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ENFOQUE: Sufren migrantes… y para Pence, sonrisas


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Las migraciones son tan antiguas como la humanidad. En cada época han tenido diferentes orígenes, motivos y destinos, pero nunca se han detenido, toda vez que el ser humano busca siempre la manera de vivir mejor, gozar de libertad y oportunidades, mientras otras veces se huye por razones de violencia o represión.

En el siglo XXI y el año 2018, se puede hablar de dos grandes flujos migratorios: desde Siria –pero también otros países de Asia, África y Medio Oriente– hacia Europa y; uno menos sensible, pero igualmente significativo, de países latinoamericanos –entre ellos Guatemala, El Salvador y Honduras– hacia Estados Unidos.

Las causas son bastante diferentes, porque lo que sucede al otro lado del Atlántico es por razones de violencia extrema y hasta procesos de genocidio, mientras que en el lado de América se trata de la búsqueda de una mejor oportunidad de vida y, en menor grado, porque huyen de la violencia.

Cada gobierno puede tomar sus propias decisiones en política migratoria, pero en ningún caso se puede violentar los derechos humanos de los migrantes, por más que incurran en la ilegalidad de ingresar a un país sin documentos o la visa obligatoria, por ejemplo, en Estados Unidos. Todas las administraciones estadounidenses han mantenido restricciones de ingreso y reacciones como las deportaciones de indocumentados. Sin embargo, bajo la era Trump la situación ha tomado un curso que ya ha recibido el calificativo de inadmisible de parte de la comunidad internacional. Esto, principalmente por la inhumana política de tolerancia cero que ha forzado la separación de menores de sus padres indocumentados, separando familias y provocando traumas, dolor y frustración enorme.

Lo ocurrido en la zona fronteriza con México ha levantado una ola de reacciones en contra del presidente Trump y su política migratoria. No ha sido suficiente que diera marcha atrás, pues las protestas continúan y suben de tono. Ayer se reportaron actividades de protesta en varias ciudades, incluso en Washington, frente al capitolio, en donde 500 mujeres forzaron ser detenidas temporalmente para exigir que se respete la unidad familiar.

Mientras esto sucede en Estados Unidos, el vicepresidente Mike Pence llegó a Guatemala para reunirse con los presidentes Jimmy Morales (Guatemala), Orlando Hernández (Honduras) y Salvador Sánchez (El Salvador), a quienes dijo con claridad que el éxodo debe terminar, al tiempo que puso tareas a cada país así: Guatemala tiene que disuadir a la población para que no inmigre, a Honduras le dijo que ponga más policías en la frontera y a El Salvador, que tenga propuestas concretas de cómo controlar el flujo migratorio.

Los tres presidentes fueron solo sonrisas con Pence. Jimmy Morales dijo que la razón de que miles de guatemaltecos salgan del país es porque los engañan los coyotes. El presidente Hernández tuvo un poco más de dignidad al decir que parte de la responsabilidad es también de EE. UU.

Pence advirtió a los presidentes que como nosotros respetamos su soberanía, sus fronteras, nosotros insistimos que ustedes respeten la nuestra. Por supuesto, no se refirió a la buena vecindad, ni al trabajo que se le exige a nuestros países de controlar el narcotráfico para evitar que la droga llegue a su país, o cosas por el estilo. Además, el buen vecino hace a veces sacrificios y ayuda respetuosamente.

Triste el papel de los tres gobernantes del Triángulo Norte, porque ninguno demandó el pleno respeto a los derechos de los connacionales en aquel país. El tema es bien complejo, porque ese flujo migratorio no se detendrá, en la medida en que los estadounidenses sigan demandando mano de obra de los indocumentados. Lo hacen, porque los guatemaltecos –y de las otras nacionalidades– están dispuestos a hacer el trabajo que los estadounidenses ya no desean, y quienes se marchan, lo hacen porque aquí no encuentran oportunidades, y eso es culpa de un Estado fallido.

Aunque Pence habló de los centroamericanos que llegan y que dice, son pandilleros, no mencionó –ni lo hicieron los presidentes centroamericanos– a los millones de migrantes indocumentados que trabajan ardua y honradamente, contribuyendo con la economía estadounidense, además ¡por supuesto! de ser bastión de la economía nacional con las remesas.

 



elperiodico

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