarrollo.

Aunque estos sucesos ocurrieron hace casi tres décadas, su legado en el pueblo chileno sigue vigente, adoptando la filosofía de “construir sobre lo construido”, generando un “pacto sobre lo fundamental” (en palabras de un admirable político conservador colombiano) y promoviendo una plataforma económica liberal con énfasis en el cumplimiento de las reivindicaciones sociales. ¿Qué generó esta política de reconciliación?

A finales de 1980, el PIB per cápita (ingreso por habitante) de Chile era cercano a los $2294 USD, mientras el promedio latinoamericano era de $2304 USD (ni hablar del ingreso por habitante colombiano que se acercaba a los $1175 USD). Para 2016 la brecha entre Chile y Latinoamérica se multiplicó, a favor del país austral; el ingreso por habitante del latinoamericano promedio era de $9244 USD mientras el chileno pasó a $15346 USD: una diferencia considerable bajo los parámetros convencionales (de acuerdo a datos del Banco Mundial).

Este salto fenomenal de la economía chilena se debe solo a un componente: un acuerdo social. Después de la dictadura, los chilenos estaban conscientes de los logros durante el gobierno militar, modernizando algunos componentes clave de la economía como el mercado laboral y financiero, bases que de una u otra manera debían ser el camino para los años siguientes. Con esto no quiero disculpar el horror de la dictadura, las múltiples violaciones de derechos humanos y las más de 40000 víctimas, esto sin hablar del cobarde homicidio de Víctor Jara y el posible asesinato de Pablo Neruda en los hechos posteriores al 11 de septiembre de 1973, grandes exponentes de la cultura latinoamericana y grandes pérdidas para la humanidad.

Ese acuerdo social, a pesar del conflicto generado durante la dictadura, generó una senda de oportunidades, que si o si debían estar ligadas a la reivindicación social generando políticas efectivas contra la pobreza y la desigualdad, elementos claramente perjudicados con las políticas agresivas de mercado apoyadas por la junta militar. Siguiendo las palabras de Milton Friedman (ideólogo de la política económica en la dictadura), el liberalismo económico debe ir acompañado de liberalismo social, doctrina que a diferencia del economista de Chicago, la socialdemocracia (y el autor de este artículo) entiende como “igualdad de oportunidades”, el ideal de que con el mercado y la intervención y vigilancia del Estado es posible alcanzar altos niveles de crecimiento y desarrollo para una población. Este fue el principio seguido por los hacedores de política chilenos, independiente de sus corrientes políticas.

Con gobiernos progresistas liderados por Aylwin, Frei, Lagos y Bachelet, Chile alcanzó niveles de vida muy superiores a los demás países de Latinoamérica desarrollando políticas en salud y educación que van de la mano con la ciudadanía más desfavorecida, acompañadas con el ideal del mercado; políticas que ha respetado el ahora presidente de Chile, Sebastián Piñera, a pesar de las diferencias ideológicas de sus antecesores: Acuerdo social, esa es la respuesta.

Chile aún enfrenta grandes retos en materia económica y social, como la alta desigualdad, la corrupción y el desequilibrio del sistema pensional (similar, por no decir iguales a los de nuestra querida Colombia), pero es meritorio destacar ese compromiso de su clase dirigente en términos programáticos. Aunque esta es la opinión de un estudiante colombiano a 4249 kilómetros de Santiago de Chile, creo firmemente que el caso chileno debería ser tenido en cuenta entre las distintas esferas de la sociedad colombiana: ¿por qué no hacer un pacto sobre lo fundamental sin importar nuestras afiliaciones políticas?

*Con gran aprecio al pueblo de Chile y a mi querido amigo Alejandro Garavito Carrascal.

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