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Museo Nacional da un oscuro ocaso a mural de José Mejía Vides


En el Museo Nacional de Antropología Dr. David J. Guzmán (Muna) se anuncia un mural fantasma. En el costado izquierdo del pasillo que dirige del vestíbulo al patio escultórico del museo hay una placa brillante que anuncia La abolición de la esclavitud, una pieza sin fecha del artista salvadoreño José Mejía Vides, discípulo y amigo de grandes figuras del muralismo mexicano. Es más: Mejía Vides marcó la pauta para toda una generación de artistas que atestiguaron uno de los capítulos más dolorosos de la historia salvadoreña. En el Muna, según la inscripción en la placa, esta obra debería de estar montada desde noviembre 2015, pero la pared está vacía. 

 

La abolición de la esclavitud  es considerado por historiadores de arte como una pieza única que retrata un momento inédito de la historia salvadoreña.

Se trata, en realidad, de una mentira blanca. El mural sí está en el museo, pero en lugar de exhibirse en la pared en la que se anuncia, está acumulando polvo, basura y humedad en la zona de carga desde hace, al menos, tres años. 

Y aunque para historiadores de arte la escena recreada es “uno de los episodios más relevantes de nuestro devenir”, no está recibiendo los cuidados que debería. El plan nunca fue que se quedara ahí; incluso, se compraron los materiales para su instalación. Pero, en palabras de Heriberto Erquicia, director del Muna, “se nos pasó el tiempo”.

Esta pieza es parte de la tríada de murales que Mejía Vides realizó en el interior del otrora Cine Libertad a solicitud del Estado. Los tres fueron extraídos del lugar en 2012, luego de que se decidiera que el inmueble sería demolido, eventualmente, para construir un memorial a monseñor Óscar Arnulfo Romero, beato salvadoreño. De este inmueble, lo único que valía la pena rescatar eran los murales, aseguraron en 2011 los técnicos de la dirección de Patrimonio Cultural de la entonces Secretaría de Cultura. 

Previo a que se marcaran cuadrículas en las paredes y se cortaran con sierra los bloques, se elaboró una ficha de inventario de las tres obras, con descripción iconográfica y valúo, para que se incluyeran en la lista de bienes de naturaleza artística del ahora Ministerio de Cultura. Esta misión estuvo a cargo de la historiadora Astrid Bahamond.

Dos de los murales ya están exhibidos en el Muna: La batalla de Acaxual y La explotación campesina. El tercero, La abolición de la esclavitud, presenta una alegoría independentista que retrata al prócer José Simeón Cañas, defensor de los oprimidos en Zacatecoluca, delante de una pareja de esclavos. Este, advierte Bahamond, es “un capítulo relevante que no ha sido documentado visualmente en nuestra historia del arte. Por lo tanto, nuestra historiografía regional está respaldada por un monumento bidimensional nunca aprehendido a un paramento arquitectónico como lo constituye esta obra artística mural”.

A mediados de 1967, Roberto Párker, gerente del Circuito de Teatros Nacionales, mandó a llamar a Mejía Vides a su despacho para encomendarle una tarea: se había aprobado un proyecto para elaborar murales al interior del remodelado Teatro Libertad. La fecha de entrega era inamovible: en tres meses tenían que estar terminados. La fecha clave era el 3 de noviembre, día en que se tenía previsto abrir las puertas del nuevo teatro para celebrar el primer Festival Internacional de Música.

En este recorte de El Diario de Hoy del 3 de noviembre de 1968 se observa a Mejía Vides dando los toques finales al mural

 

En este recorte de El Diario de Hoy del 3 de noviembre de 1968 se observa a Mejía Vides dando los toques finales al mural “La batalla de Acaxual”. El artista tuvo apenas tres meses para completar su obra.

Así lo narra su discípulo Armando Solís en Luz y oscuridad, la biografía que escribió sobre su maestro. Una obra épica como este mural de Mejía Vides sobre el prócer y los esclavos no está pasando precisamente su época más dorada. La obra pasó de ser testigo de conciertos de figuras internacionales, como el virtuoso violonchelista español Pablo Casals y la Orquesta del Teatro Colón de Buenos Aires, a mirar el fondo de una lona blanca bajo el resguardo de un toldo agujereado.

Una vez que los murales fueron extraídos del recinto, en 2012, estuvieron por algún tiempo resguardados en la ex Casa Presidencial del Barrio San Jacinto, donde inicialmente se pensó instalarlos. La idea no cuajó. Ramón Rivas, el primer secretario de cultura de este quinquenio, fue quien decidió hacer del Muna la casa definitiva de los murales. En 2015, mientras avanzaba el proceso de montaje de los primeros dos, declaró que la razón principal para trasladarlos era que “son obras de uno de los grandes precursores de las artes plásticas del país y consideramos que es una forma de dignificar su trabajo”.

José Mejía Vides es considerado uno de los ejemplos más sobresalientes de la plástica salvadoreña. Fue pintor, escultor, grabador y uno de los máximos representantes del paisajismo, el costumbrismo y el retrato autóctono. Su estadía en México como becario entre 1922 y 1927 fue su introducción al muralismo, de la mano del japonés Tamiji Kitagawa y amistades como los mexicanos Diego Rivera y Frida Khalo.

Murales de su autoría, sin embargo, solo existen cuatro. Los tres que están en poder del Muna y uno más que acompaña desde 1963 a la presa hidroeléctrica Guajoyo, ubicada en el municipio de Metapán. Los cuatro han sido subsidiados por el gobierno. Cuatro años más tarde, en 1967, el Circuito de Cines y Teatros Nacionales le encargó los tres murales que revestirían hasta 2012 el interior del Cine Libertad.

Vista lateral de los murales en el otrora Cine Libertad. Las piezas de Mejía Vides fueron lo único que los expertos en patrimonio consideraron valioso del edificio.

 

Vista lateral de los murales en el otrora Cine Libertad. Las piezas de Mejía Vides fueron lo único que los expertos en patrimonio consideraron valioso del edificio.

La historia de los cuatro murales demuestra que el Estado salvadoreño siempre tuvo clara la importancia de Mejía Vides para la plástica nacional. Tanto fue así que, cuando el Gobierno creó el Premio Nacional de Cultura en 1976 𑁋el máximo galardón que reconoce la trayectoria artística𑁋, él fue el primero en recibirlo.

Ahora, sin embargo, el peso de un artista como Mejía Vides no ha servido de argumento para agilizar el montaje de esta pieza. Según Erquicia, la razón principal por la que el tercer mural no ha podido concretarse es porque no ha habido presupuesto para contratar al personal idóneo para hacerlo. La placa que identifica tanto al mural fantasma como a los otros dos que están en exhibición, no obstante, anuncia a trabajadores del Muna y de la dirección de patrimonio como el equipo encargado de la restauración y montaje.

El Faro cuestionó a Erquicia por qué para los dos primeros murales no había sido necesario contratar a terceros y ahora sí: “Después de que el encargado del proyecto se fue, los demás no quisieron seguir”, respondió. El funcionario a cargo era el arquitecto Eduardo Góchez, exadministrador del museo, que fue removido de su cargo a mediados de 2016. Los técnicos restauradores se rehusaron a hacerlo sin él y sin el plan que Góchez había trazado.

Para julio 2016, los materiales necesarios para el ensamblaje del tercer mural estaban listos, pero a la fecha, el director del museo dice que hay que completarlos porque “algunos de esos materiales se utilizaron para dar mantenimiento a otras salas”, explicó.

Solís, discípulo y biógrafo de Mejía Vides, recuerda que el mural que ahora está de cara al suelo, aunque es el de menores dimensiones, fue el de mayor importancia en el encargo que se le hizo a su maestro. “Trabajamos día y noche para tratar de terminar a tiempo los murales”, detalla. Solís también explicó que incluso a pesar de haber sido un encargo gubernamental, en la elaboración tuvieron que enfrentar algunas vicisitudes, como tener que “pelear” con los trabajadores que hacían la remodelación del inmueble para hacer uso de la escalera, que montaran las butacas sobre la pared donde estaban pintando o que, a una semana de la fecha de entrega, el mismo gerente del Circuito de Teatros Nacionales decidiera que ya estaban terminados. El mural de José Simeón Cañas, asegura Solís, nunca se terminó formalmente: “don José (Mejía) siempre se sintió inconforme con el resultado”, asegura.

Que los ladrillos del mural estén en el abandono no le extraña al artista. Atribuye la situación a que el presupuesto del Ministerio de Cultura nunca ha sido suficiente, pero sí le preocupa lo que el abandono del mural por parte de las autoridades podría suponer. El ladrillo de barro sobre el que está pintado, por ejemplo, podría comenzar a podrirse: “yo insisto en que lo restauren cuanto antes. Mientras más tiempo pase, (es más) peligroso (que) se debilite el barro. Seguro que eso ya ha de tener hasta hongos y la pintura se va a desprender”.



elfaro

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