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‘24 Frames’, Kiarostami escribe un testamento


Por tres días consecutivos, este domingo 4, el lunes 5 y el martes 6 de marzo, sucederá en Miami un hecho relacionado con el arte contemporáneo para el cual la ciudad, y muy probablemente sus residentes, todavía no estén preparados. El Coral Gables Art Cinema proyectará en tres funciones únicas 24 Frames (2017), la última película y testamento artístico del director de cine iraní Abbas Kiarostami.

Kiarostami nació en Teherán, Irán, en junio de 1940 y falleció en París en julio del 2016, en la plenitud creativa de una carrera artística de casi 50 años que lo llevó a transitar por la poesía, las artes gráficas y visuales, la pintura, la fotografía y el cine. Director de más de 40 películas, luego de darse a conocer al mundo con la Trilogía Koker –filmadas en el noroeste de Irán entre 1987 y 1994, con la villa de Koker y el gran terremoto de 1990 como trasfondo y escenografía–, alcanzó el reconocimiento del público y de la crítica por igual con El sabor de la cereza (Taste of Cherry) (1997), Palma de Oro en el Festival de Cannes, El viento nos llevará (The Wind Will Carry Us) (1999) y Copia certificada (Certified Copy) (2010).

24 Frames, trabajada en los tres últimos años de su vida, está compuesta por 24 cortos que duran aproximadamente cuatro minutos y medio cada uno, y donde una imagen fija cobra vida a golpe de fuerzas naturales. Donde el mar, la lluvia, la nieve, los animales domésticos y salvajes –sobre todo una buena camada de pájaros–, y en menor medida el hombre, regalan un discurso simbólico, de desolación y de humanística, un discurso que sin palabras, y muchas veces sin música de fondo, acusa y cuestiona la vida, los actos y el silencio de estos simples mortales que somos ante la oscura belleza del planeta.

El primer corto, “Frame 1”, es un homenaje al arte, a todos los siglos de creación, al cine y a dos de sus grandes maestros: Andrei Tarkovsky y Lars von Trier. El cuadro Los cazadores en la nieve (The Hunters in the Snow) (1565) de Pieter Brueghel “El Viejo”, usado hasta la saciedad por el ruso en Solaris (1972) y El espejo (The Mirror) (1975), y por el danés en Melancholia (2011), abre disfrazado de prólogo en una toma fija que poco a poco va cobrando vida natural, comienza a nevar, graznan los cuervos, un perro orina en su tronco, un rebaño de vacas atraviesa el lago al fondo, el humo de una chimenea, el olor a comida casi lista para los hombres que regresan de su partida de caza… y comienza la película, 23 fotografías tomadas por el propio Kiarostami y donde el autor imagina y nos cuenta lo que pudo haber pasado antes o después de ese instante detenido en la memoria, en que la foto fue tomada.

Se advierte a los valientes que vayan al Coral Gables Art Cinema este domingo, que lleguen al lugar convencidos de que no van a ver una película. 24 Frames no es una película en el sentido estricto de la palabra –no hay planos ni movimiento de cámaras, no hay diálogos, no hay acción ni actuación, y no hay argumento–, se apropia del medio y del lenguaje cinematográfico, del cine y el video experimental, de la animación, para entregarnos una pieza única y distinta. Kiarostami llegó al cine como llegan los grandes maestros, porque el cine resume y aúna todas las artes, y porque no tenía otro soporte para contarnos sus historias y para decirnos sus últimas palabras.

Dirán los detractores y los críticos de cine, y se escuchará el eco en las calles del pueblo, que 24 Frames es aburrida, cansona, monótona, repetitiva, demasiado larga, que no se puede ir a ver si estás agotado física o emocionalmente, que en 15 minutos te puede dormir o exasperar hasta el “borde de un ataque de nervios”, y tendrán toda la razón cuando se rasguen las vestiduras, pero tienen que comprender que esta cinta sobrepasa el hecho cinematográfico para convertirse en una obra de arte.

Deberían verla todos los hombres, por lo menos una vez. Deberían verla todos los artistas y creadores que han padecido el triste oficio de crecer. Todo hombre que se ha parado delante de su espejo en la mañana –24 espejos, 24 cuadros, 24 ventanas por segundo– y se ha cuestionado el porqué de la existencia y la razón, que alientan y se piensan a sí mismas. Deberían verla todos los hombres que han comprendido al final de los días que una obra de arte –un poema, un cuadro, esta película– no se debe ni se puede explicar, que toda gran obra tiene tantas lecturas y significados como espectadores.

¿Qué se debe hacer con esta “película”? Deberían tenerla y proyectarla los museos, por lo menos un par de museos importantes en ambos lados del mar, hablo de Madrid y Nueva York, de Los Ángeles y París, habilitar una salita al fondo del museo, con asientos muy cómodos, y proyectarla por lo menos una vez al día sin que nadie tenga la obligación de pagar ni de verla completa.

Ojalá se animen los muchachos y vayan al cine, ojalá se animen los comisarios, los directores y los dueños de todos esos museos que, restaurados o nuevos, comienzan a multiplicarse como panes y peces por las calles de este pueblo que hoy recibe 24 Frames y se convierte en ciudad.


elnuevoherald

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