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Primavera Sound: Björk, insectos que hipnotizan y mundos por crear


La cantante islandesa Bjork durante su actuación en la segunda jornada del Primavera Sound que tiene lugar en el recinto del Fòrum de Barcelona.

La cantante islandesa protagoniza con su Utopía una primera jornada del Primavera Sound marcada por el eclecticismo y la entrega de un público apasionado.

Primavera Sound, hora cero

El Primavera Sound confirma un secreto a voces: lo suyo es ser raro. Una rareza, eso sí, en el sentido original de la palabra ‘rarus’, que en latín no significa “extraño” ni “extravagante”, sino “poco frecuente” o “disperso”. Tal cual: infrecuente y disperso es un festival gargantuesco que no duda en ofrecer como plato fuerte de su primera jornada a una Björk vital e insectoide, siempre tan genial como -ahora sí- rara.

“Para sobrevivir como especie, debemos definir nuestra utopía”, avisaba un texto de la artista antes de empezar el concierto, que transcurrió entre imágenes digitales de corales alienígenas y vídeos a cámara rápida de flores carnosas abriendo sus pétalos. Björk no solo canta: el suyo fue un show global, integrando el vídeo, el teatro y la performance. Una hipnosis que logró sumir al público en el particular cosmos de su último disco, Utopía.

Acompañada de un grupo de flautistas y coronada por una máscara como de murciélago, la islandesa se tomaba en serio su propia palabra y lograba crear algo nuevo. Canción a canción, algo cogía forma sobre ese escenario junto al mar: algo orgánico, vivo y nuevo. Un mundo en miniatura, más joven y -a la vez- más ingenuo. Tal vez más sabio, incluso. Como un chamán, Björk fundía a su público en una liturgia extraña y, sin embargo, bella. A su particular manera.

Después de la nórdica tomó el testigo Nick Cave, desde el escenario de enfrente. Armado con voz gutural, letras de granito y una banda entregada que le seguía hasta la boca de cualquier dragón, el australiano despertó del éxtasis al público plantado por la explanada. Con la maestría que dan cuatro décadas en esto de la música, Cave mantenía a sus oyentes en vilo, en el puño.

Más rarezas inusuales y dispersas: unas horas antes, Ezra Furman metía por vena pop orgulloso y andrógino a sus oyentes mientras, a pocos metros, en el escenario Hidden Stage de Heineken -que tradicionalmente alberga la programación alternativa de un festival que ya se concibe alternativo- se sucedían el soul pleno y gozoso de Lee Fields & The Expressions con la voz dulce y carismática de la ganadora de Operación Triunfo, Amaia Romero.

Lo de los primeros fue un show vitalista y embriagador, donde un sexagenario Fields se movía como un esqueleto animado de golpe por una cascada de pura vida. Sobre el escenario se movía a trompicones, entre torpes golpes de pelvis, pero con la voz en su sitio. El músico antes conocido como pequeño James Brown -por su similitud vocal con la estrella del soul- revivía ante una audiencia entregada a la que jaleaba. “¡Os quiero!”, gritaba, con un torrente que venía del fondo de su alma.

De nuevo, lo raro: su sucesora encima de este Hidden Stage no podía ser más distinta y -aún así- encaja como un guante en la parrilla de un festival megalomaníaco que se derrama sobre los géneros musicales, como queriendo coleccionarlos todos. Amaia Romero subió, sonrió y se sentó al piano. Acompañada por The Free Fall Band, se puso al servicio de un tracklist de versiones preparado especialmente para la ocasión que incluía de Arcade Fire a García Lorca.

“Tenía miedo de que Operación Triunfo me cerrara puertas como esta actuación, pero ya veo que no”, comentaba una Amaia algo tímida durante la rueda de prensa anterior al concierto. Sobre el escenario, la misma mezcla de desparpajo y dulzura que la hicieron ganar el certamen televisivo. “Creo que el Primavera Sound y los ‘talent shows’ pueden estar más unificados, ¿por qué no? Hay que romper prejuicios y cambiar todo esto”, añadía ante la prensa.

Detrás de estos nombres con más tirón, desde luego, el festival es mucho más. Muchos más grupos tocando al mismo tiempo, como los entusiastas y jóvenes rockeros de The Zephyr Bones contraprogramando el flamenco clásico y rumbero de El Capullo de Jerez y el espíritu Do it yourself de la camerunesa Vagabon. O las atmósferas envolventes y graves de los estadounidenses The War on Drugs combinándose en el espacio con el trap juguetón del local C. Tangana.

Demasiada oferta, dirán algunos de los más de 200.000 asistentes que llenaron el recinto el año pasado… pero es esta variedad solapada e imposible de abarcar lo que hace único a este certamen. Una ola de grupos -257, recordemos-, escenarios, actividades paralelas y formas de vivir la cita melómana del fin de curso barcelonés que preservan la esencia. Que garantizan que esto siga siendo el Primavera Sound: infrecuente, disperso y raro.

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