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“Se ha perdido el miedo a Ortega y es irreversible”


 

El escritor Sergio Ramírez, premio Cervantes 2018, fue vicepresidente de Nicaragua entre 1985 y 1990, y candidato a la presidencia en 1996. Foto Archivo/Mauro Arias

Mientras Sergio Ramírez hablaba se escuchaban disparos de Mortero a un par de calles. Era un pequeño ejército de jóvenes salidos de barriadas pobres de Managua que se afanaban en derribar su cuarto “chayopalo” de la noche. La rebelión contra el régimen de Daniel Ortega ha acumulado en dos meses un abanico de intensidades. También la represión y el cálculo político del gobierno: ha atacado con francotiradores manifestaciones pacíficas o enviado policías a ametrallar estudiantes, pero por semanas permitió que cada noche grupos de treinta, cincuenta jóvenes, cerraran y tumbaran entre explosiones y ante decenas de cámaras de celular los árboles metálicos que simbolizan el reinado consorte de su mujer, Rosario Murillo.

Cada uno que caía desataba la euforia. Como si derribar sus estatuas acorralara al dictador. Pero quince días después ya nadie tumba árboles de hierro y Ortega aún gobierna.

Ramírez recibió el pasado abril en Madrid el premio Cervantes y se lo dedicó a los primeros estudiantes asesinados. Después, ya en Managua, dosificó las entrevistas y se encerró a escribir. Su gente cercana dice que sabe que su sola presencia en una manifestación podría ser usada por Ortega para deslegitimarla. Sergio Ramírez, vicepresidente de Ortega en los 80 y uno de sus principales adversarios en los 90, sabe que no hay nada peor para una insurgencia nueva que la incómoda presencia de viejos enemigos del presidente. Pero sabe también que sus palabras pueden agitar u orientar. Por eso, mientras otros quieren cobrarles una década de complicidad con el régimen, bendice el oportuno apoyo de los empresarios a los estudiantes; y advierte a posibles advenedizos que los liderazgos que sucedan a Ortega, si cae finalmente, han de ser nuevos; y da a las estructuras del sandinismo un consejo estratégico y nostálgico: cuanto más tarden en desvincularse de Ortega menos futuro tendrá la bandera sandinista en la nueva Nicaragua.

En esta entrevista, hecha en su casa el pasado 26 de mayo, el escritor habla de esperanza con cierta tristeza. Piensa que el camino hacia un regreso democrático es irreversible, pero teme que habrá muchas muertes aún antes de que Daniel Ortega se rinda.

La fractura del diálogo que apenas empezaba parece que devolvió todo a un punto de estancamiento.

Claro, es que Daniel Ortega fue al diálogo político porque no podría dejar de estar, pensando sobre todo en la opinión internacional, pero tengo la impresión de que desconocía lo que iba a ocurrir ese día. Llegó viendo la agenda oficial, protocolaria, que había preparado el cardenal Brenes. Él no se suponía que iba a ser un asistente permanente al diálogo, sino que llegaba a inaugurarlo; hablaba él, hablaba Brenes, y se iba. Debe de haberse sorprendido de que no fuera aquí, de que comenzaran increpándolo, leyéndole la lista de los muertos, que tomaran la palabra otros miembros de la sociedad civil… Eso lo sacó de balance.

Pero eso es incluso anecdótico. La clave es que en la mesa de diálogo nunca hubo un punto de contacto entre lo que la sociedad civil pretende, que es la salida de Ortega, y lo que Ortega piensa: que él está ahí porque fue electo, que tiene un periodo que cumplir, y que cuando ese periodo expire ya se verá. Es una situación muy parecida a la de 1979. Es lo mismo que alegaba Somoza: que él había sido electo hasta 1981 e iba a cumplir el periodo para el que había sido electo.

Aquel Somoza era un gobernante en total desconexión con su país.

Exacto. Y tampoco Ortega está conectado con la agenda del diálogo, con lo que ha ocurrido en el país. Piensa que puede dominarlo, ahora con represión selectiva. Para él es una perdida sentimental y política haber perdido las calles, porque la apropiación de las calles es un símbolo: aquí solo el Frente Sandinista se podía manifestar; pero eso no amenaza su poder; el hecho de que la gente salga por miles a las calles él lo afronta como un mal necesario. Perdió las rotondas, perdió las calles, la gente sale con las banderas… pero son marchas pacíficas que él siente que no disminuyen los mecanismos de poder que controla, que son todos.

Y es cierto que sigue dominando los mecanismos estatales de poder, y los paraestatales: Policía, fuerzas paramilitares, jueces, magistrados electorales, fiscales, procuradores, contralores… Asamblea Nacional. Todo eso sigue intacto. Pero pasó algo más, algo sin retroceso posible, que dentro de esa burbuja en la que viven no sé si reconocen: que la atmósfera de la sociedad cambió, que la correlación social de fuerzas cambió.

¿A causa de las muertes?

Es un acumulado, que tuvo una salida violenta como la sangre que escapa por una herida. Un acumulado de inconformidades frente a abusos, corrupción, intolerancia, silencio impuesto, miedo, control de los empleados públicos, castigos, premios, frente a este sistema arbitrario basado en la concentración absoluta y que parecía no tener fisuras. Aquí el silencio funcionaba, porque había temor. Eso es lo que se rompió. Y se rompió por algo que el país nunca había visto, porque la última masacre masiva que aquí se recuerda fue el 27 de enero de 1977, cuando el ejército disolvió una concentración en la antigua avenida Bolívar, en la vieja Managua, y mataron más de 300 personas en una sola tarde. El país tenía tiempo de no ver que en tres días mataran a 60 personas, desarmadas además. Eso fue un fulminante que disparó la situación, la indignación de la gente, que la sacó a la calle y cambió la correlación de quienes decían “Bueno, Ortega está ahí, qué vamos a hacer”. Ese “qué vamos a hacer” se terminó. Y se convirtió en una energía muy activa, que es lo que puedes ver no solo en las encuestas, que se dieron vuelta totalmente, sino en la actitud de la gente. Y en la pérdida irreversible del miedo.

Antes aquí la gente no hablaba, y ahora cualquiera se pone la cámara del teléfono enfrente y te dice “me llamo fulano de tal…” y te suelta una parrafada. Y la sube a las redes sociales. La gente dice lo que piensa, y eso hace dos meses era imposible.

Ese miedo, ese silencio, ¿lo había construido Ortega en los últimos años o estaba ahí antes?

Aquí la cultura política nunca ha sido la del miedo. Eso se fue construyendo con distintas piezas: la represión, los grupos de choque que te sacaban de la calle… Cuando Doña Francisca organizó hace un par de años su marcha campesina contra el canal, el Estado le echó todo encima, las fuerzas paramilitares, la juventud del partido, el partido, la policía, para evitar que entrara en Managua. Le fueron pinchando las llantas en el camino, con tranques, cavando zanjas en las carreteras… y a la capital lograron entrar solo unos 80 campesinos. A los que la gente no salió a recibir, porque había una desconexión preocupante. Y en el caso del incendio de Indio Maíz estaban los muchachos haciendo una vigilia y llegaron a media noche los paramilitares con la juventud sandinista y los disolvieron a cadenazos, a garrotazos , manoseando a las mujeres, humillándolas…. les robaron los celulares, los vehículos. Esa era la política: no dejar que nadie se manifestara. Apenas había tres o cuatro personas haciendo una protesta llegaban estos motorizados y los disolvían.

Y estaban también la amenaza de perder una beca, la amenaza de perder un puesto público, una plaza en la universidad, una matrícula… Había una combinación muy variada de elementos para hacer que te callaras.

Y el control de medios. Y el silencio del empresariado.

Claro. Era parte del entramado. Era la situación perfecta.

¿Está agotada la opción del diálogo?

El mecanismo no ha fallado. Es válido. El problema es qué se va a discutir. Porque cuando se pide la investigación de los hechos y castigo a los culpables, y se pone sobre la mesa el informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, el gobierno por alguna razón misteriosa acepta las conclusiones del informe, lo que es una autoinculpación porque ahí se dice que hubo ejecuciones extrajudiciales y que el gobierno controla las fuerzas paramilitares, hechos punibles internacionalmente. Pero cuando se entra a cómo se va a desmontar el gobierno, Daniel Ortega no cede un ápice. No está dispuesto a discutir nada. El gobierno no acepta discutir la democratización o el adelanto de elecciones al año que viene, o cambios en el tribunal de elecciones, en la ley electoral… Eso no lo van a discutir, porque lo que está en juego es el propio poder de Daniel Ortega.

¿Cree que esto terminará con la salida de Ortega y la cuestión es cuánto tardará en llegar?

Hay cosas que no quiero imaginar, como una guerra civil en Nicaragua… Pero si aquí hay una masa preparada para votar contra Daniel Ortega, que ahora perdería sin duda las elecciones, de forma abrumadora, porque hay una rebelión general en el país. Por eso él no se va a someter a una prueba electoral, porque tendría que ser con otra ley, con otras autoridades electorales, con supervisión internacional… Sería su salida, y él no quiere salir. Porque uno de los grandes problemas de Daniel Ortega es que no tiene vida alternativa; no es una persona que entrega la banda presidencial y se va a su casa a jugar con sus nietos, o a criar ganado. No, su vida es el poder. Y eso es una dificultad muy seria a la hora de una transición. Desde que perdió las elecciones en 1990, Ortega se debió jurar a sí mismo que si alguna vez recuperaba el poder no lo abandonaría nunca, y eso solo te lleva al desastre.

Vive entonces la ensoñación de que el poder es eterno, le pertenece.

O que lo puede heredar.

¿A Rosario Murillo?

No sé, pero que él piensa que un día decidirá quién se queda en su lugar, y eso tampoco es posible.

Y tampoco digo con eso que si él sale del gobierno el Frente Sandinista va a desaparecer, porque el Frente es una fuerza política histórica, y va a estar aquí siempre. No hay país sin sandinismo… ¿Pero cuánta fuerza va a tener? Eso lo van a decidir las elecciones. Y eso es lo que no entra en la cabeza de Ortega.

¿La comunidad internacional va a jugar algún papel relevante en esta crisis?

Yo creo que el informe de la Comisión Interamericana fue demoledor, decisivo para interesar a mucha gente en lo que está pasando en Nicaragua. Y está la comisión de los Derechos Humanos de la Unión Europea, y el informe de Amnistía Internacional, con más repercusión hacia Europa que hacia América Latina… Se ha ido conjurando más atención sobre Nicaragua desde que pasaron las elecciones de Venezuela, que eran una especie de velo que estaba ocultando esta situación. Y si la represión sigue, si sigue habiendo muertos, porque todos los días hay muertos, eso va a seguir conjurando la atención internacional y provocando la atención de la Casa Blanca, del Departamento de Estado, del Congreso de los Estados Unidos, que aunque a mí no me guste es otro factor de influencia.

No ha hablado del papel que la OEA podría jugar. ¿Por lo desacreditada que está?

Almagro está rebasado. Ha perdido cualquier prestigio aquí en Nicaragua.

¿No ocurre lo mismo con la postura que tome Estados Unidos? ¿No podría usarla Ortega para legitimar su discurso?

No creo. Mira, aquí si Almagro estuviera contra Ortega todo el mundo estaría encantado, sin importar que Daniel Ortega diga que la OEA es el ministerio de Polonia. La gente hardcore del antiimperialismo es una minoría dentro del propio Frente Sandinista. ¿Qué injerencia? Aquí cuando a Roberto Rivas le aplicaron la Ley Magnitsky mucha gente lo celebró, y si ahora Estados Unidos toma cualquier medida nadie va a quejarse del imperialismo yanqui. Eso es un hecho. Y lo digo porque la única manera de encontrar salida a esto es con una intensificación de la presión internacional y con la presión interna sostenida.

¿Cómo ve el papel actual del empresariado? Porque su pacto con el orteguismo durante la última década fue esencial para esa acumulación de poder…

Yo eso se lo dejo a los analistas políticos. Que digan “la empresa privada consolidó antes el poder de Ortega; hubo una división del trabajo en la que Ortega les dijo ‘yo me hago cargo de la política y ustedes de los negocios’”. Dirán que la empresa privada fue cómplice de Ortega…

Pero eso a mí no me interesa. A mí, como ciudadano, lo que me interesa es que la empresa privada está contra Ortega, y suma, y que el presidente de la cámara empresarial se sienta en la misma mesa que los estudiantes y la sociedad civil, y tiene el mismo discurso. Eso es lo que me interesa, no estar reclamando hoy a los empresarios lo que hicieron ayer.

¿Que en el futuro todo el mundo volverá a tomar sus posiciones? Eso tiene que ser así. La derecha volverá a ser derecha; la izquierda, izquierda; los socialdemócratas defenderán su opción… pero eso será cuando se convoquen unas elecciones y todo el mundo convierta sus sentimientos en tendencias políticas. En estos momentos una de las ventajas que esta lucha tiene es que no hay banderas políticas, porque ya se hubiera arruinado. Ahora hay un reclamo por democracia y libertades públicas, y en eso todo el mundo está de acuerdo. Eso es lo que hay que abonar. Ya vendrán después las contradicciones, las divisiones.

¿Hay liderazgos para esa nueva etapa?

Claro. Lo que pasa es que uno usualmente piensa en los liderazgos tradicionales. Pero tengo un amigo humorista que dice que todos los políticos mayores de 50 años se tienen que ir a comer mierda, jaja. La gente que ya jugó ya jugó. ¿Cómo es posible que Nicaragua tenga un presidente de 70 años? El liderazgo para la nueva etapa está entre los 30, los 35 años. De ahí va a salir. No te voy a dar nombres porque no voy a hacer campaña a nadie, pero están ahí. Y los liderazgos se construyen así, cuando representan intereses nuevos, cuando van por donde la sociedad quiere, y cuando pueden enseñar las manos y están limpias. Eso es lo que la gente pide ahorita.

En los primeros momentos, quizá por hábito, se pensó en nombres tradicionales como alternativa. Incluso se le nombró a usted.

¡Jajaja! Sí, son cuentos que ellos mismos inventan. Circulan los gabinetes, las juntas de gobierno… En El Carmen tienen una fábrica de propaganda cibernética, cuentas falsas de twitter y facebook, calumnian, amenazan… Y dicen “estos se quieren aprovechar, son los mismos de siempre”.

Tratan de desnaturalizar un movimiento que es genuino.

Lo es. La garantía son los muchachos. Hay gente muy buena de la sociedad civil, gente muy honesta que quiere una solución democrática para el país, pero la verdad es que sin esos muchachos la gente no tendría fuerza. Porque al ciudadano le interesa la fuerza moral, no la fuerza o representatividad política. Hay una confianza ética en esos jóvenes, y eso es algo muy hermoso.

Eso es común con Guatemala, con Honduras, estos años.

Sí, pero tengo la impresión de que en Guatemala ha sido más la clase media profesional, educada, la que se ha puesto al frente de las manifestaciones, no los jovencitos de 18 o 20 años. Este fenómeno yo pocas veces lo he visto. Excepto en la revolución, porque Dora María Tellez tenía 23 años cuando liberó la ciudad de León. Yo era veterano porque tenía más de 30… pero el “Zorro” Rivera , que se tomó tres veces la ciudad de Estelí, tenía 22 años. Es el regreso de la juventud. Estos son los nietos de la revolución, que no saben ni siquiera lo que hicieron sus abuelos. Bueno conocen lo que han hecho sus abuelos malos, claro…

Te refieres a…

A los que están en el poder. Pero ignoran quién es Sandino. Hay un video muy lindo, pero muy doloroso para mí , en el que cinco muchachos enmascarados, en una calle, tienen en el suelo una bandera del Frente Sandinista y al lado una bandera de Nicaragua. Y dicen “vamos a cumplir con este ritual de pegar fuego a esta bandera”. La del Frente Sandinista. Y hay un muchacho con un violín al lado, y como en una película de Fellini, cuando la bandera ya está ardiendo, comienza a tocar “Nicaragua, Nicaragüita”, la música del güegüense.

Y yo pensaba en que esos muchachos la queman porque no saben qué es esa bandera, quién la creó. No saben que esa bandera la creó el general Sandino. No saben ni quién es Sandino, o que luchó seis años de su vida con pocas armas, con gente descalza, para sacar al ejército gringo. Esa fue la bandera de las trincheras del 79. Pero esa bandera hoy para esos muchachos no vale nada. Porque es la bandera del poder que los ha mandado asesinar. Es una contradicción terrible.

¿Habrá reacción, un alzamiento dentro del sandinismo?

Es muy difícil predecir eso. Yo creo que hay mucha gente, en las filas de la Policía y del Ejército, en el Estado, que a la menor oportunidad se va a manifestar en contra, gente que estará pensando que hay sandinismo sin Ortega pero no se atreve a decirlo en público o tiene miedo a perder su puesto. Hay una teniente de policía a la que destituyeron porque puso en su facebook “vivan los estudiantes”.

Yo supongo que en el futuro habrá un sandinismo en el que van a recomponerse otra vez todas las corrientes, porque en un partido democrático pueden convivir las corrientes. Y las hay. Los que se han ido pueden en un determinado momento regresar, los que están inconformes adentro… El sandinismo siempre ha sido una fuerza variada, y no se puede prescindir de ella. Pero cada día que pasa es peor para el sandinismo. Si no surge un movimiento pronto, si no se reivindica la bandera de la revolución y de Sandino, se agotarán las oportunidades de que nadie vaya a votar en un futuro por un partido que se llame sandinista. Quién sabe… puede que la del sandinismo ya sea solo la bandera de los viejos combatientes panzones.



elfaro

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